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Comunicación y temporalidad
Introducción Pretendo distinguir, en base a lecturas de textos del Maestro Jacques Derrida, así como también de otros aportes, cómo reacciona la persona ante las nuevas formas de comunicación, de cuyo resultado la democracia habrá de emerger en mejor o peor situación que la anterior a la aparición de los medios masivos de comunicación. En definitiva, estimo, trataré de acercar más que una respuesta, la formulación misma de preguntas, no pocas veces molestas, respecto del lugar que nos ocupa, bien como de nuestra propia e intransferible responsabilidad, en la sinfonía humana.
El filosofar y un filósofo
magistral: Jacques Derrida O sea, filosofar se filosofa a partir de los hechos de la vida y de las cuestiones esenciales al hombre, porque de lo contrario si tales cuestiones son tomadas desde un aspecto personalista, narcisista –el vanagloriarse de tal o cual supuesto-saber- en realidad lo que uno emprende a partir de tales elucubraciones es, ni más ni menos, que una huida seudo docta. Ahora bien, uno de los aspectos esenciales en nuestras vidas es, a mi juicio, el acceso a la información desde la imagen vista y la palabra proferida. Ya no sólo es la televisión sino que ahora debemos calificar si es abierta o por cable, bien como el acceso vía internet a otras redes informativas con imagen, o desde el propio celular donde uno observa o, en su defecto, con la webcam, en su casa u oficina o, eventualmente en un cyber, recibe y da información que unos y otros juzgan de diversa forma. Así, pues, la comunicación es hoy, como nunca, una via ya no rápida sino presencial no limitada a espacios públicos o privados sino accesible a poco que uno mire a su frente o a su costado y acepte recibir el mensaje que la imagen pone, coloca o, meramente, presenta en la pantalla. Hablemos por ejemplo de Jacques Derrida. De aquel pensador nacido en Argel, de origen judío francés, que viviera en Francia desde los 19 años hasta su reciente fallecimiento pero que nunca olvidara –ni dejara de visitara- a aquella Argel donde, conoció desde niño, la arbitrariedad y la alineación presente en las medidas xenófobas del gobierno francés colonial de aquella época (nos referimos a fines de los años 30 y principios de los cuarenta). Derrida más que un filósofo fue un hombre que gustaba de filosofar desde los bordes, o desde el afuera, si gustan compartir esta expresión. Derrida y “su” deconstrucción. Esto es, deconstrucción de la filosofía que, explicaba él, es una especie de pensamiento –o si se quiere de reflexión, argüía- sobre la filosofía, y aquí está su marca: pero desde un sitio que es un poco exterior a la filosofía. Habla sobre el acto de pensamiento, como de un espíritu o de un alma cuyo cuerpo es la lengua, creyendo él que los conceptos viven en cuerpos lingüísticos, razón por la cual, en seguimiento de esta lógica, que bien podríamos denominar derridiana, un acto de pensamiento, alega, ha de ser idiomático. Ciertamente el pensamiento es un acontecimiento, hablamos, repito, del pensamiento filosófico; una invención en la lengua y por qué no, invención poética también. Y esto uno lo percibe, claramente: hablo de la proximidad, no pocas veces intercambiando lugares, de la poesía con la filosofía.
La comunicación y un ejemplo: El
teléfono[i] Este curioso aparato, en la multiplicidad de las formas y modos en que se nos presenta, perfora, si se me permite tal expresión, todo control mediático pues va, de lo privado a lo público, poniendo en serio cuestionamiento tanto el límite como la existencia misma de tales categorías, una vez que su mensaje –de boca a oído y vice-versa y que ahora se le suma también la imagen- perfora, reitero, las estructuradas barreras a informaciones variadas que desde el control mismo de las informaciones, el poder de turno, o quienes están de turno en el poder –algo que de por sí debiera estudiarse, esto es: los inquilinos del poder que luego se creen dueños y que en tal calidad, caen inexorablemente al no haber comprendido la esencia misma del poder-. El teléfono, por ejemplo, permite imaginar una opinión pública creada a partir de la comunicación personal, pero que viaja de lo privado a lo público, sin perder nunca el carácter del yo-y-tú, la comunicación entre dos que se multiplica exponencialmente formando tal opinión pública a partir de un hecho que tanto se diversifica como ramifica y tanto crea como recrea otras innumerables posibilidades de comunicación que eluden y sobrevuelan la estructurada propaganda en los diversos medios de comunicación existentes. Luego, lo prohibido en la publicidad de tales medios –gráficos, televisivos, radiales- se ve burlado por estos otros aparatos que partiendo del teléfono clásico, alcanzan al celular, a la webcam, en casa, en el cyber o en la oficina, llegando también a la más restringida área de la tele conferencia. Estas avenidas mediáticas, junto con la televisión abierta y cerrada, los telescriptores, etcétera, son potencialidades a explorar en pro de una democracia que debemos considerar a fin de que tales vías comunicacionales tanto mantengan como acrecienten una libertad de expresión que nunca podemos considerar estática sino sujeta al embate de nuevas políticas culturales que buscarán por diferentes medios, limitarla y adecuarla a controles ajenos al mejor despliegue de la persona humana en libertad junto a los otros.
