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La izquierda y los socialistas
por José Luis González Olascuaga

Mala parte de su trabajo como periodista estrella de El País, Carlos Maggi la dedicó a demostrar que Tabaré Vázquez nada tiene que ver con los socialistas europeos, porque el programa del FA es opuesto a los de la socialdemocracia. 

Según Maggi, quien representa en Uruguay la sabiduría política de la civilización es Julio María Sanguinetti. Algo de cierto hay en que el Sanguinetti era el preferido de Felipe González, pero se trataba de una certeza fugaz, como fue momentáneo el amor que el “Isidoro” sevillano les tributara a José Díaz y a Gargano (cuando le llamo Isidoro no es por Isidoro Cañones, el “botarate” personaje de Dante Quinterno, sino porque “Isidoro” era el nombre clandestino de Felipe González). Cuando todavía le llamaban Isidoro, los socialistas uruguayos tuvieron algo que ver con el diseño desde Barcelona de la plataforma de lanzamiento del nuevo PSOE. Antes  que una hechura de Billy Brant, como han sostenido sus biógrafos oficiales, para desmarcarlo, con Bernstein, de los rescoldos revolucionarios que portaba Tierno Galván (para ni mencionar a Largo Caballero), “Felipillo” fue el producto de un crisol de experiencias políticas, entre las que pudo contar, probablemente, la de José Díaz. Pero en años de lobby del  Partido Colorado en la Internacional Socialdemócrata y del afianzamiento de inversiones estratégicas españolas en América, González iba del aeropuerto de Carrasco a la estancia de Anchorena, sin pasar por ninguna Casa del Pueblo y se dejaba usar ideológicamente por Sanguinetti contra sus antiguos patrocinadores de izquierda. Al Frente Amplio, si te he visto no me acuerdo. 

En cambio José Luis Rodríguez Zapatero llega al gobierno en otro momento europeo y americano, con diferente talante personal y un poquito más cercano al programa del FA que, además y el dato no es menor, ahora es gobierno. Maggi, ese formidable intelectual onettiano, que en otros temas tanto ha aportado a la subjetividad artiguista, deberá reconocer que hoy los socialdemócratas europeos miran a Tabaré con mejores ojos que al partido de Sanguinetti, que desde el gobierno de Jorge Batlle ha ladeado a Bush en sus desacuerdos con la Europa continental. 

El apoyo de Zapatero
Este mayo escribí en La ONA que “en la segunda rueda de las regionales francesas ganó una izquierda que no será la misma que gobernó con Mitterrand, como el de Zapatero en España no será igual al gobierno que perpetró Felipe González”. Pues Jesús de Polanco no se lo puede creer. El viernes José Luis Martínez, el editor de internacionales de La República, al elegir el enfoque de un articulista de France Press que considera que la izquierda española es el diario del grupo Prisa, me convenció de que Zapatero quiere ser antiimperialista. Publicó La República un despacho de AFP que muestra el juego del PSOE, con el diario El País de Polanco pegándole a Zapatero, duramente, junto a El Mundo y al Partido Popular (sin nombrar al ABC), todos desde la derecha, precisamente por las posturas del canciller Moratinos, que se apartan del rumbo estadounidense del que Zapatero en la campaña electoral prometió apartarse. Parece todo un escándalo que Zapatero se muestre más honesto de lo que se podía esperar. Pero es que han cambiado las condiciones en España, en Europa y en el mundo. Cuando Moratinos dice que Aznar apoyó el golpe de Estado de Carmona contra Chávez, es porque, precisamente ante el asesinato del fiscal de ese crimen, Danilo Anderson, esa denuncia vale una renuncia. 

Pero estas coincidencias de El País con El Mundo (todo un nacionalismo universal que incluye –¡ojo, que France Press no lo deje afuera!– al ABC), no es novedad. El sábado 13 de marzo de 2004, la portada de la edición impresa de El País de Madrid coincidía con la de ABC y la de El Mundo en no nombrar a Al Qaida ni una vez y muchas a ETA. Eso pautaba que Zapatero ya había ganado y por paliza, entonces el diario del sistémico Jesús de Polanco trataba, en coincidencia con el de Ramírez, de que no se derrumbara Rajoy, para salvar el bipartidismo PP–PSOE. El bipartidismo colorado–blanco que la izquierda uruguaya superó enfrentándolo, era una riña de gallos comparado con el monolítico bipartidismo español. Pero lo que Polanco debe entender es que Felipe resolvió sus traiciones postelectorales con un plebiscito que ganó volcando todo su peso a favor de la OTAN, pero en este caso, sobre la guerra de Bush, no ganaba el gobierno español un plebiscito por mayor precio político que pusiera en juego. El actual Presidente del Reino, nieto de un republicano fusilado por Franco, tenía que proseguir con los cambios en materia de política exterior. Y algo nuevo tenía que mostrar con respecto a Cuba. 

