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Sobre la
Libertad
Sentido y destino de la persona humana
por Héctor Valle
En esencia, la libertad hace a la persona. Por ello hoy quiero
compartir algunas reflexiones que me merece tal concepto, a
partir del pensamiento de determinados hombres y mujeres que
laboraron en la hermosa faena del pensar para bien de la
humanidad.
Montesquieu
y Kant
Dos hombres de una época maravillosa que dio tanto y tan bueno que aun
hoy buscamos en la rica historia de aquel tiempo, iluminación y
proyección, desde la reflexión misma con la crítica del caso pero en el
anclaje mayor de espíritus como los citados.
Dice Montesquieu en su obra “Del Espíritu de las Leyes” que “En un
Estado, es decir, en una sociedad que tiene leyes, la libertad no
puede consistir en otra cosa que en poder hacer lo que se debe querer
y en no ser obligado a hacer lo que no debe quererse.” Agregando que
“Es necesario distinguir lo que es independencia de lo que es libertad.
La libertad es el derecho de hacer lo que las leyes permitan y si un
ciudadano pudiera hacer lo que las leyes prohíben, no tendría más
libertad, porque los demás tendrían el mismo poder.”
Esto fue dicho, escrito y publicado en 1748. Montesquieu que dio
divulgación mayor a la Constitución inglesa, aquella que provenía de la
llamada Revolución Gloriosa de 1688 que, a su vez, venía precedida por
la histórica revocación del Edicto de Nantes, supo el célebre francés
preparar los espíritus para que alumbrara el hombre ilustrado. Más aun,
para que la persona humana despertara de su letargo, de su cosificación
y considerara la amplitud de posibilidades que a su imperio se
presentaban una vez que despojada de cadenas, ajenas y propias, se
atrevía a erguirse en más de un sentido y buscar su destino junto a los
suyos sin otro techo que el cielo azulado.
Así y todo, en el respeto a la Carta, igualmente Montesquieu advierte
que “no es bastante el haber tratado de la libertad política en lo que
respecta a la constitución; es necesario hacerla ver en lo que se
refiere al ciudadano.”
De cuya consideración, el francés argumenta que “Solamente la
disposición de las leyes y principalmente de las fundamentales, forman
la libertad en lo referente a la constitución. Pero en lo que se refiere
al ciudadano, pueden engendrarla ejemplos recibidos, tradiciones,
costumbres, y favorecerla ciertas leyes civiles.”
De este modo, se iba preparando el sendero para lo que luego sería, a
partir de la Revolución Americana y posteriormente la Francesa con la ya
visitada por nosotros Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano, el ejercicio mismo de la ciudadanía.
Montesquieu que muere en 1755, antecede a Immanuel Kant quien
desarrollará este concepto como otros en un ejercicio reflexivo que le
llevara a escribir obras fundamentales del pensamiento no sólo de la
Ilustración sino de la historia del Occidente.
El filósofo de Könisberg, bajo de estatura pero gigante del pensamiento
libre, dice, por ejemplo en un pasaje de la Crítica de la Razón
Práctica, que “el concepto de libertad, en cuanto su realidad queda
demostrada por medio de una ley apodíctica de la razón práctica,
constituye la PIEDRA ANGULAR de todo el edificio de un sistema de la
razón pura, incluso la especulativa y todos los demás conceptos.”
La libertad, enseña Kant, es la condición de la ley moral. Sin más.
Hoy y aquí, al recordar que la libertad se ejerce cuando a la vez somos
conscientes y contentes en defender tanto nuestras obligaciones como
nuestros deberes, el concepto de libertad cobra sentido y fuerza en
tanto y en cuanto asuma mi responsabilidad personal y colectiva. Que la
libertad no es un buen adquirido, heredado o regalado, sino que se
obtiene día a día y siempre conscientes de que el momento de libertad
podrá mantenerse en el tiempo si estamos alertas para su defensa en cada
una de las acciones cotidianas y menores a las que nos vemos enfrentados
bien como en las llamadas excepcionales.
