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Mitos y desafíos en la política
externa brasileña

por el embajador José Mauricio Bustani

La sociedad brasileña, cada vez más, discute la política eterna: las negociaciones de la OMC (Organización Mundial de Comercio), la prioridad de África, el juego de la selección de Haití o el rechazo a apoyar la invasión de Irak son vividos y debatidos en las familias y ruedas de amigos. El momento es propicio para reflexionar sobre ciertos mitos con respecto a las transformaciones del sistema internacional y del papel de los países en desarrollo.  Si empleamos una visión distorsionada por intereses que no son los brasileños, el resultado será la incapacidad de comprender el porqué de algunas opciones y la primacía, en nuestros esquemas mentales, de lo anecdótico sobre lo esencial. 

Un primer mito sustenta que el crecimiento de los diferenciales de poder entre las naciones tornaría el sistema más jerárquico e incluso imperial.  Sería por medio del ejercicio de la hegemonía que se superarían los desafíos actuales.  Cabría a los países en desarrollo adaptarse a una realidad que no pueden modificar.  Mientras tanto la propia realidad revela la inconsistencia del mito.  La desigualdad de poder no ha evitado la irrupción de amenazas nuevas o persistentes a la paz y de catástrofes humanitarias y ambientales. 

Son negadas, de esta manera, las promesas, implícitas en el sistema, de progreso y prosperidad y surgen factores de perturbación y violencia. 

La necesidad de que las naciones actúen, de forma armónica, para la superación de los problemas más graves, requiere la recuperación y el fortalecimiento del multilateralismo como elemento ordenador de las relaciones internacionales.  Tal proceso exige la renovación del compromiso de todos con las reglas del derecho internacional y con la integridad de las instituciones multilaterales, como las Naciones Unidas y la OMC. 

La transición entre la afirmación del poder bruto y de las particularidades, que es la marca de un pasado anárquico, y la vía superior de la negociación y del derecho, que es el fundamento del futuro, sólo puede darse en el contexto de un espacio internacional más democrático y sensible a los intereses de los países en desarrollo.  La construcción de tal espacio prosperará, por su parte, con la negación de la segunda parte del mito, que recomienda timidez en el escenario internacional y aceptación de las supuestas realidades de poder. 

Es posible una actuación valiente y al mismo tiempo pragmática.  La determinación de afirmar “la presencia soberana y creativa de Brasil en el mundo”, anunciada por el presidente Lula, ha llevado a la búsqueda de nuevas alianzas, amparadas en intereses y percepciones comunes. 

Esta estrategia se revela, en primer lugar, en la prioridad conferida a América del Sur, por medio de un ambicioso proyecto de integración, con epicentro en el Mercosur y volcado a la creación de una comunidad sudamericana de naciones.  A partir de nuestro continente, ya estamos ampliando la red de diálogo para América Central y el Caribe, como se comprueba con la participación en la operación de paz de la ONU en Haití y en la visita del presidente Lula a la República Dominicana. 

En segundo lugar, estamos formando alianzas con grandes países en desarrollo, con la creación, en 2003, del Ibas (foro que une India, Brasil y África del Sur); la visita, en mayo de 2004, del presidente Lula a China; y la intensidad inédita de nuestro diálogo político con Rusia. 

En tercer lugar, la política externa pasó a reflejar la naturaleza especial de nuestros vínculos con África, continente para el cual ya hubo tres visitas presidenciales en el actual gobierno.  Y hemos aprovechado oportunidades de cooperación, de diálogo y de negocios con los países árabes, reforzando la presencia brasileña en una región considerada estratégica por todas las potencias del mundo. 

En cuarto lugar, el estrechamiento de relaciones con el mundo en desarrollo no se da en detrimento de los países desarrollados.  Como embajador en el Reino Unido, he constatado la relevancia del diálogo político y la dimensión de las oportunidades que estos países ofrecen a nuestro proyecto de desarrollo, en materia de acceso a mercados, inversiones y cooperación tecnológica. 

Estas cuatro líneas de actuación se refuerzan mutuamente y lanzan las bases para un relacionamiento menos asimétrico con las grandes potencias.  Un ejemplo de esto es el éxito del G20, foro que congrega países en desarrollo en la OMC y que ya permitió redireccionar la negociación de la Ronda de Doha en un sentido más compatible con los intereses brasileños y de los demás países en desarrollo. 

En el campo político, el tema central es la reforma de las Naciones Unidas, particularmente del Consejo de Seguridad, con la inclusión de miembros permanentes oriundos del mundo en desarrollo.  En este momento, en que se observa la ampliación de las atribuciones del consejo en el combate al terrorismo y a las armas de destrucción masiva, es indispensable que su composición se torne más próxima a la configuración actual del sistema internacional, en el que los países en desarrollo ya no pueden ser ignorados. 

La política externa brasileña, beneficiándose del empeño puesto por el presidente Lula y de la gestión magistral del canciller Celso Amorim, combina la superación de mitos negativos con el enfrentamiento decidido a los desafíos.  Atiende, así, los intereses de nuestra sociedad y constituye un instrumento efectivo para el desarrollo nacional. 

José Mauricio Bustani, 59, diplomático, es el embajador de Brasil en Londres.  Fue director general de la Opaq, Organización para la Prohibición de Armas Químicas (1997-2002).

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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