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Maiztegui en carta a Legnani:
Lacalle fue el mejor presidente
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Nunca voté a Lacalle y Batlle

Maiztegui en carta a Legnani:
Lacalle fue el mejor presidente

Montevideo, 12 de enero de 2005
Sr. Raúl Legnani

Estimado colega: con mucho retraso, leí la nota de su autoría publicada en La Onda en su edición del 14 al 20 de septiembre, en la que vuelve a hacer referencia a mi persona y a la crítica que, en su momento, realicé de su teoría sobre el “golpe de Estado ideológico” en Canal 5. La verdad es que esta segunda crítica a una actitud mía me dejó entre el desconcierto y la indignación. Su primera respuesta me pareció no sólo respetuosa, sino llena de elogios hacia mi trabajo profesional que considero inmerecidos, aunque desde luego agradezco; y si se publicó íntegramente en El Observador, pese a las reticencias iniciales de la dirección (por exclusivas razones de espacio) fue gracias a las gestiones que realizamos Miguel Arregui y yo. Creí que ahí terminaba este apunte de polémica, y no consideré del caso responderle porque no tenía nada que decir. Usted dio su opinión, yo la acepto desde la discrepancia y santas pascuas. Y ahora me encuentro con este brulote (perdone, pero como tal lo tomo) en el que se pone en duda mi independencia profesional y se me vuelve a acusar, a mi juicio absurdamente, de ocultar un cierto partidarismo político. Pero ¿qué le pasa, Legnani?

Para terminar, al menos por mi parte, este tema, quiero decirle un par de cosas. Sí, señor, estoy totalmente identificado con el Partido Nacional y con el herrerismo; dice usted que me lee, pero lo pongo en duda, porque lo he dicho y reconocido cientos de veces, lo que me ha valido muchas críticas, incluso internas de El Observador.

Soy blanco “como hueso de bagual” (no podía ser otra cosa apellidándome Casas Araújo por parte de madre; mi tío abuelo, el ilustre poeta don Julio Casas Araújo, es el autor de la letra de la Marcha Tres Arboles), y lo he sido siempre, incluso cuando milité en el Partido Socialista (tiempo del que guardo un hermoso recuerdo) y aunque tenga alguna simpatía por el neobatllismo. ¿No lo entiende, le parece incongruente? No es el único. Simplemente permítame decirle que no es lo mismo ser blanco que votar al Partido Nacional, como bien dice, entre otros, el Pepe Mujica. Ser blanco es adherir a una corriente histórica del país, que tiene sus valores y su forma de entenderlos y vivirlos; y cuando uno, con razón o sin ella, cree que esos valores no se expresan en las candidaturas coyunturales del Partido Nacional, tiene la obligación, o casi, de votar fuera de ese lema. Yo no creo que personalidades como Carnelli, Quijano, Julio Castro, Paco Espínola, Arturo Ardao, Enrique Erro, Rodríguez Camusso, Wilfredo Penco, José Mujica o Nin Novoa, por poner sólo unos ejemplos entre miles, hayan dejado de ser blancos porque en cierto momento decidieron actuar en otros lemas. Algunos de ellos están vivitos y coleando, y le recomiendo que les pregunte si siguen siendo blancos. ¿A que todos le responden que sí? Hay gente que no entiende este desdoblamiento; los blancos lo entendemos.

Espero haber colmado entonces la que parece ser su principal preocupación a mi respecto; soy blanco, no lo oculto y lo proclamo con orgullo. Y en la actualidad apoyo al Partido Nacional. Lo que no le permito, a usted ni a nadie –vaya dicho respetuosamente, pero con toda firmeza- es que se ponga en duda mi independencia de criterio. Como yo no pongo en duda la suya a pesar de su notoria militancia frenteamplista. Suponer lo contrario es sospecharme de deshonesto, y por esto digo que no lo permito. Soy un ciudadano que tiene su opinión política y ha hecho su opción, pero que cuando realiza análisis de la realidad como periodista (o cuando enseña historia como docente) lo hace desde la independencia más absoluta, porque sólo es responsable de sus opiniones ante sí mismo. Las propias críticas que usted señala le he hecho a Jorge Larrañaga deberían probarle la veracidad de lo que aquí sostengo.

He criticado muchas veces al Dr. Tabaré Vázquez y lo seguiré haciendo mientras me parezca que lo merece. Y no porque sea candidato de un sector que ahora no integro, sino porque me parece un demagogo, o sea, alguien que promete cosas que sabe que no puede cumplir y que no dice siempre lo que piensa, sino lo que cree que su audiencia quiere escuchar. Jamás hubiera hecho esa crítica al general Seregni, por ejemplo, o a Danilo Astori, o al propio Fernández Huidobro, porque todos ellos me parecieron siempre gente sincera. Reconozca, pues, mi derecho a ejercer la crítica, aún a costa del peligro de equivocarme o de ser injusto, como yo reconozco la suya, y no busque segundas intenciones donde no las hay. Respecto a mis opciones electorales, le diré que a los blancos no nos gusta demasiado hablar de ellas, porque el voto secreto es una garantía que se debe al esfuerzo de los grandes ciudadanos de nuestra corriente. Lograron imponerla, como supongo que le consta, contra la contumaz oposición del batllismo. Pero voy a hacer una excepción con usted, ya que parece que le interesa tanto. En 1984 voté al Frente Amplio (ya sin mucha convicción, pero me pareció una revancha histórica necesaria); en 1989 no voté pues aún vivía en España (donde residí entre 1976, cuando fui destituido de la enseñanza, y 1992) y no pude viajar; en 1994 voté al Partido Nacional sector herrerista, por considerar que el FA había dejado de ser lo que había sido y porque la presidencia del Dr. Lacalle me pareció, y me sigue pareciendo, la mejor que el país conociera en 50 años; en 1999 voté al Partido Nacional sector herrerista, y en el balotaje al Dr. Jorge Batlle; y en el 2004 no voté porque me hallaba fuera del país. Hubiera votado al Partido Nacional, sin duda, por más que el candidato de la ocasión me parecía, y me parece, bastante impresentable.

¿Está contento ahora? Me quedan sólo dos cosas; una, agradecerle sus elogios a mi tarea profesional, única razón por la que pensé responder a su carta a El Observador. Y otra, autorizarlo a que publique la totalidad o parte de esta carta, como le de la gana, haga respecto a su contenido lo que le parezca y utilice la información que aquí le brindo con toda libertad. Espero así haberle probado, más allá de cualquier duda, que no soy hombre de ocultar convicciones, y que ha sido usted notoriamente injusto con su acusación de esconderme “detrás de la presunta independencia profesional del periodista”. Espero que tenga la nobleza de reconocerlo.
Atentamente
Lincoln R. Maiztegui Casas

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