Cuando pensaron en América Latina, las ideas de inversiones que les surgieron a los socialistas españoles contaminaron los ríos de la Patagonia, se aferraron a las tarifas públicas de los servicios esenciales e impusieron el control de sectores estratégicos de los estados nacionales. Con el gobierno de Zapatero, quizá empiecen a poner más énfasis en industrias culturales y productivas, ecológicamente sanas y políticamente amplias. Ante la victoria de Tabaré Vázquez, el Partido Socialista Francés saludó con un comunicado que habla de “avances de movimientos populares en Chile, Brasil, Argentina, Paraguay y ahora Uruguay”. Con Chávez tienen pendiente, entre otros, el precio del petróleo. Pero habrá que negociarlo. No sólo necesitamos apoyo nosotros de ellos. Es recíproco. Zapatero está negociando y el tema es delicado, porque el negro Chávez molesta a mucha gente. 

Imperio, que le dicen
Quince años estuvieron, en guerra, las cañoneras inglesas y francesas en el puerto de Montevideo. Y no se fueron cuando derrotaron a Oribe. Se quedaron hasta exterminar al Paraguay de Artigas e imponernos por siglos el comercio desigual también en este continente. Aquel 1865, que Herrera definió como “la hora más triste de nuestra historia (El drama del 65)”, cuando las tropas de Tamandaré pasaban río arriba, la flota inglesa saludaba a cañonazos (lo consigna, con entusiasmo, en sus crónicas, el militar español que mandaba en el buque florista San Román, bajo las veintiuna salvas de la fragata inglesa Narcisus). Para empardar aquella hora, hubo que esperar el 2003, a que el gobierno de Batlle Ibáñez apoyara, contra la ONU, la sanguinaria invasión a Irak. Pero en lo que Jorge Batlle superó a todos, fue en el papel de malo, diciéndole a Duhalde, por canal cable estadounidense, que con los organismos financieros internacionales no se negocia, se acata al Tío Sam. Me hizo acordar lo que dijo aquel militar, cuyo nombre realmente no recuerdo, lo que sí recuerdo es que Wilson Ferreira Aldunate sentenció que la historia no se iba a acordar siquiera del nombre del tal militar, pero la historia nunca va olvidar la frase de que a los vencedores no se les ponen condiciones. 

La realidad es que el Fondo Monetario, el BID, el Banco Mundial y otros por la función, son organismos de aspecto multilateral, que declaran, entre otros propósitos, la voluntad de evitar un mayor empobrecimiento de los países empobrecidos. A esa voluntad debe interpelar quien, en las negociaciones que la banca de las cañoneras de ayer y de los misiles de hoy se ve obligada a mantener, se siente, inequívocamente, del lado de la mesa que les toca a nuestros países (por ejemplo, el Presidente de Uruguay). 

Lo primero es pagar el chantaje que la actual correlación de fuerzas determina para que no nos apliquen el numeral 2 de las instrucciones de Henry Kissinger, aquellas que, tras la victoria de Allende, el Secretario del Pentágono escribió a la CIA, “hay que hacerle aullar de dolor la economía”, que no nos maten como a los nicaragüenses que creyeron que la piñata y el reparto son estrategias (por cierto, estrategias son las de Lula). 

