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Latinoamericanismo
II – José Enrique Rodó y el
americanismo como factor cultural
Segunda parte:
Periodismo y Literatura, como bases para
un pensamiento americanista

El periodismo como factor de unión y proyección de la cultura
Yo percibo en Rodó no a un antinorteamericano, sino a un hombre consustanciado con su lar y su cultura, su cosmovisión, que se extiende más allá y a lo ancho, que su Montevideo decimonónico. 

Siento que, por ejemplo, en Rodó, como en otros uruguayos y uruguayas, del siglo XIX como de principios del siglo XX, hay una genuina preocupación por afianzar la pertenencia a esta tierra y a estos cielos de la América del Sur y Latina por extensión, a partir de su estudio, para ellos mismos, no pocas veces, aun lejos de contar con un diagnóstico acabado e incluso, aceptado, como es el tema fundamental del indigenismo. No debiendo olvidar que aquellos eran o hijos o nietos de inmigrantes europeos, por lo que la cercanía del terruño de sus progenitores o sus mayores, por extensión, ejercía fuerte influencia en la formación misma de una nueva identidad, no ya trasplantada sino enraizada en esta, nuestra, tierra americana. 

Hay sí, respecto del norte del continente, una visión opuesta, por imperio de lo cultural, incluso en la percepción espacio-temporal de unos y otros, de aquí y de allá, todo ello inmerso en una vorágine en la que se comprende no sólo el Uruguay sino las diversas naciones de nuestra América, siendo como eran –y aun permanecen así, digámoslo con firmeza- en su temprana vida como instancias republicanas y autónomas. 

No debe, pues, inferirse, un paso de lo cultural a lo político, en la contraposición de visiones, puesto que correríamos el riesgo de desvirtuar grandemente la visión de aquellos bien como nuestra propia aceptación de la génesis de nuestros Estados-Nación. 

Hecha esta distinción, a mi criterio básica y fundamental, adentrémonos, ahora, en esa labor típicamente nuestra como lo es el periodismo, que lejos de escapar, signó –y cómo- a gran parte de nuestros mejores hombres y nuestras mejores mujeres, en el campo de lo cultural y lo literario. 

Rodó, no fue una excepción sino, y antes bien, un ejemplo típico de esta condición que pervive aun hoy –afortunadamente- entre nuestra gente. Cuando Rodó publica su Ariel, apenas iniciado el siglo XX, y él con apenas 30 años de edad, el país vivía instancias que aun transitaban por la acomodación al comportamiento propio de un Estado, no debiendo olvidar dispuestas de aquella hora que desembocarían en la guerra de 1904, la cual lejos de ser por una disputa específica por condicionantes del momento, en realidad provenía de muy atrás en el tiempo. Hablo, claro está, de la precariedad en el tratamiento de la representatividad misma de los actores políticos bien como el sistema electoral entonces vigente, en la guerra de 1904. 

Luego, la difusión misma de las ideas, de los valores y de las modas, venía dada por el periodismo gráfico en todas sus variantes, pero siempre como eje de la comunicación entre iguales que a posteriori, merecería, llegado el caso un tratamiento más acotado bien como extenso en su especificidad. 

Así fue con José Enrique Rodó, como con Herrera y Reissig y Quiroga. Por no hablar de Florencio Sánchez que en el periodismo fue donde se formó. 

En este sentido, dice Emir[i] que en lo que respecta a Rodó y a aquella actividad, bien como en lo literario, el escritor sienta el principio de una literatura universal que lejos de abjurar de lo propio, de la circunstancia de vida y de cultura de uno, va en busca del conocimiento superior, por ende  enriquecedor, del nutrirse en las diferentes fuentes de estilos y visiones que el ancho horizonte ofrece a quien no se amilana y va en su busca. 

