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2da.
Parte: Estudio del poder y conclusión
Obviamente, toda lectura crítica parte de una visión que, aunque amplia en su proyección, basa su desarrollo en la percepción de un hombre en su tiempo y en su espacio, por más que pretenda –y a veces lo logre, con particular exactitud- o uno así lo entienda, pueda comprender al Occidente todo. Entonces, aclarada la fuente de la que parte el análisis, como así también la razonable limitación de una empresa de esta envergadura, emprenderemos el camino en procura de hallar el hilo conductor a fin de que un discurso logre, a posteriori de asumido el poder –siempre basándonos en un esquema operativo democrático-republicano, esto es, específicamente, por medio del sufragio universal y la representación parlamentaria proporcional-, se pueda llevar a cabo, se compadezca con las acciones desde el ejercicio mismo del poder, haciendo efectivo el núcleo de las ideas pregonadas en tal discurso. O tan siquiera, dar mayores y mejores posibilidades al común de la gente para que sus vidas –y sus individualidades, sus potencialidades en la dimensión misma de cada existencia humana- gocen de una posibilidad cierta de expandirse lo más posible, con la única frontera –que a su vez es el horizonte- del otro y su libertad. Porque, recordémoslo: los Derechos Humanos son, a no dudar, los Derechos del Otro Hombre.
El concepto de poder y el orden
social Y será posible, toda vez que tengamos presente que una sociedad no es la suma de sus individuos sino la sumatoria de las relaciones entre los individuos que la componen. Para ello cobra especial significación cómo se disponga la distribución misma del poder, específicamente, área por área, de acuerdo a un plan previamente trazado con un mapeo sociocultural, socioeconómico e incluso sociopolítico, a efectos de proveer de estímulos adecuados, merced a una apropiada asignación de poderes específicos, que devenga en una actividad social efectiva que esté, a su vez, porque esto es primordial, coordinada en lo macro del plan, con una interacción social ciertamente cooperativa. Esto es, que un punto del esquema –y su contraparte en asignación de responsabilidades- así lo perciban, más allá, de sus otras lecturas personales de vida. En esto, en el estudio que hoy se presenta, hay una primera y clara intención que consiste en que las actividades que se den en el ejercicio mismo del poder, estén sujetas tanto al control como a la dirección, efectiva, de las personas que las llevan a cabo. Que nada de aquello sea aparente y que no estemos cobijando, por debajo de la alfombra, una cáscara como estructura decorativa en el funcionamiento del poder, en tanto la dirección misma y la efectividad en las aplicaciones de sus medidas, esté en un centro distinto y ajeno a lo planeado en base a aquel discurso, o sistema de ideas a derramar en la praxis, de que habláramos al inicio. Vuelvo a repetirlo: la intención es que el discurso se compadezca con la acción de gobierno y entonces sí, la persona, cada hogar, y esto lo veremos al atender el capítulo de la educación, así lo perciba y al hacerlo, “note” más allá de toda duda, y de todo nivel de raciocinio, que un cambio en serio y por la gente, se está operando en el día a día de la sociedad.
Acción calculadora El cálculo, en tanto como dijéramos, podemos prever, calcular unas determinadas acciones durante un determinado tiempo, pudiendo anticipar ciertas contingencias. Pero como es inviable pensar que en la acción directa se esté calculando permanentemente, es dable entender que, felizmente en el contexto propuesto, la persona humana es criatura de hábito. Con lo cual proseguirá laborando sobre un plan prefijado, en interacción con los otros, siendo, y esto es importantísimo sea dicho por más obvio que sea –y lo es- pues de lo contrario caeremos en lo desiderativo, luego huiremos de la realidad y la contradicción entre teoría y praxis no cesará de aparecer hasta abortar, malamente quizá, el proceso iniciado con tan buenos auspicios. Vamos en pos de una acción social considerada, ahora que despejamos términos que muchas veces quieren significar algo completamente opuesto a lo aquí propuesto, percibiéndola como la tarea habitual de agentes calculadores.
