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Latinoamericanismo
II – José Enrique Rodó y el americanismo
como factor cultural

Primera parte – El Ariel

por Héctor Valle

Mirar en lo profundo de nuestra historia, comprende, naturalmente, el adentrarse en lo cultural y en ese estadio, visitar la narrativa. 

Así, llegados a este punto de la investigación, y provistos del espíritu de propiciar una mirada más extensa y directa hacia ese ángulo de la vida de nuestros pueblos, nos encontramos con la figura de José Enrique Rodó, ese grande de nuestra cultura. 

Rodó tuvo para sí un compromiso irrenunciable con el estudio del mejoramiento en las condiciones morales e intelectuales del hombre. Así fue, consiguientemente, que arriba a una de sus máximas obras, aunque no la única ni la mayor, cual es el “Ariel”. 

Así, pues, es que iremos recorriendo esta obra[1]que ya desde el inicio establece un horizonte y un cielo en su misma dedicatoria:

Ariel
A la juventud de América

 

Aparecida en el mes de febrero del año de 1900, cuenta el momento en que el viejo y venerado maestro, a quien solían llamar Próspero, por alusión al mago de La Tempestad shakespeariana, se despedía de sus jóvenes discípulos, pasando un año de tareas, congregándolos una vez más a su alrededor, nos cuenta Rodó. 

José Enrique Rodó nació en Montevideo allá por el año 1871 y murió en Palermo/ Italia, en 1917, dejando tras de sí una vasta y variada obra, sea en narrativa, como en crítica literaria o incluso poesía, aunque en grado netamente menor a las otras[1]. 

Importa a nuestro propósito, y una vez suministradas las fuentes para su posterior consulta directa, adentrarnos sin más en la obra y en la prédica areliana, a la vista de un trabajo mayor cual es el estudio de las fuentes y las variantes en pensamiento y estilos de este nuestro latinoamericanismo que tiene ante sí una labor enorme a cumplir en pro del hombre y la mujer, cualesquiera sean sus lugares de residencia, en tanto adviertan que en lo humano hay una trascendencia mayor y más rica, una vez se pretende valorizarlo por sobre las meras cosas que, como tales, cosas son, si bien facilitadoras de la vida, nunca están por delante de la misma. 

Dice Rodó que ninguna firme educación de la inteligencia puede fundarse en el aislamiento candoroso o en la ignorancia voluntaria. Razón por la cual, hechas las advertencias de estilo, de identidades y contenidos, ya en el pórtico de esta magna obra, comenzaremos nuestro tránsito por ella de la mano de la razón y con la luz del espíritu. 

Rodó, el optimismo paradójico y nuestra identidad
Refiere a aquella actitud que pese a nutrirse desde y en un presente donde campea tanto el descontento como la queda de la voluntad de ser, en muchos; aun así, está aquel otro sujeto con la necesidad plasmada en una determinación activa de renovar la existencia a favor de la dignidad, el respeto y la libertad del ser humano. Tal es la explicación del optimismo paradójico
[2].
 

Agrega Rodó, en este sentido, que tanto la fe en el porvenir como la confianza en la eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente necesario, yo diría que los atributos indispensables, de una voluntad tan determinada como serena que parte de una visión republicana, para emprender toda acción tan enérgica como positivo sea el resultado alcanzado. Y lo será no por ser uno -o creérselo, de lo cual muchos hacen gala de ignorancia disfrazada de pedantería-, sino porque lisa y llanamente al provenir tal acción de un ser cuyo propósito es –y, cito textualmente a Rodó- profundo, bueno, en tal caso no hay que esperar ni victoria ni derrota pues el mero hecho de ser, en dignidad, y permitirse obrar en tal sentido, con respeto y visión de conjunto, vale reiterarlo incansablemente, ya es un hecho germinador de instancias superiores en lo comunitario desde la propia persona humana. 

América, nuestra América, necesita hoy, como necesitaba en el 1900 del Ariel, de nuestra juventud. Y a nosotros, los mayores, nos viene desde la historia de nuestros pueblos como desde la vibración más grave y sonora de la voz de nuestra conciencia, la tarea hermosa e intransferible de abrirles a ellos, a nuestros jóvenes, hombres y mujeres que habitan los ciclos de nuestra Patria Grande, las ventanas y las puertas para que tomen cuenta de sus posesiones, bien como de las obligaciones que las mismas conllevan. 