Es así que Rodó no toma como valor propio un nacionalismo, menos aun, un regionalismo, que vea en lo extraño que es aquello que opera fuera del radio de acción propia, algo tan ajeno como contrario a lo que deba hacerse en lo literario. Y evoca Emir, estas palabras de nuestro escritor, expresadas en su obra “El que vendrá” a propósito de las cuales, el notable crítico literario alega que Rodó expone su esperanza mesiánica. Vayamos, entonces, al texto en cuestión: 

“Entretanto, en nuestro corazón y nuestro pensamiento, hay muchas ansias a las que nadie ha dado forma, muchos estremecimientos cuya vibración no ha llegado aun a ningún labio, muchos dolores para los que el bálsamo nos es desconocido, muchas inquietudes para las que todavía no se ha inventado un nombre.” Y, más adelante, añade estas palabras esclarecedoras del espíritu libre de Rodó: “(...) El vacío de nuestras almas sólo puede ser llenado por un grande amor, por un grande entusiasmo; y este entusiasmo y ese amor sólo pueden serle inspirados por la virtud de una palabra nueva. Las sombras de la Duda siguen pesando en nuestro espíritu. Pero la Duda no es, en nosotros, ni un abandono ni una voluptuosidad del pensamiento, como la del escéptico que encuentra en ella curiosa delectación y ´blanda almohada´; ni una actitud austera, fría, segura, como en los experimentadores; ni siquiera un impulso de desesperación y de soberbia, como en los grandes rebeldes del romanticismo. La Duda es en nosotros un ansioso esperar; una nostalgia mezclada de remordimientos, de anhelos, de temores; una vaga inquietud en la que entra por mucha parte el ansia de creer, que es casi una creencia...Esperamos, no sabemos a quién. Nos llaman; no sabemos de qué mansión remota y oscura. También nosotros hemos levantado en nuestro corazón un templo al dios desconocido”. 

Son las palabras de un espíritu libre en escucha atenta a lo desconocido y al otro, singularmente. Es la actitud de vida de quien sabe quién es y, en tanto lo sabe, no se atemoriza por salir a lo abierto y recibir, benéficamente, las ráfagas provenientes de vientos cruzados y a veces extraños al común respirar de nuestros cielos. Es esa, creo yo, la identidad de un hombre maduro, nacido en tierra americana que busca sin querer huir lo nuevo en la serena postura del ser erguido que, además de hombre, es humano y como tal, sabe que su patria es el mundo y su casa nuestra América. 

Herreira y Reissig, el periodismo y una visión común
Cita Rodríguez Monegal a Herrera y Reissig quien en 1907, por ende recién superada la guerra, el programa americanista, a través de la pluma de César Miranda en la revista “La Nueva Atlántida”, lo siguiente:

”Dada la existencia, por otra parte, en el sentir y en el pensar de los pueblos de América, como entidad superior –según dijo no ha mucho el prosista de “Ariel”- de una gran patria Americana como resumen y por cima de todas las patrias pequeñas, urge necesariamente la publicación de una revista que vivifique ya que parece agotarse por dispersa, en un haz maravilloso, la producción americana, de triunfadoras florescencias de juventud, estrechando a la par, para hacerlas más fuertes y más íntimas, las relaciones culturales de América, como único medio de alcanzar, lo más pronto posible y para siempre, en este continente del Futuro, por sobre desconfianzas y fronteras, como un anhelo secular del alma colectiva, la suprema armonía de todos los ingenios”. 

Aquí podemos ver y sentir, apreciando en su conjunto y sopesándolo en su contenido mismo, la semilla ya germinada de nuestra propia identidad y de su factor distintivo: la conceptualización elevada y americanista de la noción de pertenencia y de proyección para un futuro que es nuestro presente y a partir del cual, recreando lo germinal de nuestro pasado, preparamos un mañana venturoso en la busca misma de la unión sudamericana, en particular, y latinoamericana en general, vale reiterarlo machaconamente las veces que sean necesarias. 

