Aparecida en el mes de
febrero del año de 1900, cuenta el momento en que el
viejo y venerado maestro, a quien solían llamar
Próspero, por alusión al mago de La Tempestad
shakespeariana, se despedía de sus jóvenes discípulos,
pasando un año de tareas, congregándolos una vez más a
su alrededor, nos cuenta Rodó.
José Enrique Rodó nació en
Montevideo allá por el año 1871 y murió en Palermo/
Italia, en 1917, dejando tras de sí una vasta y variada
obra, sea en narrativa, como en crítica literaria o
incluso poesía, aunque en grado netamente menor a las
otras.
Importa a nuestro
propósito, y una vez suministradas las fuentes para su
posterior consulta directa, adentrarnos sin más en la
obra y en la prédica areliana, a la vista de un trabajo
mayor cual es el estudio de las fuentes y las variantes
en pensamiento y estilos de este nuestro
latinoamericanismo que tiene ante sí una labor enorme a
cumplir en pro del hombre y la mujer, cualesquiera sean
sus lugares de residencia, en tanto adviertan que en lo
humano hay una trascendencia mayor y más rica, una vez
se pretende valorizarlo por sobre las meras cosas que,
como tales, cosas son, si bien facilitadoras de la vida,
nunca están por delante de la misma.
Dice Rodó que ninguna
firme educación de la inteligencia puede fundarse en el
aislamiento candoroso o en la ignorancia voluntaria.
Razón por la cual, hechas las advertencias de estilo, de
identidades y contenidos, ya en el pórtico de esta magna
obra, comenzaremos nuestro tránsito por ella de la mano
de la razón y con la luz del espíritu.
Rodó, el optimismo
paradójico y nuestra identidad
Refiere a aquella actitud que pese a nutrirse desde y en
un presente donde campea tanto el descontento como la
queda de la voluntad de ser, en muchos; aun así, está
aquel otro sujeto con la necesidad plasmada en una
determinación activa de renovar la existencia a favor de
la dignidad, el respeto y la libertad del ser humano.
Tal es la explicación del optimismo paradójico.
Agrega Rodó, en este
sentido, que tanto la fe en el porvenir como la
confianza en la eficacia del esfuerzo humano, son el
antecedente necesario, yo diría que los atributos
indispensables, de una voluntad tan determinada como
serena que parte de una visión republicana, para
emprender toda acción tan enérgica como positivo sea el
resultado alcanzado. Y lo será no por ser uno -o
creérselo, de lo cual muchos hacen gala de ignorancia
disfrazada de pedantería-, sino porque lisa y llanamente
al provenir tal acción de un ser cuyo propósito es –y,
cito textualmente a Rodó- profundo, bueno, en tal caso
no hay que esperar ni victoria ni derrota pues el mero
hecho de ser, en dignidad, y permitirse obrar en tal
sentido, con respeto y visión de conjunto, vale
reiterarlo incansablemente, ya es un hecho germinador de
instancias superiores en lo comunitario desde la propia
persona humana.
América, nuestra América,
necesita hoy, como necesitaba en el 1900 del Ariel, de
nuestra juventud. Y a nosotros, los mayores, nos viene
desde la historia de nuestros pueblos como desde la
vibración más grave y sonora de la voz de nuestra
conciencia, la tarea hermosa e intransferible de
abrirles a ellos, a nuestros jóvenes, hombres y mujeres
que habitan los ciclos de nuestra Patria Grande, las
ventanas y las puertas para que tomen cuenta de sus
posesiones, bien como de las obligaciones que las mismas
conllevan.
Rodó, naturalmente, lo
dice mejor:
“He ahí por qué os hablo.
He ahí por qué me interesa extraordinariamente a
orientación moral de vuestro espíritu. La energía de
vuestra palabra y vuestro ejemplo puede llegar hasta
incorporar las fuerzas vivas del pasado a la obra del
futuro. Pienso con Michelet que el verdadero concepto de
la educación no abarca sólo la cultura del espíritu de
los hijos por la experiencia de los padres, sino
también, y con frecuencia mucho más, la del espíritu de
los padres por la inspiración renovadora de los hijos..”
Ahora bien, yo pregunto:
¿Se advierte en lo dicho hasta aquí por parte de Rodó,
alguna referencia al Uruguay o lo uruguayo? No. Porque
no la hay en el texto ni tampoco la hubo en el espíritu
que animó a Rodó a dar vida a este canto a la libertad
con dignidad, desde el más libre pensar que se asienta
en un ser tan responsable como republicano.
Rodó dijo – y sigue
diciendo lo que hoy puede uno escuchar en la propia
interioridad junto con el acompasado son de tambores con
lonjas aceradas pero aun tensas: ¡América, América,
América!
