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El atentado a la AMIA y el factor Auschwitz
Cuando los inocentes claman justicia

por Héctor Valle

Rememoración:
Nutrido de higos sea el corazón,
donde la hora recuerda
el ojo almendrado del muerto.
Nutrido de higos.
Paul Celan

¿Tiene la responsabilidad límites? No. No cuando el horror de una acción salvaje acaba con la vida de seres humanos inocentes e indefensos en su desconocimiento absoluto de la iniquidad de algunos, primero y luego de todos nosotros. 

Este atentado como todo atentado contra la persona humana, nos atañe y convoca a nuestra responsabilidad primera e intransferible. De lo contrario, con nuestra aquiescencia como con nuestra resignación o prescindencia, convalidamos esos hechos porque ellos mismos son, en esencia, un rasgo de la sociedad en la que vivimos y actuamos.

Nada de lo nuestro, pues, nos es ajeno. No podemos alegar desconocimiento o menos aun, que es asunto de otros porque poco nos faltaría, luego, para decir que en algún sentido, algo deben haber hecho. Eso ya lo vivimos, escuchamos y sentimos en nuestra interioridad. 

El factor Auschwitz
Porque el atentado a la AMIA nos remite, quiérase o no, al que hoy llamo el
factor Auschwitz.
 

Nuestra sociedad occidental hace mal en olvidar parte de sus raíces, porque como bien dice Reyes Mate[1], provenimos de dos fuentes: Atenas y Jerusalén. Dos tradiciones, una abierta y la otra que intentamos muchas veces olvidar u ocultar, recordando a Hannah Arendt cuando hablaba de la “tradición oculta”[2]. 

No podemos seguir ocultándonos tras las celosías de una ventana cuya casa fue demolida por los hechos y las flagelaciones al espíritu humano, comenzando en Auschwitz mismo, como complejo carcelario, aquel universo concentracionario del que hablara y expusiera sin olvidar una sola mota de polvo, David Rousset[3]. 

Ahora tenemos y seguiremos teniendo con nosotros al FACTOR AUSCHWITZ como símbolo de nuestras miserias más hediondas pero que aun podemos encontrar en cada uno de nosotros al permitir desde la acción o desde el silencio, su permanencia en todo atentado que la persona humana recibe por imperio de la necrofilia de unos, esas larvas humanas que perviven en las cloacas de las ciudades. 

La llamada “cuestión judía” no es una cuestión de algunos sino que es la cuestión del hombre moderno: la llamada “cuestión del otro”, o filosofía de la alteridad.  

El diferente, el extranjero, en suma, nuestro reflejo, o el reflejo de nuestras iniquidades en ese otro que aun ni conocemos y mucho menos vimos y percibimos. Tan fácil es transferir nuestras culpas, tan cierto como que nos deshumanizamos al hacerlo, perdiendo identidad y sentido en tales acciones. 

Ante ello, solamente cabe ir en pos de ese otro, no como prójimo sino como otro que es, con cuya complementariedad y conocimiento, lograremos reconocernos y ser personas. Que no otro modo tiene el ser humano en devenir persona sino en el compromiso primero e intransferible de nuestra responsabilidad para con el otro. 

La prescindencia y el desvío de la mirada ante situaciones como la que hoy nos convoca a la reflexión, solamente nos hará perder, reitero, identidad y sentido, proyección y trascendencia. Porque no basta el saber sino lo traducimos en un saber trascendente y este tampoco ameritaría el justificar una vida humana sino deviene en actitud de vida traducida en la escucha atenta al llamado del otro, en su comprensión y corresponsabilidad en su destino. 

La AMIA, desde el clamor de los inocentes asesinados, hoy somos todos porque todos sin exclusiones tenemos grabado en nuestra conciencia al FACTOR AUSCHWITZ. 

No hay que ser judío para sentirse conmovido y llamado a hacer algo en pos de la verdad, basta con ser humano. 

El día en que nos olvidemos de ello, seremos también cosificables por las larvas que generación tras generación buscan reptar en el muro de la ignominia para tratar de entrever lo que su misma condición les impide: elevar la vista al cielo. 

El laureado con el premio Nobel de Literatura, el judío húngaro Imre Kertész, en una de sus conferencias, aquella que diera en los Kammerspiele de Munich, allá por el año de 1996, intitulada “Patria, hogar, país”[4], expresa desde el dolor mismo de quien fuera protagonista, en su calidad de víctima, de “la solución final”, narra, con desgarro que: “La ausencia misma del espíritu queda reflejada en una terrible falta de alegría, en el lamento mudo del ser humano que luego busca expresarse a través de frenéticos excesos.”  

Y añade Kertesz, abriendo su interioridad a la mirada del otro: “Formo parte de quienes participaron en las experiencias históricas y humanas más graves de este siglo, y cuando hablo de cualquier cosa en tanto partícipe de estas experiencias, siempre sólo puedo pronunciar necrologías. Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz:” 

Cada poro de nuestra piel siente, una a una, las letras de este testimonio. 

¿Cómo, pues, podemos sentirnos y estar ajenos a esta brutal condición humana de unos pocos que, desde el poder y con la razón del Estado pudieron hacer y deshacer, matar e incluso luego inculpar a otros o recrear una historia hasta fabular otra, volviendo a matar a quienes mataron en el primer acontecimiento, acompañados del sufrimiento de todos quienes en vida conocieron a aquellas víctimas bien como de cualquier otro ser humano que, sensible a esto, sufriera a la par de los otros, el mismo e intransferible dolor? 