Rodó, naturalmente, lo dice mejor:

“He ahí por qué os hablo. He ahí por qué me interesa extraordinariamente a orientación moral de vuestro espíritu. La energía de vuestra palabra y vuestro ejemplo puede llegar hasta incorporar las fuerzas vivas del pasado a la obra del futuro. Pienso con Michelet que el verdadero concepto de la educación no abarca sólo la cultura del espíritu de los hijos por la experiencia de los padres, sino también, y con frecuencia mucho más, la del espíritu de los padres por la inspiración renovadora de los hijos..”[3]

Ahora bien, yo pregunto: ¿Se advierte en lo dicho hasta aquí por parte de Rodó, alguna referencia al Uruguay o lo uruguayo? No. Porque no la hay en el texto ni tampoco la hubo en el espíritu que animó a Rodó a dar vida a este canto a la libertad con dignidad, desde el más libre pensar que se asienta en un ser tan responsable como republicano. 

Rodó dijo – y sigue diciendo lo que hoy puede uno escuchar en la propia interioridad junto con el acompasado son de tambores con lonjas aceradas pero aun tensas: ¡América, América, América! 

Nuestra América, la Patria Grande, tiene en nosotros como en los otros, contenido y continente, sentido y proyección: apertura al mundo. A un mundo que necesita de nuestra concepción de vida: la brasileña, la venezolana, la argentina, la paraguaya como la colombiana, la boliviana como la paraguaya, y así sucesivamente.

Pero también, todas y cada una la de las propias y diferentes etnias que cruzan cualesquiera de las nacionalidades que la componen, porque tanto las preceden como la sobrevuelan al tener en sí y para con la vida, otra visión de la existencia que no sólo complementa la primera sino que tienen tanto color, o colores, nuestras pigmentaciones, como también hacen de la propia vida de todo ser vivo, algo trascendente. Tal aporte, entre otros, en consecuencia, precisa el mundo sea compartido. Por ello nuestra identidad americana es y será una identidad abierta al otro, nunca cerrada al diferente como al desconocido. 

Sobre la juventud y las vocaciones
Rodó llama a los jóvenes en forma explícita, a:

”(...)... velar, en lo más íntimo de sí mismos, la conciencia de la unidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada individuo humano sea, ante todo y sobre toda otra cosa, un ejemplo no mutilado de la humanidad, en la que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada y ningún alto interés de todos pierda su virtud comunicativa.[4] 

Baste decir, por lo pronto, que apenas estamos en el comienzo mismo de la obra y ya la lección caló hondamente en nuestro ser, porque no otra puede ser la reacción de aquel que como lector -luego también responsable de la misma obra- la ingresa letra a letra, y al ir elevando las palabras de la hoja escrita hacia el interior de uno, alcanza a ver la luz de vida que cobijaban, aguardando a la persona capaz de leer –es decir, integrar en sí misma- el mensaje del maestro. 

Seguidamente, advierte Rodó algo que necesariamente debe ser tenido muy en cuenta: 

“Antes que las modificaciones de profesión y de cultura, está el cumplimiento del destino común de los seres racionales”[5] 

Y, a renglón seguido, cita primero a Guyau y luego a Renán, queriendo significar, aun con mayor acento y precisión de estilo, que hay una profesión universal, la de ser hombre –persona, diría yo- así como también que el fin de la criatura humana –así lo expresa Rodó- no puede ser exclusivamente saber, ni sentir, ni imaginar, sino ser real y enteramente humana, que define el ideal de perfección a que ella debe encaminar sus energías como la posibilidad de ofrecer en un tipo individual –aquí yo establecería: en tanto que basado en la responsabilidad societaria y universal- en cuadro abreviado de la especie.

Apelación a favor de una educación que dignifique al hombre
Seguidamente, marca Rodó, con trazo firme, aquello que hoy –quizá como nunca- cosifica al hombre y lo degrada de su condición humana, al decir lo siguiente:

Cuando cierto falsísimo y vulgarizado concepto de la educación que la imagina subordinada exclusivamente al fin utilitario, y de una especialización prematura (...) no repara suficientemente en el peligro de preparar para el porvenir espíritus estrechos, que, incapaces de considerar más que el único aspecto de la realidad con que están inmediatamente en contacto, vivirán separados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la misma sociedad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la vida. Lo necesario de la consagración particular de cada uno de nosotros a una actividad determinada, a un solo modo de cultura, no excluye, ciertamente, la tendencia a realizar, por la íntima armonía del espíritu, el destino común de los seres racionales. (...) Nuestra capacidad de comprender sólo debe tener por límite la imposibilidad de comprender a los espíritus estrechos.”[6]  

Ha transcurrido un siglo y el embate de los pequeños hombres prácticos aun parece querer continuar. Desean una educación que prepare para el mercado y, consecuentemente, no se dice pero se entiende, congregue lo mejor de los esfuerzos en aquellos que “realmente” tienen “condiciones”, léase segmentar, estratificar y por ende, parcializar la llamada educación según el estrato socioeconómico de donde venga el niño o el adolescente. 

