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La sangre del soldado inmigrante
no tiene valor en España

Quinientos años después, más de lo mismo

por Mauricio Crea

Madrid (Especial para La ONDA –) - Alerta jóvenes allende del Sur, alistarse en las fuerzas armadas del llamado primer mundo puede no ser el camino de la “salvación” que algunos vislumbran como instrumento para combatir la pobreza y la desesperanza, sino un atajo sembrado de espejitos que nos retrotrae 500 años en la historia.

El diario “El País” acaba de revelar que el anterior ministro español de Defensa del gobierno del derechista Partido Popular, Federico Trillo, suscribió un seguro de vida y accidente para sí y otros 20 cargos de su ministerio por valor de 450.759 euros (585.000 dólares) para cada uno.

La cobertura abarcaba las 24 horas del día y cualquier lugar del mundo e incluía accidentes derivados de actividades tales como “caza mayor y menor, esquí, deportes náuticos y patinaje” o episodios que “pudieran producirse en caso de embriaguez, siempre que esta no tenga carácter habitual”.

Pero el escándalo Trillo, con menor intensidad lumínica, puso de relieve un aspecto aún más truculento: a los inmigrantes que se alistan a las Fuerzas Armadas españolas, la ley no les reconoce indemnización según un real decreto-ley que impera en la madre patria. Tu vida no vale nada, soldadito americano.

La indemnización prevista para el ex ministro y sus amigos es más de 20 veces superior a la fijada por la muerte de un soldado, cuya vida para la ley española apenas vale 19.230 euros y siempre que la pierda atravesado por una bala o volado por los aires por una granada, mortero o similar. Nada de morir cazando, esquiando o como resultado de una borrachera, que eso sólo es para los que se la juegan desde un despacho.

No obstante, el soldado debe agradecer si por sus venas corre sangre española, porque si no…El real decreto establece que las compensaciones económicas sólo están reservadas para los soldados españoles que fallezcan o resulten heridos en zonas de conflicto.

En la actualidad, 1.051 inmigrantes están enrolados en las Fuerzas Armadas españolas, número que el gobierno quiere elevar sustancialmente hasta el 7% de su plantilla de tropa y marinería (unos 7.140 soldados) para suplir la falta de españoles.

Con una fuerte campaña de captación en medios radiales, televisivos y gráficos) que promete una vida plena de aventura, deportes y viajes por el mundo (haz turismo invadiendo un país, replica desde el rock una canción popular) España busca mano de obra para sus ejércitos más allá de sus fronteras y ofrece a cambio papeles, legalización y un futuro estable y seguro.

Las venas abiertas de América Latina ahora suministran directamente sangre. Casi el 20% de los 500 paracaidistas enviados por España a Afganistán para proteger las elecciones del pasado 9 de octubre eran extranjeros, en su mayoría hispanoamericanos, revela El País. Ninguno de ellos sabia que si perdía la vida tal vez sólo una medalla reconocería su sacrificio.

El mismo camino recorren los soldados hispanoparlantes que habitan los Estados Unidos y que vestidos de Rambo imponen a fuerza de balas la democracia y la libertad del tío Sam allí donde los intereses estadounidenses lo dicten. Presionada por una opinión pública contraria a la guerra, la Administración Bush se ha visto obligada a regularizar la situación de los familiares de los soldados inmigrantes fallecidos en combate, e incluso ofrecer la ciudadanía a sus viudas e hijos.

Un compromiso de escaso cumplimiento, similar al que asumió en España el ex presidente José María Aznar con las víctimas inmigrantes del atentado de Al Qaeda del 11 de marzo del 2004, una promesa de legalización y reconocimiento de derechos de residencia que también camina a paso lento y desganado.

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