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La delegación de Uruguay
a los Juegos Olímpicos 2004

“Uruguay va a Atenas con los deportistas que tienen las mejores posibilidades para dejar bien alto el prestigio de nuestro país”. Así presento el presidente del Comité Olímpico Uruguayo, Julio César Maglione, la delegación de deportistas uruguayos que viajaron a Grecia.Esta delegación esta integrada por 15 deportistas:

Angel Segura (Windsurf), Darwin Correa (Canotaje), Heber Viera, Andrés Silva y Elena Guerra (Atletismo), Milton Wynants y Tomás Margaleff (Ciclismo), Paul y Martín Kutscher, Serrana Fernández, Nicolás Mafio (Natación), Leandro Salvagno, Joe Reboledo, Rodolfo Collazo (Remo), Alejandro Foglia (Yachting). El judoka Alvaro Paseyro se lesionó en Portugal en las horas previas a partir hacia Atenas.
Cada atleta estará acompañado por su entrenador y su delegado, un respaldo que se suma al otorgado por el Comité Olímpico Internacional ya que todos los clasificados están becados.

La ceremonia de inauguración

La mitología, la tradición en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos donde se combinó sencillez con espectacularidad y en el que el medallista olímpico en Atlanta, Nikos Kaklamankis, puso el punto y final con el encendido del pebetero. “Grecia está aquí, frente a ustedes. Estamos listos, esperamos mucho este momento”, manifestó la directora del Comité Organizador de los Juegos de Atenas, Gianna Angelopoulos Daskalaki. 

El presidente del Comité Olímpico Internacional, Jacques Rogge, convocó a los atletas a “mostrarnos que el deporte es capaz de unirnos por sobre las barreras nacionales, políticas, religiosas y del lenguaje. Necesitamos paz, tolerancia y hermandad”.

 La ceremonia de inauguración también cerró un importante ciclo en los deportes, que comienza con el inocente renacimiento de los Juegos Olímpicos en 1896 y termina con la más grande reunión de atletas de todo el mundo bajo 202 banderas, en una época castigada por el terrorismo y la inestabilidad.

16 días para disfrutar del deporte
Era un día festivo en Atenas. Amaneció soleado y con un calor más que soportable. Las banderas con los colores olímpicos ondeaban en los rincones más inesperados y el paso de la antorcha por los barrios de la ciudad contribuía a que la capital griega ofreciera su imagen más espectacular. Sólo el ‘escándalo Kenteris’ -toda una tragedia griega- ponía nubes en el azulado cielo. Los atenienses, que habían vivido una larga noche, despertaron con el KO -sin saber muy bien si se trataba de doping, accidente o cualquier otra circunstancia- de su más apreciada estrella y tardaron el digerirlo. Pero a medida que avanzaban las horas la ilusión de la apertura -los Juegos volvían a su origen 108 años después y el país había demostrado estar a punto para acogerlos- pudo más que la puntual decepción y toda Grecia -unos 70.000 en vivo y buena parte de sus 12 millones de habitantes por televisión- se preparó para gozar de la ceremonia que iba a colocar por unas horas a su país en el escaparate del mundo y culminar un verano inolvidable para ellos


Hubo, eso sí, que armarse de paciencia. La ciudad estaba tomada por las fuerzas de seguridad y acercarse al principal anillo olímpico (OAKA) significaba pasar control tras control. Pero dos horas antes de la hora H del día D apenas se veían asientos libres en las gradas y no cabía un alma en el estadio Olímpico cuando pasaban 45 minutos de las 8 de la noche, la hora marcada para que se pusieran en marcha los 28 Juegos Olímpicos de la era moderna. Había llegado el gran momento de Atenas. Los Juegos volvían a su origen; un viaje de 108 años desde Olimpia a Atenas.

Una inmensa piscina, en la que pronto se diseñaron en fuego los cinco artos olímpicos, abrió la ceremonia, mientras el Zepelin habitual en el cielo ateniense y tres aviones de seguridad controlaban un estadio olímpico repleto de autoridades. Pero el espectáculo estaba en las gradas donde 70.000 espectadores disfrutaban de la fiesta y en la pista donde la organización había diseñado un elegante recorrido por todas las civilizaciones, abierto por la jabalina lanzada por el característico centauro. Las fórmulas matemáticas de Pitagoras, Democritus y Euclides se dispersaron el aire para comenzar por el prehistórico (año 2.000 antes de Cristo) y dar paso, a traves de 11 escenas repartidas por el diámetro del estadio, a personajes míticos como Agamenon, Hércules, Zeus o Apolo. La música de Verdi y la voz de Maria Callas fundieron todas las civilizaciones hasta hacer nacer el olivo, símbolo de la paz mundial.

Fueron 47 minutos en los que Atenas hizo historia, luciendo con indiscutible orgullo su calidad de padres de la civilización y mostrando su deseo de un mundo mejor, por que también apostaron los espectadores en su apasionado seguimiento del siempre protocolario pero interesante desfile de los 202 países que participan en estos Juegos. Lo abrió la bandera griega -su delegación lo cerró después- y fueron pasando uno a uno los 202 países. De los exóticos a los que ocho directivos acompañan a un único deportista (Armenia); de los testimoniales a los que se van a llevar las medallas. De todo hubo a lo largo de 105 minutos, pero los espectadores no ocultaron sus simpatías porque las ovaciones a Afganistán e Irak se unieron a los pitos a Estados Unidos.

Faltaba una segunda parte (repaso a los Juegos anteriores) y el instante estelar del encendido de un pebetero que descendió a la antorcha que portaba el regatista Nikolaos Kaklamanakis para poner punto final a una ceremonia menos espectacular que las de Barcelona y Sidney, pero elegante en un estadio moderno y con un público entregado. Atenas ha sabido tenerlo todo a punto y responder en la apertura. Ahora 16 días para disfrutar del deporte. Lo demás queda atrás.
Fuente Sport

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