Presione aqui para ver el pronóstico meteorológico de Montevideo

Los medios y los fines
Naturaleza y funcionamiento del poder

por Héctor Valle

No pocas veces en Occidente en general, pero en América Latina en particular, en tanto es la región que ocupa nuestra atención, suele haber, lamentablemente, grandes diferencias entre el discurso político previo a la asunción del poder, y el ejercicio efectivo del mismo, una vez asumido a través el voto popular. 

Inmediatamente, además del desencanto y la perplejidad por cómo cambió tal o cual político al llegar a la condición de mandatario, sobrevienen distintas lecturas del por qué de tal variación en las conductas de los nuevos gobernantes. 

Queremos aquí considerar dos lecturas que, obviamente, pueden a su vez, merecer no pocas variantes en cada una de las mismas. 

Una dice relación a la exaltación de los fines por sobre los medios, en la cual todo se justifica en aras de alcanzar tal o cual estadio social, y la otra dice relación al desconocimiento en el ejercicio mismo del poder que lleva, así lo entendemos, a desvirtuar grandemente el discurso electoral previo, por vía de la brusca caída en una maraña de acciones y reacciones propias de la toma de decisiones en el núcleo del poder que separa a aquel gobernante, y a su primer entorno, de la realidad social que en la base de tal comunidad continúa aferrada a un discurso previo que nunca habrá de compadecerse en los hechos, en tanto la dinámica propia de los acontecimientos alejan a los gobernantes de los gobernados, cada vez de forma más intensa generando espirales de descontento en diversas capas de la sociedad y, digámoslo, en la propia fuerza política en el poder. 

Maquiavelo, la zorra y el león
Nicolás Maquiavelo deja traslucir, en su obra “El Príncipe”, que el fin justifica los medios. El manido tema de las acciones finales y las instrumentales, ofrecen, a criterio de Maquiavelo, el marco adecuado para la concreción del fin propuesto. 

Sólo que las acciones instrumentales, o sea los medios, para llegar a las acciones finales, dejan de lado cualquier consideración de orden moral, al tornar el objetos a las personas mismas en tanto peldaños para acceder a un estadio deseado. 

Veamos lo que dice Maquiavelo: 

 “Estando pues el príncipe obligado a saber comportarse a veces como una bestia , de entre ellas ha de elegir a la zorra y al león; porque el león no sabe defenderse de las trampas ni la zorra de los lobos. Es pues necesario ser zorra para conocer las trampas y león para atemorizar a los lobos. Los que sólo imitan al león no saben lo que llevan entre manos.  Por consiguiente un señor prudente no puede, ni debe, mantener la palabra dada cuando tal cumplimiento se vuelva en contra suya y hayan desaparecido los motivos que le obligaron a darla. Y si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no lo sería, pero como son malos y no mantienen lo que te prometen, tú tampoco tienes por qué mantenérselo a ellos. Además, jamás le han faltado a un príncipe motivos legítimos con los que disimular su inobservancia. Sobre esto se podrían aducir infinidad de ejemplos modernos y mostrar cuántas paces, cuántas promesas se han revelado vanas y sin efecto, por la infidelidad de los príncipes: y el que mejor ha sabido imitar a la zorra ha salido mejor librado. Pero hay que saber disfrazar bien tal naturaleza y ser un gran simulador y disimulador: y los hombres son tan crédulos, y tan sumisos a las necesidades del momento, que el que engaña encontrará siempre quién se deje engañar.”[i]

Lo que Maquiavelo promueve es una lógica instrumental en la cual las acciones están en directa relación con el fin propuesto, luego, las mismas solamente pueden juzgarse en relación a la obtención o no, de tal meta. Esta dualidad operativa, a todas luces utilitaria, no nos ha sido ajena en lo absoluto. 

Ahora bien, la cuestión aun pendientes es ésta ¿es la política como tal amoral? ¿Hay una apoliticidad de la moral? 

