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La mujer en la cuestión del otro
Hacer algo, humanamente, intransferible: ser humanos
por Héctor Valle

¿Escribiste mi nombre
Sobre el agua?
A fuego, en mi alma
Diseñé el tuyo.

Hilda Hilst

El hombre, ante lo temido, resiste su comprensión y asimilación. Opta, u optamos –en las gradaciones, estadios y circunstancias que cada uno estime se encuentre, nosotros varones que en este acto nos atrevemos a leernos- de cara a ese “otro” que es ella, su lado complementario o el lado complementario de cómo y a través de qué pautas ver y atender la vida misma. 

Denostar a la mujer en general, es un lugar común, como así también, elevarla a categoría de diosa si de madre o hija, se trata. Mas no cuando está frente a nosotros “aquella”, a quien no conocemos o, en muchos casos, tenemos “ciertas oídas” de su  hacer en la comunidad. 

Digámoslo antes de iniciar cualquier otro análisis: se es profundamente cínico cuando por vía del discurso valoramos el “rol” de la mujer y en los hechos, puertas adentro de nuestras casas, oficinas, templos, etcétera, cotidianamente, no hacemos más que violentarla en mil y una formas. 

Vejación de la mujer común, sea por insultos, golpes, ignorancia de su condición humana, que hace de nuestra masculinidad una cuestión aleatoria en la esencia de la persona humana, al no signar con dignidad, el valor de la diferencia, sea vista en nosotros como en las otras. Otredad sinuosa y mezquina que no dice del respeto primero e irrenunciable para con el otro, sea hombre o mujer, sino el valorar al otro antes bien si de varón se trata, relegando a la mujer a una condición no ya prehumana sino utilitarista, como bien de cambio. Traduciendo tal valoración en una cosificación grosera y primera del varón que así opera, en su irrefrenable desatino existencial. 

Luego, y habida cuenta de las virtudes del machismo, sea en la tribuna, como en nuestras casas, ante una cámara o desde un púlpito, señalamos a “esas” que, “inhumanamente” buscan privilegios olvidando el de los otros, si es que nos referimos al llamado “tema del aborto”, cuando en verdad, debiéramos tratar, en este caso, la mejor forma para que, en libertad y en responsabilidad, personal  y del colectivo que integramos, la vida sea respetada pero no en  titulares o declamativamente, sino en los hechos. Porque vida humana a preservar es, creo yo, no sólo la que en el vientre está, y ahí hay una gama importante dependiendo del tiempo de gestación que lleve el embarazo, sino también y especialmente a la vida fuera del vientre, que de esta, las más de las veces, solemos olvidarnos, con un grado de irresponsabilidad y desapego moral, más que cuestionables. 

Suele decirse que “madre hay una sola” cuando en realidad las hay, afortunadamente, a millones, sólo que también habemos muchos con “edipos” no resueltos. 

En fin, lamento haber comenzado por el final, pero comprenderán ustedes, y tú también, que para mí también es trabajoso, porque aldeano soy a no dudar, con aquella cuotaparte (que espero sea leve, aunque confieso existe) de primate herido ante el embate (contradicción ven a mí) de la fortaleza que lo femenino tiene, además de la justa complementariedad (que no igualdad porque sino la diferencia dejaría de ser) que  hombres y mujeres tenemos y nos contienen.  

Continente y contenido imposible de soslayar porque analizar o exponer a uno sin su complemento (hablo de dualidad y no de compañía en segundo grado). Es como querer estudiar el símbolo del ying y del yang, comprendidos ambos en un círculo, si bien estos expresan tanto lo femenino y lo masculino que cada persona humana posee, varón y mujer. 

El asunto también pasa por cómo hemos asumido o no, nuestros pares de opuestos y de  su asunción, si hubo o sigue habiendo resistencias que impidan una existencia libre y por tanto abierta, sin temor a nuestra propia sombra. 

Del concepto chino habría que trasladarse a comienzos del siglo veinte, junto al psiquiatra Carl Gustav Jung, para visitar sus conceptos del Anima, Animus, como de la Sombra, sin olvidarnos de otro arquetipo, y como tal fundamental, cual es el inconciente colectivo. 