Las correlaciones de fuerzas hay que saber medirlas, siempre para empezar a transformarlas, sin atarnos las manos ni taparnos la boca, para “echar músculo”. Entre otras cosas, poder empezar a pagar menos, a transferir menos recursos que el Norte usa para ahorcarnos. Incluso, para algún día poder empezar a pagar las auténticas deudas que tenemos los uruguayos, las externas (por ejemplo, la menos particularmente agravada de la universal con el África y la más vergonzosa de la Triple Alianza con el Paraguay) y las internas (la más urgente, con el sesenta por ciento de nuestros niños, que nacen robados). Se puede. Cualquier hegemonía se puede romper. La historia lo demuestra. Sudáfrica, pese a la desnutrición y al SIDA, que la asolan, es una lección tremenda. En el 94, las primeras elecciones tras la caída del régimen racista de Botha, dieron al Congreso Nacional Africano de Mandela la victoria con el 52 %; en el 99, el Congreso pasó al 59% y este 2004 logró la mayoría necesaria para cambiar la Constitución, el 65%. Recién ahora podrán empezar a derrotar el aparheith económico, pero tuvieron que construir mayorías que ahora será imposible retirar de la escena mundial. 

Bloque de poder regional
Por la negativa, la traición de Lucio Gutiérrez a los indígenas ecuatorianos, demuestra que la paciente acumulación de fuerzas es insustituible, confirma que los caminos fáciles, rápidos, aventureros u oportunistas suelen ser los más largos. Vino a sumarse a un sinfín de experiencias por el estilo en América Latina. Si no se construye todo un sistema político de avance democrático con partidos y sindicato en sus funciones, la unidad nacional y continental para defender nuestros intereses raramente se logre. Nicaragua fue la excepción al fracaso del foco (no cuento Chiapas por parcial y tampoco los parciales, posicionales, El Salvador y Colombia, que venían de antes). Chávez lo es a la famosa “quinta dirección de trabajo” (acaso Velazco y Torrijos sean los más ilustres antecedentes; pero en febrero del 73, Arismendi y Trías midieron mal y le erraron feo, cuando alentaron expectativas por los comunicados 4 y 7). 

Entre los documentos desclasificados que mencioné, se hallaban las órdenes de Kissinger a la CIA para desestabilizar y derrocar a Allende, pero también recomendaciones de un agente en Montevideo, posteriores a la consolidación de las dictaduras en el Cono Sur, en el sentido de impedir que los militares argentinos y uruguayos se contagiaran de ciertos tintes nacionalistas de brasileños y chilenos. Digámoslo de una vez y con todo lo incómodo que resulta: yo no creo que ningún presidente civil (le hubiese pasado lo mismo que a Allende) y muy difícilmente algún otro militar, hubiese podido, en aquellos años setenta, mantener la estatización del cobre chileno como lo hizo Pinochet, consolidando la más trascendentes de las medidas de gobierno de Allende (la nacionalización del cobre), la que más provocó la reacción del Imperio. Es que la camarilla de Pinochet era nazi de pura cepa, con su dosis de nacionalismo incluido. Por eso lo selectivo de las facturas del norte. 

Últimamente la economía chilena ha sido de las más resistentes del Sur y Pinochet algo tiene que ver en eso. Pero según el anterior consejero de industria del gobierno vasco, Jean Pierre Iturbide, Chile hoy necesita con más urgencia que Uruguay reciclar su economía, porque el cobre se termina y la ganadería no. 

Es para hacerle otro mandado al Pentágono, que Garzón apuesta a un juicio vicario al terrorismo de Estado franquista y posfranquista, limpiando en Pinochet las muertes, desapariciones y torturas (incontablemente más numerosas y muchas posteriores al golpe en Chile, incluidos fusilamientos firmados por Fraga, todavía hoy Jefe de un Gobierno) perpetradas por los realistas. En ese contexto debe inscribirse la negativa del socialista Lagos a que sean otros socialistas quienes juzguen a Pinochet. Él sabe que el dictador sentó un precedente respecto al cobre que ni Patricio Alwin pudo soslayar y mucho menos podría hacerlo un Presidente del partido de Salvador Allende. Las cuentas que Pinochet tiene que pagar son otras y son con el pueblo chileno. 

Al gobierno de Lagos, por su parte, le ha molestado que el ejército haya resuelto intervenir directamente en el debate político en el marco de las nuevas acusaciones en contra de Pinochet, relacionadas con las millonarias cuentas bancarias descubiertas en Estados Unidos y, además, por el caso Operación Cóndor, la red organizada por los servicios de inteligencia de países del Cono Sur en la década de los setenta para reprimir a opositores. El ministro del Interior, José Miguel Insulza, manifestó, perplejo, que lo sucedido “no es lo más habitual en una democracia. Generalmente, los comandantes en jefe de las fuerzas armadas no hablan de política” y el Secretario General de Gobierno, Francisco Vidal, expresó que “la sabiduría popular hay que usarla, y por lo tanto, pastelero a tus pasteles”. El propio Lagos dijo que no tenía nada que hablar con los militares. Pero no existen indicios de que éstos dejen de hacer política. 