Luego, al asumir nuestra condición de personas, que no de individuos
aislados y refractarios al otro, iremos dando cuenta de lo benéfico de
la libertad así tengamos para ello que soportar –y sin duda lo haremos
como lo hacemos a diario- inclemencias de variados tipos y signos.
A quienes nos toca vivir en una época en la que el político parece haber
desaparecido en beneficio del técnico, nos cabe el estudiar, muy
especialmente, la visión muy exigente de la democracia como comunidad de
diálogo entre individuos efímeros para quienes el consenso es siempre
provisorio y la inquietud, permanente.
El mérito de una sociedad libre es que tolera gran variedad de opiniones
en pugna sin que sea preciso eliminarlas. Es, consiguientemente, la
democracia, preferible a cualquier otra clase de régimen en tanto se
asienta en la creencia de los derechos humanos, única forma decente y
tolerable para que las personas vivamos juntas.
En un mundo de incertidumbres solamente podemos intentar hacer lo mejor,
lo que a menudo implica poner en evidencia la falsedad del estado de
cosas. En este contexto, el conocimiento siempre es crítico, la política
siempre es conflicto y ambos, crítica y conflicto, son condiciones de la
libertad (Ralf Dahrendorf).
Propender a una sociedad que, además de justa, sea abierta, que viva de
los contrastes y que nazca de la libertad justamente porque en ella
nadie puede permitirse dogmatizar sus propias soluciones. El privilegio
de la libertad va junto con la carga de la precariedad, por lo que
debemos estar atentos ante el riesgo que esto encierra.
Hannah Arendt y el INITIUM
La filósofa alemana Hannah Arendt, afirmaba que “en la medida en que es
libre, la acción no está bajo la guía del intelecto ni bajo el dictado
de la voluntad –aunque necesita de ambos para llegar a cualquier fin
particular- sino que surge de algo por completo diferente que
–recordando a Montesquieu en su análisis de las forma de gobierno-
llamaré principio”. Para seguidamente clarificar Hannah, que:
“A diferencia del juicio intelectual que precede a la acción, y a
diferencia del mandato de la voluntad que la pone en marcha, el
principio inspirador se manifiesta por entero sólo en el acto mismo de
la ejecución.”
Somos, pues, libres porque somos en nosotros mismos un principio.
El hombre es, por tanto y de acuerdo con Hannah, un inicio y un
iniciador, porque sólo el hombre puede empezar en tanto él es un
comienzo, lo que nos lleva a sostener ser humano y ser libre, es una y
la misma cosa. Desde una lectura bíblica e interpretativa, es un sistema
abierto: mantiene la posibilidad inefable de progresar y perfeccionarse,
de ahí lo de initium. De ahí que defendemos con ardor la propuesta
antigua, retomada por Arendt, que el hombre es la capacidad cabal de
empezar.
Es él quien podrá, merced a lo antes dicho, cambiar, ahondar, y por
tanto, el mejorar las condiciones de la vida; pese a la realidad que
muchas veces puede ser y es acuciante, pese a las condicionantes tanto
históricas como de orden externo, aun así, el hombre mantiene viva la
llama de la esperanza por imperio de dar curso a la esperanza activa del
principio redentor de la acción en la esfera de lo público como
complementación de lo actuado en la esfera de lo privado; en el
ejercicio irrestricto la libertad, en el marco del Derecho, de la
Justicia y del amor, el hilo conductor en todo este proceso dinámico.
Lo abierto permite entrar
Estar vigilantes, despejar nuestra mirada para una aproximación lo más
veraz y precisa a la realidad que nos circunda es, a mi modesto
entender, el cero del accionar de una persona en sociedad.
El precio que hay que pagar para ser persona es el de pensar, es decir,
estar dispuesto al diálogo franco y abierto con el otro, el desconocido
y diferente. Conversaciones que son argumentos de vida entre vivos, que
no sólo se hablan y piensan, sino que se perciben y sienten.
