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A sesenta años una reflexiòn
¡Nunca más Auschwitz!
por Héctor Valle
El horror grita su nombre
en el silencio de nuestra conciencia: ¡Auschwitz!
Vale, pues, a sesenta años de su liberación, hacer un alto en el camino
para reflexionar respecto del hombre y su condición humana.
De la vasta bibliografía del espanto, de la insana apertura de aquel
complejo carcelario o, como bien lo llamara David Rousset, aquel
universo concentracionario, en lo que me es personal, nadie pudo dejar
una marca tan fuerte y vívida cuanto el gran hombre que fue Primo Levi,
aquel italiano que fuera llevado prisionero, siendo adolescente, al
complejo en cuestión.
Más de un millón de judíos europeos fueron exterminados en Auschwitz,
junto con otros inocentes de distintas creencias y signos políticos.
Fueron tropas soviéticas las que liberaron Auschwitz el 27 de enero de
1945, en su avanzada hacia Alemania durante los últimos meses de la que
dio en llamarse Segunda Guerra Mundial.
El complejo Auschwitz (Oswiecin, en polaco) fue inaugurado el 25 de
enero de 1940, lugar de una base de artillería polaca, en el distrito de
Katovice. Se trataba de un lugar alejado de centros poblados y a la vez
próximo a la confluencia de los ríos Vístula y Sola, al que se accedía
merced a la red de ferrocarriles cercana.
Hoy, como nunca, conviene recordar lo que dijera Himmler al comandante
del campo, Höss: "El führer ha ordenado la solución definitiva de la
cuestión judía. Los lugares de matanza que tenemos en el este no serán
suficientes. Hemos escogido Auschwitz por la facilidad de comunicaciones
y porque este campo puede ser fácilmente camuflado...".
¿Camuflado?
Mencionaba recién a Primo Levi y su testimonio, como el de tantos otros
y tantas otras que vivieron el horror y pudieron contarlo, aun a costa
de un padecimiento interior inaudito.
Levi, en la primer obra de su trilogía sobre el horror, dice, casi al
comienzo que: “(...)... precisamente porque el Lager es una gran máquina
para convertirnos en animales, nosotros no debemos convertirnos en
animales; que aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe
querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio” . Da inicio, así,
a su obra “Si esto es un hombre”, el alegato más vibrante, elevado y
profundo que sobre lo humano del hombre, sobre la posibilidad cierta de
erguirnos ante la animalidad de aquellas larvas humanas, tenemos como
opción de vida. Levi, en este sentido, en el mayor de los sentidos ha
sido y es, sin ningún atisbo de duda, un hombre digno de respeto y a su
vez de escucha atenta ante el testimonio que legara a la humanidad.
Porque Auschwitz no fue una excepción ni fue, OH, ¡claro que no fue un
asunto de unos pocos, o de un grupo humano contra otro!. ¡No! Auschwitz
fue el ejemplo de una razón viciada en sí misma y falta de la suficiente
atmósfera cordial como para poder entrever la necesaria
complementariedad de lo cordial, puesto que razón y emoción son, para el
hombre y la mujer de siempre, elementos constitutivos indispensables.
Fue la consecuencia de un Occidente enfermo que nada aprendió con la
Primer Guerra Mundial y, lamentablemente, podemos decir hoy, iniciado el
siglo XXI, continúa con la asignatura pendiente en cuanto a lo que debe
ser preservado por vía del respeto a la persona humana, cualesquiera sea
su origen étnico, creencia religiosa o meramente lugar de residencia.
Adentrémonos en Auschwitz
Compartamos, por ejemplo, algo del testimonio que diera el antes citado
David Rousset: “El conocimiento de la burocracia es la metafísica de los
campos. Lugares sagrados de castigos implacables, los S.S.,
sacrificadores fanáticos consagrados a un Moloch de apetencias
industriales, a la justicia bufona y siniestra de un Ubú-Dios. La salud
mental no tiene espacio en este lugar. Es normal, cuando todas las
fuerzas vivas de una clase se encuentran en el epicentro de la batalla,
la más totalitaria jamás inventada, que los adversarios sean
imposibilitados de hacer daño y, si es necesario, exterminados. El
propósito de los campos es, por supuesto, la exterminación física, pero
la finalidad real del universo concentracionario va mucho más lejos. El
S.S. no concibe a su adversario como un hombre normal. El enemigo, en la
filosofía S.S., representa la fuerza del Mal intelectual y físicamente
manifestada. El comunista, el socialista, el liberal alemán, los
revolucionarios, los resistentes extranjeros, son las representaciones
actuantes del Mal. Pero la existencia objetiva de ciertos pueblos y
razas: los Judíos, los Polacos, los Rusos, representa la expresión
permanente del Mal. No es necesario para un Judío, un Polaco o un Ruso
actuar en contra del nacional-socialismo; por nacimiento, por
predestinación, son unos herejes no asimilables destinados al fuego
apocalíptico. La muerte por sí misma no tiene pleno sentido. Únicamente
la expiación puede ser satisfactoria, apaciguadora para los Señores. Los
campos de concentración son una impresionante y compleja máquina de
expiación. Los que deben morir van hacia la muerte con una lentitud
calculada para que su degradación, física y moral, llevada a cabo
gradualmente, les haga, al fin, conscientes de que son unos malditos,
unas personificaciones del Mal y no unos hombres. Y el sacerdote
justiciero siente una especie de oculto placer, de íntima voluptuosidad,
en aniquilar los cuerpos.”
Y esto tiene una vigencia, lamentablemente, muy fuerte. Basta con
sustituir “S.S.” por otros nombres o designaciones y tenemos, quizá, un
mapeado actual de nuestro mundo.
Para que logremos acceder a lo buscado a través del imperativo
categórico que titula esta reflexión, y que aportara, magistralmente,
Theodor W. Adorno, es preciso dar paso a una vigilia permanente en el
cuidado de la libertad que vaya de la mano, a su vez, con una educación,
desde la más tierna infancia, generosa en valores morales que den por
fruto el respeto, cotidiano y natural, del otro hombre, de la otra
mujer.
Sólo en la educación la humanidad tiene probabilidad de seguir siendo
humana y no degradarse, no más, a una animalidad abyecta.
Hoy, pues, no celebramos, hoy, como ayer, prendemos una vela para
iluminar la oscuridad del alma. Tendemos una mano, generosa y abierta,
para aproximar no ya al otro sino a nosotros mismos a una visión más
auténtica y trascendente del paso del hombre en la Tierra, en tanto el
hombre tiene sentido de ser tal como ser en relación con otro hombre;
principio dialógico dador de sentido. De ese sentido por el cual unos
entendemos lo trascendente y otros el paso hacia la totalidad pero que
nunca debemos dejar de reconocer en el instante mismo del diálogo, del
reconocimiento del otro hombre, el principio cardinal de los Derechos
Humanos, cual es que tales derechos son, y no hay otra justificación
válida para la conciencia moral, en tanto el respeto irrestricto a los
Derechos del Otro Hombre, de la Otra Mujer.
hectorvalle@adinet.com.uy
Levi, Primo – Si
esto es un hombre – Muchnik Editores, Barcelona, año 2001, Pág.
42.
Rousset, David – El universo concentracionario – Anthropos
Editorial, Rubí (Barcelona) año 2004, Págs. 65, 66. LA
ONDA®
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