A su vez, lo trascendente bien como lo existencial toman cuerpo desde lo económico y social. Es, en este sentido, que entiendo del caso recordar lo escrito por el economista  y premio Nobel de Economía en 1998, el indio Amartya Sen, respecto del género y la desigualdad: 

“(...) Existen disparidades sistemáticas en las libertades de que gozan los hombres y las mujeres en las diferentes sociedades y tales disparidades son a menudo irreducibles a diferencias de ingresos o de recursos. Si bien los diferenciales en la paga o el salario constituyen una parte de las sociedades, hay muchas otras esferas entre los sexos en la mayor parte de las sociedades, hay muchas otras esferas de beneficios diferenciados, por ejemplo, en la división del trabajo dentro del hogar, en el grado de cuidados o de educación recibidas, en las libertades de que se permite gozar a los distintos miembros de una sociedad.[i] 

Luego, advertimos la complejidad del asunto que, no sólo se arrastra de miles de años a la fecha, con diferentes niveles, en un mapa del mundo donde en más de la mitad del mismo, la mujer es casi ignorada en sus derechos como persona humana y en un Occidente en el cual, los grados de hipocresía y alineación van en relación inversa con las libertades que, efectivamente, las mujeres de a pie pueden tener en su diariovivir. 

Es esta, también, una de las grandes cuestiones que tenemos para resolver, en la medida en que abramos la ventana y permitamos ventilarlas a la luz y al buen aire de la plaza pública pues justamente en ese espacio, en el de lo público, es donde la el hombre y la mujer devienen personas al desplegar, sin cortapisa alguna y a resguardo del pater familias, ese ser que, con ropaje de severa defensa de lo propio (¿?) administra, luego imparte su voluntad, a los suyos y a las suyas. 

Es, digo y repito, en lo público, donde nos debemos el tratamiento y la busca de soluciones bien como su paulatina implementación, de cuestiones tales como la desigualdad flagrante para con la mujer y ni qué hablar de la mujer cuyas condiciones socioeconómicas son más que primarias. 

A ella, a tal mujer, sobre todo, estamos obligados a escuchar y a dotar de autonomía, mediante su propio desarrollo humano en dignidad y posibilidades de una actividad libre y justamente remunerada, esto es, a la par del otro en su esfera de acción pero nunca en su limitación de vida cual hoy es padecida en silencio e ignorancia mutua. 

No va, ni debe ir, en estas afirmaciones, sentimiento alguno de misericordia, conmiseración, “ganas de hacer el bien” o algún tipo de actitud falsaria que, vestida de caridad, esconde –si es que puede, lo que dudo- un espíritu tan posesivo y negador del otro como el que más. 

Simplemente es desplegar lo obvio de cara a uno mismo permitirse ser – que ser, se es en el deber ser que se da cita en las comunes y más aparentemente insignificantes acciones- humano y, en el transcurso de tal apertura y entrega, que es permanente e irrenunciable, ir logrando una madurez que nos permita ver el horizonte no en el apéndice extremo de  mi nariz sino en el abierto y luminoso escenario que desde el llano y frente a nosotros, mas no cerca, tenemos por meta a alcanzar. 

Se mira, pues, como se camina, desde el llano y hacia delante. 

Libertad, libertad
El querer tapar el Sol con la mano, lo que logra tan sólo es mostrar las líneas y callosidades que la palma de aquel miembro presenta en su vano, y reiterado, intento por detener la luz que a todos, sin distinción alguna, ilumina y asiste. 

El embate de los necios, que no deja de ser también un aviso de la declinación de su poderío, produce no ya estupor, sino una comprensión mayor de su debilidad actual y del tenue eco de sus gritos ya casi inaudibles. 

Cuando hablamos –y lo hice hace poco- sobre la Revolución Francesa, hay una imagen que viene a nuestra mente, y es la de una mujer que, desprendida su camisa y sus pechos generosos expuestos al aire, mientras con una maño, sujeta una bandera, con la otra, girando su cabeza hacia atrás, llama a sus pares para continuar la lucha. Recordemos, también, que cubre su cabeza un gorro frigio: es la libertad que lucha por su existencia. 

