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La crisis
bancaria y las hordas
Este suceso estuvo enmarcado por acontecimientos políticos y sociales de capital importancia para el país. Nuestro interés en abordar este hecho, que es puntual y claramente acotado en sus características, está dado por la aparición de temas que hacen a la convivencia social y que pasan más o menos desapercibidos, y son luego prontamente olvidados. El esfuerzo de interpretación intenta rescatar un sentido, una lectura de lo sucedido. Del encadenamiento de los acontecimientos así como de las características de éstos, claramente se desprende a nuestro parecer la funcionalidad que tuvo el rumor: promover la parálisis, favorecer un toque de queda autoimpuesto y percibido como la única respuesta posible. Ilustraremos esta afirmación recordando lo acaecido esa semana y poniendo de manifiesto tanto su excepcionalidad como las condiciones que hicieron posible su instalación. Asimismo, nos detendremos en el análisis del contenido del rumor. Como fuente.,recurriremos a la prensa escrita. En primer término, presentamos una cronología de los hechos más salientes ocurridos en esa particular semana.
30 de julio. Se decreta feriado
bancario
31 de julio. Primer saqueo a un
supermercado Este primer saqueo es protagonizado, según la prensa, por unas cincuenta personas identificadas como “vendedores ambulantes del transporte”. (Ultimas Noticias, 1-8-02) Los vendedores ambulantes se habrían reunido en la Plaza 1º de mayo, y, al no haber logrado venta alguna en el día, deciden el asalto. El Jefe de Policía de Montevideo, Inspector Bobadilla, se declara “sorprendido” por el hecho de que este suceso se produzca en una “zona céntrica” y no en una zona marginal de la ciudad.
1º de agosto. Ola de saqueos en
la ciudad Los barrios de la ciudad en que se habían producido los saqueos son: Casavalle, Colón, Peñarol, Borro, Malvín Norte y Piedras Blancas. Los diversos medios señalan el miedo expresado por los comerciantes de esos barrios, y en algunos casos, su intención de no abrir sus puertas al día siguiente. Desde el gobierno, el Ministro Stirling afirma que se trata de “grupos perfectamente organizados” que “quieren desestabilizar a la sociedad uruguaya”. Asimismo, sostiene que “un pequeño Bin Laden está detrás de los saqueos”. (El País, id.) Se anuncia también el refuerzo de la vigilancia policial en toda la ciudad para el día siguiente.
2 de agosto. El día del rumor Alrededor de las 16 horas, una ola de rumores comienza a circular por la ciudad. Se relatan saqueos que habrían ocurrido en diversos barrios de Montevideo (Unión, Cerro, Centro, Ciudad Vieja, entre otros). El rumor habla de gran cantidad de personas (hordas) que se dirigían hacia el centro, saqueando todo a su paso. A las 17 horas el rumor se halla instalado y en las diversas avenidas comerciales de la ciudad, los comerciantes comienzan a cerrar sus negocios o a atender con las cortinas semi-cerradas. Los supuestos saqueos se habrían producido en puntos céntricos (“saquearon Ta-Ta en 18 y Roxlo”). Esto produce un “vaciamiento” de la ciudad, que ve menguar casi totalmente su actividad hacia las 19 horas, dejando paso a un paisaje desierto. 3 - 4 de agosto. Se vota la Ley de Fortalecimiento del Sistema Bancario El ministro Stirling describe los hechos de la jornada anterior como un caso de “terrorismo telefónico”, ya que “el operativo psicosis” había sido realizado desde teléfonos públicos situados en distintos puntos de la capital”. (El País, 4-8-02) En la misma entrevista, Stirling responde afirmativamente sobre el “efecto contagio” que estos hechos habrían tenido respecto a la Argentina. Asimismo, afirma que los ideólogos de los saqueos son grupos con una “concepción anarquista”. (El País, 4-8-02). La