Practicidad que dice del desapego a los libros en pro de apuntes o ni tanto, apenas con unas cuantas citas y englobando varias materias en una sola, con la consiguiente pérdida de universalidad en el tratamiento de los temas en sus diversas áreas. Pedagogía de la exclusión que en sí misma conlleva el virus que terminará con el educador y con el educando salvo variados y selectos “nichos” (otra vez, la necrofilia en acción) que “merezcan” el esfuerzo de “la sociedad”. 

Utilitarismo de los mediocres para nivelar hacia abajo, de forma tal de conformar un universo gris a su alrededor que se compadezca con su visión de sí mismos, luego de la vida humana.

Frente a esto, antes Rodó y ahora todos nosotros, propugnamos por una educación como la que reza el párrafo anterior bien como el espíritu del ilustre maestro en donde la intolerancia sea lo marginal y la libertad interior, en razón y en sentimiento, sea el faro a alcanzar, la luz buscada desde el hombre y la mujer para con nuestros jóvenes todos, sin exclusiones de especie y grado alguna. 

Libertad de pensamiento. Para poder pensar, soñar, imaginar, hacer y, meramente, ser, sin otra limitación que la libertad del otro, teniendo en cuenta su existencia como responsabilidad propia e intransferible. Libertad de pensamiento que nace, lo reitero, de la libertad que anide en nuestro interior, de las ganas y la voluntad, mantenida en el tiempo y ante todo embate, en pro de lo mejor del hombre y de la mujer, su apertura de espíritu, su sensibilidad en lo cordial y con un raciocinio tal, que le permita ser, en obligaciones como en derechos, responsablemente activo en el medio que le toque vivir y desarrollarse. 

También será libre quien no angoste el camino de las ideas, que no tenga un solo estante al que recurrir ni una sola voz a la que escuchar. Que se permita, y que lo busque, el conocer distintas visiones y versiones de un mismo asunto y de tal manera, decidir verdaderamente y no apenas homologar, como homologa quien a partir de una servidumbre voluntaria, conciente o inconscientemente, así lo permita. 

Proclama el maestro en otro pasaje de esta obra:

“A medida que la humanidad avance, se concebirá más claramente la ley moral como una estética de la conducta. Se huirá del mal y del error como de una disonancia; se buscará lo bueno como el placer de una armonía.”[7] 

Para añadir algo más adelante, el siguiente concepto: 

La civilización de un pueblo adquiere su carácter, no de las manifestaciones de su prosperidad o de su grandeza material, sino de las superiores maneras de pensar y de sentir que dentro de ella son posibles.”[8] 

Luego, Rodó va componiendo una partitura humana con alto contenido moral y de talante libre en la dignidad irrenunciable de la persona en sociedad. 

La concepción utilitaria, el intento de “deslatinizar” a América y la “nordomanía”
Tan pronto iniciara estos apuntes, advertía sobre la condición de americanista de Rodó en oposición, agrego ahora –y desde lo cultural- a América del Norte. Es así que el maestro ingresa, a continuación, en el tratamiento de este tema. Tratamiento que no obedecerá a un antinorteamericanismo sino a la defensa primera y frontal de nuestra cultura, de la cultura latinoamericana, apunto hoy, a ser preservada esta a favor no tanto de nosotros sino del concierto general de naciones en el Occidente. 

Veamos lo que nos dice Rodó: 

La concepción utilitaria, como idea del destino humano, y la igualdad en lo mediocre, como norma de la proporción social, componen, íntimamente relacionadas, la fórmula de lo que solido llamarse en Europa, el espíritu de americanismo. Es imposible meditar sobre ambas inspiraciones de la conducta y la sociabilidad y compararlas con las que le son opuestas, sin que la asociación traiga, con insistencia,  a la mente, la imagen de esa democracia formidable y fecunda que, allá, en el Norte, ostenta las manifestaciones de su prosperidad y su poder como una deslumbradora prueba que abona a favor de la eficacia de sus instituciones y de la dirección de sus ideas. Si ha podido decirse del utilitarismo que es el verbo del espíritu inglés, los Estados Unidos pueden ser considerados la encarnación del verbo utilitario. Y el Evangelio de este verbo se difunde por todas partes a favor de los milagros materiales del triunfo. Hispano-América[9] ya no es enteramente calificable, con relación a él, de tierra de gentiles. La poderosa federación va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral.  (...) Es así como la visión de una América deslatinizada por propia voluntad, sin la extorsión de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros interesados por nuestro porvenir, inspira la fruición con que ellos formulan a cada paso los más sugestivos paralelos, y se manifiesta por constantes propósitos de innovación y de reforma. Tenemos nuestra nordomanía[10]. Es necesario oponerle los límites de la razón y el sentimiento señalan de consuno.[11] 

Sabido es la posición de José Enrique Rodó respecto de América del Norte y por ello, transcribí tan extenso tramo de su obra para una mayor y mejor comprensión (si bien, obviamente el autor se extiende más y mejor respecto a este asunto).

