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Cambiar la cultura "pitagórica"
de los científicos y ganarlos para la divulgación

por Luis A. Martínez Sáez *

Divulgar la ciencia no es prostituirla
Las relaciones ciencia-sociedad mantienen un alejamiento cultural aún sin resolver. Estrenado el siglo XXI, resulta difícil identificar una actividad económica o, sencillamente cotidiana, en la que no esté presente la innovación tecnológica. Ciencia, tecnología e innovación constituyen una cadena fundamental para la condición del ciudadano moderno. Sin embargo, y ésta es una de las paradojas que padece la ciencia, los conocimientos científicos y tecnológicos no logran formar parte de nuestra cultura popular. Es más, el término cultura sigue siendo privativo de la cultura tradicional, la llamada "artístico-literaria", de la misma manera que al científico se le niega aún su condición de "intelectual". 

Profundas huellas históricas, las deficiencias en los planes de estudio y el deficiente interés de los mass media son citados como responsables de este divorcio entre "las dos culturas" (C. P. Snow) que acarrea tantos y tan graves males a nuestra sociedad. 

Pero de poco sirve buscar culpables y discutir, una y otra vez, lo que bien sabemos, si no encontramos caminos eficaces para cambiar las cosas. La "Enciclopedia" recopiló y puso al alcance de la burguesía el saber de su época. Fue una iniciativa cultural de gran calado ideológico. Ahora nos toca crear y desarrollar cauces eficaces para ilustrar al gran público en el saber científico-técnico. 

La pregunta es: ¿a quién corresponde ser el motor del cambio?. A nuestro modo de ver, son las universidades y los centros de ciencia y tecnología los que tienen que liderar esta revolución cultural. Porque en ellos se depositan los conocimientos que queremos difundir y es en esos ámbitos donde se producen los avances científicos y tecnológicos. Esperar que sean las administraciones públicas, las empresas o los medios de comunicación los que pongan en marcha este proceso es pedir que alguien reparta lo que no tiene. 

La extensión cultural de la ciencia sólo se puede hacer desde el profundo convencimiento de que el saber no es un tesoro particular de los científicos que lo producen, ni de los centros donde éstos trabajan. La ciencia es un bien que, como tal, debe ser compartido poniéndolo al alcance de los ciudadanos. 

¿Cómo llevar a la práctica esta revolución cultural?. El primer paso será disponer en las universidades y centros de investigación y de tecnología de Departamentos de comunicación y divulgación muy profesionalizados. Departamentos no creados con el fin exclusivo de "dar buena imagen al centro", sino que tengan en su punto de mira explicar la actividad de los grupos de investigación, sus logros y los conocimientos que permiten éstos. 

El cambio de integrar la tecnociencia en la cultura de los ciudadanos debe comenzar por otro cambio previo en la actitud de universidades, centros e investigadores que será más fácil si se convencen de que acercar su actividad y conocimientos a la sociedad es una de las mejores inversiones 

Sin embargo, contar con estos departamentos no garantiza ganar la batalla. El primer y gran desafío de un Departamento de comunicación es el interno, y comienza por la lenta tarea de cambiar la cultura "pitagórica" de muchos científicos y ganarlos para la divulgación, mostrándoles que éste es el mejor camino para lograr el apoyo de la sociedad a su tarea. 

No hay que desanimarse. Tal vez después de algunos años de actividad comunicadora y de organizar muchas actividades de divulgación (charlas, exposiciones, jornadas de puertas abiertas, acciones de apoyo al profesorado, etc.) podremos contar con un 30% de investigadores "conversos" que se muestren partidarios indiscutibles de colaborar activamente con las labores de comunicar y divulgar la ciencia. Seguramente otro 50%, habrá aprendido a aprovechar todas las oportunidades que les brinde el Departamento con vistas a dar a conocer sus resultados o contarán con él cuando necesiten de sus servicios porque hayan organizado un congreso u otra actividad científica y deseen que tenga una buena repercusión externa. Quizás este colectivo no se muestre del todo entusiasta con nuestro trabajo ni sea especialmente activo pero, en definitiva, y es lo que interesa, se comprometerá puntualmente con nuestra tarea cuando llegue la hora. 

Para finalizar, muy probablemente, seguirá existiendo un 20% de investigadores ajenos o reacios a la comunicación popular de los resultados. Incluso puede suceder que algunos de ellos se muestren beligerantes en el convencimiento de que divulgar es, en cierto modo, prostituir la ciencia porque, al robar a ésta lo que conlleva de abstracción y esfuerzo intelectual, se la está traicionando. 

En esta labor de mentalización de los colectivos investigadores conviene no perder nunca de vista que el mejor servicio que centros e investigadores pueden hacer a la sociedad es generar ciencia de la mejor calidad. Sentado este axioma, hay que añadir que si requerimos en estos tiempos, y de manera especial, su implicación en tareas de extensión cultural es porque necesitamos nivelar los desequilibrios que surgen del analfabetismo científico de nuestra sociedad, del que hablaba Martín Municio, y que tan negativamente repercute en la tarea investigadora. 

En definitiva, el cambio que predicamos para integrar la tecnociencia en la cultura de los ciudadanos debe comenzar por otro cambio previo en la actitud de universidades, centros e investigadores que será más fácil si se convencen de que acercar su actividad y conocimientos a la sociedad es una de las mejores inversiones que pueden realizar.
(100cia.com)
 

*Luis A. Martínez Sáez
Es Jefe del Gabinete de Dirección del Instituto de Astrofísica de Canarias
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