La a-capital
Usted o yo, por ejemplo desde nuestra PC vamos conformando un polo de acción en lo que a modos y tipos de información en áreas tales como cultura, política y economía, que no necesariamente son las que “la capital” impone o presenta al común de la gente. A su vez, usted o yo, ambos y tantísimos otros, con el control remoto en mano, logramos una ubicuidad distinta y propia de lo establecido por la capital, abarcando más aunque no necesariamente mejor, todo estará en cómo y para qué digitemos ese objeto pudiendo obtener tanto una mayor comprensión de las más variadas situaciones, como así también utilizarlo para evadirnos de la realidad –la nuestra y cotidiana- en una forma de huida que posiblemente nos lleve a la transferencia de nuestra responsabilidad si, de este acto evasivo, hacemos un método de vida. Siquiera en nuestra búsqueda de tales fuentes, volvemos periférica a aquella centralidad, generando nuevas comunidades, a partir de la virtualidad, que más que vectores culturales, acercan y promueven a la persona humana en la universalidad de su innata condición de vida. A las fronteras de la capital, generamos nuevas avenidas de lo humano expresado en lo dialógico que la comunicación presenta, a poco que tal posibilidad nos conmueva y motive a explorarla. Como bien postula el filósofo francés, se trata de ir en busca de una identidad que tenga en cuenta “a sí y al otro”, que sea igual en cuanto a no trazar fronteras, luego categorías, entre yo y el otro. Tal identidad se construye, advierte Derrida, a partir de “la experiencia de lo imposible” ¿Y por qué de lo imposible? Porque si ejercemos nuestra responsabilidad en el orden de lo posible, seguiremos por una pendiente, haciendo de la acción la consecuencia aplicada, es decir, la mera aplicación de un saber o de un saber-hacer, para ser más precisos al texto derridiano[iii], no dependiendo, entonces, ni de la razón práctica ni de otra decisión propia. Tal actitud, convenimos con nuestro filósofo, hace de la moral y de la política, una tecnología. Es decir, deviene irresponsable y pasa a conformar aquel tipo de sociedad sobre la cual nos advierte, magistralmente a lo largo de sus obras, que se encamina hacia un “mundo administrado”[iv]. Pero se dirá, insistiendo con una duda, hasta cierto punto entendible: ¿Por qué debo experimentar lo imposible?¿por qué no ceñirme a lo posible, simplemente? Porque en caso de hacerlo, de intentar sólo moverme dentro de lo posible, dentro de lo dado, pongo un techo, un límite (pre-fijado en sí, y a su vez por otro con una intencionalidad por mí desconocida) al despliegue de mi hacer y con ello, me incorporo, sin identidad, a una panorámica, consintiendo en mi abandono del dominio de lo ético y de lo político. Transfiero, entonces, mi responsabilidad; ya no me nombro, apenas me sumo. Se trata, una vez más, de atreverse, de asumir la responsabilidad que conlleva el desafío de ser libre. Sin duda que con la contención societaria que es dable a un ser democrático. Implica, derridianamente, avanzar. O sea, presentarse, mostrarse y así, identificarse y nombrarse. Avanzar hacia la esencia universal de la humanidad, sin deponer lo propio, lo característico de cada uno ni tampoco lo peculiar del lugar que nos encuentra como sus habitantes, pero avanzar en pro y a la busca del otro, de su comprensión, que comienza con el apagamiento de nuestras peores aristas y con el silenciamiento de los ruidos que nosotros mismos producimos previo a toda comunicación, para poder escuchar como dijera Elías Canetti, ese gran hombre y maestro, para poder escuchar, repito, los latidos del otro. En beneficio, pues, de una escucha imprescindible tanto para conocer al otro como para descubrirnos a nosotros mismos en tanto somos en relación a otro. Ser responsables, digo, es apelar a lo imposible, no renunciando a la condición de hacedor que tanto el hombre como la mujer tiene, ni tampoco negando, vale reiterarlo una y otra vez, la responsabilidad que le cabe por el estado de situación que su comunidad viva. Para ello, para saberse –madura y responsablemente- libre junto a los otros, ha de experimentar ese hombre y esa mujer, lo imposible; ha de intentar ser persona y no apenas un individuo, partícula cosificada de una imagen en la pantalla de la vida. La a-capital, como signara Jacques Derrida, es lo otro de la capital y tal hipótesis concierne a la lengua, entendiendo por tal al predominio de un concepto de la lengua o del lenguaje; la puesta en práctica del idioma. No debiendo olvidar, en tal sentido, que cuando hablamos de derechos humanos recordamos la libertad de pensamiento[v], relacionándola con la libertad de publicar, no menos que, por ejemplo, con la libertad de enseñar (Paul Valery). Y la a-capital tiene en el hombre y la mujer común, su mayor desafío, que estriba en saber hasta qué punto él o ella, se emanciparán no respecto de la sociedad sino y antes bien respecto de la lógica instrumental que promueve una queda de la persona humana en pro del número, convirtiendo, o intentándolo digamos que con bastante éxito, que el empresario pase a la categoría de funcionario y el sabio sea un experto profesional[vi]. El individuo no debe perder el tener una historia personal, constituirse en su