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Stirling va rumbo al
despeñadero,
y nadie le avisa

por Raúl Legnani

Las últimas encuestas ubican en el tercer lugar al Partido Colorado, oscilando entre el 5 y el 12% de adhesión de la ciudadanía. De mantenerse esta situación, el próximo 31 de octubre la gran batalla por el gobierno será entre el doctor Tabaré Vázquez (EP-FA-NM) y el ex senador Jorge Larrañaga (Partido Nacional).

Estos datos no hacen más que demostrar que más del 85% de los habilitados para votar no tiene puntos de contacto positivos con el gobierno, lo que contamina negativamente a todo el Partido Colorado que sigue sin poder despegar a pesar de que algunos indicadores económicos muestran una relativa mejoría.

El peso de la crisis que se desató en 2002 y que profundizó los ya bajos de niveles de vida del conjunto de la población, parece ser el factor decisivo del descrédito con que han llegado los colorados a la batalla electoral. Pero, a la vez, no es el único. La fórmula presidencial – Guillermo Stirling- Tabaré Viera-, no es ni fórmula, ni presidencial.

Viera no existe, no pesa, no agrega nada, a la imagen de buen hombre democrático que construyó Stirling cuando fue ministro del Interior, del actual Presidente Jorge Batlle. A la vez Stirling que deambula casi solo por todo el país, mientras que en el Foro Batllista y la Lista 15 se arrancan los pelos para conformar sus listas al parlamento, se desespera y comienza a conjugar discursos neoderechistas.

A esta altura de la campaña, cuando faltan unos 100 días para los comicios, Stirling se dedica a tirar piedras desde el talud, acusando a Vázquez y a Larrañaga de estatistas, olvidándose que el único estatismo que se implementó en el país fue el del batllismo.

También, como en 1971, son los colorados los que apuntan sobre el origen marxista de algunas de las fuerzas de la izquierda uruguaya, como es el caso de los socialistas.

Stirling ataca, exige, protesta, parece gritar “Aquí estoy yo, vengan a polemizar conmigo”, pero aún no ha podido dar a conocer ni el borrador de su programa de gobierno, porque sabe que no lo tiene. No tiene programa, no solo por su responsabilidad, sino porque el conjunto de los dirigentes que lo acompañan no han ni amagado a sentarse en una mesa y escribir 20 páginas, por lo menos para mostrarlo ante la opinión pública.

Stirling va rumbo al despeñadero, mientras que sus correligionarios parecen hacer apuestas (es una figura, claro) sobre si luego del golpe contra el piso queda sana alguna parte de su cuerpo.

A un hombre bueno, que en su desesperación puede llegar a retroceder en su democratismo, lo están destrozando. Alguien tiene que avisarle, ya que hasta ahora nadie le avisó...

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