|
In memoriam
Cuando se le nombra, suele hacerse de dos maneras: “Seregni” o “General Seregni”, que es la más habitual o la que, una vez pronunciada permite, a lo largo de la conversación referirse “al General” como “Seregni”. No estaba en su destino el ocupar cargo público. Cuando la madurez, la más elevada, llegó a él, lo comprendió y desarrolló una labor sin par en pro de lo mejor del hombre y de la mujer común: Fue, creo yo, forjador de ciudadanía. Fue, quizá, una manera de tocar aquel otro referente patrio, aquel “otro General”. Él, creo entenderlo hoy, supo interpretarlo, si bien no fue algo que él hubiese programado desde un inicio sino que el pueblo mismo, la ciudadanía, cada vez en mayor proporción, una vez que también diversos conjuntos de personas iban quitando sus lentes coloreadas, fue pidiendo de él, de su esfuerzo y de su entrega. Y el General supo escuchar la voz de la conciencia, tanto suya como del colectivo nacional. El momento en que aquello comenzó, así lo entiendo yo, fue, fundamentalmente, a partir de aquella manifestación al inicio de la dictadura -que fuera brutalmente reprimida- y que motiva su encarcelación totalmente injusta como la de otros camaradas de armas y compañeros de su grupo político. Desde ese momento, por marcar una inflexión aunque nunca es posible hallar el exacto instante de la misma, es que el General Líber Seregni comienza a gestar en sí mismo y al mismo tiempo en la población, claro está que inicialmente en los adeptos a su fuerza política pero luego y paulatinamente en un espectro mayor que, antes dijera, hoy congrega a muy buena parte de la ciudadanía del país, comienza, digo, a ingresar en el inconsciente colectivo como un ciudadano que está, como los grandes, destinado a ser guía de aquellos que van en pos de las cosas y requieren, cuándo no, de una mente clara que desde su gran angular, mire más y mejor, en el bien común, allende el momento y la situación contingente. Al ser liberado, esto ya es lugar común, Seregni dio un ejemplo de grandeza espiritual y moral, al llamar a la tolerancia y a la paz, al tiempo que reclamaba, con tono firme, la liberación de todos aquellos presos políticos que aun permanecían recluidos. En los últimos veinte años, el General Líber Seregni, supo estar en toda aquella situación en la que el país requería aplomo y voluntad de diálogo para emerger tanto de una crisis en su fuerza política bien como nacional e, incluso, internacional, que las hubo.
Fue un ciudadano ejemplar.
Voluntad de servicio. Actitud
crítica. Seregni y Foucault. Actitud dable solamente a un hombre libre, porque libre es el que, hoy sí y mañana también, da todo de sí, aun con el mayor riesgo, porque la libertad se construye y se preserva en el cotidiano vivir, paso a paso, sin cortapisas y a cara descubierta.
La Constitución y las Fuerzas
Armadas En ninguno de estos tres primeros y claves artículos se hace referencia alguna ni a credo ni a ninguna otra precondición de los habitantes, para pertenecer a tal cuerpo. Solamente se expresa la condición de libre. Con esta atmósfera, la de nuestra Carta, que es faro en tiempos de oscuridad, me acerco al final de esta modesto saludo a quien hasta el último instante dio muestras de acción política superior. Restituida su imagen en su Cuerpo, el Ejército, el General murió. Este General que, ironía del destino, será quien, junto con otros dignos camaradas de armas, que los hay y no pocos, preserve a las Fuerzas Armadas, a nuestras Fuerzas Armadas, de la ambición y la necedad de unos pocos, en la imagen que el colectivo debe tener de ellas. Porque al decir General Líber Seregni, al nombrarlo y saludarlo, se está nombrando y saludando al Ejército nacional también, al que siempre debió ser, más allá de la triste e injustificable experiencia golpista. Hace bien, pues, el Ejército Nacional, desde el lugar donde le tuviera por Jefe, preservar la imagen de Seregni, porque Seregni, con su hacer y su decir ha preservado y preservará al Instituto como un todo, como un Cuerpo, como emblema de nuestra patria. De una patria libre, soberana y digna. De aquella dignidad que se comprueba en la mirada misma de un habitante cualquiera de nuestro suelo. A ello, Seregni abocó su vida y, más aun, en la muerte, levanta su estampa y respalda sin cortapisas. Se ha colgado más que un cuadro con la imagen de un hombre; se ha restaurado lo mejor del uniformado: su respeto y apego a la Constitución y a las leyes del país. Hizo bien el Presidente de la República al ir al velatorio acompañado por los Comandantes de las tres Armas, bien como de su gabinete. Se saluda al hombre y se rinde respeto al símbolo y honor al referente. Y si bien hay quienes no saben leer historia y menos aceptar el presente que es, en todo caso, vivir en una irrealidad, lo cierto, repito, es que el General, en su vida y en su muerte, dignificó al civil y al militar, porque tanto uno como otro, encuentra contenido y continente en nuestra Carta y en un anhelo irrenunciable: Libertad. A usted, General, un adversario de a pie le saluda y un ciudadano más sufre su partida. Descanse en paz. LA ONDA® DIGITAL |
|
|
Un portal para y por uruguayos |
© Copyright |