singularidad, parte reconocible y constituyente de su comunidad pero con una dimensión existencial que promueva la expansión de su humanidad. Vale recordar que nada nos viene dado, salvo la posibilidad de ser libre. Renunciar a ella, es no ya reconocer nuestra finitud, lo que es más que necesario para comenzar a vivir con plenitud de fuerzas, sino y para peor, abdicar de lo mejor que anida, en estado latente, en nuestro interior, nuestra misma condición humana, aquello que nos separa de la animalidad: el uso de la razón en armonía con lo cordial que también singulariza la vida humana. De tal forma, debemos alertar sobre una razón que se ha vuelto, no pocas veces, irracional, contra el uso de una razón instrumental de cuya práctica nos haremos, como ya manifestara, partícipes de un “mundo administrado”. La misma velocidad, singularmente elevada, con la que nos desplazamos –llamémosla sin vueltas: prisa- dice de una huida, de una deshumanización tal que si prospera, acabará, reitero, con nuestra condición humana, luego, con el sentido mismo de la libertad. Ya que tan a menudo confundimos el presente con la actualidad, la velocidad con la prisa, visitemos, para mejor ilustrarnos, a Jacques Derrida y permitámonos escuchar lo que él dice en una entrevista publicada por la revista El Ojo Mocho, editada en Buenos Aires, en el año de 1994 (hablamos de su número 5) y que felizmente podemos encontrar, como tantos otros excelentes textos, en el sitio que promueve Horacio Potel, gratuitamente, bastando colocar la siguiente dirección en nuestro navegador de internet: http://www.personales.ciudad.com.ar/Derrida/artefactualidades.htm
Deconstruir la actualidad Es decir, libre también para relacionarnos, para tener un pensamiento en libertad, dice, que no requiera hablar de libertad. Libertad en un poema, en un espacio literario, en una mirada, en la percepción. Libertad sí para ser requerido, para tomar libremente, responsablemente, el vínculo con lo societario, con lo político, pero reservando un espacio personal para la manifestación plena de vivir, de percibir, de disfrutar, antes, manifiesta el filósofo, que esa libertad se transforme en un asunto político, de derecho.[vii] ¿Qué anima estas reflexiones que partes de lecturas y citas de filósofos tan radicalmente humanos? Una crítica de lo existente, una mirada aguda y descarnada a la supuesta actualidad y al presente, a lo presente. La búsqueda misma de lo esencial en la vida humana que pasa por detectar lo anecdótico y superfluo y el lugar que tales superficialidades ocupen en nuestra vida. Y detectando su ubicación, central o periférica, analizar, reflexionar sobre las posibilidades que cada uno de nosotros tiene para corregir o profundizar rumbos, de cara a una radicalización de nuestra presencia digna en eso que solemos llamar, nuestra circunstancia de vida. Dice Horkheimer algo que creo por demás válido exponer aquí, a modo de introducción a esta parte de nuestras cavilaciones: “El objetivo propiamente dicho de una crítica semejante es el impedir que los hombres se pierdan en aquellas ideas y formas de comportamiento que la sociedad les inspira en su organización actual”. Y agrega, con especial énfasis: “Los hombres han de aprender a descubrir la relación que existe entre sus actividades individuales y lo que se consigue mediante ellas, entre su existencia particular y la vida común de la sociedad, entre sus proyectos cotidianos y las grandes ideas por ellos admitidas”.[viii] Tan luego de esto se trata. Sin más.
El tiempo es un artefacto “Hoy en día más que nunca, pensar su tiempo, (sobre todo cuando al hacerlo se corre el riesgo o la suerte de la palabra pública) consiste en tomar nota, para ponerlo en práctica, del hecho de que el tiempo de esa misma palabra se produce artificialmente. Es un artefacto. En su mismo acontecer, el tiempo de ese gesto público es calculado, forzado, “formateado”, “inicializado” por un dispositivo mediático”. Nos introduce en las condiciones actuales de comunicación e incomunicación, en las maneras abiertas o encubiertas de trasmitir o encubrir; de dar -en apariencia-, de presentar a modo de natural ponencia lo que es una puesta en escena preparada y ambientada con un fin distinto al enunciado. Y en este ir y venir de la intención y la palabra, de la seducción y la imagen está, sin duda, la escucha de uno, la atención que sepamos dar a nuestra supuesta realidad en donde, hoy como nunca, el espíritu crítico cobra mayor sentido y profundidad ante la multiplicidad de formas que buscan, directa o indirectamente, el adormecimiento del otro, en tanto en cuanto se le considera consumidor, o sea, se lo cuantifica y es a resultas de tales propósitos, meramente un objeto, un Ello. Y no lo es sólo por decisión del hacedor de trucos sino y, especialmente, por la propia renuncia a manifestar su esencialidad al no poner de sí una mirada atenta y un accionar que, esencialmente en lo público de cuenta de su inserción social en el medio en el que le toca vivir y ser. La pasividad, pues, no es “culpa” del otro, sino renuncia propia. Por cierto que tiene graduaciones, matices, pero en su misma esencia, la decisión nos es propia e indelegable. Podemos no ser culpables pero siempre, en mayor o menor medida, co-responsables.