En un mundo de información, el axioma socrático es una evidencia: sin
reconocer la propia ignorancia no hay disposición a aprender ni a
corregir sobre lo aprendido.
Todos los hombres son iguales en tan son finalidades y sólo finalidades,
y nunca medios los unos para los otros.
Nuestra verdad es a menudo bastante miserable en comparación con nuestro
ideal. Tengamos la fuerza de vernos en nuestra verdad del momento.
La trascendencia no se manifiesta cuando sobrepasamos el nivel humano
sino precisamente ahí donde reconocemos ese nivel humano, cuando
reconocemos nuestra debilidad.
Cabe, a mi entender, una reflexión y es que lo que importa en el camino
no es un estado de perfección sino el reconocimiento de los momentos de
imperfección. Solamente un tal reconocimiento es el que nos llama a
continuar, estimo, nuestra transformación.
El vínculo humano es inseparable de la amistad y del compromiso. Esta
predisposición desde lo cordial, lo afectivo, nos permite estar
dispuestos a trabajar con el Otro pese a los estados de ánimo variables
y a la irracionalidad que el Otro experimente. Los seres vienen a la
existencia a partir del momento en que son nombrados con un nombre que
es inicialmente un sonido, irradiación de la fuerza vital y de su
naturaleza profunda.
Krause y la libertad
Recordemos lo dicho por Krause en un pasaje de su obra "El ideal de la
humanidad":
"Ningún tiempo es más oportuno que el presente, para volver la vista a
la idea general de la humanidad y del hombre en ella. Como individuos,
reconocemos hoy que faltamos, o al menos quedamos muy inferiores a
nuestro destino individual y social. Como pueblos y sociedades humanas,
cada día vemos más claro que no satisfacemos en nuestras relaciones
sociales a nuestro fin total humano, interior ni exterior; que no
hallamos en estas esferas limitadas la idea suprema que puede resolver
la contradicción histórica entre nuestro presente y nuestro pasado."
Para indicar luego que, "El hombre que escucha la voz de su corazón,
guiada por la razón, el que se siente movido a abrazar en amor y obra
viva todas las relaciones humanas, observa con extrañeza en la sociedad
en que ha nacido, y que le acompaña por toda su vida, hechos contrarios
a los sentimientos de unidad y comunidad humana."
O sea que Krause nos habla del amor, de aquel amor que como alguien me
dijera recientemente, recordando, quizá, al maestro Erich Fromm; el amor
-digo- es hijo de la libertad, nunca de la dominación, -y, atención-,
porque el amor es una actividad; es, a no dudarlo, un poder del alma.
En lo que atañe a la libertad, uno siente que la invoca cuando hace
posible, -en términos prácticos y cotidianos- la comunicación sin
barreras, sea al exponer pareceres sobre cuestiones científicas,
intelectuales y religiosas, por ejemplo, bien como la enseñanza más
abarcadora que, en lo societario, facilite la manifestación plena de
nuestras inquietudes.
Podemos, pues, colegir que, en una tal sociedad, existe un espíritu
tolerante, el cual, además de las garantías que la ley pueda y deba
suministrar, genera una atmósfera propicia a la expansión de la
libertad, de una libertad externa.
Para el desarrollo espiritual de la persona, la libertad es tal cuando
la persona, que no el individuo, antes bien y reitero: la persona, tiene
a su alcance las posibilidades efectivas de satisfacer sus necesidades
básicas sin que esto le impida el poder manifestarse en los restantes
ámbitos de la vida, esto es, sea en la esfera de lo público, como en la
esfera de lo privado. Apoyamos, claro está, que los bienes
instrumentales, destinados a sustentar la vida y la salud, sean posibles
en el marco de un trabajo tan digno y benéfico para la persona y su
comunidad, puesto que no se trata, de una quimera, sino del derecho
inalienable de la persona a tener una existencia digna, derecho al cual
jamás habremos de renunciar.