¿Cómo? ¿Quién? ¿Hasta cuándo? ¿Acaso hemos olvidado quienes somos?  

¿Nuestra memoria de qué se compone si no mantenemos ante nosotros la ausencia de justicia como tarea a encarar y operar para que se restablezca lo que nunca debió dejar de suceder, el hacer justicia ante un crimen de lesa humanidad?
 

Bien dijo este otro gran hombre, Theodor Wiesengrund Adorno, que la educación en general carecería absolutamente de sentido si no fuese educación para una autorreflexión crítica. 

Tan luego Adorno, que conmoviera al Occidente, despertando conciencias adormiladas cuando lanzó su imperativo categórico, el famoso NUNCA MÁS AUSCHWITZ. 

Dijo Adorno: “Finalmente, la educación política debería proponerse como objetivo central impedir que Auschwitz se repita. Ello sólo será posible si trata este problema, el más importante de todos, abiertamente, sin miedo de chocar con poderes establecidos de cualquier tipo. Para ello debería transformarse en sociología, es decir, esclarecer acerca del juego de las fuerzas sociales que se mueven tras la superficie de las formas políticas. Debería tratarse críticamente –digamos a manera de ejemplo- un concepto tan respetable como el de ´razón de Estado´: cuando se coloca el derecho del Estado por sobre el de sus súbditos, se pone ya potencialmente el terror.”[5] 

Nos estamos cosificando. Estamos perdiendo, día tras día nuestra sensibilidad para con el otro, la voz de la conciencia cada día modula más y más lejos de nuestros oídos. Y debemos ser conscientes de ellos. Pues siempre estaremos a tiempo de dar vuelta y corregir el rumbo. No por nada el título del libro de Kertész “Un instante de silencio en el paredón”. Habla, claro está, del momento previo, esa fracción de tiempo en que recibida la orden de superior, el pelotón se dispone a apretar el gatillo para matar, asesinar, ejecutar a su –nuestras- víctimas. Pero a través de esa mirilla, el asesino atroz que es el siervo humano que acata una orden de tal magnitud, por esa mirilla, digo, ese siervo, que son todos los siervos ejecutores tanto del ayer como del hoy, sea en la Auschwitz como en la AMIA como en cualquier lugar que se dio –como se dieron, sin olvidar “nuestros” lugares- la iniquidad del hombre , tuvo ante sí la eternidad de su culpa expresada en la mirada del otro, esa mirada ausenta o desgarrada, desafiante o prescindente. En ese último instante, murió la ser interior del siervo ejecutor. 

Pero ello no es consuelo, salvo constatar lo obvio de las larvas humanas que medran con la humanidad de los otros. 

Estamos a tiempo. Siempre lo estaremos. Porque somos seres finitos, porque nos espera la muerte, luego, tenemos, como dijera Max Horkheimer que nos queda el anhelo:

”... no el anhelo del cielo, pero sí el anhelo de que este mundo horrible no sea el verdadero, el anhelo de justicia, no el dogma de que existe un Dios que la lleva a su cumplimiento. Y pienso que este anhelo, y todo lo cultural que se relaciona con él, es uno de los elementos que habría que conservar a lo largo del progreso para que no nos adaptemos solo a los hechos que configuran la marcha de la historia (...)”

Para que seguida y finalmente, agregue lo siguiente:

”Mi pesimismo se entiende mejor si se asume con él el pensamiento que yo siempre he expresado (...), el lema: pesimista en la teoría, optimista en práctica; esperar lo malo, y no obstante intentar lo bueno. Lo cual vale también para la teoría crítica: expresar lo malo y tratar de cambiarlo en la praxis.”
[6] 

Entonces, usted y yo tenemos hoy y mañana una tarea, sea por el atentado a la AMIA sea por la iniquidad humana que fuere o aun sin que ella se producta: tener en nosotros activo el factor Auschwitz, que nos lleve a un estado de alerta para con tales acciones, desde un hacer libre y responsable en consonancia con los otros, sin pensar ni llamar de extranjero o de diferente al otro. Por el contrario, estar a la escucha de sus latidos, atentos al servicio solidario y maduro de una persona que, sabiéndose humana, se dispone a estar al descampado para mejor vivir y sentir lo glorioso que nos depara un día cualquiera. Porque la vida tiene sentido si es vivida con dignidad.

[1] Celan, Paul – Obras completas, editorial Trotta, Madrid, año 2000, pág. 102
2
Reyes Mate – De Atenas a Jerusalén- Ediciones Akal, Madrid, año 199, pág. 5
3
Arendt, Hannah – La Tradición oculta, Editorial Paidós, año 2004
4
Rousset, David – El universo concentracionario, Editorial Anthropos, Barcelona, 2004
5 Kertész, Imre – Un instante de silencio en el paredón – Editorial Herder, Barcelona, año 2002, pág. 18

6
Adorno, Theodor W. – Consignas, Amorrortu editores, Buenos Aires, año 1993, pág. 95
7
Horkheimer, Max – Anhelo de Justicia, Editorial Trotta, Madrid, año 2000, pág. 219
hectorvalle@adinet.com.uy

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