El atentado a la
AMIA y el factor Auschwitz
Cuando los inocentes claman justicia
por Héctor Valle
Rememoración:
Nutrido de higos sea el corazón,
donde la hora recuerda
el ojo almendrado del muerto.
Nutrido de higos.
Paul Celan
¿Tiene
la responsabilidad límites? No. No cuando el horror de una
acción salvaje acaba con la vida de seres humanos inocentes e
indefensos en su desconocimiento absoluto de la iniquidad de
algunos, primero y luego de todos nosotros.
Este atentado como todo atentado
contra la persona humana, nos atañe y convoca a nuestra
responsabilidad primera e intransferible. De lo contrario, con
nuestra aquiescencia como con nuestra resignación o
prescindencia, convalidamos esos hechos porque ellos mismos son,
en esencia, un rasgo de la sociedad en la que vivimos y
actuamos.
Nada de lo nuestro, pues, nos es ajeno. No podemos alegar
desconocimiento o menos aun, que es asunto de otros porque poco
nos faltaría, luego, para decir que en algún sentido, algo deben
haber hecho. Eso ya lo vivimos, escuchamos y sentimos en nuestra
interioridad.
El factor Auschwitz
Porque el atentado a la AMIA nos remite, quiérase o no, al que
hoy llamo el factor Auschwitz.
Nuestra sociedad occidental hace mal en
olvidar parte de sus raíces, porque como bien dice Reyes Mate,
provenimos de dos fuentes: Atenas y Jerusalén. Dos tradiciones,
una abierta y la otra que intentamos muchas veces olvidar u
ocultar, recordando a Hannah Arendt cuando hablaba de la
“tradición oculta”.
No podemos seguir ocultándonos tras las
celosías de una ventana cuya casa fue demolida por los hechos y
las flagelaciones al espíritu humano, comenzando en Auschwitz
mismo, como complejo carcelario, aquel universo
concentracionario del que hablara y expusiera sin olvidar una
sola mota de polvo, David Rousset.
Ahora tenemos y seguiremos
teniendo con nosotros al FACTOR AUSCHWITZ como símbolo de
nuestras miserias más hediondas pero que aun podemos encontrar
en cada uno de nosotros al permitir desde la acción o desde el
silencio, su permanencia en todo atentado que la persona humana
recibe por imperio de la necrofilia de unos, esas larvas humanas
que perviven en las cloacas de las ciudades.
La llamada “cuestión judía” no es
una cuestión de algunos sino que es la cuestión del hombre
moderno: la llamada “cuestión del otro”, o filosofía de la
alteridad.
El diferente, el extranjero, en
suma, nuestro reflejo, o el reflejo de nuestras iniquidades en
ese otro que aun ni conocemos y mucho menos vimos y percibimos.
Tan fácil es transferir nuestras culpas, tan cierto como que nos
deshumanizamos al hacerlo, perdiendo identidad y sentido en
tales acciones.
Ante ello, solamente cabe ir en
pos de ese otro, no como prójimo sino como otro que es, con cuya
complementariedad y conocimiento, lograremos reconocernos y ser
personas. Que no otro modo tiene el ser humano en devenir
persona sino en el compromiso primero e intransferible de
nuestra responsabilidad para con el otro.
La prescindencia y el desvío de
la mirada ante situaciones como la que hoy nos convoca a la
reflexión, solamente nos hará perder, reitero, identidad y
sentido, proyección y trascendencia. Porque no basta el saber
sino lo traducimos en un saber trascendente y este tampoco
ameritaría el justificar una vida humana sino deviene en actitud
de vida traducida en la escucha atenta al llamado del otro, en
su comprensión y corresponsabilidad en su destino.
La AMIA, desde el clamor de los
inocentes asesinados, hoy somos todos porque todos sin
exclusiones tenemos grabado en nuestra conciencia al FACTOR
AUSCHWITZ.
No hay que ser judío para
sentirse conmovido y llamado a hacer algo en pos de la verdad,
basta con ser humano.
El día en que nos olvidemos de
ello, seremos también cosificables por las larvas que generación
tras generación buscan reptar en el muro de la ignominia para
tratar de entrever lo que su misma condición les impide: elevar
la vista al cielo.
El laureado con el premio Nobel de
Literatura, el judío húngaro Imre Kertész, en una de sus
conferencias, aquella que diera en los Kammerspiele de Munich,
allá por el año de 1996, intitulada “Patria, hogar, país”,
expresa desde el dolor mismo de quien fuera protagonista, en su
calidad de víctima, de “la solución final”, narra, con desgarro
que: “La ausencia misma del espíritu queda reflejada en una
terrible falta de alegría, en el lamento mudo del ser humano que
luego busca expresarse a través de frenéticos excesos.”
Y añade Kertesz, abriendo su
interioridad a la mirada del otro: “Formo parte de quienes
participaron en las experiencias históricas y humanas más graves
de este siglo, y cuando hablo de cualquier cosa en tanto
partícipe de estas experiencias, siempre sólo puedo pronunciar
necrologías. Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco
punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó
Auschwitz:”
Cada poro de nuestra piel siente,
una a una, las letras de este testimonio.
