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Disparen sobre la Policía
por Carlos Zapiola

Mi madre me contaba que los guardiaciviles eran unos señores que cuidaban el barrio por las noches, que hacían una ronda y sonar un silbato cada tanto para asegurar que por allí no había novedades. Claro, esto ocurría al despuntar el siglo pasado, puesto que mi madre pronto cumpliría 97 años si viviese, o quizás más atrás, y solamente fuera un recuerdo adquirido a través de sus padres.

Lo cierto es que hoy eso no existe. Tampoco la tranquilidad de antaño, y se mezclan los testimonios de vecinos que no se sienten seguros, turistas que hablan de lo bien que se vive, guardias de seguridad privados, 222, barrios con rejas y puertas abiertas según el barrio o ciudad de la que hablemos.

La marginalidad y la pobreza ha engendrado todo un espiral de violencia que no se cubre con más policías o cárceles para más ciudadanos. La falta de educación, los niños en la calle, la falta de valores no se ha de resolver con un mero acto administrativo por el próximo gobierno ni por nadie.

Tampoco va a alcanzar con pagar más a los funcionarios encargados de velar por nuestra seguridad si no hay una formación en la que el espíritu de cuerpo no los lleve a no denunciar a quien sacó a otro un arma para cegar de por vida a un muchacho, o no se acepta que un 222 puede tirar a matar por desequilibrio psicológico parcial o permanente, por ser un violento que nunca debió portar un arma o porque está cansado.

Es el Uruguay donde son procesados médicos por mala praxis o error inexcusable, y por hablar de lo que un médico considera error inexcusable del juez, puede tener que enfrentar un Juez Penal.

Los violentos de la Ámsterdam, los que saltan y saltan (lo que no está mal), se drogan o toman alcohol o unen ambas acciones, esos que cualquiera sabe donde y cuando encontrarlos, no han podido ser erradicados del fútbol. Y hay cámaras en el Estadio, y se supone gente encargada de individualizarlos.

Los drogadictos de la esquina de mi casa, pero en especial ese morocho de pantalón corto que aparece todas las semanas, justo cuando los patrulleros no están, tampoco se sabe quienes son o que consumen o venden: marihuana, pasta base y por ahora no parece que haya llegado la cocaína. Es un barrio venido a menos sin dudas.

Y cuando los patrulleros pasan y pasan, los chicos y chicas desaparecen. Y el morocho no está ni va a aparecer.

La Policía debe acercarse al pueblo y no el pueblo a ella. Su formación debe estar dirigida a salvaguardar bienes y valores, y los brutales asesinatos como el de esta semana de un obrero de Raincoop, que se sospecha fue cometido por un rapiñero que hace un tiempo mató un taxista en la misma zona de El Pinar, debería ser resuelto rápidamente.

Pero hay muchos crímenes pendientes de solución, y este puede engrosar la lista.

Escribía que la Policía debe acercarse al pueblo. Debe cambiar. Prevenir y no actuar cuando ya están consumados los hechos.

No cometer excesos ni ser parte de la misma violencia, como ha ocurrido últimamente.

La mejor Policía es aquella de la que no se habla pero existe. El mejor Jefe no es el que aparece mediáticamente muy seguido, sino el que es efectivo. No es el que nos pide una botella de whisky (ya no revista en los cuadros policiales) cuando vamos a una comisaría a hacer una denuncia.

Son muchos los cambios que se vienen. Son tantos que el tiempo de procesamiento de cada uno de ellos no se sabe cuanto será.

Pero son necesarios. Y el de la Policía es uno más dentro de otros cientos de cambios, tan o más importantes que el de ésta. Y los sueldos son tan bajos como los de otros miles y miles de compatriotas que tienen la suerte de recibir algo por su trabajo al fin del mes.

Pero esto es otra historia. Hoy disparemos contra la Policía, pero en todo caso, en defensa propia.

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