Nuestra América, la
Patria Grande, tiene en nosotros como en los otros,
contenido y continente, sentido y proyección: apertura
al mundo. A un mundo que necesita de nuestra concepción
de vida: la brasileña, la venezolana, la argentina, la
paraguaya como la colombiana, la boliviana como la
paraguaya, y así sucesivamente.
Pero también, todas y cada una la de las propias y
diferentes etnias que cruzan cualesquiera de las
nacionalidades que la componen, porque tanto las
preceden como la sobrevuelan al tener en sí y para con
la vida, otra visión de la existencia que no sólo
complementa la primera sino que tienen tanto color, o
colores, nuestras pigmentaciones, como también hacen de
la propia vida de todo ser vivo, algo trascendente. Tal
aporte, entre otros, en consecuencia, precisa el mundo
sea compartido. Por ello nuestra identidad americana es
y será una identidad abierta al otro, nunca cerrada al
diferente como al desconocido.
Sobre la juventud y las
vocaciones
Rodó llama a los jóvenes en forma explícita, a:
”(...)... velar, en lo
más íntimo de sí mismos, la conciencia de la unidad
fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada
individuo humano sea, ante todo y sobre toda otra cosa,
un ejemplo no mutilado de la humanidad, en la que
ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada y
ningún alto interés de todos pierda su virtud
comunicativa.
Baste decir, por lo
pronto, que apenas estamos en el comienzo mismo de la
obra y ya la lección caló hondamente en nuestro ser,
porque no otra puede ser la reacción de aquel que como
lector -luego también responsable de la misma obra- la
ingresa letra a letra, y al ir elevando las palabras de
la hoja escrita hacia el interior de uno, alcanza a ver
la luz de vida que cobijaban, aguardando a la persona
capaz de leer –es decir, integrar en sí misma- el
mensaje del maestro.
Seguidamente, advierte
Rodó algo que necesariamente debe ser tenido muy en
cuenta:
“Antes que las
modificaciones de profesión y de cultura, está el
cumplimiento del destino común de los seres racionales”
Y, a renglón seguido, cita primero a
Guyau y luego a Renán, queriendo significar, aun con
mayor acento y precisión de estilo, que hay una
profesión universal, la de ser hombre –persona, diría
yo- así como también que el fin de la criatura humana
–así lo expresa Rodó- no puede ser exclusivamente saber,
ni sentir, ni imaginar, sino ser real y enteramente
humana,
que define el ideal de perfección a que ella debe
encaminar sus energías como la posibilidad de ofrecer en
un tipo individual –aquí yo establecería: en tanto que
basado en la responsabilidad societaria y universal- en
cuadro abreviado de la especie.
Apelación a favor de una
educación que dignifique al hombre
Seguidamente, marca Rodó, con trazo firme, aquello que
hoy –quizá como nunca- cosifica al hombre y lo degrada
de su condición humana, al decir lo siguiente:
”Cuando
cierto falsísimo y vulgarizado concepto de la educación
que la imagina subordinada exclusivamente al fin
utilitario, y de una especialización prematura (...) no
repara suficientemente en el peligro de preparar para el
porvenir espíritus estrechos, que, incapaces de
considerar más que el único aspecto de la realidad con
que están inmediatamente en contacto, vivirán separados
por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la
misma sociedad, se hayan adherido a otras
manifestaciones de la vida. Lo necesario de la
consagración particular de cada uno de nosotros a una
actividad determinada, a un solo modo de cultura, no
excluye, ciertamente, la tendencia a realizar, por la
íntima armonía del espíritu, el destino común de los
seres racionales. (...) Nuestra capacidad de comprender
sólo debe tener por límite la imposibilidad de
comprender a los espíritus estrechos.”
Ha transcurrido un siglo
y el embate de los pequeños hombres prácticos aun parece
querer continuar. Desean una educación que prepare para
el mercado y, consecuentemente, no se dice pero se
entiende, congregue lo mejor de los esfuerzos en
aquellos que “realmente” tienen “condiciones”, léase
segmentar, estratificar y por ende, parcializar la
llamada educación según el estrato socioeconómico de
donde venga el niño o el adolescente.
Practicidad que dice del
desapego a los libros en pro de apuntes o ni tanto,
apenas con unas cuantas citas y englobando varias
materias en una sola, con la consiguiente pérdida de
universalidad en el tratamiento de los temas en sus
diversas áreas. Pedagogía de la exclusión que en sí
misma conlleva el virus que terminará con el educador y
con el educando salvo variados y selectos “nichos” (otra
vez, la necrofilia en acción) que “merezcan” el esfuerzo
de “la sociedad”.