En un libro que recomiendo muy especialmente, intitulado “La Ilustración olvidada – La polémica de los sexos en el siglo XVIII” del cual extraemos un párrafo de su editora Alicia H. Puleo, cuando afirma que:  

“El discurso que la Ilustración mantiene sobre las mujeres se mueve en una ambigüedad fundamental. Se trata  de una polémica heredada del siglo anterior, polémica que recorre los salones que, como se sabe, estaban animados por mujeres de la nobleza y de la alta burguesía. Este papel activo de las mujeres en la génesis de la cultura de la época explica el auge del debate entre los defensores del “bello sexo” y sus detractores.[ii] 

Ciertamente, y en un plano propio de un período revolucionario como aquel, vale recordar el activo papel de la mujer en la lucha armada que va más allá de su presencia en lienzos y tapices.

Por ejemplo, recordar a las mujeres del mercado de Les Halles, como así también la voluntad deliberada y reflexiva que se originaba en los clubes de mujeres o de aquellas otras que habiendo luchado con especial valor y constancia, fueran luego expulsadas del ejército francés. O, por qué no, referirnos a Théroigne de Méricourt, aquella amazona de la revolución francesa, con una presencia por demás destacada en las Jornadas de Octubre que finalizaran con la instalación del rey en París bajo control revolucionario. 

En fin, ¿cómo no recordar a Marie Gouze, que luego adoptara el aristocrático nombre de Olympe de Gouges? 

Ella, de convicciones políticas moderadas, fue quien dio a luz la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, alcanzando[iii] el universalismo buscado por la Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano de agosto de 1789, sobre la que basa su trabajo. Veamos sus tres primeros artículos, de un total de diecisiete más su epílogo, seguido por la “Forma del contrato social del hombre y la mujer”. 

 

Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana
Artículo PrimeroLa mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden estar fundadas en la utilidad común. 

Artículo II
El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre; estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión. 

Artículo III
El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más que la reunión de la Mujer y el Hombre: ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ellos. 

En suma, porque la tentación de proseguir es grande, pero más lo es el respeto para quien estas líneas está leyendo, digo que no miro ni en un lado ni en el otro, la perfección encarnada. 

Antes bien, humanos todos a la par, pues, que falibles, es para uno deber irrenunciable el cuestionarse y cuestionar, en lo filosófico y desde la misma existencia, la veracidad de acciones y posturas  de cualquiera ante la vida. 

Que lo que propugnamos debe imperar es el juicio crítico, la escucha atenta, luego el respeto, signado todo ello por el dar paso a la duda razonable. A no enquistarnos ni fortificarnos cuando lo que quizá debiéramos es buscar una nueva perspectiva desde la que enfocar y evaluar tal o cual parecer. Siempre con responsabilidad y en lo abierto. 

Será, me digo a mí mismo sin buscar más apoyos de maestros del pensamiento, que tengo ante mis ojos a mis queridas hijas que tanto quiero como a los varones. Será también que, confieso a duras penas, busco limar, en la medida de lo posible –y aquí no me agredan, por favor- esa cuotaparte machista que como aldeano ya veterano tengo. Será o no será, pero lo que sí sabemos es y debe ser siempre, la existencia de igualdad de oportunidades sea para la mujer como para el hombre pero especialmente para la mujer.  Porque tenemos nos los varones una deuda grande para con ellas. 

Basta recordar la vigencia oprobiosa de la violencia doméstica, la carencia de trabajo para las mal llamadas “amas” (¿de casa?), sea para el endilgar tan fácil y desprovisto de eticidad, de epítetos sea de colegas periodistas como de pseudo referentes sociales para con aquella “madre joven” quizá una niña de apenas 12 o 13 años que cometiera una barbaridad, sin tener en cuenta el contexto y su atmósfera, despreciando cualquier análisis posterior y mesurado. 

Así no. Así no podemos seguir. Hay que intentar algo y no desde lo macro sino hoy y ahora, cuando dejemos de  leer esto y buscando algo que nos falte, gritemos sin siquiera mirarla: “¡Vieja, alcánzame el mate! 

Levantémonos, tanto de nuestros asientos como de nuestras propias miserias para hacer algo, humanamente, intransferible: ser humanos.

 

[i] Sen, Amartya, Nuevo examen de la desigualdad, Alianza Editorial para su colección Alianza Economía, Madrid, año 1995, pág. 140 (Género y desigualdad).

[ii] Puleo, Alicia H. Editora, La Ilustración olvidada, Anthropos editorial, Madrid, año 1993, pág. 14 y ss.

[iii] Idem, pág. 153

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