Artefactualidad y actuvirtualidad “(...) Esquemáticamente, dos rasgos (...) designan lo que constituye la actualidad en general. Podríamos arriesgarnos a darles dos sobrenombres generales: artefactualidad y actuvirtualidad”. Artefactualidad en tanto la realidad no viene dada sino que está hecha, producida, y activamente, añade, en tanto que actuvirtualidad puesto que suele las más de las veces, ser interpretada a través de numerosos dispositivos artificiales, jerarquizados y selectivos. Actuada. A lo que debemos poner de nosotros atención puesto que por más cruda sea la realidad que nos presenten, la misma contiene lo ficcional y de nosotros depende, el descubrirlo para percibir de la misma su real dimensión y alcance, no sin resistir la ficción que se nos presenta mediante una contrainterpretación vigilante que promueva la información, eliminando los elementos de desinformación presentes en la noticia. Dice también: (...) Hegel tenía razón al exhortar al filósofo de su tiempo a la lectura cotidiana de los periódicos. Hoy, la misma responsabilidad exige también que sepa cómo se hacen y quién hace los periódicos, los diarios, los semanarios, los noticieros de televisión. Sería preciso que pudiera ver del otro lado, tanto del de las agencias de prensa como del teleprompter. No olvidemos jamás todo el alcance de este indicio: cuando parece que un periodista o un hombre político se dirigen a nosotros, en nuestras casas, mirándonos directamente a los ojos, están leyendo en una pantalla, con el dictado de un “apuntador”, un texto elaborado en otra parte, en otro momento, a veces por otros, incluso toda una red de redactores anónimos.” Artefactualidad y actuvirtualidad como expresiones otras de la cosificación del hombre por el hombre, manifestaciones de seres para los cuales el Otro es un producto o bien un consumidor para los productos de otros, pero producto en definitiva en tanto entienden puede ser moldeado en gustos y estímulos. Intento de quitarle al otro por vía de un utilitarismo feroz, la condición de ser, en tanto éste, consciente o inconscientemente permite ser despojado de su espíritu crítico. Pero quienes pergeñan tales actuaciones buscando una artefactualidad, terminan siendo presas de sí mismos y se vuelven prescindibles porque han dejado en el camino el respeto por sí mismos y, consecuentemente, ya no cuenta con una conciencia moral que los alerte: alienados del mundo de lo sensible, pasan a ser meros factores que reproducen estereotipos a ser digeridos por los otros y por sí mismos. A su vez, tales “hacedores de realidades” terminan por comprar para sí la realidad que inventaron para los otros, máxime en los escalones medios y bajos de la estructura de poder. A poco que comienzan a construir realidades, ellos mismos “necesitan” consumirlas, creerlas, darles verosimilitud, para apagar, siquiera momentáneamente, la sordidez de su accionar que se traduce en gritos sin sonido en la soledad más absoluta de la persona amoral. Envanecidos con su imagen de hombres públicos, luego poderosos, se abstraen de lo cotidiano, emergiendo como semidioses de un Olimpo teletecnológico que termina por perderlos en la voracidad que lo oscuro regala a aquellos que lo visitan: ser pierden y más tarde que temprano, porque permanecer en el tiempo –digámoslo con claridad- permanecen y no poco, caen presas de sus propios artilugios. Y cuando Derrida recuerda la recomendación de Hegel a los filósofos, no hace más que invitar e incitar a quienes nos atrevamos a pensar –porque hay que tener un mínimo de coraje para hacerlo con seriedad y responsabilidad- a vivir en contacto con la gente, a no tomar, por ejemplo, a la filosofía como una vía de escape de lo mundano y pedestre, separándonos de manera harto esquizoide de los nuestros y de los problemas que en lo cotidiano, permanecen, como dijera Nietzsche, tirados en la calle aguardando nos atrevamos a mirarlos y estudiarlos. La filosofía nunca fue, es ni será una vía docta para huir de nuestra condición humana, sino justamente lo contrario, la manera directa, firme y resuelta de mirar y mirarnos en busca de poder formular correctamente las preguntas cruciales que el hombre encuentra en su paso por la vida. Continuemos: Manifiesta Derrida: “(...)“Se necesitaría” una cultura crítica, una especie de educación, pero nunca diré “se necesitaría”, nunca hablaré de ese deber tanto del ciudadano como del filósofo, sin añadirle dos o tres precauciones de principio. La primera concierne a la cosa nacional. (...) En la información, la actualidad es “espontáneamente” etnocentrista, excluye lo extranjero, a veces dentro del país, antes de toda pasión, doctrina o declaración nacionalista, y aun cuando esas “actualidades” hablen de los “derechos del hombre”. (...) Aquí o allá, todavía hoy es de buen tono, como si estuviéramos ciegos a lo que trae la muerte en nombre de la etnia, en el corazón de la misma Europa, una Europa que no tiene hoy otra realidad, otra “actualidad” que la económica y la nacional, y cuya sola ley, tanto para las alianzas como para los conflictos, es la del mercado”. Esta visión crítica es válida para todo tiempo, si bien conviene aclarar que donde dice Europa –y se estaba refiriendo concretamente a la Europa de comienzos de los noventa, con los conflictos étnicos que en su mismo seno coexistían y muchas veces se soslayaban en su definición y encare, para vergüenza de todos- podría decir América Latina u otro nombre, pues estas “visiones” desde la economía, entendida como mera técnica del lucro y la estadística, y de lo nacional, apelando muchas veces a lo limitativo y reduccionista, campeaban antes y campean hoy por doquier. Todo esto, reiteramos, no quita responsabilidad al ciudadano, más que nunca ciudadano del mundo, sino que le suma razones para dar de sí todo el esfuerzo por asumir su protagonismo en la realidad que lo circunda. Continúa: “(...) Pero la tragedia, como siempre, obedece a la contradicción o la doble postulación: la internacionalización aparente de las fuentes de información se realiza a menudo a partir de una apropiación y concentración de los capitales de información y difusión”. Vale decir, lo que todos sabemos en cuanto a concentración, ahora cada vez mayor, dentro de los polos comunicacionales. Hay, sin duda, ejemplos dignísimos que son excepciones a una regla que hoy parece querer mantenerse en el tiempo, salvo que el tiempo es ilusión, como dijera Einstein y la temporalidad del poder es conocida por todos pero a veces los más ignorantes de tal limitación son los poderosos de turno o bien que, por tener el báculo, creen serlo. Procurar una visión tan propia como inteligente, tan humana como abarcadora de las implicancias éticas, morales y materiales, es no sólo deseable sino estimulante para la propia identidad que busca aprender desde lo positivo e inaugural sin caer en el facilismo de sumarnos a la visión única del mundo y su supuesto momento . Prestar atención a nuestra gente de a pie, a aquellos que en las miserias del cotidiano saben comunicarnos por el boca a boca, no sólo por no tener acceso a medios gráficos o a ciertas señales televisivas sino porque, en el tiempo ellos están, siéndoles ajena la prisa y dando mayor realce a la comunicación inteligente y sensible de la vista y el oído. Esos que en nuestras calles y en tantos barrios jamás visitados por tantos, van en procura del vecino para atenderle en su soledad o en su enfermedad, no ya con medicamentos sino con una tisana, con un mate, ese brebaje tan propio y fraterno que se presta a ser compartido entre dos o más, al tiempo que la conversación cobra primacía en esos ciudadanos que en esos rostros denotan tantas veces en el dolor y el abandono. Sin hablar de la música, esa musa que tan hondamente cala a toda nuestra América Latina que canta y canta bien, al tener por diapasón, una cordialidad que le es natural, signándola. Y vuelve para resaltar lo siguiente: “(...) Otra precaución: esta artefactualidad internacional, esta monopolización del “efecto de actualidad”, esta apropiación centralizadora de los poderes artefactuales de “crear el acontecimiento” pueden ir a la par con un progreso de la comunicación “en directo” o en tiempo llamado real, en presente. El género teatral de la “entrevista” hace sacrificios, al menos ficticiamente, a esta idolatría de la presencia “inmediata”, en directo. Un diario siempre prefiere publicar una entrevista con un autor fotografiado, más que un artículo que asuma la responsabilidad de la lectura, la evaluación, la pedagogía. Entonces, ¿cómo hacer para no privarse de los nuevos recursos de la emisión en directo (videocámara, etcétera), al mismo tiempo que se siguen criticando sus mistificaciones? Y en primer lugar, mientras se sigue recordando y demostrando que el “directo” y el “tiempo real” nunca son puros: no nos entregan ni intuición ni transparencia, ninguna percepción despojada de interpretación o intervención técnica. Una demostración semejante, apela ya, por sí misma, a la filosofía.” Veamos. Al propender a la mayor y más profunda deconstrucción de la artefactualidad, debemos prevenirnos a su vez contra tal neoidealismo crítico y tener muy presente que con tales acciones estaremos dando pasos firmes no sólo hacia una singularidad y -mejor aún- a un pensamiento de tal singularidad, sino también al poder comprender a través de tales acciones y prospecciones, que la información es, como advierte Derrida, un proceso contradictorio y heterogéneo que sirve al saber, a la verdad y a la causa de la democracia. En estas artefactualidades, la prisa es la protagonista; el supuesto avance noticioso, el adelanto de la noticia, los tristemente célebres noventa segundos para resumir el pensamiento de una decisión que comprende a millones de seres humanos. Y, ¿prisa para qué y por qué? Para dar paso a lo primordial del hombre práctico: el mercado y la comercialización, mediante la penetración mediática generadora de supuestas necesidades, de productos a ser consumidos por quienes creen recibir información siendo la desinformación la que en realidad comprende tal espacio de tiempo y atención del espectador acrítico que luego no procura una segunda fuente de información ya no con la prisa de los famosos 90 segundos en el noticiero central sino la otra la que abunda en el asunto.
La actualidad, el ritmo (...) Si tuviéramos tiempo para ello, yo insistiría sobre otro rasgo de la “actualidad”, de lo que sucede hoy y de lo que le sucede hoy a la actualidad. Insistiría no sólo en la síntesis artificial (imagen sintética, voz sintética, todos los complementos protéticos que pueden hacer las veces de actualidad real) sino, en primer lugar, sobre un concepto de virtualidad (imagen virtual, espacio virtual y por lo tanto acontecimiento virtual) que sin duda no puede ya oponerse, con toda serenidad filosófica, a la realidad actual, como no hace mucho se distinguía entre la potencia y el acto, la dynamis y la energeia, la potencialidad de una materia y la forma definidora de un telos, y en consecuencia también de un progreso, etcétera. Esta virtualidad se imprime directamente sobre la estructura del acontecimiento producido, afecta tanto el tiempo como el espacio de la imagen, el discurso, la “información”; en suma, de todo lo que nos refiere a la mencionada realidad, a la realidad implacable de su presente supuesto. Entre otras cosas, un filósofo que “piensa su tiempo” debe estar hoy atento a las implicaciones y consecuencias de ese tiempo virtual. A las novedades de su puesta en marcha técnica, pero también a lo que lo medito recuerda de posibilidades tanto más antiguas.” Podemos vivenciar esta invitación desde distintos aspectos, sólo que a mí me resulta tan importante como sugerente uno de ellos: El tiempo; sumado a otro: nuestra capacidad de ver y la distancia que podemos poner o no al acontecimiento tratado o a tratar y para ello, para estos tres aspectos, el tempo marca un antes o un después: el ritmo: (...) Lo último que puede aceptarse hoy en televisión, en la radio o en los diarios, es que en ellos algunos intelectuales se tomen su tiempo, o pierdan el tiempo de los otros. Esto es, tal vez lo que habría que cambiar en la actualidad: el ritmo. Se supone que los profesionales de los medios no pierden nada de tiempo. Ni del suyo ni del nuestro. Cosa que, al menos están seguros de lograr con frecuencia. Conocen el costo, si no el valor del tiempo. Antes de denunciar el silencio de los intelectuales, como se hace habitualmente, ¿por qué no interrogarse sobre esta nueva situación mediática? ¿Y sobre los efectos de una diferencia de ritmo? Esta puede reducir al silencio a ciertos intelectuales (los que necesitan un poco más de tiempo para los análisis necesarios y no aceptan adaptar la complejidad de las cosas a las condiciones que se les imponen para hablar de ellas), puede hacerlos callar o hacer que sus voces queden ocultas bajo el ruido de algunos otros, al menos en los lugares donde dominan ciertos ritmos y ciertas formas de habla.” Vamos acumulando cuestiones a las que tendremos que darle tiempo y espacio en nuestras reflexiones, en tanto que el espacio público, como presente político transformado a cada instante, tanto en su estructura como en su contenido, por la tecnotecnología de aquello que tan confusamente se denomina información o comunicación, nos impele a estar atentos y reflexivos como nunca.
Cuestionarnos, por ejemplo, con
estas simples preguntas:
Van quedando, a su vez,
“sedimentos” de los dichos de Jacques Derrida que no quiero
dejar de explicitar :
El etnocentrismo en la
“actualidad” ¿Qué prevalece más en la información de un medio? ¿Lo deportivo? ¿Lo desgarrador, tomando por tal, no la muestra de realidades de otras gentes sino los hechos sangrientos, luego efectistas por lo trágico, por sobre lo societario? ¿Qué de lo cultural? ¿Qué de los “popes” de los noticieros o programas “de debate y reflexión” que, en 45 segundos, dictan justicia sobre personas sin la menor escrupulosidad, violentando groseramente sus vidas sin darles, a posteriori, ya producido el daño, posibilidad de réplica? Prosigamos.
La búsqueda de sentido continúa “(...) Ese otro tiempo, el tiempo de los medios, produce sobre todo otra distribución, otros espacios, ritmos, relevos, formas de toma de la palabra e intervención pública. Lo que es invisible, ilegible, inaudible en la pantalla de la mayor exposición puede ser activo y eficaz, de inmediato o en último término, y no desaparecer más que a los ojos de quienes confunden la actualidad con lo que ven o creen hacer en la vidriera de “gran superficie”. En todo caso, esta transformación del espacio público obliga a trabajar, y el trabajo se realiza, creo, se lo percibe más o menos bien en los lugares donde se lo suele esperar demasiado. El silencio de quienes leen, escuchan o ven los noticieros, y también los analizan, no es tan silencioso como parece precisamente del lado en que esos espacios de noticias parecen o se vuelven sordos o ensordecen todo lo que no habla según su ley. Por ello, habría que invertir la perspectiva: cierto ruido mediático con respecto con respecto a una pseudo actualidad o por otra parte, si se sabe prestar oídos. Es la ley del tiempo, terrible para el presente y que siempre hace esperar y hasta contar con lo intempestivo. Habría que hablar aquí de los límites efectivos del derecho a réplica (por lo tanto, a la democracia); antes que a toda censura deliberada, obedecen a la apropiación del tiempo y el espacio público, a su ordenamiento técnico por quienes ejercen el poder mediático”. Hay un silencio que es ensordecedor, del que da cuenta el párrafo antes citado, como hay otro que amerita una escucha atenta y preanuncia claridades interpretativas. Es la diferencia entre un mero hilvanar conceptos y un pensar reflexivo y conciente de la atmósfera que lo envuelve. Ahora bien, un tiempo y sus sensaciones, sea en ritmo y cadencia, como en expresividad, y en las pausas que tales expresividades tienen -sean estas personales o paisajísticas-; en el cual esté considerado o no el otro en su posibilidad de expresarse y contraponer opinión –sea esta favorable , contraria o complementaria, será tiempo de huida o de crecimiento. Alineación o afirmación del ser en su deber ser, personal y colectivo. También es cierto que en nuestros espacios, en nuestra región y en cada uno de sus millares de vecindarios -citadinos, aldeanos o de los tantos, y progresivamente mayores, sitios periféricos (llámense estos “cantegriles”, “villas miserias”, “asentamientos”, etcétera)-, hay ausencias enormes de capacidad de raciocinio e intelectos capaces de discurrir sobre lo que la “pantalla chica”, como la radio o los medios gráficos exponen, pero ciertamente hay, y esto muchas veces nos negamos siquiera a considerarlo, hay, digo, tiempo, silencio y meditación en la soledad como en la compañía de aquellas charlas que antes citáramos. Lo hay. Hay, si queremos buscarlo y percibirlo, jóvenes que sin medios a su favor y con mucho en su contra, se detienen a pensar y de aquí o de allá, con un grado de creatividad llamativo porque prácticamente no hay “lugares públicos” en tales espacios existenciales y mucho menos bibliotecas, escuelas de Filosofía o interlocutores para contraponer visiones y cuestionamientos. Pese a todo, el pensamiento en nuestra gente está presente porque también, repitámoslo, el ritmo de “nuestro” tiempo, de nuestra manera de ser, es otro. No es el de la prisa sino el que “se toma tiempo”. Pero ¿cuántos habremos que nos dignemos a volver nuestros rostros y poner nuestros oídos atentos a tales pulsiones de vida? Sabido es, reitero, que tal “mensura” del tiempo, característica en nuestra América, es perversa para con la sociedad si la tomamos como la renuncia a un hacer responsable de la persona para con los suyos, familia y comunidad, que busque una independencia al costo de penar y experimentar, previo estudio, iniciativas que tengan presente lo material como medio lícito, que no huyamos de la concepción del lucro como algo ajeno a nosotros y que únicamente un “tranquilizador” empleo, que ya no viene, solucionará todo. Lo sé. Sé de lo negativo que tenemos, pero también comprendo, y reitero, las potencialidades enormes que anidan en nosotros y en los nuestros. Por eso este andar cansino a través de la palabra, hoy escrita, de pensadores como los aquí expuestos, busca ir al encuentro de una visión de conjunto que permita transitar mejor y más dinámicamente el camino de nuestros tiempos de cara al mundo y no por oposición al mismo.
