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¿Qué dios es mi dios?
Trascendencia y religiosidad
Héctor Valle
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La cultura como factor dinamizador
del desarrollo local

¿Qué dios es mi dios?
Trascendencia y religiosidad

por Héctor Valle

A M. P. B.

Todos quienes habitamos esta región del mundo, al acercarse fin de año percibimos con especial sensibilidad la anchura del horizonte y la profundidad del firmamento. Es así. Y es previo a la consideración de si uno es ateo, agnóstico o creyente; viene de lo trascendente que el ser humano tiene en sí como condición superior que lo diferencia de la animalidad.

Alguien puede alegar que esto es la razón y está en lo correcto, pero no alcanza. Es, suelo decir, sin pretensiones de innovar, obviamente, que se trata de la razón trascendente, de la amalgama entre la racionalidad y la sensibilidad. Ese fundir metales, eliminando impurezas, para mirar en la propia interioridad en un “tempo” y en una espacialidad que no nos obliga, en modo alguno, a retirarnos de la vida activa, de la vida común junto a nuestros congéneres.

Ojalá pueda hoy transmitir lo que deseo sin violentar sensibilidad alguna porque de eso se trata, de aproximarnos al otro llevando, antes que nuestra palabra, nuestra escucha, para así aprehender su complejidad, lo heterogéneo que el otro tiene, siempre, en tanto lo desconocemos y vamos en su busca y al hallarlo, al hallarla, que esto no lleva carga alguna de género sino que los comprende, naturalmente, al tratarse de otro ser humano cualesquiera sea, eventualmente, su condición de género.

Llegar a usted, pretenderlo acaso, entraña –ya lo he dicho o sobrevolado- una enorme responsabilidad porque lo primero es no agredir al tiempo que uno debe, por ello me ocupa este mensaje, ser veraz y opinar cuando así lo entiende del caso.

Si vamos a la Biblia, y tomamos la Biblia de Jerusalén, podremos hallar en Isaías un respaldo a lo que pretendo decir en cuanto a la notable condición humana de trascendencia que no precisa, todo lo contrario, de fetichismo alguno para expresar, eventualmente, su religiosidad. Todo lo cual tampoco niega la fe hacia una u otra creencia religiosa, si bien uno se afilia al maestro Eckhart cuando hablaba de “creer” sin tener que decir: “creo en...”.

Isaías en su sátira contra la idolatría (44, 9-20) invita, especialmente, a reflexionar sobre quien produce ídolos, en este caso los talla, pero por extensión cuando hablamos de ídolos podemos perfectamente llegar hasta lo que hoy el consumismo, la banalidad y la rapacidad llevan adelante en este sentido.

Ahora bien, en lo estrictamente religioso, al apoyarnos en estatuas, corremos el serio riesgo de transferir nuestra responsabilidad al objeto y quien lo produce, como quien lo “resguarda”, pasa a ostentar un poder particularmente importante sobre nosotros.

La renuncia a la responsabilidad, en este caso, es el dogmatismo, todo dogmatismo, porque lo otro sería hablar de principios que uno racionalmente toma como suyos una vez tamizados, si se me permite tal expresión, por la conciencia y, fundamentalmente, resguardados en su esencialidad humana, por la conciencia moral.

Cuando uno ve, escucha y siente cómo personas mayores doblegan su raciocinio ante ídolos de tamaño y composición variada, cómo generan expectativas que llevan a prescindir, paulatina pero inexorablemente, de cualquier atisbo de conciencia, en aras de “cumplir” con tal rito, y no hablo de sincretismo sino de todo rito que promueva directa o indirectamente el paganismo, la multiplicidad de esculturas sea en figuras humanas u objetos pasibles de veneración, en tales caso, uno siente que el hombre comienza a perder su condición humana, retrayéndose a su animalidad primigenia.

He vuelto a guardar libros que pensaba citar y comentar, he dejado, también, de lado toda referencia a una sola creencia religiosa porque lo que pretendo, lo repito, es presentar una situación pasible de merecer su reflexión y para ello, toda adjetivación, toda referencia a una instancia de fe en particular, podría hacerla naufragar y apenas, o trágicamente, despertar, otra vez, un sentimiento de encono al sentirse agredido en su condición de creyente de tal expresión religiosa.

La religiosidad en el hombre tiene lugar siempre y toda vez que la persona de paso a una mirada a su interior, al tiempo que inhala buen aire, dejando que se expandan sus narinas. Esa es la mayor y mejor iglesia que uno pueda visitar porque en ella, si lo busca, sensiblemente, hallará el Sancta Sanctorum donde es resguardado el soplo de vida o la chispa divina, como quiera usted llamarle que nos aproxima al otro y nos permite mirar tanto a los costados como otear el firmamento en busca de correspondencia.