Utilitarismo de los
mediocres para nivelar hacia abajo, de forma tal de
conformar un universo gris a su alrededor que se
compadezca con su visión de sí mismos, luego de la vida
humana.
Frente a esto, antes Rodó
y ahora todos nosotros, propugnamos por una educación
como la que reza el párrafo anterior bien como el
espíritu del ilustre maestro en donde la intolerancia
sea lo marginal y la libertad interior, en razón y en
sentimiento, sea el faro a alcanzar, la luz buscada
desde el hombre y la mujer para con nuestros jóvenes
todos, sin exclusiones de especie y grado alguna.
Libertad de pensamiento.
Para poder pensar, soñar, imaginar, hacer y, meramente,
ser, sin otra limitación que la libertad del otro,
teniendo en cuenta su existencia como responsabilidad
propia e intransferible. Libertad de pensamiento que
nace, lo reitero, de la libertad que anide en nuestro
interior, de las ganas y la voluntad, mantenida en el
tiempo y ante todo embate, en pro de lo mejor del hombre
y de la mujer, su apertura de espíritu, su sensibilidad
en lo cordial y con un raciocinio tal, que le permita
ser, en obligaciones como en derechos, responsablemente
activo en el medio que le toque vivir y desarrollarse.
También será libre quien
no angoste el camino de las ideas, que no tenga un solo
estante al que recurrir ni una sola voz a la que
escuchar. Que se permita, y que lo busque, el conocer
distintas visiones y versiones de un mismo asunto y de
tal manera, decidir verdaderamente y no apenas
homologar, como homologa quien a partir de una
servidumbre voluntaria, conciente o inconscientemente,
así lo permita.
Proclama el maestro en
otro pasaje de esta obra:
“A medida que la
humanidad avance, se concebirá más claramente la ley
moral como una estética de la conducta. Se huirá del mal
y del error como de una disonancia; se buscará lo bueno
como el placer de una armonía.”
Para añadir algo más
adelante, el siguiente concepto:
“La
civilización de un pueblo adquiere su carácter, no de
las manifestaciones de su prosperidad o de su grandeza
material, sino de las superiores maneras de pensar y de
sentir que dentro de ella son posibles.”
Luego, Rodó va
componiendo una partitura humana con alto contenido
moral y de talante libre en la dignidad irrenunciable de
la persona en sociedad.
La concepción utilitaria, el intento de
“deslatinizar” a América y la
“nordomanía”
Tan pronto iniciara estos apuntes, advertía sobre la
condición de americanista de Rodó en oposición, agrego
ahora –y desde lo cultural- a América del Norte. Es así
que el maestro ingresa, a continuación, en el
tratamiento de este tema. Tratamiento que no obedecerá a
un antinorteamericanismo sino a la defensa primera y
frontal de nuestra cultura, de la cultura
latinoamericana, apunto hoy, a ser preservada esta a
favor no tanto de nosotros sino del concierto general de
naciones en el Occidente.
Veamos lo que nos dice
Rodó:
“La
concepción utilitaria, como idea del destino humano, y
la igualdad en lo mediocre, como norma de la proporción
social, componen, íntimamente relacionadas, la fórmula
de lo que solido llamarse en Europa, el espíritu de
americanismo. Es imposible meditar sobre ambas
inspiraciones de la conducta y la sociabilidad y
compararlas con las que le son opuestas, sin que la
asociación traiga, con insistencia, a la mente, la
imagen de esa democracia formidable y fecunda que, allá,
en el Norte, ostenta las manifestaciones de su
prosperidad y su poder como una deslumbradora prueba que
abona a favor de la eficacia de sus instituciones y de
la dirección de sus ideas. Si ha podido decirse del
utilitarismo que es el verbo del espíritu inglés, los
Estados Unidos pueden ser considerados la encarnación
del verbo utilitario. Y el Evangelio de este verbo se
difunde por todas partes a favor de los milagros
materiales del triunfo. Hispano-América
ya no es enteramente calificable, con relación a él, de
tierra de gentiles. La poderosa federación va realizando
entre nosotros una suerte de conquista moral. (...) Es
así como la visión de una América deslatinizada
por propia voluntad, sin la extorsión de la conquista, y
regenerada luego a imagen y semejanza del arquetipo del
Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros
interesados por nuestro porvenir, inspira la fruición
con que ellos formulan a cada paso los más sugestivos
paralelos, y se manifiesta por constantes propósitos de
innovación y de reforma. Tenemos nuestra nordomanía.
Es necesario oponerle los límites de la razón y el
sentimiento señalan de consuno.
