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Cultura nacional y Estado uruguayo
Casi todo para cambiar

Cultura nacional y Estado uruguayo
Casi todo para cambiar

por Oribe Irigoyen

El cambio responsable dice una de las consignas electorales del Encuentro Progresista, fuerza política que tiene elevadas posibilidades de ganar las elecciones generales a partir de este fin de mes. Esa promesa de cambio, y la perspectiva de un posible gobierno de izquierda futuro, incita a reflexionar acerca de la relación entre la cultura nacional y el Estado uruguayo, también sobre el instrumento idóneo para concretar esa relación: la política cultural del gobierno. 

PUESTA AL DIA
Hasta el día de hoy y por largas décadas pre y post dictadura de 1973-1984, los distintos gobiernos uruguayos han practicado la política cultural del Estado de que no hay política cultural, ni se necesita. Los

hechos muestran, desde siempre, que esa no política parte de la concepción tradicional de que la cultura es igual a las bellas artes; que desde los años 1960 con la inmensa mayoría de los artistas e intelectuales uruguayos alineados en la izquierda, el gobierno ve a la cultura como una enemiga; que recuperada la democracia en el país, todavía es sospechosa de disidencia y subversión. En la práctica, la cultura ha sido para el gobierno algo bello, suntuario, gratuito, ajeno a la política gubernamental, que no tiene nada que ver con administrar un país - ¿Yo?, argentino -. Las falencias, olvidos, alejamiento absoluto de semejantes gobiernos para con sus mínimos deberes de preservación, fomento, difusión y exportación de la identidad y el imaginario uruguayos, de los que la cultura es el motor esencial, cubrirían varias notas a dos páginas tamaño sábana. 

En cambio, la sociedad uruguaya, a partir de sus núcleos más lúcidos y en largo proceso no siempre recto, con  altibajos y retrocesos, de aquella concepción tradicional de la cultura igual a las bellas artes, pasó primero a una concepción antropológica de la cultura - toda relación del hombre con la naturaleza y la sociedad es cultura -. Más tarde, de modo más dificultoso pero creciente y con mayor concreción, asume una concepción asociada a la producción de bienes y servicios culturales, que vincula a la cultura con la economía y comprende la existencia de industrias culturales. Una concepción acorde con la realidad actual cuya síntesis serían los datos de que la cultura moviliza, en su conjunto promedial, 350 millones de dólares por año, lo que significa entre el 2 y el 3 % del Producto Bruto Interno e incluye alrededor de 70.000 personas en forma directa e indirecta ( insumos y servicios ). Constituye un complejo económico, con rasgos similares a otras industrias en algunos campos - producción en serie, estandardización, división de trabajo, consumo de masas y lógica económica de cualquier otra producción industrial. Un singular maridaje de economía y cultura que propone no pocos y complicados retos. 

LOS DESAFIOS
Esa realidad de la cultura uruguaya actual, a los efectos de un gobierno progresista, plantea fuertes problemas de contexto económico, social y político. 

Por un lado, en lo interno, la crisis de un modelo cultural agotado en los elementos que lo generaron, que alcanza a los problemas de la identidad nacional. Junto con esto, la creciente y amenazadora marginalidad económica, y por consiguiente cultural, de buena parte de los componentes de la sociedad, que acucia con la necesidad de diseñar y poner en práctica una estrategia global de acceso democrático al conocimiento, en el que el abordaje cultural de los problemas de la sociedad es un capítulo central. 

Hacia el exterior, con ese bagaje a cuestas, el Uruguay tiene la obligación de incorporarse al proceso de globalización, enfrentar al probable avasallamiento y a la posible dominación cultural y pérdida de la identidad nacional que ese proceso puede implicar. Y debe integrarse regionalmente

( Mercosur ) en otro proceso complejo y por ahora cansino de armonización de evidentes asimetrías culturales.

Entonces, se anudan múltiples temas de reflexión, debate y acción concreta, problemas, interrogantes y propuestas a dilucidar, que hacen a una posible y cabal política cultural de un gobierno de izquierda. 

TIEMPO DE CAMBIO
Una política cultural de gobierno no es sólo un calendario de actividades ni una lista de inversiones, aunque las incluye y exige del Estado cumplir con lo que no se ha hecho hasta ahora: los mínimos deberes económicos y de fomento en la preservación y difusión de la identidad cultural uruguaya. Luego de ese deber cumplido, sin paternalismo, viene lo más importante de una buena política cultural. En la cual, el Estado surge como un gran gestor y un regulador de la actividad cultural nacional - una suerte de gestor de gestores y actores culturales -, enfrentando y resolviendo un cambio radical, que sintetice importantes capítulos o temas: democratización y descentralización de la cultura, atención a la dimensión económica de la producción nacional y su necesaria exportación, integración regional

( Mercosur ), síntesis equilibrada de tradición y novedad en la identidad nacional, actualidad compleja de los derechos de autor, seguridad social de gestores y actores culturales. Hay mucho por hacer y reflexionar en esos capítulos pero la tiranía del espacio periodístico sólo permite su mera enunciación. De todos modos, ellos exigen algunas precisiones. 

ALGUNAS PRECISIONES
En una cabal política cultural es fundamental la libertad de expresión, entendida en la acepción marxiana de que cuando una libertad particular es puesta en cuestión, la libertad general es puesta en cuestión. De igual modo, democratización y descentralización de la cultura implica abrir espacios para toda expresión y hacia todos los rincones del país, para un acceso múltiple a ella desde el quehacer artístico pero también desde el consumo. Que se concreta en una estructura de participación y democratización ciudadanas, que no sea el mero traslado

cultural del centro hacia la periferia, sino un diálogo creativo a dos puntas y en pie de igualdad que signifique, en realidad, la extinción de la propia distinción entre centro y periferia. Y dé vida también a modalidades o identidades culturales barriales y rurales a lo ancho del territorio. 

Otra precisión plantea un engorroso dilema referido a aquel maridaje entre economía y cultura, visto anteriormente, que plantean las industrias culturales - discográfica, cine, etc. -. ¨ Deben ellas como toda industria regirse por las leyes del mercado o no ? En algunos países, por ejemplo EEUU, así ocurre. La respuesta sería un no de muy engorrosa dilucidación, en el cual el papel del gobierno como regulador es primordial. 

Ocurre, en realidad, que las semejanzas entre las industrias culturales y las demás industrias son sobre todo de formato m s que de obra o acto cultural en s¡. Estos no son un Mercedes Benz material y serializable. Existen diferencias sustanciales, entre las cuales y de esencial importancia está  el hecho de que se trata de una producción espiritual, inmaterial o intelectual, como se prefiera, que emite determinados mensajes, códigos de contenido y del imaginario social, valores simbólicos, de imposible industrialización por el papel clave del creador y del talento. Concretar ese no resulta tarea nada fácil.

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