Escritores-periodistas, periodistas que serían en breve grandes escritores, seres instruidos pero además cultos, que en su riqueza formativa no encontraron un método para la huida de la responsabilidad social sino y por el contrario, fue su pretexto y motivación primera para que, enraizados en esta tierra, pudieran proyectar su mente con la palabra que emerge del corazón, en pro de una unidad en la diversidad, acrisolada, apunto yo, de nuestra América. América como proyecto y Uruguay como instancia superior de vida en lo abierto de aquel, para con todos.  

Rodó y su motivación primera: la libertad
Decir periodismo es como conjugar democracia. Aquella gente tenía la necesidad primera de expresarse en lo abierto en cuanto a su sentir en base a su concepción de la responsabilidad pública, para luego y en lo específico, dar de sí lo más posible en el terreno literario, por ejemplo, como los citados Rodó y Herrera y Reissig. 

Acota Rodríguez Monegal algo muy cierto, y es que Rodó temió más la dominación cultural que el imperialismo militar. Advirtiendo, a su vez, que el discurso de sus veintinueve años –como lo fue el “Ariel”, el de la madurez de su juventud- adquiere una particular densidad cuando se advierte que es apenas el pórtico de la obra futura. Allí están, alega Emir, los fundamentos de “Motivos de Proteo”: El hombre cuyo programa vital traza “Ariel” es el que dibuja la clara intimidad de “Proteo”. O, como dijera el mismísimo Rodó, en carta a Alberto Fin, sobre la comunidad de espíritu entre ambas obras: “Con esta recibirá Vd. El ejemplar que le dedico de mi “Proteo”, que acaba de ver la luz. Es la obra (o más bien, el comienzo de la obra) en que pienso haber puesto lo más intenso y acabado de mi labor hasta el presente. Con más amplio horizonte que en “Ariel”, tiendo la vista por parecidos campos de meditación y de propaganda, aunque concretándome especialmente a la cultura del propio “yo”, a la formación de la personalidad, honda y firmemente desenvuelta mediante una incesante y orgánica renovación”.[ii]

Periodismo y pensamiento americano
Rodó: periodista, escritor, humanista por excelencia quiso, simplemente, un mundo mejor, en valores y en calidades de vida, para su prójimo, en el respeto a la idiosincrasia de nuestros pueblos. 

En el marco del hacer periodístico, que como viéramos era una instancia ineludible para los ciudadanos de la joven nación, recurriremos una vez más a Emir Rodríguez Monegal y a su propia interpretación de lo que él consideró que animó la voluntad de Rodó:

”(...) Rodó quiso, por el contrario concentrar la atención de sus contemporáneos sobre otros problemas culturales, no menos urgentes pese a su intemporalidad. Esos problemas cuya depreciación u olvido era (y es
[iii]) tan frecuente en nuestra América; esos problemas que la obra grande recogería: el descubrimiento y conquista de la vocación personal, el incesante perfeccionamiento de la propia espiritualidad, la concepción de una patria americana proyectada hacia el futuro, la conciencia profética del destino de América y su inmensa responsabilidad. Para exaltar esos valores distrajo su atención de lo inmediato e inevitable, aunque no lo olvidó. (...) Es en ese plano de realidad cultural, de tensión profética, que deben ser aprehendidas las fórmulas de Rodó”.
[iv] 

Ciertamente Rodó como otros antes y afortunadamente, tantos otros y otras después, marcó un sendero y anduvo por él. Y gracias a él como a aquellas otras personas de signo superior, hoy nosotros podemos, aun, forjar en nuestra mente y en nuestro corazón el anhelo permanente de gente que quiere más de lo mejor, más maná de vida, más alimento para el espíritu, aquel que se logra en el ejercicio mismo de la libertad, en el marco de la responsabilidad y en el respeto primerísimo a la dignidad del otro, que es conocer la propia esencia de nuestro ser o, en su defecto, perdernos sin solución, en la cosificación misma de un ser moralmente adormecido.

