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Ceremonia del adiós para Gabriel
O de cómo saludar la partida de un amigo
por Héctor Valle
Ha muerto nuestro amigo
Gabriel. Partió con dignidad y mirando hacia atrás, en el recuerdo y
respeto para con sus seres más queridos.
Entre ellos está otro gran amigo, quizá debiera llamarle hermano del
alma, que fue y sigue siendo su padre. Un padre a carta cabal.
Ustedes dirán que estas cuestiones debiera dilucidarlas en el espacio
íntimo de mi familia y yo les respondería que no, puesto que esto hace,
y cómo, a un tema tan vital como lo es el de la amistad.
Uno tiene las fronteras que quiere y en lo que a mí respecta, estas no
terminan o principian ni en el río Uruguay o en el Chuy, Rivera,
etcétera. En realidad, les confieso desconocerlas.
Estos dos amigos, el que se fue y el que está, están a gran distancia
física pero muy cerca de mí, por lo cordial.
Saludar entonces, recordándolo, a Gabriel, me parece procedente: Fue un
joven brasileño que disfrutó, apacible e intensamente, de esta querida
aldea de Montevideo, visitando, cuándo no, casi cotidianamente su
rambla, fuera solo, fuera acompañado de una perra de nombre Rossina,
grande ella pero elegante como buen ejemplar de la raza “viejo pastor
inglés”.
El valor de la amistad es superior infinitamente a la mera acumulación
de cosas, y no es apelar a un lugar común, sino decir aquello que siente
uno, en el desgarro, ante la partida de un amigo y el dolor enorme del
otro, su padre. Es en estos momentos donde lo pequeño y cosificante se
torna menor, mucho menor que de costumbre porque a la esencia de lo
humano le falta un rostro y no un rostro cualquiera sino el de un joven
noble, cordial y fraterno: Gabriel.
Hoya lo que apelo es a usted, a mi conciencia, y a la mirada de este
otro amigo que si bien está, no lo puedo ver y menos abrazar en una hora
tan singularmente sensible.
La amistad es, esencialmente, el sentido mismo de la vida humana, su
basamento y su proyección. Luego viene el resto.
Dice Frei Betto, en su más que recomendable libro “La obra del artista”
(Editorial Trotta, Madrid, año 1995, de paso sea dicho que constato la
“presencia” de uno de mis hijos –pequeño en aquel año- con “dibujos
artísticos” en sus primerísimas páginas) que todos estamos hechos de
polvo de estrellas. Y da una estupenda clase en este sentido, desde la
física cuántica sin olvidarse de Aristóteles.
Lo cierto es que, sea por Frei Betto, bien como por Ralph Waldo Emerson,
de quien Borges fuera un entusiasta propagados de sus ideas, el hecho es
que todo está ligado y todos nos comprendemos dentro de una Obra,
cualesquiera sean nuestras propias –y respetables- interpretaciones de
la concepción misma del mundo y de la vida humana.
Así, pues, si esta noche miro al cielo, habré de encontrarme, como ahora
al ir apareciendo una a una las letras que escribo, con el rostro de
este muchacho sereno y bueno que ciertamente murió, que dejó esta vida,
pero que sigue vivo en el centro de nuestro corazón –del mío, por
ejemplo- recordándonos que el corazón es el microcosmos de donde la luz
parte para dar calor, sentido y sensibilidad a la persona humana.
Aun no fui, no me atreví, lo confieso, a la rambla que queda a los
fondos de mi casa, a despedir, rituálicamente, a este amigo y en tal
acto, rememorar la amistad fecunda que con su padre continúo. Pero lo
haré, quizá esta misma noche cuando terminado este particular momento en
que uno se aviene a escribir, es decir, abandona a regañadientes esa
cobardía leve de dilatar las acciones para el último momento, ahí
entonces, saldré a la calle y llegado a la rambla, tome aliento para
saludar a aquel punto en el firmamento que denominaré Gabriel. LA
ONDA®
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