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Análisis de las elecciones en EEUU (II)
Ideológicos y vengativos

por el embajador Rubens Ricupero

Oí más de una vez de una alta personalidad internacional, conocida por la prudencia y seguridad de juicio, que los actuales ocupantes de la Casa Blanca eran ideológicos y vengativos. Una receta con estos ingredientes no es un modelo a sugerir a un gobierno moderado y de luces luego de la reelección.

Es verdad que no falta, en el extremo opuesto, quien cree que la situación va a mejorar. El general Brent Scowcroft, principal asesor de seguridad de Bush padre, brindó, hace poco, a diarios europeos, una entrevista durísima sobre la política externa americana. Llega casi a ridiculizar al presidente, diciendo que él fue de tal modo adornado por Sharon que el primer ministro israelí lo controlaría “sólo con la punta de los dedos”. Curiosamente, agrega tener un presentimiento de que el segundo mandato no será nada parecido al primero.

No sé si el general está dotado de poderes intuitivos fuera de lo común o si dispone de informaciones de trastienda. Para quien no posee ni una cosa ni la otra, sólo queda especular sobre las razones objetivas que tornarían posible un accionar menos extremo, si esta es, de hecho, la intención subjetiva de los victoriosos. La cuestión de saber si Bush y colaboradores quieren efectivamente cambiar y en el sentido que les otorgan, estos es, de mayor moderación, es clave, pues la impresión dejada por algunos comentarios es que los autores atribuyen las propias aspiraciones a un equipo notorio por opiniones contrarias.

El argumento clásico a favor del segundo mandato es que, no pudiendo disputar más la reelección, el presidente tiene la posibilidad de resistir las presiones y de ser él mismo, incluso a costa de alienar los apoyos políticos. Ahora, nada en el comportamiento de Bush autoriza a concluir que haya sido forzado a actuar contra las convicciones que enarbola. Por el contrario, hasta el inicio del primero y dudoso mandato, se comportó con desenvoltura y extremismo. Si alguna vez enfrentó la impopularidad y fue derrotado, fue por intentar llevar el país más para la derecha de lo que las condiciones le permitían. Fue el caso, por ejemplo, del intento frustrado de aprobar perforaciones petrolíferas en áreas protegidas de Alaska o de favorecer a los ricos con quitas de impuestos aún mayores que las que el Congreso estaba dispuesto a conceder. De acuerdo con la lógica del argumento, sería, por lo tanto, de esperar que se retomaran algunas de estas propuestas con renovado vigor.

En las posiciones que le dieron la victoria-anti-aborto, rechazo del casamiento entre homosexuales, prohibición de investigaciones con embriones, favoritismo de la derecha religiosa en la legislación – lo que hace fuerte a la Casa Blanca es su perfecta sintonía con la mayoría del Congreso y del país. Aunque parezca absurdo imaginar que el Ejecutivo tensionase para cambiar de orientación, no lo conseguiría porque, en estos temas, la mayoría parlamentaria ya había impuesto el endurecimiento en el gobierno de Clinton. Lo mismo puede decirse de la cuestión crucial: la seguridad contra el terrorismo. Es simplemente inconcebible que este gobierno se desdibuje, abandonando la línea dura que le posibilitó, luego del 11 de setiembre, virar el juego del poder, hasta entonces apretado. Esto no impide flexibilizar la táctica, buscando el concurso de la ONU y de tantas coaliciones como sean posibles, lo que él siempre hace además, desde que estos elementos auxiliares se resignaran a un papel subordinado.

En economía, no hay señales de rectificaciones notorias de rumbo. El propio presidente viene diciendo que desea tornar permanentes las reducciones de impuestos y proyecta cortar el déficit por la mitad gracias al crecimiento. En otras palabras, continuar dejando que el déficit se vaya ajustando por sí solo, como lo ha hecho hace cuatro años. Con resultados, digamos de paso, que no son de ignorar pues son los que contribuyeron al crecimiento, sin que hasta ahora se haya llegado al anunciado apocalipsis.

Mientras el electorado siga creyendo que las cosas están saliendo bien en Irak, en el combate al terrorismo, en la economía, no es probable que la administración tome la iniciativa de alteraciones drásticas para prevenir posibles desastres. Si estos sucedieran en el exterior o en la economía doméstica, los cambios serán fruto no de la elección sino de la tiranía de los hechos.

Fuera de esto, puede haber algún ajuste en comercio, donde Washington, en el caso que quiera resucitar el ALCA, podrá ofrecer alicientes a latinos obstinados, en detrimento de uno u otro grupo de presión americano cuyo apoyo pasó a ser dispensable. No es posible imaginar, en tal hipótesis, que se creen desafíos delicados para Brasil. No alcanzo a ver más que esto en mi empañada bola de cristal. Algunos segundos mandatos no fueron malos: Roosevelt, Eisenhower, Reagan. Getúlio, sin embargo, se suicidó, Perón no estuvo lejos de la tragedia, Nixon renunció, Carlos Andrés Pérez, de Venezuela, fue “impeached” y Clinton tuvo que pasar por un juicio humillante debido a un desliz sexual. El balance, convengamos, no es auspicioso.

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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