El poder como una capacidad Las más de las veces, utilizamos el término para describir otras cuestiones pero resulta harto común ver cómo se etiqueta como poder lo que en realidad refiere a cuestiones tales como el carisma, la posición social o incluso el uso de la fuerza física, en tanto provenga de una constitución vigorosa. Tomemos, con Barnes, tres definiciones clásicas de poder: Weber: “Poder es la probabilidad de que un actor en una relación social esté en condiciones de imponer su voluntad a pesar de la resistencia, e independientemente del fundamento sobre el que se base esta probabilidad.” (1947) Dahl: “A tiene poder sobre B en la medida en que consigue que éste haga algo que, de otro modo, no haría.” (1957) Wrong: “Poder es la capacidad de algunas personas para producir efectos queridos y previstos en otras.” (1979) Tienen en común las tres definiciones, además de la aparente simplificidad con que se trata el asunto, en cuanto a que asignan poder a los individuos antes que a las instituciones o a sociedades enteras. Todas ellas, apuntan a un individuo, y al contexto de la relación social en la que actúa, con lo cual atiende al “efecto” del poder que tal individuo ejerce en tanto que sumisión del otro en la relación que fuere. Una vez más advertimos que en la comprensión de lo que poder es falta dilucidar un sinnúmero de acciones con sus consecuencias, sus efectos, en donde lo fácil, y muchas veces peligroso, es caer en valoraciones tales en donde llamemos “poder” a lo que no lo es, como solemos llamar “suerte” a lo que nada de suerte tiene en su manifestación. Luego, etiquetamos con extrema facilidad y simpleza sin ahondar en la cuestión social, en busca de una precisión del término que hará de nuestra visión de conjunto, y en lo específico del tópico, seamos, siquiera, algo más cautos y mesurados en su empleo. Con ello, lejos de quitar fuerza y determinación a nuestro hacer, lograremos una cercanía mayor con el objetivo propuesto. Que es de lo que se trata: ser coherentes, y serlo, que sepamos, se logra en el terreno de las acciones concertadas que arriben a las metas antes dibujadas.
Las formas sociales y el valor de
la rutina La cosa está en descubrir si tales rutinas permanecen –y si es así, el por qué de la permanencia- a medida que quienes las llevan a cabo van tomando conciencia de las mismas como de sí mismos en su relación con ellas. Lo rutinario y habitual son absolutamente necesarios en toda sociedad porque lo contrario sería absolutamente descabellado, en tanto partirían permanentemente acciones tan vectoriales como contradictorias, contraproducentes y de signo negativo para el tejido social. Por lo que el fortalecimiento y el refuerzo de aquellas prácticas convergerán toda vez que sepa instrumentarse un plan de acción que, a través de una serie reflexiva y calculadora –en la acepción que antes diéramos-, posibilitara la praxis en acciones que luego operen en virtud del hábito, como rutinas concertadas que, naturalmente, tendrán un proceso de validación, rectificación y sincronicidad con el sentido mismo que el plan previera pero que la práctica misma, en el tejido social y en la tensión, dinámica y enriquecedora, de las interrelaciones entre los individuos, vaya adaptándose a la misma en la misma medida en que quiere y busca una coherencia no dogmática con el plan sino que valide la esencia de lo oportunamente propuesto como lo es, la expansión existencial, en democracia, de los individuos que componen tal sociedad. Ciertamente coincidimos en que todo individuo experimenta un estímulo al alcanzar un nivel de conformidad más elevado, siempre y cuando otros individuos manifiesten también un nivel de conformidad elevado (claro está, no tenemos en cuenta, a las excepciones sociales dadas por las perversiones psicológicas, etcétera).