Dice el maestro Norberto Bobbio que lo que constituye el núcleo central del maquiavelismo no es tanto el reconocimiento de la distinción entre acciones buenas en sí y acciones buenas para otro, sino la distinción entre moral y política con base a la siguiente diferencia:  la afirmación de que la esfera de la política es la de las acciones instrumentales que, en cuanto tales, deben ser juzgadas no en sí mismas, sino con base en el mayor apego para el logro de la meta.[ii] 

Sin duda esto nos rechina, y demás está decir que Bobbio, defensor a ultranza de la dignidad humana, al exponerlo luego traza magistralmente en estas páginas como en toda su obra, caminos y modos para hacer de la política no el ámbito de lo oscuro sino el campo de lo fértil para el despliegue de lo mejor del hombre en sociedad. 

Pero la cuestión sigue pendiente: ¿cómo pasar del discurso a la acción? ¿Cómo llevar al terreno de las acciones, las premisas dadas en el discurso previo a la asunción de las responsabilidades de gobierno?

Está en el aire y lo diremos: ingresamos en el terreno de la contienda de las dos éticas: la de la convicción y la de la responsabilidad. La que dice relación a atender, previamente, a la consideración de nuestros principios por medio de los cuales dirigiremos nuestro hacer, y la otra, que infiere que, en el campo de lo real, de lo cotidiano, debemos primero accionar para luego evaluar, en función de los resultados, si tales acciones merecen o no un juicio positivo, en tanto hayan o no logrado el fin deseado. 

La contienda aunque en apariencia es de fácil toma de posición, en realidad es de difícil dilucidación porque, según entendemos, hay que ponderar los principios en función de la realidad que marca, guste o no, opciones o acotamiento a las acciones que en función de aquellos quisiéramos emprender pero que, por vía de la circunstancia imperante, debemos sopesar con cuidado, ponderando el modo y el momento de efectivizarlas, colocando quizá, en el entretiempo una serie de medidas que posibiliten un tránsito entre ambos extremos. 

Honestamente yo creo percibir una dialéctica muy fuerte entre estas éticas, y sus diferentes modalidades. De su tensión, pues, de cómo logremos ponderar las mismas sin alejarnos de una a favor de la otra, de esa contienda, no se sale por vía de la voluntad sino por imperio de una capacitación previa y serena, de lo que el poder es, de lo que deviene del ejercicio del poder y de cómo los que, eventual y temporalmente, lo ejerzan pueden realmente hacer en función de qué opciones previas hayan tomado, en cuanto a la idea a plasmar en hechos, contando con qué voluntades y sopesando los medios que realmente podrán tener consigo, en el primer y segundo momento de la toma del poder, por la vía democrática y republicana: el voto popular. 

Ciertamente y en cualquier circunstancia, vale aclararlo, somos contrarios a la ética del resultado, no sólo por perversa y reductora sino porque, además, preanuncia épocas de oscuridad. Y porque, de ella, de su aceptación , sea en forma pasiva o activa, deviene la “razón de Estado”, peligrosísimo elemento a la hora de la queda de las libertades esenciales al hombre y consecuentemente a su proyecto de realización en esta vida, toda vez que en función del “superior interés” de aquel se cometen todo tipo de desmanes y atrocidades, comenzando por la pérdida de respeto por el ser humano, al volverlo mero instrumento de la máquina del Estado. Hablamos, de un Estado donde la vía democrática fue abiertamente dejada de lado y asumido un contralor total, por ende despótico, en el manejo del poder. 

Nada de lo bueno es fácil, nada de lo fácil es bueno, toda tensión, toda dificultad en la que naveguemos, estará en la tensión primera que anotáramos, entre nuestros principios y la ponderación de las circunstancias en las cuales debemos accionar. 

