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Análisis de las elecciones
en EEUU

Post-mortem

por el embajador Rubens Ricupero

“El pueblo”, dijo Jânio Quadros, “ama los gobiernos duros”.  Esta supuesta inclinación masoquista no será una verdad tan absoluta pero la frase se aplicaría perfectamente a la elección de Nixon, en lugar de Humphrey, de Reagan, en lugar de Carter y de Bush, frente a Kerry.  En estos tres casos, un Republicano “duro” suplantó a un Demócrata blando o más considerado.  Duro con relación a qué?  Obviamente en términos del tratamiento que merecerían los enemigos externos.  En efecto, en todos estos episodios, el factor que pesó en la elección no fue la economía sino  la seguridad: la guerra de Vietnam, en caso del primero; la amenaza soviética, la captura de los rehenes americanos en Irán y la guerrilla en América Central, en la victoria de Reagan en 1980; Irak y el terrorismo de Al Qaeda, ahora. 

La reiteración del resultado, aunque el peligro externo cambie de figura o localización geográfica, sugiere que se trata de un padrón, no de incidentes aislados.  Toda vez que se siente amenazado, el electorado americano prefiere, por instinto, las respuestas simples y vigorosas a las propuestas complejas y variadas.  Al declarar, luego del inicio de la campaña, que estaba de acuerdo básicamente con el presidente con relación al terrorismo, pero que lo haría mejor, de ser electo, Kerry liquidó, del vamos, la posibilidad de ofrecer una alternativa creíble.  Desde entonces, los sondeos indicaban invariablemente que, en el tema seguridad, los americanos confiaban más en Bush. 

Si miramos el bosque y no los árboles individualmente, lo que vemos emerger, por detrás de cada uno de estos episodios electorales, es la tendencia de los Estados Unidos hacia posiciones cada vez más conservadoras, a la derecha del espectro. La última vez en que el ala progresista del Partido Demócrata, llamada liberal en los EE.UU., conquistó la Casa Blanca, fue en 1960, hace casi medio siglo, con la elección apretada y controvertida de Kennedy.  En los últimos 44 años, los únicos Demócratas que llegaron a la presidencia eran oriundos del Sur – Johnson (Texas), Carter (Georgia), Clinton (Arkansas) – y provenientes de centro-derecha, a pesar de que Johnson había realizado una avanzada política social de la “Great Society” , una especie de canto del cisne del New Deal rooseveltiano.  Esta afirmación del conservadurismo acompañó el declive demográfico y económico del viejo cinturón industrial del Nordeste y Este americanos, a favor de la ascensión del Sur -  Florida y Georgia, sobretodo – y del Sudeste – Colorado, Arizona, Nuevo México. 

Como toda ola de fondo destinada probablemente a durar largo tiempo, este es un fenómeno histórico de causalidad compleja.  Algunas de sus causas estuvieron ya aquí equivocadas:  las demográficas, económicas, de seguridad.  Hay otras, sin embargo.  En la pérdida del Sur por el Partido Demócrata, fue decisivo el factor racial.  Al apoyar con coraje la no segregación, la lucha por los derechos civiles y la acción afirmativa,  el gobierno Demócrata de Johnson cometió un suicidio político, glorioso, si quieren, pero suicidio al fin. 

Todo esto es más o menos conocido y comentado pero hay un aspecto, o cultura, en la amplia aceptación que ha merecido poca atención.  Pocos notaron la coincidencia de que 1968, el apogeo de la rebelión de la juventud, de la revolución de costumbres sexuales, del movimiento hippie, de los macro-festivales rocks como el de Woodstock, de la era psicodélica de las drogas, marca también el inicio de la reacción conservadora, simbolizada por la elección de Nixon.  Al principio marginal y periférica, la derecha religiosa, los pastores evangélicos armados de una formidable red de radios y TV, se van a convertir gradualmente en un elemento de peso decisivo, reforzado por la alianza con los intelectuales hiper-reaccionarios, eufemísticamente bautizados de neo-conservadores. No es una exageración afirmar que, en consecuencia, la cultura de derecha nacida de esta extraña simbiosis se tornó hegemónica en los EE.UU. 

Esta se manifiesta en los más diversos campos.  En la economía, donde prevalece un capitalismo duro y puro, minimalista en protección médica y social, maximalista en competencia exacerbada.  En una política exterior en que la diplomacia tiende a ser militarizada, vanalizando la guerra, no ya encarada como “ultima ratio”.  En el extenso uso de la pena de muerte y largas penas de prisión, a fin de combatir la criminalidad.  En la tendencia a criminalizar el aborto, a hacer retroceder las conquistas de las minorías sexuales, en la mezcla entre religión y política, en la defensa de las sospechas de terrorismo, en la intolerancia con los disidentes, en la colaboración y complicidad de la prensa.  Será preciso aún recordar la oposición al Protocolo de Kyoto, el abandono de la causa ambientalista?  La lista es interminable, pero los ejemplos bastan para mostrar que es un problema de sociedad, de cambio cultural, que se sumerge mucho más hondo que la mera disputa Bush-Kerry. 

La llegada al poder del segundo Bush en 2000 es consecuencia, no causa de este cambio, aunque se haya agravado, con la ayuda del trauma provocado por los atentados del 11 de setiembre.  Una eventual derrota del presidente habría atenuado la tendencia y modificado el estilo, pero no la alteraría sustancialmente.  Si quisiéramos evitar ilusiones, precisamos entender porqué los americanos prefieren gobiernos duros, lo que exige reconocer, nos guste o no, que, al menos por ahora, la derecha política y cultural es hegemónica en la única superpotencia del mundo.

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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