 Dice Rodó que “una cultura naciente sólo puede vigorizarse a condición de franquear la atmósfera que la circunda a los “cuatro vientos del espíritu”. La manifestación de independencia que puede reclamársele, es el criterio propio que discierna, de lo que conviene adquirir en el modelo, lo que hay de falso e inoportuno en la imitación.” Y refiriéndose al movimiento americanista manifiesta que el mismo “no ha de darnos la fórmula de una cultura literaria que abrace todas las exigencias naturales de nuestra civilización, todas las aspiraciones legítimas de nuestra mente, pero puede ser un elemento necesario y fecundo dentro de la unidad de una literatura modelada en un concepto más amplio, y puede significar, en cierto límite, una inspiración regeneradora que fortalezca con el culto de la tradición y la conciencia de pueblos enervados por el cosmopolitismo y negligentes en la devoción de la historia. La idea de la originalidad literaria americana tiene, de cualquier manera, en la importancia y significación del movimiento a que da impulso, títulos sobrados a la consideración de la crítica. Nuestro objeto, en el estudio que iniciamos, es determinar sumariamente el proceso histórico de esa idea y examinar hasta qué punto puede ella ser el cauce en donde vuelque su actividad, el espíritu de las nuevas generaciones.”[v] 

Rodó, quien al calificar al escritor dice  que el escritor como tal, y en su grandeza, es aquel que ambiciona, ante todo, ser comprendido. En tanto que el vulgar, acota Rodó, es aquel que procura, ante todo, ser elogiado. Aquel, agrego, que tiene un ego por espejo y por muro, siendo que el primero –el superior- tiene por luz la vida que irradia su interioridad y por frente el ancho mundo, y como objeto el acercarse al otro, aminorando distancias en desconocimiento y en refracciones. Aquellas inarmonías, miserias las denominaría Nietzsche, del hombre de a pie que debe procurar, hoy sí y mañana también, disipar lo menor en la búsqueda de lo superior que siempre suele estar más cerca de lo que uno pensaba. 

Por la unidad de América
He dicho en no pocas oportunidades de la necesidad imperiosa de ampliar el poco y vago conocimiento que tenemos de este espacio de vida, en nuestra calidad de habitantes de esta América tan querida, como lo es la Patria Grande. 

Más aun, es mayor el falso conocimiento –entendiendo por tal, una información descalificadora por peyorativa- por imperio de  la comodidad en uno por no ir en su busca como así también de la penetración cultural que nos llega vectorialmente desde otros espacios de vida, el poco conocimiento que tengamos de la América Latina en lo cultural, como en su sincretismo, bien como de su propia historia, por ejemplo. 

Y aquí vuelvo la mirada hacia el Maestro Rodó, nuestro maestro, que con claridad y elocuencia, centra su preocupación desde lo que él considera clave en la labor periodística, en este caso desde el quehacer literario:

”(...) Lograr que acabe el actual desconocimiento de América por América misma, merced a la concentración de las manifestaciones, hoy dispersas, de su intelectualidad, en un órgano de propagación autorizado; hacer que se fortifiquen y se estrechen los lazos de confraternidad que una incuria culpable ha vuelto débiles, hasta conducirnos a un aislamiento que es un absurdo y un delito, son para mí las inspiraciones más plausibles, más fecundas, que pueden animar en nuestros pueblos a cuantos dirigen publicaciones del género de la de usted (refiriéndose a Manuel B. Ugarte y su “Revista Literaria” de Buenos Aires, en carta fechada el 1º de abril de 1896)”.
[vi]

América Latina, nuestra América
Confieso que esta labor, modesta pero realizada con seriedad, como es el hurgar en la obra y en la vida de nuestros grandes ciudadanos y distinguidos escritores, lejos de agotar, invita a vivir con mayor plenitud y en clave cordial sin relegar, claro está, a la sana razón. 

