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Argentina - Brasil
Solidaridad o “sacro egoísmo”

por el embajador  Rubens Ricupero

Cuando el general Galtieri practicó el dislocado gesto de invadir las Malvinas, creó para Brasil una situación extremadamente delicada.  Sería irresponsable, de nuestra parte, aprobar lo que no pasaba de una aventura temeraria. Aún por arriba, el discurso triunfalista del anuncio de la invasión respiraba un nacionalismo exacerbado, inquietante para los vecinos. Se exaltaba, por ejemplo, la expedición de Belgrano al Paraguay, vista por los habitantes de Asunción como una tentativa de reconquista y restauración del Virreinato del Río de la Plata.  Si la aventura de los generales y almirantes hubiese sido recompensada, quien sería el blanco siguiente?

No era concebible, por otro lado, que Brasil se cerrase en un mutismo de pretendida neutralidad.  Al final, nadie elige su geografía y Argentina continuaría siendo nuestro principal vecino. Acabábamos de salir del prolongado y desgastante litigio sobre los ríos internacionales de la Cuenca del Plata, con la firma, a fines de 1979, del Acuerdo Tripartita Argentina – Brasil – Paraguay. Aún convalecíamos de estas heridas, que, de vez en cuando, ocasionaban reclamaciones sobre el llenado del depósito de agua de Itaipú.  La opinión porteña seguramente jamás nos habría perdonado si nos hubiésemos mantenido impasibles en su hora de peligro.

Como jefe del Departamento de las Américas, yo era, en esa época, uno de los últimos representantes de una larga línea de diplomáticos formados en el tratamiento de los asuntos del Plata – Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia – complementado por la experiencia directa en estos países y en los del norte de América del Sur. El maestro insuperable de todos nosotros había sido me querido jefe e inmediato predecesor, el embajador João Hermes Pereira de Araújo, cuya cultura histórica y tino diplomático sólo encuentran paralelo en su conocimiento del arte de la era de la Colonia y del Imperio. A él se debía el redescubrimiento, en un libro argentino, del episodio sepultado en el olvido de los archivos.  Poco después del desembarco inglés en las Malvinas, el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, en nombre de la Confederación Argentina, pasaría una nota a Brasil relatando el hecho y pidiendo apoyo. A pesar de la lentitud de las comunicaciones marítimas de entonces y de que todo se diera cuando aún estaban frescas las memorias de la Guerra de la Cisplatina, el ministro de Extranjeros, hijo del visconde de Cayru, respondió, en pocas semanas, que el gobierno de la Regencia enviaría instrucciones a su representante en Londres para “coadyuvar” los esfuerzos argentinos en el asunto.

Este precedente fue puesto en conocimiento de quien sabría hacer de él el mejor uso posible, uno de los grandes cancilleres que tuvimos, el embajador Ramiro Saraiva Guerreiro, internacionalista de primer orden, analista político perspicaz y seguro, con la ventaja de un temperamento que cabría en la descripción que hizo Cotegipe de su distante pariente, el Consejero Saraiva: “un bahiano flemático”. Armado de esta flema, recién desembarcado del viaje a Europa, Guerreiro definió, en el aeropuerto, la posición brasileña en términos irrevocables.  Brasil, desde 1833, sería el primer país en reconocer los derechos de la Argentina.  En cuanto a los medios y a la oportunidad de hacer valer tales derechos, era otra historia. Del comienzo al fin de la guerra, que implicó para nosotros incidentes complicados con aeronaves y navíos de guerra británicos, mantuvimos con equilibrio la posición de activo involucramiento a favor de Argentina, que nos valió el ser escogidos para representar los intereses porteños en Londres, mientras duró la ruptura entre las dos naciones.

La evocación de esta nota de pie de página de la historia, que ya cumplió 22 años, viene a propósito de otro ejemplo más reciente, merecedor de una solidaridad igual o mayor, pero en el cual, por el contrario, no hemos estado en una de nuestras mejores horas. La intrincada negociación en que se empeña la Argentina para salir de la moratoria en la cual la precipitó la catástrofe de 2001, viene despertando en las autoridades financieras brasileñas reacciones que van de la frialdad e indiferencia a un apoyo minimalista y formal, apenas para poder decir con la punta de los labios que no estamos del lado de los acreedores, como a veces da la impresión. La disculpa es evitar el contagio, no crear un pretexto para que los temidos mercados vengan a pensar que estamos frecuentando malas compañías. Ahora, es obvio que las dos situaciones no podían ser más diferentes: una es de moratoria, la otra no.  Sería incluso irónico que aquellos que piensan que el mercado es inigualable para tomar decisiones acertadas,  lo juzgasen capaz de tan estúpida confusión.

Es perfectamente posible distinguir el problema argentino del nuestro, sin que esto nos impida adoptar una activa solidaridad de principio, mediante acciones e iniciativas al menos comparables al activismo que el país desarrolla en las más variadas causas, no todas de relevancia semejante a la de la deuda.  En efecto, según el ministro Lavagna, la escala de la reestructuración de la deuda argentina hace que sea cualitativamente diferente de cualquier otra.  Son más de U$S 100 billones atrasados. Cada mes que pasa sin acuerdo, la deuda crece, sólo en intereses acumulados, en U$S 700 millones, cerca de 0,5% del PBI.  Además de estos, como la Argentina fue la niña de los ojos del FMI y de los países ricos, puede emitir deuda de todo tipo. Resultado: hoy, los atrasados comprenden 152 tipos de títulos en siete monedas y ocho jurisdicciones!

La solidaridad, en este caso, debe expresar simplemente que es de interés primordial de Brasil, como socio del Mercosur, que la Argentina normalice su situación, en el interés de todos pero dentro de condiciones que no inviabilicen el pleno desarrollo de su potencial.  En este sentido, no veo porqué no sería legítimo el interés brasileño de que se acepte la oferta argentina de vincular la remuneración de los nuevos títulos al ritmo de crecimiento económico del país.

Porqué no desear que se introduzca un precedente saludable como este?  No sería bueno también para Brasil?  Desconfío que nuestras autoridades se hayan dejado impresionar por fantasmas que los acreedores invocan, como hizo el negociador jefe del Argentine Bond Restructuring Agency, Adam Lerrik, que preguntó: “Si Argentina consigue la reducción enorme que está pidiendo, cómo podrían justificar otros gobiernos de América Latina sus extraordinarios esfuerzos para honrar la deuda?” La pregunta es buena pero porqué deberíamos preocuparnos con temores de este tipo, si nuestras autoridades creen de hecho que no precisamos  ningún alivio? 

Es posible que, a fin de cuentas, la actitud brasileña se explique apenas por aquello que un estadista italiano (y siciliano) del pasado llamaba de “il sacro egoísmo”. Sólo tiene una cosa, sin embargo. Cuando esta inspiración se dispara en el seno de lo que aspiraba ser, más que un arreglo de libre comercio, un mercado común con pretensiones políticas de unificar América del Sur, ella, la falta de solidaridad, la búsqueda miope del propio interés inmediato, acaba tornándose un comportamiento generalizado en todos los sectores, haciendo inviable hasta el comercio, como se ve con la multiplicación de acciones proteccionistas.  No se quejen, “sacro egoísmo” termina en esto!

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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