El conocimiento como factor clave
de transmisión en la sociedad En el orden de lo práctico y común es donde la gente se moviliza para afianzar los mecanismos que la aproximen a sus objetivos. Pero tales medios son limitados, exigen a su vez un suministro excedente lo que lleva a que los individuos deban entrar en competencia y conflicto en la búsqueda de tales logros a efectos de asegurarse su obtención. La forma en que actúa la gente depende de lo que sabe. Y aquí ingresamos en terreno minado, por cómo valoremos no sólo tal conocimiento sino el mero hecho de si estimamos siquiera –aunque suene brutal, pero es cierto, concédaseme- que haya gente con conocimiento. Hablo, claro está, de aquellos soberbios que, en tanto se creen ellos sujetos de poder –cuando en todo caso y muy a considerar, pudieran ser meros factores de poder o, en última instancias sus inquilinos sin contrato firmado. Repito pues la frase inestimable lanzada por Barnes: La forma en que actúa la gente depende de lo que sabe. Pero cualquier cosa que tal gente sepa es capaz de afectar a la forma de actuar de la misma, integrando tal conocimiento, la existencia misma de la sociedad. Si al hablar de su conocimiento, toda sociedad es aquello que conocen sus integrantes. Y hablamos del más amplio conocimiento, incluso de lo que unos conocen de los otros, etcétera, no angostándolo en anaqueles ni categorizándolo en niveles. No en este estadio en que estamos inmersos. Conocimiento este que se constituye en auto referente y que toda persona que quiera ser miembro de tal sociedad, tendrá que aprenderlo para convertirse así en lo que eso describe. Y esto es factor no menos al pretender identificar los fundamentos del poder. El conocimiento auto referente de la sociedad incluye el orden normativo de la misma. Por ende, el poder social es, apunta el teórico, la capacidad añadida para la acción que acumulan los individuos a través del hecho de constituir una distribución de conocimiento y, luego, una sociedad.
Poder y Discreción Es decir, aparecen los llamados “poderosos”. Aquellos que obtienen discreción en la dirección de la capacidad para la acción en una sociedad. De ahí que si las acciones sociales rutinarias son dirigidas predominantemente a discreción de un subconjunto de miembros, Barnes postula que podemos imaginar una rutina como un potencial o capacidad, que se puede llevar a la práctica o no, dirigirse hacia tal o cual dirección del agente que la controla. Tal agente, alega al sustentar su idea por mí compartida, posee poder social. La posesión misma de tal poder es la posesión de discreción que, en definitiva, la obtención del poder, consiste en obtener tal discreción. Explicación esta simple y embrionaria del poder y su distribución que hoy queda aquí expuesta, a fin de propiciar el estudio descarnado e interno de las estructuras del poder, de las cadenas de interrelaciones, de las series de rutinas, de las rutinas que operen y también –o especialmente- de aquellas que queden reservadas, en un segundo plano y para menos individuos aun, esperando la oportunidad de ser efectivizadas en el cuerpo social. Llamar la atención sobre esto conforma el interés de quien esto escribe a poco que todo discurso, si no es retórico, si no es vano, luego despreciable, debe tener frente a sí, dialécticamente, a una simulación de su praxis para luego proveer cambios o rectificaciones ANTES DE su puesta en marca. Porque luego, sin haberlo “calculado”, será tarde. Muy tarde. Recordemos que el poder está inmerso en la sociedad como un todo. Pero, repito, la discreción en su uso suele estar distribuida de un modo más selectivo. Antes de terminar, quiero significar lo siguiente: Nunca olvidemos que el poder, es decir la capacidad para la acción, está entre los que supuestamente no tienen poder y que sólo es la discreción en su uso lo que se halla fuertemente concentrado en los niveles más altos de la sociedad. Desplazar, entonces, la estructura de la discreción –tarea propia de cíclopes, lo admito- puede luego ser desplazada hacia la base, y lo que propongo y promuevo, como tantos y otros, es que el desplazamiento a que me refiero no sea dado por una revolución sino por la educación.