La comprensión del inconsciente de la persona presupone y precisa del
análisis crítico, reitero, de su sociedad, puesto que no se puede
separar al hombre como individuo del hombre como partícipe social y si
se hace, se termina por no comprender nada.
Un elemento vital para un tal esfuerzo, es el valor. Aquel valor, que
consiste en permitir que la razón ilumine el camino, lo que, de por sí,
nos expone, naturalmente, al aislamiento y a la soledad en tanto
comúnmente la razón y lo verdadero son opuestos a lo rutinario de la
vida contemporánea.
Asumir nuestra condición de personas libres
Si antes los ideales llevaban la marca de la represión, la sociedad
actual nos empuja hacia una pseudo libertad.Todo está permitido, y este
ideal consumista acompaña la caducidad de los objetos, la
superproductividad.
Muy a menudo, somos perezosos en nuestras acciones; en vez de realizar
verdaderos actos nos contentamos con falsas apariencias.
Recuerdo el siguiente ejemplo: el de la mosca que posada en un automóvil
que acaba arribar a una cierta elevación, pretende ser ella la que lo ha
conducido a lo alto de la cima.
Para tener conciencia de lo que me pertenece, me es indispensable saber
qué es lo que hago verdaderamente.
Dejo asentada una opinión muy personal y es que las respuestas últimas a
las esperanzas y los temores que nos invaden, se apoyan en la fuerza
moral del hombre, en la sabiduría y en la responsabilidad de aquellos
que propician su desarrollo. Porque las decisiones morales no nos eximen
de ahondar en la acción recíproca de los elementos objetivos que ofrecen
y limitan las elecciones.
Asumamos, pues, nuestra condición de personas libres y abandonemos, que
siempre algún resquicio queda, la servidumbre voluntaria, aquella sobre
la que nos advirtiera el joven Etienne de La Boétie.
Demos paso a la poesía
Hasta aquí lo mío, ahora permítanme que me despida a través de los
versos de un gran poeta, Paul Eluard, quien en una de sus más hermosas
creaciones, dijo: "Hay una palabra que me exalta, una palabra que nunca
he oído sin estremecerme, sin sentir una gran esperanza, la más grande
de todas, la de vencer a las fuerzas de la ruina y de muerte que agobian
a los hombres. Esa palabra es: fraternidad."
Pues bien, en un tal estado de ánimo le prestaré mi voz para que sea él
y no yo, quien cierre estos pensamientos y estas emociones compartidas,
esta noche, con vosotros.
Me valdré de una de sus mayores poesías, publicada allá por el oscuro
año de 1942, la cual comienza diciendo lo siguiente:
Sobre mis cuadernos
de escolar
Sobre mi pupitre y los árboles
Sobre la arena sobre la nieve
Escribo tu nombre
Sobre todas las páginas leídas
Sobre todas las páginas en blanco
Piedra sangre papel o ceniza
Escribo tu nombre
Prosigue la cadencia
de sentidos versos para, casi al final, manifestar que:
Sobre el vitral de
las sorpresas
Sobre los labios atentos
Muy por encima del silencio
Escribo tu nombre
Sobre mis refugios destruidos
Sobre mis faros desplomados
Sobre los muros de mi hastío
Escribo tu nombre
Sobre la ausencia sin deseos
Sobre la soledad desnuda
Sobre el escalón de la muerte
Escribo tu nombre
Sobre la salud recobrada
Sobre el peligro que se aleja
Sobre la esperanza sin recuerdos
Escribo tu nombre
Y por el poder de una palabra
Vuelvo a recomenzar mi vida
Yo nací para conocerte
Para nombrarte
¡Libertad!
hectorvalle@adinet.com.uy
1-Estas
reflexiones se basan en una conferencia que diera para un
conjunto de amigos y amigas, en la ciudad de Paraná, Provincia
de Entre Ríos/ Argentina, allá por el año 2001 y que luego
motivara lo mejor: una buena charla en un hogar entrerriano,
acompañada de humeantes empanadas y buen vino. LA
ONDA®
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