En todo caso, y a medida que nos adentramos en la obra, vamos ya delineando un perfil, un rostro, de la intencionalidad como del hacer propio del autor respecto tanto de esta como de otras cuestiones. 

La crítica, pues, no es al Calibán sino a los aláteres que, genuflexión mediante, buscan “imitar” lo inimitable por tratarse de otra cultura y otra historia, perdiéndose y con ello, poniendo en riesgo a otros, con su manía de ver solamente lo bueno en lo externo por oposición a “lo mediocre” o local. 

Seguidamente, y luego de nombrar a “nuestra América Latina”, vuelve la mirada sobre los jóvenes y les advierte:

que el pensamiento se conquistará, palmo a palmo, por su propia espontaneidad, todo el espacio de que necesite para afirmar y consolidar su reino, entre las demás manifestaciones de la vida. (...) Todo el que se consagra a propagar y defender, en la América contemporánea, un ideal desinteresado del espíritu (...) debe educar su voluntad en el culto perseverante del porvenir. El pasado perteneció todo entero al brazo que combate; el presente pertenece, casi por completo también, al tosco brazo que nivela y construye[12];- porvenir es un porvenir tanto más cercano cuanto más enérgicos sean la voluntad y el pensamiento de los que ansían- ofrecerá, para el desenvolvimiento de superiores facultades del alma, la estabilidad, el escenario y el ambiente.[13] 

Aquí es dable advertir, más allá de lo conceptuoso del texto citado, las épocas de nuestra América, al indicar Rodó los “tiempos” de la misma, a saber, según considero es dable presentar, más allá del rigor histórico: Una primera época de gesta independentista y de convulsiones varias, y otra época en la cual ya se da inicio a la construcción misma de las naciones que componen nuestra Patria Grande.  

A ello, añado, estamos ahora, impelidos por la historia bien como por nuestra propia madurez puesta en entredicho, en medio de tanta visión reductora, a comenzar una tercera época: la de la consolidación de nuestra condición de región y de visión del mundo, con nuestros modos, estilos y medios. Respetando hasta nuestra mensura del tiempo sin que ello implique un abandono al hacer productivo de bienes materiales como de intangibles sino y simplemente adaptar tal producción a nuestra idiosincrasia y ésta, a su vez, adecuarla a una ética de la responsabilidad que también contenga una ética de la convicción pero nunca, claro está, que esta última medie de limitante para la cuestión del otro. 

Finalmente, y ya próximos a terminar nuestra lectura –la suya, bien como la mía- del Ariel de José Enrique Rodó, veamos qué un par de pasajes que, entiendo, merecen ser leídos con una visión abarcadora que comprenda su tiempo y entienda el actual: 

“¿No la veréis vosotros, la América que nosotros soñamos; hospitalaria para las cosas del espíritu, y no tan sólo para las muchedumbres que se amparan a ella; pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la acción; serena y firme a pesar de sus entusiasmos generosos; resplandeciente con el encanto de una seriedad temprana  suave, como la que realza la expresión de su rostro infantil cuando en él se revela, al través de la gracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto que la despierta?”[14] 

Promueve en los jóvenes el seguimiento de una filosofía moral en el trabajo que no se adhiera a lo presente sino como el peldaño donde afirmar el pie, no buscando victorias definitivas sino mejores condiciones de lucha. 

Junto con ello,. El no apego a la posesión de bienes como fin último sino en un contexto más amplio para lo humano, comprendiéndole, pues, la solidaridad para con el otro y el estudio por medio de una educación que propague a todo lo ancho, el bien superior del espíritu. 

¿Y qué debemos entender, en definitiva, por progreso?

Pues bien, Rodó nos enseña, y estas son sus palabras, que solamente somos capaces de progreso en cuanto lo somos de adaptar nuestros actos a condiciones cada vez más distantes de nosotros, en el espacio y en el tiempo. La seguridad de nuestra intervención en una obra que haya de sobrevivirnos, fructificando en los beneficios del futuro, realza, con ello, nuestra dignidad humana, haciéndonos triunfar de las limitaciones de nuestra naturaleza. 