Hay tan hondo sentido en las palabras de un hombre de un país que tan breve historia propia tenía, y tan escasa biblioteca compartía con los suyos, que viéndolo en perspectiva, esto es, tratando de ubicarnos en aquella circunstancia y no desde la actual, lo que sería tan abominable como erróneo, uno siente que al mirar por la ventana, hay un sentido oculto que de a poco se nos permite apreciar, y es el sentido mismo de la permanente porfía de esta región por un destino más digno y de mayor amplitud en realizaciones materiales como en el plano mismo de la vigencia de los valores caros a la ética de la solidaridad, de la responsabilidad sin olvidar pero sin que esta palidezca a las anteriores, a la ética de la convicción que su lugar también tiene pero periférico y no central. Porque la centralidad en la vida no son mis convicciones, o mi cosmovisión, sino que la centralidad en mi vida es la propia vida del otro. Sólo así es dable vivir en sociedad y poder, siquiera, considerarnos personas, ciudadanos de este espacio vital. 

Apela Rodó, pero más que apelar, anima, al considerar el espacio comprendido entre el golfo de México y  las márgenes del Plata, y cito textual: “al triunfo de la unidad política vislumbrada por la mente del Libertador, cuando soñaba en asentar sobre el Istmo que enlaza los dos miembros gigantes de la América, la tribuna sobre la que  cerniese vencedor el genio de sus democracias, son las revistas, las ilustraciones, los periódicos, formas triunfales de la publicidad en nuestros días, los mensajeros adecuados para llevar en sus alas el llamado de la fraternidad que haga reunirse en un solo foco luminoso las irradiaciones de la inteligencia americana, por la fuerza de la comunidad de los ideales y las tradiciones.” Y agrega, el signo de nuestras lenguas, lenguas que hacen del castellano como del portugués, dos modos de expresar un mismo sentir: “Grabemos, entretanto, como lema de nuestra divisa literaria, esta síntesis de nuestra propaganda y nuestra fe: POR LA UNIDAD INTELECTUAL Y MORAL DE HISPANO-AMERICA”.  Aquí vale acotar que Rodó siempre distinguió al referirse a lo hispano, que en dicha expresión estaba comprendido el portugués desde un Brasil que califica y signa, especialmente, la condición americanista.[vii]

Motivos de Proteo
Prometeo es, en la Odisea, un dios del mar, encargado especialmente de apacentar los rebaños de focas y otros animales marinos pertenecientes a Poseidón. Está dotado de la virtud de metamorfosearse en cual forma que desee, utilizando este poder cuando quiere sustraerse a los que le preguntan, pues tiene el don profético, pero se niega a informar a los mortales que acuden a consultarle.
[viii]

A su vez, y desde el punto de vista simbólico tradicional, se ve en él el símbolo de lo inconsciente, que se manifiesta con mil formas, jamás responde con precisión, y no se expresa más que por enigmas.[ix]

Esta obra de Rodó –que no en pocos tramos puede calificarse de autobiográfica- resulta ser, como bien aduce Mabel Oraña en su ensayo “José Enrique Rodó”[x], una reflexión vitalista y psicofilosófica sobre el individuo, así como de las fuerzas interiores que lo constituyen, bien como sus posibilidades de realización y perfeccionamiento. 

Esta obra, en su misma sucesión de pensamientos, comprende lo permanente del cambio en la vida de los hombres. Cambio que es dable esperar se de lugar en la interioridad de uno mismo, en una constante transformación interior, enriqueciéndolo, madurándolo, despojándolo, pues, de todas las banalidades, miserias en pro de una aproximación lo más veraz y cercana posible a la perfección como a la plenitud del ser. 

Sin duda esta obra, esta empresa descomunal, es una tarea de gigantes pero es un compromiso de vida para quien estima especialmente la mejora de su espíritu bien como de su carácter a favor de un comportamiento humano tan digno como responsable. 

Por tanto, el comienzo mismo del libro no es casual sino que en su primera frase da la pauta de lo que es dable esperar en el transcurso de esta obra. Recordémoslo: comienza diciendo así, y en mayúsculas: REFORMARSE ES VIVIR... 