Recurrentemente, y por detrás de todo este ejercicio de pensamiento, hay una pregunta que molesta nuestro subconsciente buscando emerger a la conciencia no ya a la psicológica sino a nuestra conciencia moral. Tal cuestión es la siguiente:

¿Moral y política no se conjugan? ¿Es, pues, la política amoral?
Sí, en función de la prédica de Maquiavelo. No, en mérito a la opción dialéctica entre principios y responsabilidades, entre premisas y circunstancias donde las mismas deben buscar transformarse en acciones concertadas. 

Obviamente, la mera enunciación de tales preguntas y siquiera un esbozo de respuesta, merecen un ensayo aparte, pero quisimos presentar el asunto, no sólo por su obviedad sino porque su exclusión hubiera merecido una toma de posición de nuestra parte, en nada compartible con el real sentir y pensar de quien esto escribe. 

Luego: la política merece y debe tener una ética laica, una ética que conjugue, dialécticamente, principios y realidades, valores y trascendencia, no ya supeditados los valores a creencias positivas específicas sino a una instancia anterior y superior, al comprender nosotros al hombre y a la mujer, como sujetos morales. 

El árbol y el bosque, profundidad y superficie
Ante lo complejo e importante, resulta valioso, a mi entender, el tomar cierta distancia, y aminorar el paso, para poder ver un horizonte más amplio con un latir más sereno. 

Mientras esto cavilaba, dejaba que mi vista caminara por los anaqueles de mi biblioteca y en eso di con un pequeño gran libro: “Meditaciones del Quijote”, de Ortega y Gasset, publicado por la (su) Revista de Occidente en la editorial Alianza. 

Abrirlo fue como recibir una bocanada de aire fresco. En su interior, el maestro pronunciaba con voz grave, serena y firme, apreciaciones de tal grado que no puedo ni quiero hoy sustraerme a contárselas. Porque hacen a toda cuestión, pero especialmente a la aquí tratada.[iii] 

Dice Ortega y Gasset: “Cuando se repite la frase “los árboles no nos dejan ver el bosque”, tal vez no se entiende su riguroso significado. Tal vez la burla que en ella se quiere hacer vuelva su aguijón contra quien la dice.” 

Y es este machacar sobre lo presuntamente claro y lo supuestamente oscuro. El tratar de reducir todo a una primera –y rápida, aunque fugaz- supuesta realidad, sobre la que elucubrar sin querer mirar más allá y más hondamente la realidad que golpea, rítmicamente, la mollera de los necios. 

Agrega el maestro lo siguiente: “La invisibilidad, el hallarse oculto, no es un carácter meramente negativo, sino una cualidad positiva que, al verterse sobre una cosa, la transforma, hace de ella cosa nueva. En este sentido es absurdo –como la frase susodicha declara- pretender ver el bosque. El bosque es lo latente en cuanto tal.” 

Esto es, del orden de las apariencias que no necesariamente refieren –aun- a un adentro y un afuera, sino a un modo de ver y un modo de ser, que se compadecerá o no, con la visión que cada uno pretenda dirigir hacia lo supuestamente tupido y cerrado, sin percibir, a veces, la latencia, la esencia misma del conjunto percibido. De la agudeza o su falta en poder mirar más allá de lo que a primera vista parece ser lo inmediato, percibiendo o, en este caso, suponiendo, más allá de lo directamente percibido por el ojo, lo presumido por nuestra mente sobre el conjunto que conforma también, el espacio no percibido a la vista pero que comprende el todo de lo presente a nuestra vista.

Que si yo tomo y expongo una naranja frente a mí, percibiré –directamente- una parte, pero comprenderé el todo de la misma, por valerme de un elemento de ejemplificación, claramente orteguiano. 

Prosigue Ortega con estas palabras: “Hay aquí una buena lección para los que no ven la multiplicidad de destinos, igualmente respetables y necesarios, que en el mundo contiene.  Existen cosas que, puestas de manifiesto o pierden su valor y, en cambio, ocultas o preteridas llegan a su plenitud. Hay quien alcanzaría la plena expansión de sí mismo ocupando un lugar secundario, y el afán de situarse en primer plano aniquila toda su virtud.” 