ley de Fortalecimiento del Sistema Bancario, que establece la reprogramación de los depósitos en la Banca Oficial, es discutida el sábado 3 en el Parlamento, y aprobada el domingo 4 de agosto. El contexto en que se produjo la ola de rumores que se expandieron por toda la ciudad de Montevideo el viernes 2 de agosto estuvo dado por el conjunto de sucesos que reseñamos anteriormente: por una parte, el feriado bancario, que se extendía ya desde el martes, sin que apareciera una solución clara al problema, creaba una incertidumbre generalizada sobre cómo se resolvería la crisis financiera. En esos días, comienza a delinearse la solución que finalmente cristalizará en la ley de Fortalecimiento del Sistema Bancario. Por otra parte, el marco social se ve alterado por los episodios de saqueos a comercios, que comenzaron el miércoles 31 y se multiplicaron el jueves 2. En esos días, aparece también la asimilación de ambos procesos a la situación creada en Argentina en diciembre del año pasado, con la instalación del “corralito” y los convulsos acontecimientos políticos y sociales que lo siguieron. Tanto desde los medios de comunicación como desde el gobierno, los sucesos argentinos son emparentados con los locales, aunque intentando tomar distancia de los mismos. Así, el viernes 2 de agosto se vivía un clima enrarecido por el temor y la expectativa: expectativa respecto del futuro desenlace de la crisis bancaria, y temor sobre la posible continuidad de los episodios de saqueo. Al episodio puntual del rumor (“vienen las hordas”) se asocian otros rumores (“vienen las medidas prontas de seguridad”). El ambiente de miedo estaba instalado, y ahí aparece el “rumor central”. De este modo el “rumor central” consolida la situación de temor, creando un estado de parálisis ante los sucesos: sólo las medidas de fuerza parecen ser las válidas para enfrentar la situación: refuerzo de la vigilancia, patrullaje aéreo, alerta desde las autoridades. La referencia al “pequeño Bin Laden” que estaba actuando entre nosotros, hecha por el ministro Stirling, no sólo agregaba dramatismo a la situación, sino que también dejaba presagiar una indagatoria acorde con el enemigo supuesto. Si bien los rumores sobre diversos hechos que hacen a la vida pública no son raros[1], el rumor del viernes 2 de agosto estuvo revestido de excepcionalidad: su desarrollo estuvo acotado a unas pocas horas, en las que el pánico sembrado por los contenidos del rumor empezó y terminó. También los episodios de saqueo (como empresa colectiva “planeada” para conseguir dicho fin) presentaron ese carácter, ya que se desarrollaron en dos jornadas: el miércoles 31/7 y la “ola”, el jueves 1º/8. El propio Jefe de Policía de Montevideo manifestó su asombro ante el primer episodio de saqueo al supermercado de San Martín y Yatay, cuando afirmó estar “sorprendido” ante el hecho. “Si bien estábamos preparados para que ocurriera algún caso como éste, sorprende que haya sido en un barrio céntrico, a sólo tres cuadras de una seccional y no en la periferia de Montevideo”. (Ultimas Noticias, 1º-8-02). Creemos que de lo hasta aquí expuesto se desprende la funcionalidad que previamente atribuimos al rumor: la generación de un estado de parálisis que dejara a la población fuera del juego político, al darse ella misma el lugar que se le asignó: el del encierro. Este lugar (y su variante: la emigración) ya estaban presentes desde tiempo atrás, en ese sentido, los efectos del rumor sólo mostraron lo que ya estaba consolidado como comportamiento. A continuación, consideraremos los contenidos y formas de propagación del rumor. En un estudio dedicado a la noción de “mito”, Marcel Détienne (1981), especialista en la Grecia arcaica, señala una cualidad del rumor[2]: “voz sin rostro”. Entendemos por esta