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Ardao y la cuestión del otro
por Héctor Valle

Arturo Ardao, hombre que pensaba por ideas antes que por sistemas, tomó de Vaz Ferreira el proceso mismo de la formulación de un problema como lo central, y lo expandió, para beneficio de todos nosotros, en la argumentación profunda de quien, lejos de estar acotado a esquemas operativos cerrados, utilizando para su análisis y posterior divulgación, el centro mismo, lo sustantivo de diferentes pensadores.

Asimismo, supo abrir el angular para que todos pudiéramos observar el proceso por el cual el maestro descomponía argumentos y sistemas para una mayor y mejor comprensión tanto del asunto originalmente tratado, cuanto de la forma en que aquellos pensadores se aproximaban al mismo.

Así, entonces, Ardao sentó cátedra también, y para mí especialmente, en lo que a alteridad se refiere. Y así lo creo, puesto que uno, en esta faena del pensar, cuando va en procura de un supuesto saber respecto de la otredad, no debe, a mi entender, perder de vista lo que han dicho sus mayores respecto del hombre y las grandes cuestiones que le ocupan desde antiguo.

Es en este sentido, que actuando con un mínimo de prudencia y antes de visitar la vida y la obra –que es en sí, una única cuestión- de pensadores de la alteridad tales como Martín Buber, Franz Rosenzweig, Emmanuel Lévinas y Jacques Derrida, encuentra en Arturo Ardao guía y sentido para avanzar en la apertura de mente y corazón a la consideración del otro. Porque recordemos siempre que, por ejemplo, cuando se habla de Derechos Humanos, estamos hablando de los Derechos del Otro Hombre. Siempre.

Ardao en la indagación misma de la obra de pensadores tales como Feijoo, Rodó y Vaz Ferreira, por ejemplo, da todo de sí –y lo logra con holgura- para mostrarnos, sin mácula alguna de un pequeño ego, el centro de tales cavilaciones, en una labor paciente, rigurosa y, a la vez, clara y sintética.

Él, el maestro, teniendo los elementos como para hablar desde sí –como lo hiciera Vaz Ferreira, por ejemplo-, dejó que los otros mostraran lo mejor de ellos mismos, a través de su pluma generosa y fina.

Fue un grande sin necesidad de gritarlo en la ostentación vana que tantas veces a muchos de nosotros nos vela la vista.

Hace falta, pues, que nos unamos quienes así pensamos para reubicar toda su obra, en el sentido de buscar, hurgar, ir en pos de ella, dispersa y no pocas veces inaccesible, para reeditarla, llevarla a la luz de esta como de futuras generaciones y poder estudiar con mayor hondura y de manera sistematizada, sus ricas enseñanzas.

Hay que buscar la semilla para que una vez plantada, germine y de sus primeros brotes apreciar cuánto de bueno y trascendente hay en quien labora en pro del otro, desde esta noble faena del pensar si por nobleza tomamos el proceder de maestros tales como Arturo Ardao.

Ciertamente, esta no será nuestra palabra final al respecto. Por ello, porque esto apenas principia, hoy cerraré las obras del maestro de las cuales pensaba extraer pasajes varios para realizar, una vez más, una lectura comentada e intentar luego una suerte de reflexión a partir de las mismas.

No. Y digo no, porque hoy, usted y yo, cada uno a su ritmo y tono, pensaremos, quizá por un instante, en que hay algo más que aun no hemos hecho para con el otro, como por ejemplo aprender a escucharlo.

Quizá, y si me permite, Ardao tenga algo que decirnos al respecto. Dirijamos, entonces, nuestra mirada a la vasta producción filosófica del maestro y si al buscar alguna de sus obras no la hallamos, como usualmente pasa, preguntémonos el por qué de tal ausencia, por qué se hizo silencio su verbo. Y, lejos de buscar culpables, asumamos nuestra responsabilidad y vayamos en pos de reeditar su obra.

Acaso yo pueda tener una pequeña idea que en la próxima entrega, si me lo permite, la explicite a ver qué le parece.

Hasta tanto, recuerde que al pie de este breve ensayo tiene cómo ubicarme y, lo esencial, al principio está el nombre a buscar: Arturo Ardao.

hectorvalle@adinet.com.uy

Tema vinculante:
De regreso al Maestro Ardao

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