Vale hacer un alto porque aquí apreciamos en qué medida este texto se aviene al asunto tratado. Es decir, no sólo de cómo ver, observar y percibir, sino cuánto de nosotros ponemos en pro de un esfuerzo común y concertado en la implementación como en su puesta en marcha de un plan de acción superior y colectivo, hecho por un grupo, o bien si antes que nada, tan sólo vemos nuestra propia e individual posibilidad en el contexto de la acción a emprender. Al hacerlo así, naturalmente, uno y otro objetivo, el superior y grupal y el personal e individual, se contraponen, neutralizan y quizá, enajenan toda posibilidad de concreción. 

Pero, si logramos despejar lo menor de nosotros mismos en aras de una mejor y más saludable postura en pro de la acción concertada, importa poco y nada, en lo personal, el lugar ocupado en el esquema operativo que buscará llevar nuestros principios a través de las acciones pensadas, a su cristalización junto con los nuestros, en democracia, es decir, no imponiendo sino y siempre, exponiéndonos a la prueba y al error, dejando espacio, como modo operativo, a lo que el otro infiera de nuestras acciones. Teniendo pues, en la misma implementación de la cosa pensada, un interlocutor válido para sopesar en su misma marcha, la bondad o inarmonía del plan en ejecución. 

Obviamente, todo ello en el marco de las articulaciones que toda sociedad democrática, regida por una Carta y su cuerpo de leyes y normas, amerita poner en práctica. 

En todo caso, una tal ubicación nuestra en el esquema grupal, anteponiendo el bien común, sin que con ello hagamos transferencia alguna de nuestra identidad, pero subordinándola, racionalmente, al plan a implementar, despejaremos la hojarasca que tantas veces impide llegar a la práctica aquel hermoso discurso que en las tribunas dimos y todos escucharon. 

Hay, creo yo, en todo plan de acción, y hablo de política, un trasfondo ético ineludible: el respeto para con el otro. De no ser así, todo esquema estará condenado al fracaso, inexorablemente, porque aunque fuese operativamente válido, sería, meramente, instrumental. Porque en política no se busca cosificar, al menos en la política que nosotros entendemos como elevada y atendible, sino humanizar la acción del hombre, más aun, desde el gobierno y para con el pueblo. 

Prosigamos con la lectura de este texto singularmente lúcido e instructivo:

“(...) Algunos hombres se niegan a reconocer la profundidad de algo porque exigen de lo profundo que se manifieste como lo superficial. No aceptando que haya varias especies de claridad, se atienen exclusivamente a la peculiar claridad de las superficies. No advierten que es a lo profundo esencial el ocultarse detrás de la superficie y presentarse solo al través de ella, latiendo bajo ella. (...) Nada hay tan ilícito como empequeñecer el mundo por medio de nuestras manías y cegueras, disminuir la realidad, suprimir imaginariamente pedazos de lo que es. Esto acontece cuando se pide a lo profundo que se presente de la misma manera que lo superficial. No; hay cosas que presentan de sí mismas lo estrictamente necesario para que nos percatemos de que ellas están detrás ocultas.” 

Tener la suficiente sabiduría para no precipitarnos al despeñadero por imperio de la prisa o de la necedad. En todo caso, valorar grandemente el estudio previo de la situación a atender, compadeciéndola con nuestro discurso y no que subordinemos la realidad a nuestros principios, anteponiendo voluntarismo y deponiendo una visión tan serena como ajustada de aquello que realmente el político deberá atender cuando tome posesión del poder en cuyo caso habrá de poner en ejecución el plan trazado con el equipo, o equipos, obviamente, necesarios a tal emprendimiento superior.  