elocuente imagen que el rumor comparte, con otros tipos de enunciados, la posibilidad de que el enunciador se desdibuje hasta el borramiento tras el contenido asertado, diluyéndose de esta manera la responsabilidad de su aserción. Esta impersonalidad -esta voz sin rostro- produce un efecto de autonomización del enunciado con respecto a su enunciación. La voz se propaga sin retén que la detenga, puesto que todo hablante puede hacerse portador de ella, y la responsabilidad de la aserción queda siempre retrotraída a una enunciación previa. Por su parte, Pichon Rivière (1970) señala que el rumor “suele partir de centros que llegan a utilizar las radios, la TV y los espectáculos públicos, incluidos en un marco de comunicación informal que juega con la imaginación del sujeto receptor.” De este pasaje citado, destacaremos el carácter “informal” del tránsito del rumor: éste avanza por los intersticios que dejan libres las situaciones de enunciación en las que cuándo, dónde, qué y quién habla están altamente formalizados. La informalidad del rumor consiste en que, justamente, estos parámetros pierden fuerza distintiva: cualquier individuo en cualquier situación es potencialmente emisor y receptor del rumor. Cabría preguntarse hasta qué punto el rumor propagado el 2 de agosto último se ciñó a estas características. Obviamente, hubo un plano en que así fue, un plano en que el rumor funcionó como la voz sin rostro que se desparramó con la mayor informalidad. Pero también es posible mostrar que hubo una instancia en que el rumor tuvo cara y, en particular, la muy visible y uniformada cara de la autoridad. Como se recordará, hubo numerosos testimonios de comerciantes que explicaron que, aquel viernes 2 de agosto, fue la propia policía quien los invitó a cerrar sus negocios, aduciendo la inminencia de ataques y saqueos. Por otra parte, los diarios de ese día viernes decían que en la noche de la víspera, el propio ministerio del Interior había solicitado a los grandes supermercados que trabajan en horario continuo que cerraran sus puertas para evitar que persistieran los “desmanes”. Con este pedido, la autoridad policial no solo sugería la magnitud del peligro, para la contención del cual “confesaba” su impotencia[3], sino que también proveía al rumor de una cara que lo sostuviera. De esta manera, el rumor no se propagó, en gran parte, bajo la forma “se dice” sino “la policía está diciendo”. Previamente, el asalto sucedido dos días antes en las inmediaciones del Palacio Legislativo había sido interpretado, al tiempo que se había señalado su carácter aislado, como el posible inicio de una serie. Así, la prensa recogió la preocupación del Jefe de Policía por que esos hechos pudieran repetirse en el futuro[4]. La suposición de que el aislado asalto al supermercado de la calle San Martín era sólo el primero de la serie actuó como fundamento irrefutable del rumor que se instaló el día viernes. Esta suposición fue compartida, de entrada, por una amplia gama de formadores de opinión. Bastaría citar el titular “Empezaron los saqueos de los hambrientos en Montevideo” (La República,1-8-02), que no sólo insertaba el asalto en el inicio de una serie sino que, al explicitar el aparentemente superfluo “en Montevideo” vinculaba los asaltos locales con los sucedidos en Buenos Aires: ahora empezó aquí lo que antes había empezado allí. El titular anunciaba tanto el comienzo de una serie como de una continuidad. El rumor no sólo prendió por la fuerza de la suposición acerca del carácter pionero del asalto al supermercado de la calle San Martín, sino que también las abundantes controversias acerca de los móviles que había tras ese asalto cimentaron la verosimilitud de lo que se propagó el viernes. Tanto las interpretaciones que atribuyeron los asaltos del miércoles y del jueves a una organización que buscaba desestabilizar el orden público, como las interpretaciones que condenaron pero explicaron los asaltos como consecuencia de la situación de miseria que vive el país, ambas interpretaciones alimentaron la verosimilitud del rumor, consolidando su supuesto. Fuera un móvil “subversivo”, fuera un móvil estomacal, ambas hipótesis necesariamente suponían la continuidad de los hechos: ni hambre ni subversión cejarían de buenas a primeras. Las dos interpretaciones que se esgrimieron, presentadas como antagónicas, funcionaron al unísono como “garantía” de la continuación de los hechos interpretados. Agregaremos también que las referencias a la existencia de “una organización” jugaba con la doble posibilidad que encierra este sustantivo, ya que tanto puede designar un proceso como una estructura. Apoyándose en datos que sustentaban la existencia de un proceso organizativo -presente e indispensable para las actividades más mínimas y nimias- se daba a entender la existencia de una estructura organizativa, de un sistema operativo. De estas rápidas observaciones podría concluirse que el rumor que se instaló el viernes 2 de agosto no sólo fue previa y copiosamente abonado, sino que su propagación se apoyó en buena medida en fuerzas institucionales (policía, periodistas, políticos). Por otra parte, el contenido del rumor -vienen las hordas a saquear- parece haber encajado perfectamente en el imaginario reinante. Con el término “hordas”, a la ya varias veces denunciada criminalización de la pobreza, se sumó su “barbarización[5]” y “primitivización[6]”. El pobre, en singular, es delincuente; los pobres, como pluralidad, son bárbaros y primitivos: habitantes de una lengua, de un espacio y de un tiempo ajenos, y desde los cuales deben desplazarse para llegar hasta nosotros, instalados en el centro de la propia modernidad[7]. De este modo, podría conjeturarse que este contenido –vienen las hordas a saquear- calzó bien en los sentimientos culposos de una población que asiste con más espanto que rebeldía a la fractura de una sociedad que hasta no hace tanto se imaginaba indisolublemente una. Sentimientos culposos también alimentados por la sospecha de que la dimisión ante la confrontación política y de que la entronización de valores como “tolerancia”[8] y “consenso” (cuyos efectos hasta ahora sólo han servido para diluir las tensiones en beneficio de quienes estipulan qué debe ser tolerado y cuáles sentidos deben ser compartidos) pueden carecer de cualquier significado incorporable para quienes no son alcanzados por el poder mágico[9] de estas palabras. En una sociedad despolitizada -negadora de la confrontación interna- el peligro sólo puede ser imaginado como proveniente de una radical exterioridad, de un afuera espacial, temporal, lingüístico: de la horda. El enunciado vienen las hordas a saquear calza también con ese insoslayable patrimonio de miedo que legó la dictadura, y que claramente se actualizó en ese día[10]. La horda, violencia sin cara, encajó bien en el rumor, voz sin cara, o con la cara demasiado visible de la autoridad. Desentendiéndose del problema de la verdad, perdiendo las huellas de su fabricación, el rumor del 2 de agosto alcanzó una eficacia todavía presente: probablemente muchos montevideanos recuerden esa fecha como el día en que sus vidas y propiedades fueron amenazadas por una fuerza que, curiosamente, no actuó. También, y hasta la fecha, el oriental “pequeño Bin Laden” evocado por el ministro Stirling sigue tan inencontrable como su modelo medio-oriental. Porque ningún desmentido fáctico basta para deshacer la urdimbre de la ficción, podemos creer en la imperecedera vitalidad de ese rumor, hasta tanto otro discurso no talle.
Bibliografía y fuentes citadas.
Détienne, Marcel: L´invention de la mythologie, Gallimard, París, 1981 Diario El País (Montevideo, julio y agosto de 2002) Diario La República (Montevideo, julio y agosto de 2002) Diario Ultimas Noticias (Montevideo, julio y agosto de 2002) Lévi- Strauss,Claude: Raza y cultura, Cátedra, Madrid, 1993 Pichon-Rivière, Enrique: Psicología de la vida cotidiana, Galerna, Bs. As, 1970. Rico, Alvaro: “El poder del poder estatal sobre la protesta social” in Brecha 5/VII/02 Semanario Búsqueda (Montevideo, agosto de 2002) Vernant, Jean-Pierre: Mythe et société en Grèce ancienne, Maspero, París, 1974 [1] Basta recordar, por ejemplo, los rumores en torno al estado de salud del Presidente de la República, en los comienzos de su mandato. 2 Naturalmente, Détienne se refiere al término griego pheme que, aunque traducible por “rumor”, no guarda relación etimológica con esta forma española. El término español “rumor” se emparenta con los latinos rumor, -oris; y con los españoles rugido y ruido. Tanto Jean-Pierre Vernant como su colega Marcel Détienne, en sus estudios acerca del mito, ponen de manifiesto rasgos a través de los cuales éste se vincula con la pheme: su común condición verbal, su común necesidad de vivir de una repetición que resiste las pruebas a las que está sometido el logos. En ese sentido, Vernant recuerda que Tucídides estaba convencido de que todo lo que se tramaba en el “boca a boca” derivaba ineluctablemente hacia lo fabuloso. 3 La prensa de ese viernes también daba cuenta de la pedrada en el pecho que había recibido el mismísimo Jefe de Policía de Montevideo, inquietante signo del estado de “vulnerabilidad” en que parecía estar sumido el orden público. 4 “El Jefe de Policía dijo que fue un acto espontáneo que no necesitó preparación previa, pero que preocupa que estos hechos puedan repetirse en el futuro. “Esto es un alerta que hay que tener en cuenta y en tal sentido se va a instrumentar de urgencia un dispositivo de seguridad para atender estas situaciones y evitar en lo posible la existencia de hechos de violencia que luego se pueden lamentar”” (La República, 1-8-02). Obsérvese la ambigüedad del giro “evitar en lo posible” : ¿amenaza? (cuando la paz no sea más posible, recurriremos a la violencia) ¿confesión? (no podemos evitar los hechos que desencadenarán los enemigos del orden) 5 Varios diccionarios etimológicos coinciden en dar a ese término un origen turco-mongol. Su condición de préstamo lingüístico parece jugar con un imaginario para el cual sólo un término “bárbaro” puede intentar nombrar la “barbarie” de lo designado, como si éste fuera tan ajeno al mundo “civilizado” que ni término hubiera para nombrarlo. 6 Recordamos el uso de la expresión “horda primitiva” que hacen tanto Darwin como Freud, para designar un grupo humano primitivo dominado por un “macho poderoso”. 7ciertamente lo hicieron sin conocimiento de su etimología o de los sentidos que adquiere en el discurso darwiniano y freudiano. Esto no obsta para que la “memoria” discursiva funcione, actualizándose. Asimismo, el carácter aislado de este término dentro del léxico del español (no participa en compuestos ni da lugar a derivados) puede contribuir a que intuitivamente sea percibido como una palabra “ajena” a nuestro sistema lingüístico: tan “foránea” como la realidad que designa. Cabría recordar aquí lo sostenido por Lévi-Stauss a propósito de los términos “bárbaro” y “salvaje”: “Ahora bien, detrás de esos epítetos se disimula un mismo juicio: es posible que la palabra bárbaro se refiera etimológicamente a la confusión e inarticulación del canto de los pájaros, opuestas al valor significante del lenguaje humano. Y salvaje, que quiere decir “de la selva”, evoca también un género de vida animal, por oposición a la cultura humana.” (Lévi-Strauss,1993:48) 8 En este sentido, aquí suscribimos el análisis de Alvaro Rico sobre la función de disciplinamiento social que desempeña el discurso de la “tolerancia”. “El poder del poder estatal sobre la protesta social” in Brecha 5-7-02 9 En términos más contemporáneos: el poder de interpelar a un sujeto y de producir la identificación que lo lleva a decir “yo soy ese (tolerante, consensual, etc.)”. 10 Bastaría citar declaraciones de J. A. Lacalle, posteriores al aislado asalto al supermercado de la calle San Martín. En ellas, explícitamente, Lacalle evocó la posibilidad de que una “avalancha” de actos violentos terminara en una situación “similar a la que desembocó en el golpe de Estado de 1973” (Búsqueda, 1-8-02) LA ONDA® DIGITAL |
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