Prosigue de esta forma:

”... Y desde luego, nuestra transformación personal en cierto grado ¿no es ley constante e infalible en el tiempo? ¿Qué importa que el deseo y la voluntad queden en un punto si el tiempo pasa y nos lleva? El tiempo es el sumo innovador. Su potestad, bajo la cual cabe todo lo creado, se ejerce de manera tan segura y continua sobre las almas como sobre las cosas.”
[xi]

Con esta hondura y cuestionamiento sin par, comienza esta obra, o esta pulsión de vida de Rodó, en la cual hay claroscuros como los hay en todo espíritu humano y aun más: en el devenir mismo de una sola y especial vida, la de una persona. Obra que nos invita a la reflexión moral y a un trabajo interior tan arduo y paciente como el del aprendiz que labraba la piedra para construir, desde su modesto aporte, cotidiano y rítmico, aquellas catedrales tan magníficas que buscaron cobijar en su mismo interior, al mundo de la luz para mejor ver del ojo humano en aquella blancura que proviene del cielo del templo y que si se labora en lo interior y propio, más allá de cualquier creencia religiosa, percibiremos en nosotros mismos la majestuosidad de una maduración que no por difícil y demorada, deja uno de recibirla con in disimulada paz y apertura de espíritu.

Alega el Maestro:

”...Somos la estela de la nave, cuya entidad material no permanece la misma en dos momentos sucesivos, porque sin cesar muere y renace de entre las ondas: la estela, que es, no una persistente realidad, sino una forma andante, una sucesión de impulsos rítmicos, que obran sobre un objeto constantemente renovado.”
[xii]

Este tallado de nuestra interioridad, encuentra expresión y momento a lo largo de toda esta obra. Pues en ella, Rodó nos habla de la ACTITUD que uno debe tener para con la vida, lejos de una dogmática concepción de la misma que lleve, por la vía del descanso reflexivo, transfiriendo nuestra responsabilidad a otros, sean estos individuos o entidades de variado signo.

Luego nos advierte que la filosofía de almas fuertes es la que enseña que del mal irremediable ha de sacarse la aspiración a un bien distinto de aquel que cedió al golpe de la fatalidad: estímulo y objeto – agrega Rodó- para un nuevo sentido de la acción, nunca segada en sus raíces.

Tan recomendable es que cada uno se de tiempo y lugar para reparar en las numerosas como variadas enseñanzas y cuestiones que nos ofrece “Motivos de Proteo”, como también visitar la otra gran empresa que acometió Rodó:

El Mirador de Próspero
Esta obra tan vital como variada, en la cual Rodó fue acumulando experiencias y meditaciones, sea en forma de discursos como de procesos reflexivos o anotaciones singularmente agudas, nos invita, especialmente, a visitar la veta americanista, hoy diríamos latinoamericanista, por excelencia.

Así, pues, iremos compartiendo distintos pasajes de un mismo mosaico, nuestra América Latina.

Bolívar
Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en la gloria, grande en el infortunio; grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes, y grande para sobrellevar, en el abandono y en la muerte, la trágica expiación de la grandeza. Muchas vidas humanas hay que componen más perfecta armonía, orden moral o estético más puro; pocas ofrecen tan constante carácter de grandeza y de fuerza; pocas subyugan con tan violento imperio las simpatías de la imaginación heroica”.[xiii]

Así, con este trazo tan firme como seguro en su decir, comienza Rodó su meditación que se prolonga por páginas y páginas en donde el Maestro se extiende al tiempo que compromete su espíritu y su verbo en el estudio mismo del prohombre americano llamado Simón Bolívar. No por venerarlo dejó Rodó de marcar los trazos humanos, de variado signo de este espíritu superior. Por el contrario, el vasto conocimiento de la persona y de su gesta, llevaron a Rodó a estas cavilaciones que debiéramos leer y releer, varias veces, para aprender de cómo se dan cita en este mundo prohombres de la talla de un Bolívar como de un Rodó, como así también de tantos otros y de tantas otras, en estas tierras en donde el estar supera, porque lo comprende, al ser.