Por tanto y como conclusión para esta primera parte, digo que debemos estudiar en profundidad cómo llevar el discurso al terreno de los hechos y para ello, necesaria e ineludiblemente, reitero, hay que pensar el poder antes de tomar posesión del mismo. Para poder articular un plan tan coherente con los principios sustentados como con los instrumentos que en la primera y segunda fase, especialmente, tengamos o no para llevarlos a cabo.

Para ello, conviene recordar que una sociedad no es la suma de sus individuos sino la sumatoria de las relaciones entre aquellos individuos. Así, toda sociedad, posee y transmite un cuerpo de conocimientos. 

Conocer, entonces, la naturaleza y el fundamento del poder, nos permitirá comprender la fuerza independiente de sus efectos y  con ello, eliminar la circularidad de un pensamiento que principia en el deseo y muere en su fallida implementación, al haber desconocido el valor intrínseco de las relaciones humanas de los individuos que comprenden la sociedad que nos contiene. 

Tanto esta introducción como el estudio que, para una próxima e inmediata entrega, realizaremos, llevan consigo otra pregunta fundamental y acuciante, cual es:

¿Cómo poder cambiar el círculo perverso del poder que, como hoy podemos apreciar, se separa y aleja del tejido social? Ya podemos adelantar una respuesta: Con la educación. 

En apoyo nuestro traeremos a otro gran hombre y pensador: Theodor W. Adorno quien además de su imperativo categórico “Nunca más Auschwitz”, además de su especial trabajo, enriquecido con el aporte en igualdad de responsabilidad de Max Horkheimer, además de su alta sensibilidad para con la música, además de todo esto, supo estudiar y presentar su visión sobre la educación. Pero no cualquier educación, sino una mirada a la educación después de Auschwitz, después del horror que no fue ni accidente, ni una rareza, sino una conclusión, casi lógica, demencial sí, pero casi lógica, de una razón enferma, por faltarle el aditamento esencial: sensibilidad ante la dignidad humana. 

Nosotros, entonces, queremos, en función de tales maestros y nuestros propios y compartidos anhelos de justicia social, equidad, y pleno desarrollo del potencial humano en sociedad y en democracia, ofrecer, finalmente, una modesta pero clara idea de lo que no podemos dejar de hacer, en lo previo y desde lo alto, para que los medios sean tan respetables como los fines propuestos. Para que no haya, nunca más, una razón de Estado que pretexte y aliente un totalitarismo ajeno a nuestra concepción de la vida y de la persona humana. 

Porque la libertad se ejerce desde la responsabilidad primera;

Porque la conciencia moral dice relación con aquel sujeto que  se juega en lo abierto en pos de un objetivo común y concertado;

Porque nada podemos esperar sino de nosotros mismos es que hoy como mañana, habremos de aguijonear, tanto a otros como a nosotros mismos, en la formulación de cuestiones previas, básicas y esenciales, para que el discurso se compadezca luego con los hechos y no, otra vez no, veamos aterrizar supuestos seres superiores que  ensombrecen la vida y alientan la huida. 

En este contexto, vayan estas líneas como antesala e introito para el estudio que, el próximo martes, traeremos para cerrar esta primera lectura de un tema que, como todos los anteriores queda supeditado a la lectura primera de usted, a su visión y respuesta, si es que entiende vale expresarla.

Hectorvalle@adinet.com.uy

[i] Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe/ La Mandrágora, Editorial Cátedra, Letras universales, Madrid, año 1992,Pág. 139.

[ii] Norberto Bobbio: el filósofo y la política (Antología), José Fernández Santillán, Editorial CFE, México, D.F., año 1997, Pág. 168.

[iii] Ortega y Gasset, José, Meditaciones del Quijote, Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid, año 1987.

LA ONDA® DIGITAL


Contáctenos

Archivo

Números anteriores

Reportajes

Documentos

Recetas de Cocina

Marquesinas


Inicio

Un portal para y por uruguayos
URUGUAY.COM

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital