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Ensayos
latinoamericanos
De regreso al Maestro Ardao
por Héctor Valle
La
expansión del espíritu libre no admite fronteras en el proceso reflexivo
del ser que piensa, por lo que el visitar una vez más al Maestro Arturo
Ardao en busca de consejo es, para quien esto escribe, tan necesario
como cierto el comprender que uno al escribir, pretendidamente sobre
filosofía, o desde la filosofía, va en busca no ya de respuestas sino de
cómo formular correctamente las preguntas esenciales que den mayor
espacio y claridad a nuestra mirada.
Que dudé, vamos, que dudé. Porque esto de adjetivar a la filosofía tiene
sus bemoles, y uno de ellos es el de invalidarla como tal y en su
nombre, discurrir sobre aspectos políticos, válidos también pero de
orden y grado diferente, a los buscados en un origen.
Esta vuelta al origen, entonces, es un modo de conciencia, que sí
podemos calificar de americanista. Y más que contradicción es, si me
permiten, la esencia de la cuestión que convoca a un discurrir que no
apele, no solamente, a una filosofía de lo americano, esto es el
reflexionar sobre nuestras realidades, sino también, porque no la
excluye, a una filosofía americana que busca la reflexión misma sobre
los asuntos filosóficos de todas las horas y lugares. Así pensaba Ardao
y así lo creemos hoy nosotros: ser, pues, que no hay originalidad
verdadera si con ella se limita al pensamiento, en cambio desde la
asunción de nuestra condición americana podemos, ciertamente filosofar
tanto en lo uno y propio como en lo otro y permanente: las grandes
cuestiones que el hombre y la mujer tienen ante sí, desde su misma
condición humana que les permite erguirse de su condición animal al
adquirir en ese proceso trascendente que comprende a la razón, su
conciencia individual. Conciencia que, psicológica en su inicio, deviene
moral en su reflexión sobre lo actuado tanto para sí mismo bien como
para con el otro.
Uruguay y Latinoamérica
Así como Arturo Ardao, nuestro primer maestro en el arte del filosofar,
asigna al General José Gervasio Artigas, nuestro prócer civil, una
contribución significativamente latinoamericanista, al igual que lo hace
para con José Enrique Rodó, el inolvidable autor de Ariel, por ejemplo,
encarnación, dice, en su hora, del espíritu continental, nosotros lo
hacemos, a nuestro tiempo y meditadamente para con él.
Ardao, junto con otros pensadores americanos, dio a América Latina, lo
mejor de sí en cuanto a la comprensión de su singularidad en el contexto
de los pueblos del mundo, en base a una apertura intelectual, producto
de una riqueza moral sin par a la vez que un profundo rigor filosófico.
En ese contexto, pues, calificar de latinoamericano a su escrito, por
ejemplo, lejos de acotarlo lo eleva porque lo comprende, insisto, una
voluntad de pensar y de accionar todo lo honda y todo lo abierta que es
aquella voluntad que nace de la singularidad de una persona,
comprometida con su tiempo y con todas las gentes.
Resta ahora definir de qué tipo de escritos estoy hablando.
El ensayo y su por qué
Y digo, en este sentido, que estos escritos no fueron, ni son, y menos
aun habrán de ser artículos, en tanto indefinidos en su caracterología,
sino ensayos. Luego es necesario aclarar qué entiende este autor por
ensayo.
El ensayo, ese escrito breve (rasgo que ustedes habrán de juzgar,
obviamente) constituido por pensamientos del autor sobre un tema, según
reza el Diccionario de la lengua española es, además, y en su contexto
latinoamericano, a mi entender, una reflexión profunda, con una
identidad cierta que tanto lo motiva como procura.
Es decir, en el ensayo es dable ser tan contemporáneo como subjetivo, no
puedo o no debo preguntarme, por ejemplo, qué es el hombre sino antes
bien qué somos nosotros, qué es el hombre contemporáneo, desde una
reflexión localizada en esta circunstancia de vida que es América
Latina, América sin más, digámoslo de una vez y para siempre, junto con
Ardao y en respeto al fraterno pensador mexicano Leopoldo Zea, un
espacio donde nos permitamos filosofar en abierto y sin cortapisas.
La aparente paradoja es, estrictamente, la asunción de nuestra humanidad
y consecuentemente, el despojarnos de ser tan híbridos como ajenos a la
responsabilidad que nos cabe, incluso y cómo, a quienes tenemos por
faena el pensar.
Que la argumentación lógica de una cuestión, bien como de la
presentación en ella de las distintas perspectivas que supuestamente la
comprenden, no la eximen, a mi entender, de ser tan subjetivo cuanto
persona soy no pudiendo ni tampoco queriendo renunciar a la posibilidad
de expresarme en tanto en cuanto soy, como usted, no solo sujeto
pensante sino y al mismo tiempo, un sujeto moral. Luego, la reflexión
moral, toma en el escrito denominado ensayo, su cabal muestra de espejo,
pudiendo esta ser compartida con todos sin inhibir la expresión del
otro, una vez que lo que busca, en todo momento, es no perder su
escucha, no negarse a ir en busca del otro y de su sentir.
El ensayo, también, permite que el pensamiento se derrame en variadas
direcciones sin que con ello pierda rigor a partir de la voluntad de la
persona que lo elabora, en buscar cómo formular correctamente (Vaz
Ferreira) las cuestiones esenciales de nuestra contemporaneidad.