Vale citar, íntegramente los dos últimos y magistrales párrafos de este pensamiento, de esta meditación, que evidentemente adquiere la categoría de ensayo, sobre Bolívar:

”Había dado a los nuevos pueblos de origen español su más eficaz y grande voluntad heroica, el más espléndido verbo tribunicio de su propaganda revolucionaria, la más penetrante visión de sus destinos futuros, y concertando todo esto, la representación original y perdurable de su espíritu en el senado humano del genio.”

Advirtamos ahora, la acentuación de la pluma en el trazo seguro y probo de este nuestro singular Maestro, al decir seguidamente que “Para encontrarle pares es menester subir hasta aquel grupo supremo de héroes de la guerra, no mayor de diez o doce en la historia del mundo, en quienes la espada es como demiurgo innovador que, desvanecida la efímera luz de las batallas, deja una huella que transforma, o ha de transformar en el desenvolvimiento de los tiempos.”

Ingresa ahora, Rodó, en un cuestionamiento que merece, para su destaque, un aparte:

”¿Qué falta para que en la conciencia universal aparezca, como aparece clara en la nuestra, esa magnitud de su gloria?”

Y responde con voz que nos hace vibrar ante la proximidad del genio Libertador Bolívar, de la mano de un pensador de talla superior, como lo fue Rodó:

”Nada que revele de él cosas no sabidas ni que depure o interprete de nuevo las que se saben. Él es ya del bronce frío y perenne, que ni crece, ni mengua, ni se muda. Falta sólo que se realce el pedestal. Falta que subamos nosotros, y que con nuestros hombros encumbrados a la altura condigna, para pedestal de estatua semejante, hagamos que sobre nuestros hombros descuelle junto a aquellas figuras universales y primeras, que parecen más altas sólo porque están más altos que los nuestros los hombros de los pueblos que las levantan al espacio abierto y luminoso. Pero la plenitud de nuestros destinos se acerca, y con ella, la hora en que toda la verdad de Bolívar rebose sobre el mundo. Pero la plenitud de nuestros destinos se acerca, y con ella, la hora en que toda la verdad de Bolívar rebose sobre el mundo.”
[xiv]

De esto se trata, ciertamente, de esto se trata. De continuar y perseverar en la porfía, no tozudamente, sino abnegada y estoicamente en el perfeccionamiento de nuestro ser y de nuestras comunidades. En la mejora en condiciones de vida de nuestra gente y en el rigor para con nosotros mismos, de la mano de la asunción de nuestras responsabilidades, personales y colectivas en esta tarea tan inmensa como hermosa y permanente. Porque nosotros seremos –que lo somos- finitos, pero la tarea será si no eterna por cierto que habrá de extenderse más allá de nuestras vidas individuales aunque claro está, habremos de dar de nosotros el mayor y mejor esfuerzo para que lo que viene de lo profundo de nuestra historia se de lugar, reformándolo, como reformamos, si a ello abocamos, nuestra propia vida; así también el destino de América Latina verá un mejor mañana si en el presente activo no damos vuelta el rostro o tapamos nuestros oídos, a la labor de la persona comprometida en el bien común de los suyos.

Hay tanto y tan bueno para compartir de las lecturas del Mirador de Próspero que opto por centrarme en el ensayo sobre Bolívar e invitar a que todos nos demos tiempo para ver el resto de la obra, en donde reitero, nos sorprenderemos no pocas veces, pero en definitiva, más allá de concordancias, como de discordancias que también las tengo, puesto que esto no es una profesión de fe en Rodó sino el dar testimonio de un hombre digno y culto, comprometido y sabio, como de su obra, variada en intensidades y colores.