Hubo quien dijo, y uno coincide, que Dios precisa del hombre para mensurar su grandeza. Luego, el hombre, tiene en sí y para con los suyos, un motivo de existencia que escapa, pero no huye, a lo meramente material. Que si es dable buscar una existencia digna en condiciones materiales, más lo es el hallarla con una cuota de espiritualidad, de sensibilidad que encuentre sentido a la vida y no apenas a los objetos.

Caer en la mera existencia para y por las cosas, cosifica al hombre, lo destruye y enajena, privándole de vivir en plenitud de cuerpo y mente junto a los suyos.

A lo que voy es que debemos resguardarnos de estar en una lucha brutal por el reconocimiento, llevándonos a realizar cualquier acción con tal de acceder a esto o aquello, toda vez que por ese camino sólo lograremos una relación Yo y ello, en lugar de buscar al Tú en el tú del otro. El Otro está en el otro, lo trascendente se halla en el otro humano que desconocemos pero que buscamos responsablemente incluir en nuestras consideraciones.

Ya lo hemos dicho y conviene reiterarlo: Los Derechos Humanos son los Derechos del Otro Hombre, de la Otra Mujer.

El hombre es un ser inacabado, luego perfectible y siempre en busca de su prójimo. Hacia esta “projimidad” religión alguna puede apartarnos, antes bien, debiera, si la profesamos, tender puentes hacia ese otro que bien puede ser no tenga religión o profece otra.

A esto quiero llegar, a aceptar al otro y a no vilipendiarlo; a no buscar atacar tal o cual ídolo religioso sino buscar en tal expresión religiosa, aunque no sea la de uno, la proximidad con nuestra manera de ver las cosas y, si no halláramos tal acercamiento, tener la sufuciente apertura para dejar de lado tal expresión de fé e ir a lo que cuenta, a lo que trasciende: a ese otro hombre, a esa otra mujer que nos interpela con su mirada y que bien puede estar precisando de nuestra escucha más allá de todo hecho religioso.

Este es un tiempo de reflexión porque nosotros todos nos vamos aproximando a la noche de nuestra familia, a la hora del brindis, a la emoción de si llegará o no llegará fulana o mengano a tiempo, etcétera.

Sabemos que es así y es precisamente el momento en que usted, si yo no me supe expresar hasta ahora, comprenda más y mejor que yo, incluso, lo que es la “espera del otro” en ese familiar que no llega y son las 23 y 25 hs y quisiéramos brindara con nosotros y nos preocupa su tardanza, no sea que le halla ocurrido algo...

Eso es la cuestión del otro, eso es el trascender nuestras pasiones más primarias para salir de nosotros en procura del otro, de nuestra complementariedad.

Antes que ofender ¿por qué no buscar escuchar mejor?

El problema, creo yo, no está en preguntar si Dios ha muerto, sino si el hombre ha muerto. Y si nos atrevemos a tal cuestionamiento es porque, como tantos otros, vemos cómo el hombre va cosificándose y alienándose, día a día.

Esas personas que van a un templo y lloran antes sus autoridades clamando justicia y reparación al ver cómo sus ídolos son, supuestamente, estigmatizados o, peor aun, trivializados en pretendidas o reales expresiones artísticas, están dando prueba en su súplica, que ciertamente es dolorosa, de lo que afirmamos.

Así como también la da en igual sentido, aunque con diferente intención, el supuesto o real artista que talló, modeló y presentó tales expresiones, que para nosotros son ídolos, porque en el fondo el artista como el feligrés-niño-doliente, le ocupa la idolatría en su signo opuesto no pudiendo desprenderse de lo cosificable.

Es decir, él tampoco se ha liberado del Tótem y por tanto su alineación corre a la par del otro, alimentando ambos el tabú ante objetos sin vida ni espíritu.

En resumidas cuentas, si la semana pasada les presentara una breve nota sobre la festividad de Januca, hoy traje esta reflexión y, como final, comentar algo de mi propia adolescencia.

Desde aquella época, mi sentido de lo trascendente fue buscando, en la interpelación misma de los dogmas y los referentes, un camino por el cual poder andar, por así yo quererlo sin que mediera imposición o miedo.

Así fue que sin mucha antesala arribé al momento de tratar al supuesto hijo de Dios como lo que fue y lo que representa, en su mismo mensaje, para cualquier persona: un hermano. Y comencé a tratarlo así, de hermano. Porque el trato de hermano, el trato fraterno, se da en un plano más que de igualdad, de respeto, de valoración mutua. Y en ese plano, si se quiere, puedo hoy decir que tengo un hermano más, pero nunca un dios de madera en mi bolsillo.

Preservo la condición fraterna pues para ella es necesario ir en busca del otro, estar al descampado y poder, como haremos usted y yo en próximos días, mirar el reloj y decirnos, muchas veces para nuestros adentros: “Será que llegará a tiempo...” Y llega, siempre llega porque en realidad, nunca se ha ido; está en nosotros.


hectorvalle@adinet.com.uy

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