|
La dignidad, quintaesencia
Aquella extraordinaria mujer llamada Hannah Arendt dijo, y toda vez que puedo lo traigo a colación, que cada persona es un initium, un comienzo y un recién llegado al mundo. Por tanto las personas pueden tomar iniciativas, convertirse en precursoras y comenzar algo nuevo en esta nuestra sinfonía humana. La acción misma y las palabras, constituyen las actividades en las que se vuelve a producir el nacimiento, el renacer de la esperanza desde la vida singular de un ser humano. Hecho que en este preciso momento, sea en el que yo escribo como en el completario que es, y lo agradezco, en el que usted lee este artículo, una persona cobra vida y con ella las posibilidades mismas de su esplendor en la finitud que su propia existencia, y la de su comunidad, tenga.
Declaraciones
y Cartas Así, pues, el primer Considerando del Preámbulo dice lo siguiente: Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana. El artículo primero de esta Declaración tan significativa, expresa:
Artículo 1 El Profesor Francisco García Moreno, en un trabajo disfrutable que apareciera publicado en la Revista de la Asociación Andaluza de Filosofía, advierte, sensatamente, que el la noción de dignidad encuentra sus orígenes en la Roma antigua. Es así que la “dignitas” es aquel concepto romano de forma de vida, relacionado directamente y ante todo a la vida política que, a su vez, contiene, está imbuido, de un carácter moral a todas luces vigoroso. Es con Immanuel Kant, ese gigante del pensamiento bien como de la moral aplicada, que encontramos un tratamiento de el concepto de dignidad en sus distintas vertientes, a saber: del hombre, de la humanidad, de la ley moral así como también del hecho mismo de ser feliz.
La Dignidad en la visión de
Immanuel Kant “(...) A la verdad, no puede negarse que para traer al carril de lo moralmente bueno a un ánimo, sea inculto, sea corrompido, se necesita, ante todo, instrucciones preparatorias atrayéndolo por su propia ventaja o asustándolo por los prejuicios; pero tan pronto como esta maquinaria, estos andadores, han producido algún efecto, tiene que ponerse en el alma absolutamente el puro fundamento motor moral, el cual, no sólo por ser el único que funda un carácter (modo de pensar práctico, consecuente según máximas invariables), sino también porque enseña al hombre a sentir su propia dignidad, da al ánimo una fuerza, que él mismo no esperaba, para deshacerse de toda dependencia sensible en cuanto ésta quiere ser dominante, y para encontrar, en la independencia de su naturaleza inteligible y en la grandeza de alma a que se va destinado, una rica compensación del sacrificio que realiza.” Ya aquí tenemos, como antes indicáramos, a la dignidad asociada, hermanada intrínsecamente con la sustanciación de la moral y de su interrelación, hallar la fuerza motriz, como indica luego Kant, de la pura representación de la virtud.
Ahora bien, está la dignidad asociada a la
humanidad. Kant, a este respecto, indica que: Vamos teniendo, así, una visión un poco más acabada de los cimientos del edificio que estructura el carácter del hombre en cuanto a su deber ser. Falta aun, en esta obra de Kant, tratar, muy a vuelo de pájaro, lo atinente a la dignidad de la ley moral: “El regidor del mundo nos deja conjeturar su existencia y su majestad, pero no verla ni demostrarla claramente; en cambio, la ley moral en nosotros, sin prometernos ni amenazarnos nada con seguridad, exige de nosotros respeto desinteresado, y, dominante, entonces, y sólo por eso, nos permite perespectivas en el reino de lo suprasensible, aunque sólo con mirada débil. Por eso puede haber una verdadera disposición moral de ánimo consagrada inmediatamente a la ley, por eso puede la criatura racional llegar a ser digna de participar en el bien supremo, en la medida adecuada al valor moral de su persona y no sólo a sus acciones.” Ciertamente la disposición de ánimo, el énfasis que pongamos en nuestras acciones sean estas en nuestra interioridad como ya en relación con el mundo, en sus propias y más pequeñas manifestaciones, estarán desvelando cuánto de contenido en dignidad conllevan habida cuenta de su relación directa o no con la moral en la esfera de lo humano. El filósofo de Könisberg, asimismo, en su trato respecto a la dialéctica de la razón pura en la determinación del concepto del supremo bien, encuentra que la virtud, como dignidad de ser feliz, sea la más elevada condición (él así lo subraya) de todo lo que nos pueda parecer sólo apetecible, por consiguiente, también, agrega, de toda nuestra busca de la felicidad. De tal forma, Kant que el juicio de una razón imparcial requiera también de la felicidad en cuanto al bien más elevado, además del deseo de una persona parcial, siendo el bien completo y acabado como objeto de la facultad de desear de seres racionales finitos. Luego, la dignidad, se halla, como hemos visto, en el nudo mismo de nuestra concepción del deber ser y, como tal, dotada de luz con la cual iluminar los pasos, en un ser ético que así exprese su compromiso de vida y su anhelo de justicia en las acciones mismas del cotidiano vivir.