¿Cómo, pues, podemos sentirnos y
estar ajenos a esta brutal condición humana de unos pocos que,
desde el poder y con la razón del Estado pudieron hacer y
deshacer, matar e incluso luego inculpar a otros o recrear una
historia hasta fabular otra, volviendo a matar a quienes mataron
en el primer acontecimiento, acompañados del sufrimiento de
todos quienes en vida conocieron a aquellas víctimas bien como
de cualquier otro ser humano que, sensible a esto, sufriera a la
par de los otros, el mismo e intransferible dolor?
¿Cómo? ¿Quién? ¿Hasta cuándo?
¿Acaso hemos olvidado quienes somos?
¿Nuestra memoria de qué se
compone si no mantenemos ante nosotros la ausencia de justicia
como tarea a encarar y operar para que se restablezca lo que
nunca debió dejar de suceder, el hacer justicia ante un crimen
de lesa humanidad?
Bien dijo este otro gran hombre,
Theodor Wiesengrund Adorno, que la educación en general
carecería absolutamente de sentido si no fuese educación para
una autorreflexión crítica.
Tan luego Adorno, que conmoviera
al Occidente, despertando conciencias adormiladas cuando lanzó
su imperativo categórico, el famoso NUNCA MÁS AUSCHWITZ.
Dijo Adorno: “Finalmente, la
educación política debería proponerse como objetivo central
impedir que Auschwitz se repita. Ello sólo será posible si trata
este problema, el más importante de todos, abiertamente, sin
miedo de chocar con poderes establecidos de cualquier tipo. Para
ello debería transformarse en sociología, es decir, esclarecer
acerca del juego de las fuerzas sociales que se mueven tras la
superficie de las formas políticas. Debería tratarse
críticamente –digamos a manera de ejemplo- un concepto tan
respetable como el de ´razón de Estado´: cuando se coloca el
derecho del Estado por sobre el de sus súbditos, se pone ya
potencialmente el terror.”
Nos estamos cosificando. Estamos
perdiendo, día tras día nuestra sensibilidad para con el otro,
la voz de la conciencia cada día modula más y más lejos de
nuestros oídos. Y debemos ser conscientes de ellos. Pues siempre
estaremos a tiempo de dar vuelta y corregir el rumbo. No por
nada el título del libro de Kertész “Un instante de silencio en
el paredón”. Habla, claro está, del momento previo, esa fracción
de tiempo en que recibida la orden de superior, el pelotón se
dispone a apretar el gatillo para matar, asesinar, ejecutar a su
–nuestras- víctimas. Pero a través de esa mirilla, el asesino
atroz que es el siervo humano que acata una orden de tal
magnitud, por esa mirilla, digo, ese siervo, que son todos los
siervos ejecutores tanto del ayer como del hoy, sea en la
Auschwitz como en la AMIA como en cualquier lugar que se dio
–como se dieron, sin olvidar “nuestros” lugares- la iniquidad
del hombre , tuvo ante sí la eternidad de su culpa expresada en
la mirada del otro, esa mirada ausenta o desgarrada, desafiante
o prescindente. En ese último instante, murió la ser interior
del siervo ejecutor.
Pero ello no es consuelo, salvo
constatar lo obvio de las larvas humanas que medran con la
humanidad de los otros.
Estamos a tiempo. Siempre lo
estaremos. Porque somos seres finitos, porque nos espera la
muerte, luego, tenemos, como dijera Max Horkheimer que nos queda
el anhelo:
”... no el anhelo del cielo, pero sí el anhelo de que este mundo
horrible no sea el verdadero, el anhelo de justicia, no el dogma
de que existe un Dios que la lleva a su cumplimiento. Y pienso
que este anhelo, y todo lo cultural que se relaciona con él, es
uno de los elementos que habría que conservar a lo largo del
progreso para que no nos adaptemos solo a los hechos que
configuran la marcha de la historia (...)”
Para que seguida y finalmente, agregue lo siguiente:
”Mi pesimismo se entiende mejor si se asume con él el
pensamiento que yo siempre he expresado (...), el lema:
pesimista en la teoría, optimista en práctica; esperar lo malo,
y no obstante intentar lo bueno. Lo cual vale también para la
teoría crítica: expresar lo malo y tratar de cambiarlo en la
praxis.”
Entonces, usted y yo tenemos hoy
y mañana una tarea, sea por el atentado a la AMIA sea por la
iniquidad humana que fuere o aun sin que ella se producta: tener
en nosotros activo el factor Auschwitz, que nos lleve a
un estado de alerta para con tales acciones, desde un hacer
libre y responsable en consonancia con los otros, sin pensar ni
llamar de extranjero o de diferente al otro. Por el contrario,
estar a la escucha de sus latidos, atentos al servicio solidario
y maduro de una persona que, sabiéndose humana, se dispone a
estar al descampado para mejor vivir y sentir lo glorioso que
nos depara un día cualquiera. Porque la vida tiene sentido si es
vivida con dignidad.
LA
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