Sabido es la posición de
José Enrique Rodó respecto de América del Norte y por
ello, transcribí tan extenso tramo de su obra para una
mayor y mejor comprensión (si bien, obviamente el autor
se extiende más y mejor respecto a este asunto).
En todo caso, y a medida
que nos adentramos en la obra, vamos ya delineando un
perfil, un rostro, de la intencionalidad como del hacer
propio del autor respecto tanto de esta como de otras
cuestiones.
La crítica, pues, no es
al Calibán sino a los aláteres que, genuflexión
mediante, buscan “imitar” lo inimitable por tratarse de
otra cultura y otra historia, perdiéndose y con ello,
poniendo en riesgo a otros, con su manía de ver
solamente lo bueno en lo externo por oposición a “lo
mediocre” o local.
Seguidamente, y luego de nombrar a “nuestra América
Latina”, vuelve la mirada sobre los jóvenes y les
advierte:
”que
el pensamiento se conquistará, palmo a palmo, por su
propia espontaneidad, todo el espacio de que necesite
para afirmar y consolidar su reino, entre las demás
manifestaciones de la vida. (...) Todo el que se
consagra a propagar y defender, en la América
contemporánea, un ideal desinteresado del espíritu (...)
debe educar su voluntad en el culto perseverante del
porvenir. El pasado
perteneció todo entero al brazo que combate; el presente
pertenece, casi por completo también, al tosco brazo que
nivela y construye;-
porvenir es un porvenir tanto más cercano cuanto más
enérgicos sean la voluntad y el pensamiento de los que
ansían- ofrecerá, para el desenvolvimiento de superiores
facultades del alma, la estabilidad, el escenario y el
ambiente.
Aquí es dable advertir,
más allá de lo conceptuoso del texto citado, las épocas
de nuestra América, al indicar Rodó los “tiempos” de la
misma, a saber, según considero es dable presentar, más
allá del rigor histórico: Una primera época de gesta
independentista y de convulsiones varias, y otra época
en la cual ya se da inicio a la construcción misma de
las naciones que componen nuestra Patria Grande.
A ello, añado, estamos
ahora, impelidos por la historia bien como por nuestra
propia madurez puesta en entredicho, en medio de tanta
visión reductora, a comenzar una tercera época: la de la
consolidación de nuestra condición de región y de visión
del mundo, con nuestros modos, estilos y medios.
Respetando hasta nuestra mensura del tiempo sin que ello
implique un abandono al hacer productivo de bienes
materiales como de intangibles sino y simplemente
adaptar tal producción a nuestra idiosincrasia y ésta, a
su vez, adecuarla a una ética de la responsabilidad que
también contenga una ética de la convicción pero nunca,
claro está, que esta última medie de limitante para la
cuestión del otro.
Finalmente, y ya próximos
a terminar nuestra lectura –la suya, bien como la mía-
del Ariel de José Enrique Rodó, veamos qué un par de
pasajes que, entiendo, merecen ser leídos con una visión
abarcadora que comprenda su tiempo y entienda el
actual:
“¿No la veréis vosotros,
la América que nosotros soñamos; hospitalaria para las
cosas del espíritu, y no tan sólo para las muchedumbres
que se amparan a ella; pensadora, sin menoscabo de su
aptitud para la acción; serena y firme a pesar de sus
entusiasmos generosos; resplandeciente con el encanto de
una seriedad temprana suave, como la que realza la
expresión de su rostro infantil cuando en él se revela,
al través de la gracia intacta que fulgura, el
pensamiento inquieto que la despierta?”
Promueve en los jóvenes
el seguimiento de una filosofía moral en el trabajo que
no se adhiera a lo presente sino como el peldaño donde
afirmar el pie, no buscando victorias definitivas sino
mejores condiciones de lucha.
Junto con ello,. El no
apego a la posesión de bienes como fin último sino en un
contexto más amplio para lo humano, comprendiéndole,
pues, la solidaridad para con el otro y el estudio por
medio de una educación que propague a todo lo ancho, el
bien superior del espíritu.
¿Y qué debemos entender,
en definitiva, por progreso?
Pues bien, Rodó nos enseña, y estas son sus palabras,
que solamente somos capaces de progreso en cuanto lo
somos de adaptar nuestros actos a condiciones cada vez
más distantes de nosotros, en el espacio y en el tiempo.
La seguridad de nuestra intervención en una obra que
haya de sobrevivirnos, fructificando en los beneficios
del futuro, realza, con ello, nuestra dignidad humana,
haciéndonos triunfar de las limitaciones de nuestra
naturaleza.