La Filosofía como ciencia del
hombre Es comprensible que estemos, pues, en la antesala misma de abordar el concepto de libertad algo que, por su tratamiento ineludible, hace que este no sea el trabajo que tal indagación comprenda, lo que no elude nuestro compromiso de sí hacerlo próximamente.
Los derechos del hombre y los
derechos del otro Sabido es el notable legado que intentamos, modesta pero incansablemente transmitir, del maestro Emmanuel Lévinas, este humanista que nutriera al Occidente de una de las mayores riquezas conceptuales y trascendentes de parte del Oriente, desde su interrelación entre lo talmúdico y lo filosófico, sin con ello impregnar de un credo su labor pedagógica, todo lo contrario. Dio testimonio, en su vida como en su obra, de una apertura de sí para con el otro que es lo que motiva el título de este tramo final de estas disquisiciones que encuentra en usted, espacio y tolerancia para ser examinadas. En un trabajo elaborado en la primera mitad de la década de 1980, Lévinas, indica que los derechos reivindicados como derechos humanos –en el sentido, así lo expresa, riguroso y casi terminológico que tal manifestación ha tomado desde el siglo XVIII- los derechos respecto a la dignidad humana de cada uno, a la vida y a la libertad, y a la igualdad de todos los hombres ante la ley, reposan sobre una conciencia original del derecho o sobre la conciencia de un derecho original. Derechos del hombre que son el despertar mismo de la conciencia del hombre, una vez que, arribado a su madurez, asume su responsabilidad primera e ineludible y traza, singular y trascendentemente, los contornos del mapa ético del hacer humano en una “tabla” que pese a su permanente violación –porque no somos ajenos a la realidad y a las miserias del hombre que día tras día vulnera y antes desoye muchas veces lo escrito a fuego en las “tablas de 1948”. Pese a ello, las “tablas” siguen estando expuestas en el vértice de la colina y merecen tanto nuestro respeto como dedicación en el cumplimiento fiel de la letra y el espíritu que en ellas perviven.
Los derechos del otro hombre
Así, entonces, concluye el
filósofo de la otredad, manifestarse originalmente como derechos
el otro hombre y como deber para un yo, como mis propios deberes
de en la fraternidad, o bien la sororidad, para no quitar fuerza
al rol evidente de la mujer, he ahí la fenomenología de los
derechos humanos. Acierta nuevamente Emmanuel Lévinas al indicarnos que mi libertad y mis derechos antes de mostrarse en la contestación de la libertad y de los derechos del otro hombre, se mostrarán, precisamente, en forma de responsabilidad, en la fraternidad –o, sororidad - humana. Responsabilidad inagotable, porque no podemos quedar en paz con el otro. Ciertamente no podemos ni debemos. Es así que, la dignidad expresada a través de una conducta moral que dice del deber ser del hombre, encuentra expresividad, también pero enfáticamente, en el valor. No el valor de la pasión desbocada sino en aquel valor que encuentra en la persona humana ámbito para que esta se exprese sin vueltas y en lo abierto, en lo público, a riesgo incluso y primeramente, de su libertad. Porque si ni siquiera nos atrevemos a poner en trance de riesgo a nuestra propia libertad, no sólo no seremos dignos de ser llamados humanos sino que ni siquiera habremos tenido, en puridad, libertad en momento alguno. Es que el desvelar las miserias de un hombre encadenado revelan varias cosas: primero su indignidad, su cobardía primera y superior, pero segundo y lastimosamente, la falsa certeza que hasta ese instante, de cobardía extrema, tenía: el haberse considerado libre cuando ni siquiera, pudo ir en apoyo del otro. Tal nuestra concepción de la dignidad. LA ONDA® DIGITAL |
|
|
Un portal para y por uruguayos |
© Copyright |