Jacques Derrida y el “día presente”: Pensamiento y compromiso, discurrir en aras del otro, de su encuentro, de un hoy crítico de aquellos lugares comunes que refractan la esencialidad del hombre: su razón y su cordialidad. Tomar distancia para estudiar tal asunto, más no distanciarnos del mismo, so pretexto de un análisis más ponderado, cuando en realidad lo que buscamos es el no-compromiso, la huida ante el pensar que es, en realidad, todo artilugio que lleve a una desvinculación nuestra, desde un supuesto pensar reflexivo para con nuestra realidad circundante.
¿Qué quiere decir hablar del
presente? Porque el presente se trata con respeto y mirándolo de frente y no de soslayo ante la prisa por lo supuestamente perentorio. De ahí que tengamos la oportunidad de darnos una mirada de esas que se dan en la calma de una tarde sabatina o en la mera espera del otro, amigo o sorpresa, que tan a menudo ocurre en nuestras calles; esas veredas aun decoradas con árboles tan vistosos como dispares en origen y tamaño, como nosotros mismos, el crisol de gentes que habitan esta nuestra América Latina. Ciertamente la prensa que se da tiempo, permite sea tratado el presente con atención y proyección; estará luego en nosotros todos el atenderlo, el ocuparnos del hoy en toda su vastedad.
La diferancia (con “a”) La capacidad de sorprender y sorprendernos, la irrupción del acontecimiento en el presente activo encuentra y nos encuentra con la acrisolada realidad que merecerá ponernos en movimiento, más allá de lo esperado e incluso soñado. Es la vida misma fluyendo en nosotros y por entre nosotros, sin contemplaciones ni preguntas, meramente destruye castillos de arena como bien moldea o crea colinas donde antes una planicie parecía no oponerse al horizonte. De esta forma el acontecimiento como tal escapa a nuestros designios, resta obviamente saber que se está y obrar en consecuencia y al amparo de aquellos criterios ético y morales que entendemos de mérito para proseguir una senda que valga la pena ser vivida.
Del acontecimiento “El acontecimiento no se deja subsumir en ningún otro concepto, ni siquiera el de ser. El “hay” o el “que haya algo y no más bien nada” compete tal vez a la experiencia del acontecimiento más que a un pensamiento del ser. La llegada del acontecimiento es lo que no puede ni debe impedirse nunca, otro nombre del futuro mismo. No es que sea bueno, bueno en sí, que suceda todo o cualquier cosa: no es que haya que renunciar a impedir que ciertas cosas se produzcan (no habría entonces ninguna decisión, ninguna responsabilidad, ética, política u otra), pero uno no se opone jamás sino a acontecimientos de los que se piensa que obstruyen el porvenir o traen la muerte consigo, acontecimientos que ponen fin a la posibilidad del acontecimiento, a la apertura afirmativa para la venida del otro.” A lo que agrega: “(...) Hay que pensar el acontecimiento a partir del “ven”, no a la inversa. “Ven” se dice al otro, a otros a los que aun no se estableció como personas, como sujetos, como iguales (al menos en el sentido de la igualdad calculable). Es con la condición de ese “ven” que hay experiencia del venir del acontecimiento, de lo que llega y por consiguiente de lo que, porque llega del otro, no es previsible.” Claramente nos habla del extranjero, del recién venido a quien no vamos a detenerle indagándole, obstaculizándole sino integrándole en el grado que nuestra hospitalidad permita, en derechos y obligaciones, que es esa la condición esencial y primera de nuestros pueblos: su alta hospitalidad para con el supuesto extranjero. Acontecimiento que nos encuentra, nos debiera encontrar, abiertos, pues el hombre en sí es un sistema abierto; apertura espiritual que busca comprender antes que imponer, ofrecer antes que exigir, condición moral irrenunciable para pueblos que han dado muestras inacabadas de una vocación de libertad nacida en el sufrimiento y en la entrega tanto de sus prohombres como de todos aquellos hombres y mujeres de nombres desconocidos que en el hacer cotidiano y permanente han dejado abiertas las puertas de sus casas, ofreciendo naturalmente un grado de hospitalidad tan alta cuanto honda en humanismo y concordemos que la inmensa mayoría de esas puertas sin cerraduras o llaves que las obstruyan, guarecían y cobijan no precisamente a pensadores particularmente doctos sino a nuestra gente a la sangre viva de nuestras venas.