Después de todo lo importante no es que lo que ocurre en los hechos se haga público o no (incluso es preferible, siempre la transparencia). Los militares tienen su peso, su apoyo social y político, su capacidad negociadora, aunque en el Cono Sur ya no sea ni remotamente el que tuvieron a principios de los setenta. 

Lo mejor es comprometerlos sistémicamente en el cumplimiento de sus obligaciones profesionales, el acatamiento al poder civil y la defensa de la soberanía, como hizo Fernando Henrique Cardozo, cuando diseñó con sus comandantes el plan de defensa de la Amazonia ante las amenazas de los Estados Unidos de ocupar territorio brasileño con excusas de Plan Colombia y combate al “narcoterrorismo”. Una política de Estado certera es la que (siguiendo en ese aspecto la línea de Cardozo) lleva adelante Lula, integrando las Fuerzas Armadas Brasileñas al nuevo bloque de poder, sin lugar para trasnochadas doctrinas subversivas de la constitución democrática (contestes de que la subversión pacífica del orden mundial terrorista del presidente Bush, es una necesidad del planeta donde habitamos los humanos). 

En ambos casos, el chileno y el brasileño, la puesta a punto de relaciones que siguió a las declaraciones públicas (Lula pasó facturas con las denuncias de un Ministro de Defensa que bien valieron una renuncia, similar al caso Moratinos), fueron avances en la unidad del Bloque Regional de Poder. Ahora que no venga un juez español con un millón de muertes impunes encima, con el impune atentado a la constitución republicana ni siguiera repudiado, con los dos primeros bombardeos aéreos de la historia universal a ciudades, con masacre de civiles, tampoco repudiadas, con todas sus fuerzas armadas dictatoriales intactas y sus torturadores y sicarios sueltos, con libertades de prensa y políticas de bajísima calidad y con el triste objetivo político principal de seguir impidiendo con proscripciones, arrestos y cárcel, la consulta electoral a un pueblo que quiere mayoritariamente autodeterminar su destino, que no venga el doctor Baltasar Garzón (el antiguo candidato a Ministro de Felipe González) a sacarse patente de progresista, al costo de la paz de nuestra gente. 

Los europeos no quieren perder seguridades que sus estados nacional les proporcionan y apelan a sus izquierdas para que los protejan. Mientras que en política económica internacional se comportan como el protagonista de El empleo del tiempo (una película que Oribe Irigoyen recomienda como imperdible), buscando qué países del mundo negrean más a su gente para invertir en ellos y si es posible en servicios esenciales, transfiriendo polución y esquilmando recursos, esa recurrente versión de las cañoneras. 

Cuando el socialista Jospin quiso paliar esa política con algún atisbo de solidaridad internacional, el mercado lo declaró no competitivo y perdió el gobierno por paliza. Es el dilema de las naciones imperiales, pueden tener su discurso en la paz y hasta un primer intento de buenas intenciones, pero su bolsillo está en las múltiples formas de guerra con que obligan a otras naciones a desprotejer sus economías, mientras ellas protegen la propia. 

El cobre chileno es nuestro desde Allende, el petróleo venezolano lo está siendo con Chávez. El agua uruguaya es nuestra. Y los problemas que ha causado la resolución plebiscitaria demuestran que no sólo era necesaria sino urgente. ¿Cómo hará Argentina el día que decida recuperar su soberanía, para que no la dejen de golpe y porrazo sin capacidad operativa para manejar aviones, distribuir el agua, la electricidad, extraer el petróleo? Bueno, tampoco hay que ser fatalistas. Brasil fabrica y vende aviones a Estados Unidos y transporta su propio petróleo con tanta libertad, que en el momento crucial supo pasar en parte de Petrobras a Pedeveza. Así como ayudaron a Chávez, Lula o Cardozo podrían ayudar a Kischner. ¿Y por qué no Zapatero, aunque renuncie Moratinos? El Presidente español quiere. Y ya Mandela ha demostrado que lo importante es querer.

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