II – La educación Afirmación esta que vertiera el genial alemán en una conferencia que diera en la radio de Hesse, el 18 de abril de 1966 y que llevara por título “La educación después de Auschwitz”. Por tanto, amigas y amigos, usted que tuvo el coraje y la tenacidad de llegar, sin fisuras, a leer hasta este renglón –lo que tanto agradezco como resalto- el asunto está una y otra vez en la educación. Y no se me tilde de iluso, romántico y menos, por favor, populista. No. Es así. El soberano necesita educarse, requiere conocimiento y no evangelización de signo o creencia alguno. Eso que lo decida luego en el ámbito de su libertad interior. El soberano debe saber para conocer y, conociendo, ser responsable. Un gobierno que en su primera acción “baje” o “lleve” a través de las autoridades de la educación, no consignas, sino mensajes que propendan al esclarecimiento, valoración y compromiso social de la gente de su sociedad, estará derramando agua de vida entre los suyos. Porque no hay que temer a que el otro se eduque, sepa, se informe, luego reflexione y conozca. Por el contrario, cosificar a la persona, embrutecerla es, además de perverso y amoral, cosificarse uno mismo, tenga el nombre y la posición que fuere. El Uruguay hace decenios que permite, que todos permitimos, con las responsabilidades repartidas en función de los estamentos de poder a que tengamos o no acceso, a que por estemos divididos en varias sociedades. Porque hay buena parte de nuestra gente que no queremos ver ni saber de ella para no ponernos nerviosos ni “contagiarnos”. Así, pasiva e hipócritamente, hemos permitido que sendas poblaciones tengan valores y autoridades, en la práctica, distintos a los de la otra mitad o las otras partes pues ya no sé si no es también ser reduccionista hablar de dos, cuando la segregación puede ser superior. Hablo de esas manzanas donde hay una canilla, donde se conforman laberintos de viviendas conformadas por un número significativo de personas que comparten espacios mínimos sin privacidad alguna, en las peores condiciones de todo tipo que nunca muchos de nosotros ni siquiera nos hemos atrevido a ver con nuestros propios ojos. Zonas en donde aun funciona el aguatero y el agua sale mucho y viene en condiciones de salubridad harto dudosas. Hablo, también, de la cultura del caballo y del carro, no habiéndose permanecido en el esfuerzo de tecnificar, de dar instrumentos más aptos para el trabajo del hurgador porque una pequeña mafia o pequeñas mafias, controlan el negocio de la compra-venta de equinos, por ejemplo. Hablo, por qué no, del cambio de rol de la escuela pública: ya no se va a aprender sino que se asiste para poder comer algo y tomar un poco de leche. Y eso indigna y para ello no preciso leer a Adorno sino mirar a mi alrededor y mirarme al espejo y decir y decirme qué diablos sirve una biblioteca o una supuesta “posición” si en los hechos estoy deshumanizado y descontextualizado de mi sociedad, luego soy un paria. ¿Dónde, pues, queda el discurso si no nos avenimos a mirar nuestras miserias, esas que huelen mal, pero muy mal, porque huelen a nuestra desidia a ser responsables de nuestra gente? ¿Alcanzará con votar? ¿Alcanzará con entonar cánticos? ¿Todo termina en el sufragio? ¿O todo comienza en el acto mismo de hundir la mano y con ella llevar al sobre a la entraña no ya de la urna sino de la tierra negra? ¿Habrá llegado la hora de dejar de mentirnos y asumir nuestra condición humana, con sus luces y sus sombras? ¿Buscaremos transferir responsabilidades una vez más? ¿Qué fin puede valer algo si los medios que se empleen en su obtención olviden a la persona humana? Hoy les confieso que no tengo respuestas a todas y cada una de estas preguntas porque, en verdad, no debe haber palabras por respuesta sino acciones calculadoras, concertadas que lleven consigo el verbo del hacer con la música que la ética trae consigo. Es posible, por cierto que lo es. Pero si usted o yo, reculamos, todo esto es mera cháchara. Sepámoslo hoy. Hagámoslo mañana: seamos solidarios que, además, hace bien. Dice Adorno, en tal conferencia: “Cuando hablo de la educación después de Auschwitz, incluyo dos esferas: en primer lugar, educación en la infancia, sobre todo en la primera; luego, ilustración general que establezca un clima espiritual, cultural y social que no admita la repetición de Auschwitz; un clima, por tanto, en el que los motivos que condujeron al terror hayan llegado, en cierta medida, a hacerse conscientes.” Lograr que la base, el pueblo, uno a uno, codo con codo, despierten sus respectivas autoconciencias. Esa, creo yo, es la tarea primordial y el permanecer, responsable y solidariamente, atento a la escucha del otro. Siempre. Incluso después del sufragio. Porque allí, reitero, todo comienza cuando de ser ciudadanos dignos se trata.
Los medios y los fines Primera Parte: LA ONDA® DIGITAL |
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