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Lo que
aquí cuenta no es ganar o perder, sino armar el juego
Muchos años después tuve que hacer una nota sobre cementerios para la revista Posdata y la titulé “La muerte bella”. A una compañera de redacción, Cecilia Greiff, no le gustó nada el título. Me dijo que “si la muerte algo no es, no es bella”. Pero cuando hojeó la revista, si algo no hizo, fue no empezar a leerla. En fin... me acordé en estos días del toro y de “La muerte bella” de tanto ver, como en un blooper repetido cien veces, a Larrañaga pisando la cáscara de banana de su corrupción o no. Si hubiese reaccionado pagando y dejándolo como un error, chau, no se hablaba más. Pero defendió el cobro del subsidio de las tres cuartas partes de su sueldo de parlamentario por tres años, mientras realiza la campaña electoral sin concurrir al Senado, filosofando sobre la ética, la moral y la corrupción, con argumentos tales como que “si es legal no es inmoral”, o que su mujer es maestra y gana cuatro mil pesos (argumento reiterado por Juan Andrés Ramírez, quien se prodigó atendiendo el celular para decir a los medios que “Larrañaga no es corrupto”). A esa altura, la campaña electoral de Larrañaga giraba en torno al subsidio, hablando en todo momento del tema de la corrupción, de las calumnias, de las embestidas bagualas, de las sombras que le arrojaban. Curiosamente, quienes más lo “defendían” eran los colorados. Hierro López argumentó que si Larrañaga no cobrase el subsidio del Estado, “¿de qué viviría, cómo haría para comer?”. “¡Larrañaga corrupto no!” corearon los colorados, “es que no tiene para comer”. Mientras todos nos enteramos de que dos de los pura sangre del candidato llegaron segundos en la jornada de Maroñas (“para que te vayas acostumbrando”, lo cargaban sus adversarios). Si me dan a elegir un político blanco de estos últimos cuarenta años: Dardo Ortiz. Pero como manejo del discurso, del qué decir y qué nombrar, Wilson Ferreira Aldunate fue el mejor, no sólo entre los blancos. Wilson por nombrar, no nombraba al Frente Amplio. Decía: “los blancos, los colorados y los que no son ni blancos ni colorados”. Recuerdo una interpelación en la que estaba vapuleando a un ministro. Éste le preguntó, cáusticamente, desviándolo del tema, si él cierta vez había dicho tal o cual cosa y qué había querido decir con eso. “Yo dije lo que dije”, respondió Wilson y siguió dándole. Ahora bien, no creo que esa ingenuidad de entrar al trapo con el tema del subsidio, haya sido un problema personal de Larrañaga, sino estructural del Partido Nacional. Alguien tenía que haber en el comando electoral blanco que le apagara el celular a Ramírez, ¡por favor!, que le dijera a Larrañaga que de pronto hay cosas en las que se tiene que asesorar, para cambiar de tópico. Así lo hizo. La estrategia electoral blanca pasó a centrarse en el requerimiento de debate televisivo entre Larrañaga y Tabaré Vázquez.
Un nuevo bloque de poder A Marquitos Gutiérrez, en el 81, yo le llevaba Carta, Liberarse, el informe de Arismendi sobre el reciente plebiscito del 80. Por eso me sorprendió uno de aquellos días al preguntarme: “¿vos sos blanco o colorado?”. “Frenteamplista”, le contesté. “Sí, está claro –me concedió, para enseguida insistir–: ¿pero blanco o colorado?”. Hace ya siete años que el general Seregni advirtió que se gestaría en el sistema político uruguayo un nuevo bipartidismo, con el Encuentro Progresista en uno de los polos. Sólo faltaba conocer cuál de los partidos más tradicionales perdería su puesto. El gobierno de Jorge Batlle definió la contienda. Desde el viejo Batlle al viejo Herrera, décadas hubo en que Uruguay levantó una política bipartidista de Estado, negociadoramente antiimperialista, demócrata, republicana, progresista (y desde que tenemos cosas que conservar, conservadora). Lo que diferenciaba al oficialismo y a la oposición era que el partido batllista era de izquierda y el Partido Nacional de derecha no era. Un imaginario colectivo nacional reformista, socialdemócrata, de centro izquierda, dominó la escena política en un país que nació como tal, en el pensamiento de cualquiera de sus fundadores (Artigas, Rivera, Lavalleja, Oribe...) ubicado desde el llano hacia la izquierda de los Estados Generales que se convirtieron en la Asamblea Nacional Francesa el 9 de Julio de 1989, dando origen a las denominaciones políticas de izquierdas y derechas. En rigor, literalmente, el único presidente declarada y auténticamente de derecha que tuvo este país fue Juan María Bordaberry. El 31 de Octubre, a cuenta de su derechización, a las aspiraciones del partido de Bordaberry, les espera una muerte bella, casi diría una muerte blanca. Porque ¿qué contestaría si le dijéramos: “colorado, está claro, ¿pero blanco o frenteamplista?” Sin embargo, los cadáveres políticos tienen muerte corta. Si el Encuentro Progresista y el Partido Nacional no consolidan un bipartidismo basado en grandes direcciones estratégicas, que arme un nuevo bloque de poder nacional para insertarse en el nuevo bloque de poder regional, en lugar de Lula versus Cardoso tendremos Venezuela (¡No lo vean!), sin petróleo y sin canal 8. LA ONDA® DIGITAL |
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