El anhelo de justicia y la
llegada del otro En esta auto transformación constante, existe una jerarquía definida de valores, en donde el valor más alto es el desarrollo óptimo de las propias capacidades de razón, de amor, de compasión y, en tal atmósfera, entiéndaseme bien: de valor. Es el principio dialógico actuando no por caridad sino por respeto al Otro, una vez que al reconocerlo, comenzaremos, reitero, a conocernos a nosotros mismos. Es, argüimos, en la relación cotidiana con los otros donde nuestra humanidad cobra luz auténtica. Es, en la contienda de mi conciencia moral de donde surgirá el ir en pos del Otro, en una búsqueda que amerita la escucha atenta del Tú, a cuyo encuentro el Yo cobrará identidad y sentido. Una vida cobra sentido en el silencio de la mente que propicia un mirar más nítido. Silencio que convoca a la mesura del tiempo del sujeto al no percibir prisa alguna en una posición que, aunque aparentemente estática, discurre por todo lo ancho y todo lo alto del pensamiento, en armonía con un espíritu que ve así cómo su reino se da cita en la reflexión misma de un hombre que ha comenzado a madurar más allá de su inmediato entendimiento. La expresividad toma para sí al lenguaje, en sus variadas formas, como vehículo para acercar al Otro la esencia que la motiva. Lenguaje que muda y se expande para posibilitar nuestro acceso al más hondo sentir. El lenguaje filosófico y científico debe ser el medio comunicacional para dotar de posibilidades ciertas a un humanismo que necesariamente deberá ser repensado. Crear, digo, un proyecto alternativo de desarrollo en donde la indolencia y la rapacidad estén severamente limitadas y que el lugar de lo humano sea el centro de la cuestión y no la actual periferia. En suma, y como dijera Karl Jaspers, no someterse a lo pasado ni a lo futuro. Se trata de ser enteramente presente. Necesariamente, habrá que continuar reflexionando sobre estos asuntos como de otros que se apoyan en estos o, incluso, marcan los mismos: la mentira en política; la hospitalidad y su ética, como el gran pensamiento del otro, trayendo a otro maestro a nuestra memoria y a vuestra lectura: Emmanuel Lévinas, y otros pensadores que dieron y dan al mundo un ejemplo de pensar en el hacer mismo, como el propio hacer del hombre y la mujer de a pie que con su ejemplo de vida, dan fuerzas para proseguir esta senda nuestra que de todos es la misma si hablar de humanidad se trata. La ética no es discursiva, es efectiva. La ética no está en un anaquel perdida y cubierta de polvo, sino en la mirada y en el corazón del otro que está próximo a llegar y del cual soy yo, y es usted, responsable. De eso se trata, no de negar la tecnología sino de utilizarla para bien del hombre y la mujer de a pie y no que estos terminen siendo accesorios de aquella, operada por oscuros funcionarios, sean estos del orden que fuere. Habrá quien diga que los molinos son de viento y que “la realidad” “dicta” otra cosa. Que lo digan, que uno está a la par de lo que dijera Max Horkheimer cuando le preguntaban respecto de su pensamiento sobre lo inefable. El pensador que junto a Theodor W. Adorno, otro hombre singularmente humano, diera forma a la Teoría Crítica como a la Dialéctica del Iluminismo, por citar algunas de sus obras en conjunto, remarcando lo benéfico que es para el hombre aceptar su finitud, decía también que: “ Queda el anhelo; no el anhelo del cielo, pero sí el anhelo del que este mundo horrible no sea lo verdadero, el anhelo de justicia, no el dogma de que existe un Dios que la lleva a un cumplimiento. Y pienso que este anhelo, y todo lo cultural que se relaciona con él, es uno de los elementos que habría que conservar a lo largo del progreso par que no nos adaptemos solo a los hechos que configuran la marcha de la historia (...)”. Tales sus palabras, que remarco y tomo como propias.[ix] El lema de Horkheimer era pesimista en la teoría, optimista en la práctica, esperar lo malo y no obstante, no obstante digo, intentar lo bueno, siempre. Lo cual vale también para la teoría crítica que citara: expresar lo malo y tratar de cambiarlo en la praxis. Así, pues, llevados del pensamiento de Jacques Derrida, acompañados a su vez, de este otro gran pensador como lo fue Horkheimer, estamos a punto de hacer silencio que amerite la pausa de vida propicia para la mejor praxis de nuestros anhelos más sentidos. Lo cierto de todo esto es la invitación a vivir la vida de manera más propia y sincera. Sinceridad primera para con nosotros mismos y en la aceptación, nos guste o no, de nuestras limitaciones, de nuestras miserias, que las tenemos, como de las virtudes y singularidades que por cierto usted y yo poseemos, en grados y tonalidades diferentes, obviamente, pero que marcan la pauta de vida: la de la persona humana que se vale, se debe valer de los medios tecnológicos para un mayor disfrute y respeto de lo grandioso que el hombre tiene bien como trabajar en uno mismo, aquellas aristas que nos empobrecen en valores y en dignidad. Hay algo más por lo que luchar que por las posesiones materiales, sin con ello eludirlas pero ubicándolas en su justo lugar. Más aun con el cuidado del respeto y de la dignidad del otro que comienza esta misma noche cuando encendido el televisor prestemos ojos y oídos, sensibles, a lo que nos llega. Y luego hagamos silencio, y permitámonos estar en silencio y ver cuánto tiempo podemos junto al otro, y por qué no mirarlo a los ojos, no rehuir su mirada y su gestualidad. Silenciar la voz, acallar el ruido, permitiéndonos recibir el lenguaje de la vida, que llega con el otro. Es posible, siempre lo es. Intentémoslo. [i] Derrida, Jacques - El otro cabo, Ediciones del Serbal, Barcelona, año 1992 Pág. 40. [ii] Idem, Pág. 41. [iii] Ibídem, Pág. 41. [iv] Horkheimer, Max – El Anhelo de Justicia, Editorial Trotta, Madrid, año 2000, Pág.183. [v] Derrida, Jacques – El otro cabo, Ediciones del Serbal, Barcelona, año 1992, Pág. 44. [vi] Horkheimer, Max – Crítica de la razón instrumental, Editorial Trotta, Madrid, año 2002, Pág. 165. [vii] Derrida, Jacques – El pensamiento es un alma cuyo cuerpo es la lengua”, Madrid, año 1997, localizable en: http://personales.com.ar/Derrida/libertad.htm [viii] Marcuse, H., Popper, K., Horkheimer, M. – A la búsqueda de sentido – Editorial Sígueme, Salamanca, año 1989, Pág. 120. [ix] Horkheimer, Max – El Anhelo de Justicia, Editorial Trotta, Madrid, año 2000, Pág. 219. LA ONDA® DIGITAL |
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