Y tal concepción es posible si antes supimos aceptar, como dijera magistralmente el pensador Max Horkheimer, nuestra propia finitud. Y así, como reza Rodó, laborar en pro de lo mejor que sabido es, no cosecharemos nosotros, sino y muy especialmente, aquellos que nos sucedan. La trascendencia desde la labor finita de una vida humana. 

En suma, leemos lo escrito por Rodó que expresa el sentir y sentido mismo de su obra:

Ariel es la razón y el sentimiento superior. Ariel es este sublime instinto de perfectibilidad, por cuya virtud se magnifica y convierte en centro de las cosas, la arcilla humana a la que vive vinculada su luz. (...) La fuerza incontrastable de Ariel tiene por impulso todo el movimiento ascendente de la vida. Vencido una y mil veces por la indomable rebelión de Calibán, proscrito por la barbarie vencedora (...) Ariel resurge inmortalmente, Ariel recobra su juventud y su hermosura, y accede ágil, como el mandato de Próspero, al llamado de cuantos le aman e invocan en la realidad.”[15] 

Detengo aquí esta lectura comentada que juntos hicimos, porque se impone una pausa y no sólo por respeto a usted y a su tiempo. La pausa es indispensable para calibrar cada quien a su modo y en su tiempo, la obra de este hombre del 900, de la generación del novecientos. De aquellos hombres, y aquellas mujeres, recordemos a la incomparable Delmira Agustini, a la inefable María Eugenia Vaz Ferreira, como a otros literatos de la talla de un Herrera y Reissig, o de un Florencio Sánchez, dilecto amigo de Rodó, como de -¿cómo no citarlo?- Horacio Quiroga. 

Esta pausa que me pide la vida, es para extender la mirada más allá de mi circunstancia y buscar desde lo lejos y hacia lo cercano, una comprensión que permita, y nos permita, atender mejor nuestra realidad, sin visiones cortoplacistas y menos aun, estimo yo, apocalípticas, pero que sí respete las épocas de nuestra historia común, para desde ella y con ella, construir a partir del presente un compromiso que atienda el mañana de todos, pero en especial, de nuestros jóvenes. 

Luego de la pausa, quisiera poder extender mi consideración, modesta pero sentida, sobre el resto de la obra de Rodó. Tarea que hoy, les confieso, no emprendo sea porque sería un atrevimiento compendiarla en unas pocas páginas bien como para el mejor tratamiento de la misma. 

Porque de su lectura y de nuestro comentario, queda aun lo mejor por visitar: la labor periodística de Rodó, su crítica literaria, el intercambio, riquísimo y variado, que tuvo este hombre con tanta gente y, bueno, detenernos, especialmente, para tratar, como hoy espero haberlo hecho, con seriedad y mirada crítica, a la vez, otras dos grandes obras de José Enrique Rodó: “El Mirador de Prospero” y “Motivos de Proteo”. 

Y, además, leer a un hombre nacido en este país y volcado al mundo entero: Emir Rodríguez Monegal quien compusiera una serie de ensayos sobre Rodó y su obra, intitulados “José E. Rodó en el Novecientos” que resulta, por sí sola, un lujo que se permitió esta nuestra Patria Grande, apenas hace algo más de medio siglo. 

Ahora sobreviene el silencio de la página en blanco, en mérito al respeto que usted me merece.

Foto: José Enrique Rodó
hectorvalle@adinet.com.uy 

1)Obras completas de J. E. Rodó/ Edición oficial al cuidado de José Pedro Segundo y Juan Antonio Zubillaga – Volumen II, Barreiro y Ramos S.A., Montevideo, año 1956, Págs. 111 a 218 (con comentarios)

2) Oreggioni, Alberto – Nuevo Diccionario de Literatura Uruguaya, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, año 2001, Págs.  204 a 206 (Mario Benedetti).

4) ídem, Pág. 126

5) Ibidem, Pág. 126

6) Ibidem, Pág. 126

7)  Ibidem, Pág. 127

8) Rodó tiene, en la consideración de Hispano, una comprensión e inclusión propia y total del Brasil que incluso mereciera una nota del autor especialmente dedicada a esta su interpretación de lo que hoy nosotros denominamos América Latina (Nota del autor)

9) Así denominaba Rodó, con este neologismo, a tal afición.

10) Ibidem, Págs. 167 y 168

11) El subrayado es del autor del ensayo.

12) Ibidem, Págs. 196 y 197.

12) Ibidem, Pág.  197.

13)  Ibidem, Págs. 200/2202 y 203.

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