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Leopoldo Zea, esencia y legado del filósofo,
su patria el mundo, su casa nuestra América

por Héctor Valle

In memoriam
Ha muerto Don Leopoldo Zea. Pero no se ha ido. El 8 de junio próximo pasado, a casi 92 años de haber nacido, cerró sus ojos un hombre cabal y ciudadano ejemplar. 

Su patria fue el mundo y su casa nuestra América tan querida. Hombre docto y amigo de grandes figuras del pensamiento, Don Leopoldo fue ante todo un Maestro y un hombre sin cortapisas que siempre buscó la llanura para un mejor ver el horizonte. 

De nuestra comunidad, Zea fue amigo antes que colega, tanto de Arturo Ardao, bien como de Don Carlos Quijano, por ejemplo, a quienes siempre, a través de decenios de relaciones intensas y fraternas, recurrió como ellos fueron en su busca, en el plano mismo en el que se mueven los grandes hombres: en el de la más auténtica amistad. 

En este sentido, Don Leopoldo, y hay documentos que avalan estos dichos, trataba a nuestro querido Ardao, de “hermano”. Así lo dejó bien claro con motivo de expresar su saludo ante el ochenta aniversario de aquel en donde, una vez más, Zea pero también quienes como él pensaban, habló de un filosofar de origen regional como todo filosofar, pero enfocado hacia esa nunca satisfecha universalidad. Tales fueron sus propias palabras, en aquella ocasión singular en que un hermano se refería respecto del hacer y el pensar de otro hermano. 

Don Leopoldo, quien tuviera como maestro primero a don José Gaos, hizo carne la necesidad misma de llevar la filosofía adonde pertenece: a las cuestiones mismas que ocupan a la persona humana. Pues, como dijera, y cito lo extraído por Gabriel Vargas Lozano al respecto: “La filosofía debe ser conciencia lúcida de nuestra condición deprimida como pueblos y pensamiento capaz de desencadenar y promover el proceso de esa condición”. 

Zea, ese americanista que se opuso a la dependencia teórica y tomo para sí la tarea de rescatar el pensar de nuestros prohombres –Bolívar, Martí, por ejemplo- ahondando, acrecentando tanto la conciencia cuanto la identidad latinoamericana, buscando a su vez y constructivamente, una filosofía de la historia bien como una filosofía del hombre, como bien resumiera Vargas Lozano hace pocas semanas al referirse al querido Maestro, a través del suplemento cultural “El Ángel” del periódico “La Reforma”, de México (13/06/2004). 

América como conciencia
Compartamos algunos de sus pensamientos, por ejemplo a partir de su obra “La justificación de una tarea, América como conciencia”, publicada por la UNAM en el año 1972, en México, y que puede hallarse, digitalizada, en el sitio www.temakel.com:

Al cuestionarse respecto a si los americanos hacemos auténtica filosofía, Zea, se cuestiona y cuestiona lo siguiente: “¿Sentimos los problemas que nos planteamos como los filósofos clásicos han sentido los suyos? ¿Al plantearnos un problema nos jugamos, en la solución de éste, todo nuestro ser, tal como se lo han jugado todos los filósofos en sus soluciones? ¿Sentimos la filosofía, el afán de saber, en nuestra alma, en nuestra carne? O, en otras palabras, ¿los problemas de nuestro filosofar son nuestros, en la medida en que lo han sido para cada uno de los grandes maestros de la filosofía?” 

Y, agrega, mientras uno enmudece y entrecierra los ojos, inquiriéndose por el grado de compromiso y de coherencia que tiene ante los otros como ante sí mismo:

”Los grandes filósofos, nos enseña la historia de la filosofía, se han puesto simplemente a filosofar, sin más. Esto es, se han puesto a resolver una serie de problemas que su circunstancia les reclamaba. Las soluciones que ofrecieron fueron filosóficas, como lo fueron los problemas, por su afán de dar a éstos soluciones de validez permanente. Para los filósofos nunca fue un problema la originalidad de estas soluciones. Filosofaban pura y simplemente. Nunca un filósofo griego habló de una filosofía griega, ni un francés de una filosofía francesa, ni un alemán de una filosofía alemana. Su filosofar trascendía todas estas limitaciones espaciales y temporales. Lo griego, lo francés y lo alemán de su filosofía les fue dado por añadidura, sin que lo hubiesen pretendido, se les dio a pesar suyo. Más que lo griego, lo francés y lo alemán se les dio lo humano con todo lo que esto significa. ¿Por qué entonces los americanos hablamos sobre la posibilidad y aun la necesidad de una filosofía que podamos considerar como nuestra?” 