Y tal concepción es
posible si antes supimos aceptar, como dijera
magistralmente el pensador Max Horkheimer, nuestra
propia finitud. Y así, como reza Rodó, laborar en pro de
lo mejor que sabido es, no cosecharemos nosotros, sino y
muy especialmente, aquellos que nos sucedan. La
trascendencia desde la labor finita de una vida humana.
En suma, leemos lo escrito por Rodó que
expresa el sentir y sentido mismo de su obra:
Ariel es la razón y el
sentimiento superior. Ariel es este sublime instinto de
perfectibilidad, por cuya virtud se magnifica y
convierte en centro de las cosas, la arcilla humana a la
que vive vinculada su luz. (...) La fuerza
incontrastable de Ariel tiene por impulso todo el
movimiento ascendente de la vida. Vencido una y mil
veces por la indomable rebelión de Calibán, proscrito
por la barbarie vencedora (...) Ariel resurge
inmortalmente, Ariel recobra su juventud y su hermosura,
y accede ágil, como el mandato de Próspero, al llamado
de cuantos le aman e invocan en la realidad.”
Detengo aquí esta lectura
comentada que juntos hicimos, porque se impone una pausa
y no sólo por respeto a usted y a su tiempo. La pausa es
indispensable para calibrar cada quien a su modo y en su
tiempo, la obra de este hombre del 900, de la generación
del novecientos. De aquellos hombres, y aquellas
mujeres, recordemos a la incomparable Delmira Agustini,
a la inefable María Eugenia Vaz Ferreira, como a otros
literatos de la talla de un Herrera y Reissig, o de un
Florencio Sánchez, dilecto amigo de Rodó, como de -¿cómo
no citarlo?- Horacio Quiroga.
Esta pausa que me pide la
vida, es para extender la mirada más allá de mi
circunstancia y buscar desde lo lejos y hacia lo
cercano, una comprensión que permita, y nos permita,
atender mejor nuestra realidad, sin visiones
cortoplacistas y menos aun, estimo yo, apocalípticas,
pero que sí respete las épocas de nuestra historia
común, para desde ella y con ella, construir a partir
del presente un compromiso que atienda el mañana de
todos, pero en especial, de nuestros jóvenes.
Luego de la pausa,
quisiera poder extender mi consideración, modesta pero
sentida, sobre el resto de la obra de Rodó. Tarea que
hoy, les confieso, no emprendo sea porque sería un
atrevimiento compendiarla en unas pocas páginas bien
como para el mejor tratamiento de la misma.
Porque de su lectura y de
nuestro comentario, queda aun lo mejor por visitar: la
labor periodística de Rodó, su crítica literaria, el
intercambio, riquísimo y variado, que tuvo este hombre
con tanta gente y, bueno, detenernos, especialmente,
para tratar, como hoy espero haberlo hecho, con seriedad
y mirada crítica, a la vez, otras dos grandes obras de
José Enrique Rodó: “El Mirador de Prospero” y “Motivos
de Proteo”.
Y, además, leer a un
hombre nacido en este país y volcado al mundo entero:
Emir Rodríguez Monegal quien compusiera una serie de
ensayos sobre Rodó y su obra, intitulados “José E. Rodó
en el Novecientos” que resulta, por sí sola, un lujo que
se permitió esta nuestra Patria Grande, apenas hace algo
más de medio siglo.
Ahora sobreviene el
silencio de la página en blanco, en mérito al respeto
que usted me merece.
Foto:
José Enrique Rodó
hectorvalle@adinet.com.uy
1)Obras
completas de J. E. Rodó/ Edición oficial al cuidado de
José Pedro Segundo y Juan Antonio Zubillaga – Volumen II,
Barreiro y Ramos S.A., Montevideo, año 1956, Págs. 111 a
218 (con comentarios)
2)
Oreggioni, Alberto – Nuevo Diccionario de Literatura
Uruguaya, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo,
año 2001, Págs. 204 a 206 (Mario Benedetti).
ídem, Pág.
126
Ibidem,
Pág. 126
Ibidem,
Pág. 126
Ibidem,
Pág. 127
Rodó tiene,
en la consideración de Hispano, una comprensión e
inclusión propia y total del Brasil que incluso
mereciera una nota del autor especialmente dedicada a
esta su interpretación de lo que hoy nosotros
denominamos América Latina (Nota del autor)
Así
denominaba Rodó, con este neologismo, a tal afición.
Ibidem,
Págs. 167 y 168
El
subrayado es del autor del ensayo.
Ibidem,
Págs. 196 y 197.
Ibidem,
Pág. 197.
13)
Ibidem, Págs. 200/2202 y 203.