Hay, por ejemplo, en la obra de Germán Arciénagas, un título que hoy le
pido prestado al insigne americano, para mejor ilustrar mi idea:
“América es un Ensayo”. Así lo creo.
Buscar, entonces, saber qué es lo que nos inquieta, qué debe ser
pensado, desde la arena misma de nuestras acciones cotidianas en un
presente activo que encuentre sustento no en lo actual y aleatorio sino
en lo indispensable para la mejora del otro en la contienda misma de ese
diariovivir tan difícil como paradigmático resulta en nuestra América
Latina, creo merece ser ensayado. Vale la pena, digo, ensayar un modo de
reflexión que, desde el paradigma de nuestro latinoamericanismo, de esa
ética de la hospitalidad que entiende e identifica tanto al hombre como
a la mujer de a pie en esta área del mundo, busque una mejora de lo
humano para todos los hombres y todas las mujeres, más allá de
geografías. Porque hablar de geografía no es inventar fronteras –esas
barreras que el hombre levanta sobre el horizonte, sino saberse en la
unicidad de su identidad y por ello, por tener los pies en un lugar
específico de esta tierra negra y fecunda, poder levantar la mirada más
allá de lo aparente y cercano, llegando a lo lejano, a lo no percibido,
a esa área del bosque que lejos de taparla el árbol que tengo frente a
mí, permite que en mí, se dé la imagen del conjunto, o sea, del otro,
aquel que no sólo desconozco sino que nunca conoceré pero al que siempre
y en todo momento, seré responsable. Porque la responsabilidad, cabe
agregar, nunca tiene fronteras sino, e invariablemente, va con uno, es
inherente a nuestra condición humana. Caso contrario, seríamos meramente
individuos alienados y despojados de lo trascendente que el hombre
tiene.
Mestizaje e identidad
La multiplicidad de orígenes de la persona en América Latina ha llevado,
no pocas veces, a destacar la condición de mestizo en su seno. Y sin que
con ello, busque eludirla, todo lo contrario, parece del caso evidenciar
lo relativo de tal expresión que, aunque bien mirada la fantástica
armonía que permite hoy a su gente convivirla, no deja de perturbar el
espíritu que no en pocos puede llevar a una segregación racial, luego a
una discriminación abierta y grosera del hombre.
Para mejor ubicarnos, citaré expresiones del propio Arturo Ardao a este
respecto , cuando en oportunidad de tratar sobre lo latinoamericano
entre lo indoeuropeo y lo indoamericano, establece con precisión que:
“Los latinoamericanos, acostumbrados a que se usen para caracterizarnos
las expresiones de “mestizaje”, “el continente mestizo”, “nuestra
cultura mestiza”, debemos tener presente que todo el planeta es mestizo,
y todavía, que si hay un continente mestizo por excelencia, producto del
más grande mestizaje étnico y cultural, ese continente es Europa”.
Así es; y como bien dice Ardao, buen título para un estudio: “Europa,
continente mestizo”. Dice más, Ardao, mucho más: “No existe la esencia
del hombre latinoamericano, ni la de ningún otro, delimitado por área
cultural, porque el hombre se está haciendo en la historia, deviniendo y
transformándose, deliberadamente o no. Lo fundamental, en lo que el
latinoamericano puede tener de más propio, es lo que hay en él de
prospectivo, de proyecto siempre revisado en una inacabada tarea de
desenajenación.”
Es claro, el latinoamericano es aquel hombre que comprende lo inacabado
del hombre y que, lejos de considerarse a sí mismo paradigma y
respuesta, con humildad, desde la singularidad del espacio que lo
encuentra, busca, repito, en lo abierto, la complementariedad con el
otro, toda vez que el hombre es tal si se sabe en relación con el otro.
Nunca lo latinoamericano, en tal acepción, busca etiquetar sino
descubrir nuevas formas y modalidades de expresión de lo mejor de lo
humano en el hombre porque él mismo, el latinoamericano se sabe
imperfecto, luego inacabado.
No es aquel que desde una postura supuestamente docta y segura,
pontifica sobre lo que debe hacerse y cómo hacerse según quienes sean
unos u otros, sino que en base a lo que sabe que no es, busca saber
mirar y saber escuchar más y mejor al que no está pero sabe habrá de
venir y nunca será llamado de extranjero –luego, bárbaro- sino de
“recién llegado”, porque la hospitalidad comprende a la ética
latinoamericana, signándola desde aquella imagen tan singularmente
propia de una casa de adobe con puerta pequeña y muy pobre, pero abierta
sin miedos a la llegada del otro.
En tal contexto, pues, digo que estos ensayos son y serán, ensayos
latinoamericanos. Y usted, como siempre, será quien al leerlos los
recree y enriquezca al dotarlos de su propia perspectiva, coincidente o
no con la mía pero siempre, y eso es lo que considero digno de resaltar,
complementaria y progresiva hacia una multiplicidad de miradas
reflexivas que comprendan y aprehendan de manera más digna, a la vez que
dinámica, a las cuestiones que deben ser tratadas, puestas en acción,
tanto en lo privado como en lo público.
Hoy me permití hacer un alto en el camino, para con esta perspectiva
aquí expuesta, continuar con mayor amplitud e igual responsabilidad lo
que siempre convoca: la cuestión del otro, en la reflexión misma que se
expresa en estos ensayos latinoamericanos.
hectorvalle@adinet.com.uy
[1]
Ardao, Arturo – Nuestra América Latina – Ediciones de la Banda
Oriental, Montevideo, año 1990, Págs. 145 a 147.
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