¿Por qué?
Lejos de ser el contrario a un pensamiento propio, buscaba primeramente un filosofar sin más, la búsqueda misma sin ataduras y esquemas que, a la postre, la inviabilizaran subordinándola a una búsqueda menor de una identidad que en sí misma estaría llamando a la negación de sí, a la imposibilidad misma del americanista de considerarse maduro y libre pensando en lo universal con su síntesis que ella sí contiene esencia e identidad pero nunca limitando el pensar a regiones pobres de un espíritu turbado.
 

Dice Zea: “Filosofar es hacer auténtica filosofía: Si queremos hacer filosofía lo primero que tenemos que hacer es filosofar. Filosofar sin más, sin preocuparnos porque esta actividad nuestra sea o no reconocida como filosofía. No debemos empeñarnos tanto en hacer filosofía como en filosofar. Esto es, debemos empeñarnos en dar solución a nuestros problemas en forma semejante a como los filósofos clásicos se han empeñado en dar solución a los problemas que su mundo les fue planteando.” 

Tal es, en puridad, el numen que animó la vida de nuestro querido Leopoldo Zea, al haber sido y continuar siendo, un maestro del filosofar. Buscador de respuestas a cuestiones lascerantes del hombre y de la mujer de a pie, en su cotidiano existir, este mexicano admirable, buscó soluciones sabiendo de antemano lo extremadamente difícil que resulta no sólo hallarlas sino implementarlas en una única vida humana. 

Pero el sentido no está en terminar “uno mismo” la tarea, sino en uno dar todo de sí por hallarla junto a sus semejantes y bueno si cabe implementarla pero si no también. Vamos, que una vida humana siendo finita y sabiéndose el hombre finito, despojado de ese ropaje de buzo cual es la vanidad, puede hallar el sentido de la infinitud aun en el último instante de conciencia humana. Seguros estamos que Zea la halló y nuestra es la tarea de tomar como propia la misma misión de pensar sin más, alejándonos de la corrupción del elogio y de los cantos de sirenas que la vanidad incorpora a nuestro paso. Que hay cosas y búsquedas más hermosas y placenteras que un pobre ego satisfecho (?) de sí mismo. 

Universalidad
Dijo Leopoldo Zea, en el mismo trabajo, lo que sigue: 

“(...) La universalidad debe ser una de las aspiraciones de nuestra cultura; pero partiendo siempre de nuestra realidad. La universalidad debe dar a nuestras obras una inseguridad creadora; la realidad, la seguridad de lo creado. En esta forma todo lo que hemos realizado, por poco que sea, tendrá siempre algo que decirnos. Será expresión de lo que nos es más inmediato y propio. La valorización de esta realidad nuestra depende, así, de nuestra propia actitud frente a ella.” 

Claro, como siempre. Certezas sobre el suelo que pisamos e incertidumbre en la acción misma de pensar lo no pensado o bien pensar sin limitaciones pero desde un punto pues siempre nos comprende el paisaje. No hay instancia alguna en donde el observador no esté dentro del campo de lo observado.

Así, Zea enseña la profunda e importante lección de pensar desde la realidad propia con una mirada que busque llegar más allá de la línea del horizonte. 

No cité su extensa bibliografía, sus merecidas distinciones, sus incomparables acciones desde la tarea misma de un ciudadano más, ocupando como ocupó cargos de especial destaque y complejidad. De tantas cosas no hablé. Más aun, tengo a mi lado uno de sus libros, con mil y una anotaciones propias que hoy pensaba comentar pero el silencio me ha invadido. Morder los labios y buscar el por qué, dejar que la vista vague sin destino fijo, sin un punto fijo, indagando en mi interioridad por lo no hecho, o lo mal hecho. Por cómo y cuándo hacer, como don Leopoldo enseñara desde su misma vida, un filosofar sin más. Esto me ha dejado en silencio y las palabras prefiero cesen con este próximo y último punto en donde un americanista se ha instalado y nos invita a meditar.

Foto: Leopoldo Zea
hectorvalle@adinet.com.uy

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