Y con este último, extenso, intenso y riquísimo párrafo con que Rodó finaliza su estudio sobre Bolívar, cierro yo, con modestia, este ensayo sobre el Maestro José Enrique Rodó:

”Y por lo que toca a la América nuestra, él quedará siempre como su insuperado Héroe Epónimo. Porque la superioridad del héroe no se determina sólo por lo que él sea capaz de hacer, abstractamente valoradas la vehemencia de su vocación y la energía de su aptitud, sino también por lo que da de sí la ocasión en que llega, la gesta a que le ha enviado la consigna de Dios; y hay ocasiones heroicas que, por trascendentes y fundamentales, son únicas o tan raras como esas celestes conjunciones que el girar de los astros no reproduce sino a enormes vueltas de tiempo. Cuando diez siglos hayan pasado; cuando la pátina de una legendaria antigüedad se extienda desde el Anáhuac hasta el Plata, allí donde hoy campea la naturaleza o cría sus raíces la civilización; cuando cien generaciones humanas hayan mezclado, en la masa de la tierra, el polvo de sus huesos con el polvo de los bosques mil veces deshojados y de las ciudades veinte veces reconstruidas, y hagan reverberar en la memoria de hombres que nos espantarían por extraños, si los alcanzáramos a prefigurar, miríadas de nombres gloriosos en virtud de empresas, hazañas y victorias de que no podemos formar imagen: todavía entonces, si el sentimiento colectivo de la América libre y una, no ha perdido esencialmente su virtualidad, esos hombres, que verán como nosotros en la nevada cumbre del Sorata la más excelsa altura de los Andes, verán, como nosotros también, que en la extensión de sus recuerdos de gloria nada hay más grande que Bolívar.”
[xv]

Esto fue escrito en 1911 y pese a que apenas han transcurrido algo más de noventa años, es dable constatar la veracidad del presagio.

América tiene sentido y proyección, no por negación de los otros sino en la aceptación misma de su acrisolada condición existencial.

Vale la pena proseguir la tarea. Vale la pena apearnos de insignificantes cuestiones que no hacen a la esencia de nuestra primera empresa: la mejora de nuestra gente en el respeto de nuestras identidades que todas juntas dispares pero convergentes, forman este espacio de vida buena: América, nuestra América: la América Latina.

Hectorvalle@adinet.com.uy

[i] Rodríguez Monegal, Emir –José E. Rodó en el Novecientos, Editorial NUMERO, año 1950, Pág.27 y 28.

[ii] Idem, Pág. 45.

[iii] Si bien esta distinción corresponde al propio Rodríguez Monegal, creo que hoy por hoy, podemos volverla a conjugar en presente en cuanto a que permanece en nuestro ánimo, ante su carencia, la misma voluntad e intensidad en la busca de aquello que cita Emir hacia 1950.

[iv] Ibidem, Pág. 77.

[v] Obras completas de José E. Rodó, Volumen I, Barreiro y Ramos S.A., año 1945, Págs. 67 y 68.

[vi] Idem, Pág. 157.

[vii] Ibidem, Págs. 158 a 160.

[viii] Grimal, Pierre, Diccionario de Mitología griega y romana, editorial Piados, Barcelona, año 1993, Pág. 456.

[ix] Chevalier, Jean/ Gheerbrant, Alain – Diccionario de los Símbolos, Editorial Herder, Barcelona, año 1995, Pág. 852.

[x] Historia de la Literatura Hispanoamericana, Tomo II del Neoclasicismo al Modernismo, Luis Iñigo Madrigal (Coordinador)  Editorial Cátedra, Madrid, año 1993, Págs. 655 a 665.

[xi] Obras completas de José E. Rodó, Volumen III, Motivos de Proteo, Barreiro y Ramos S.A., Montevideo, año 1956, Pág. 1.

[xii] Idem, Pág. 3.

[xiii] Obras completas de José E. Rodó, Volumen IV, El Mirador de Próspero, Barreiro y Ramos S.A., Montevideo, año 1956, Pág. 91.

[xiv] Idem, Pág. 122.

[xv] Ibidem, Pág. 123.

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