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Cortazar en los recuerdos,
de Prego Gadea
por Julia Galemire
Omar
Prego Gadea es un escritor que ha publicado ya, una serie de
libros que le permiten ocupar un lugar de singular privilegio en
la narrativa y en la ensayística de nuestro país. Ha merecido en
tal sentido, el reconocimiento de la crítica en general y por
supuesto, la consagración de los juicios de una vasta audiencia
de lectores.
Recientemente, para ser más precisa, el 28 del
pasado mes de agosto, pronunció una
conferencia en
el Rectorado de la Universidad de Buenos Aires,
oportunidad en la que PG desgranó muchos de sus
recuerdos sobre la amistad que
mantuvo durante años, con Julio Cortazar.
De esa exposición hablaremos un poco más adelante, pero, antes,
trataremos de hacer una síntesis de la rica creación de quien
trazara en una novela, los rasgos más nítidos y esenciales de la
inolvidable Delmira
INTENTO DE UNA BIOGRAFÍA
Nacido en Cerro Colorado, en junio de 1927, este floridense
incursionó en los estudios universitarios que le permitieron
alcanzar el título de Procurador.
Pero, más le atrajo el periodismo y la escritura literaria,
iniciándose en lo primero, en la página literaria de Marcha,
dirigida por entonces por aquel gran maestro de la crítica que
fue Emir Rodríguez Monegal.
Transitó posteriormente por
varias redacciones de la prensa capitalina; Tribuna, en la que
fue Prosecretario de Redacción y en El Diario, en el cual ocupó
la Secretaría de Redacción por espacio de diez años, hasta que
los episodios que vivía el país por esos tiempos, le permitieron
dar una muestra cabal de su integridad moral, pues mantuvo
siempre sus convicciones lo que motivó su despido por razones
políticos.
En esa época, comenzó su etapa
europea, París fue su destino, como redactor del Servicio
Latinoamericano de la Agencia France-Presse,
ocupando más tarde, la jefatura de Turno y Jefe Alterno de
Servicios.
En 1987, restablecida ya la
institucionalidad en el Uruguay, regresó para ser Subdirector y
Director del semanario Zeta y colaborador de distintas
revistas
y semanarios y Cuadernos de Marcha en su tercera etapa.
Su producción como escritor tuvo
comienzo en 1985, en París, publicando “ Julio Cortazar
Entretiens” , al que siguieron, la biografía de Juan Carlos
Onetti, los cuentos de “Sólo para exiliados”, “Reportaje a un
Golpe de Estado”, y una serie de novelas: “Ultimo domicilio
conocido”, “Para
sentencia”, “Nunca segundas muertes”, la ya recordada “Delmira”,
“Igual que una sombra” y los cuentos “El sueño del justo”, y
una antología,
precisamente de sus cuentos, entre otros libros.
LA AMISTAD
PG
señala en el inicio de conferencia a que hemos hecho referencia,
que conoció a JC en un momento de su estadía en París; con
mayor precisión
en febrero de 1974 “en una exposición de hiperrealistas
norteamericanos” programado por la Fundación Rockefeller. En su
memoria PG lo recuerda así:
“Lo encontré exactamente igual a sus fotografías y a los
“retratos hablados” que yo había leído en Montevideo, hechos por
amigos suyos o por
periodistas”. Y siguió la descripción: “altísimo,
huesudo, desgarbado, el pelo renegrido y largo y un aire de
eterno adolescente. Caminaba con cierto temor, como si pensara
que pudiera resbalarse. En ese entonces tenía ya sesenta años,
pero nadie le hubiera dado más de cuarenta”.
PG
no se animó de entrada a entablar relación con JC, esperando que
este concluyera su recorrido por la exposición. Entonces sí se
le acercó, presentándose como periodista uruguayo, luego de lo
cual le informó que en Montevideo habían detenido a Onetti y a
Carlos Quijano.
Con cortesía escucho el relato y
seguidamente respondió JC:
“Que iba a hacer cuanto estuviera en su mano para alertar a
la opinión
pública (en realidad ya había escrito una nota pa Le Monde y me
preguntó por algunos amigos comunes”.
Más adelante, recordó
PG
que al arribar a la capital francesa, se había apostado en un
café determinado, enfrente de la casa de JC, en la esperanza de
verlo y, por supuesto, abordarlo, preguntándose a través del
tiempo transcurrido desde aquel episodio, si, en realidad, se
hubiera atrevido a concretar su intención, mencionando de paso
que años antes, “en el otoño triste de 1956”, lo mismo le había
ocurrido a García Márquez, el que en definitiva, no se atrevió a
presentarse y entrar a conversar con el autor de “Rayuela”.
Su narración prosigue señalando que creía
“que
comenzamos a hacernos amigos a principios de 1980 o a fines de
1979”.
Más adelante,
afirmó que...
“A principios de 1983, después de la muerte de su
mujer... Carol Dunlop, le propuse escribir un libro a cuatro
manos, algo entre una biografía y un memorial, libre, informal,
crítico. Para mi gran sorpresa aceptó con entusiasmo”.
EL TRABAJO COMUN
A continuación
PG
narró los comienzos de la tarea creadora, a la que se dieron
ambos con singular fervor:
“Empezamos
a trabajar en los primeros
días de julio de ese mismo año, en pleno verano parisiense, en
su vasto y luminoso apartamento de la rue Martel”...“Nos
sentábamos a una mesa espaciosa, –prosiguió su relato- en la
que tronaba su invariable máquina de escribir-, rodeados de
bibliotecas atestadas”. En lo personal, PG señaló que...”En los
primeros tiempos Julio parecía andar muy bien. Aceptaba de buen
grado los interrogatorios y tuve la impresión de que, poco a
poco, se
iba dejando ganar por la idea de que el libro podía ser una
buena oportunidad para decir algunas cosas que se había guardado
hasta entonces entre pecho
y espalda. ‘Esto no lo dije nunca´, solía decir”
Luego de mencionar el hecho de que JC era poseedor de una
“valiosa
colección de cassetes de tango y jazz”, y que además era
“un gran conocedor en ambos géneros”.
Por lo demás-
“También le gustaba la música clásica, por
supuesto, sobre todo los primitivos y los barrocos, pero también
Fauré y Debussy. De Gardel, prefería la primera época, con un
fondo de guitarras mientras la voz de tenor de el Mago se
afinaba en los agudos, como si estuviera provocando”.
Seguidamente,
PG
entró en un terreno harto delicado y emotivo, al recordar que...”sin
embargo, como uno de esos motivos que recorren
subterráneamente ciertas piezas musicales, yo solía preguntarme
si Julio sospechaba que la muerte estaba rondándolo, como dos
años antes rondó a Carol Dunlop, su mujer”.
“En todo caso, con un pudor muy especial, que era el suyo, nunca
me lo dijo. Estaba flaquísimo. Los huesos de los hombros se
marcaban debajo del pulóver invariable (a pesar del verano) como
si quisieran salirse de la piel.
Los pómulos, anchísimos, se habían acentuado y la espesa barba
renegrida
le enmarcaba la cara, ocultando las mejillas hundidas. Solía
quejarse de una incómoda comezón y a veces se le resecaba la
garganta. Antes de empezar
a trabajar, depositaba en la mesa una botella de agua mineral y
dos vasos, y, de vez en cuando, mientras yo le hacía una
pregunta o cambiaba la cassette, bebía calmosamente, con
expresión ausente”.
A renglón seguido,
PG
apuntó que...
“Casi siempre al terminar la jornada, nos bebíamos un whisky.
´Creo que nos lo hemos merecido´, sonreía. Sólo una vez, allá
por el mes de setiembre, me telefoneó para anular una cita.
Después me dijo que había estado enfermo. Otra vez interrumpimos
una entrevista porque me dí cuenta que estaba muy fatigado. Ese
día, al despedirnos, me dijo: ´Hoy anduvimos mal, Omar. Pero no
te preocupes, nos desquitaremos en la próxima”. Le preocupaba
mucho
–concluyó esa parte de su disertación, al agregar
que- la exactitud, y más de una vez, cuando citaba algún autor
o un pasaje de un libro suyo, se levantaba para ir a buscar el
volumen en cuestión
y verificar la cita”.
LO ARGENTINO DE JC
En el aspecto que hace a su nacionalidad, un tema muy debatido,
por cierto,
PG
aseveró que....
“Yo tengo para mí que, a pesar de sus largos años
de París, Cortazar seguía siendo esencialmente argentino, o
rioplatense. Creo
que eso está lo suficientemente claro como para no insistir.
Basta leer sus cuentos, sus novelas y sus poemas para
comprenderlo, para asombrarse de que, en algún momento, ciertos
espíritus estrechos le hayan reprochado su supuesto
afrancesamiento”.
“ Era, claro, –continuó- un argentino que había
incorporado todo lo que Europa puede ofrecer (literatura, arte,
música, viejas catedrales y siglos de historia decantados en una
piedra verdinosa visitado por un gato, en la sonrisa de un
anciano que bebe parsimoniosamente su vaso de vino en la taberna
de un pueblecito del Mediodía) pero que en el fondo de si mismo
sabe que su alma está clavada para siempre a la Cruz del Sur”.
PG
concluyó su rica exposición, acercándonos a dos tonos de un
Cortazar inagotable, al expresar en una primera instancia,
que...
“Por
estos días he vuelto a verlo caminando por las calles de Paris,
recorriendo el canal San Martín”, para más adelante mencionar
que...” En ciertas tomas de un video
de Claude Namer y Alan Caroff se lo ve venir desde muy lejos y
es imposible no pensar en alguien que anda por ahí, pero montado
en zancos. Impresiona también la lucidez de sus planteos, la
implacable precisión de sus
respuestas, sus tomas de posición acerca de disyuntivas que por
ese entonces (ahora también) enfrentaban a los intelectuales
latinoamericanos”.
En la segunda instancia, al segundo tono de
referencia al que hacemos referencia, Prego Gadea afirma con
total convicción:
“Para decirlo con claridad: jamás lo ví tan vivo
y presente, después de años de silencio y aparente olvido, de
Purgatorio. Y entonces recordé algo que escribió Augusto Roa
Bastos unos días después de la muerte de Julio, tras preguntarse
si los estados de la vida eran más reales que la vida misma:
´Eso no lo sé. Pero
es verdad que continúan en los otros. En nosotros, en todos los
que conocimos a Julio y fuimos sus amigos´. “LA
ONDA®
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