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(I) Hay algo en Arturo Ardao que evoca la libertad y es, a mi entender, su ejemplo de vida. Este hombre singular y Maestro ejemplar, en lo filosófico y en lo existencial, en cuanto cotidianidad expresada en humanismo y modestia republicana, dio innumerables ejemplos de su profesión de fe laica, no por estar o no adscrito a una creencia religiosa sino por el respeto irrestricto a la libre circulación de ideas. Es así, entonces, que estos apuntes tienen como norte el acercar uno de tales caminos abiertos al conocimiento por el Maestro, en torno a aquellas cuestiones que hicieron y hacen a la centralidad de nuestra existencia como Nación: en este caso, la Masonería. Dice bien Carlos Real de Azúa cuando, a modo de introducción de su excelente obra Antología del Ensayo Uruguayo Contemporáneo, dice que “...la deontología de la cultura (nacional, americana), el de los deberes –y derechos- de los hombres que la portan, el de sus fines, de su conducta, de su misión”[i], representa uno de los núcleos temáticos de nuestro ensayismo, pudiéndose fundamentar ética, políticamente, social, estéticamente. Asimismo, agrega Real de Azúa que “También la lucha por una personalidad cultural, (se pudo advertir en la gravosa experiencia americana), es inseparable de la empresa de una emancipación cabal (política, económica) de cada comunidad. Al mismo tiempo se siente que en forma inequívoca que no hay emancipación completa de una nación, de una sociedad, sin que las bases culturales propias de ella sean sólidamente establecidas.” Y es a esto a lo que nos hemos abocado, vivamente, tarea a la cual, Ardao diera lo mejor de sí pero que aun dista de haber finalizado. No lo ha hecho por imperio de ser una Nación joven a la que muchas veces las consideraciones políticas, y la cercanía en el tiempo de nombres propios siempre presentes de una u otra forma en la vida política e institucional del país, por ejemplo, ha llevado a un retaceo de su memoria colectiva, de aquella que debiera haber quedado plasmada en obras y que, lamentablemente, solamente existe aun, por imperio de una trasmisión oral muchas veces en tela de juicio por la fidelidad cierta de sus fuentes. Así, pues, debemos proseguir la senda de nuestros maestros en procura del rescate de nuestra memoria en sus diversos componentes, como lo es la Masonería, institución que en su fase moderna, puede rastrearse desde el año 1717 y que, en lo que al Uruguay respecta, tuviera y tiene una incidencia tan aguda en su ser nacional.
¿Qué es la Masonería? Pero vayamos por partes.
Este autoconocimiento, según la
bibliografía consultada, si bien es propio a la vez es
compartido. Es decir, no hay paradoja sino una búsqueda personal
junto a sus pares, a quienes llaman de hermanos. El Maestro Ardao, si bien la estudia antes a través de diversas investigaciones, que más adelante trataremos, lo hace a cabalidad en su obra “Racionalismo y Liberalismo en el Uruguay”, donde el curso que dictara sobre el tema en la Facultad de Humanidades y Ciencias durante los años 1950 y 1951. Manifiesta Ardao que para tomar una idea general de la Masonería, es preciso indicar que en el curso del mismo siglo XVIII, en que culmina del punto de vista filosófico el proceso del racionalismo religioso moderno, se impone, en otro plano, según marca el Maestro, una institución que concurre decisivamente al afianzamiento de ese racionalismo. Es, aduce, la Masonería o Franc-masonería, de la que hay que distinguir, a su entender, tres aspectos: su organización, sus creencias y sus ritos.[ii] Desde el punto de vista de la organización, agrega Ardao, la Masonería recoge una triple tradición: de las órdenes religiosas cristianas, de las corporaciones medievales de oficios y de las sociedades secretas de los misterios antiguos. Ella misma se da el nombre de “Orden” –como antes apuntáramos- y sus miembros se llaman, vale reiterarlo en palabras del filósofo, entre sí como en las comunidades religiosas, “hermanos”. A la vez, éstos, como en las corporaciones, se jerarquizan en las tres categorías clásicas de “aprendices”, “compañeros” u “oficiales” y “maestros”. En fin, cita Ardao, como en el caso de los misterios de la antigüedad, se mantiene la organización en el secreto bajo juramento, siendo sus integrantes los “iniciados”, en oposición a los “profanos”, o sea, el resto de los hombres. El cuerpo único y universal de la Orden se diversifica en organizaciones de distinto carácter –según continúa refiriendo el estudio de Ardao-, pero que tienen todas por células básicas las llamadas Logias o Talleres presididas cada una por un Venerable.
Y continúa Ardao con estas
descripciones que entendemos procedente incluirlas para luego
ahondar en nuestro estudio y posterior reflexión sobre el
conjunto: “En cuanto a sus creencias, considerando a la
Masonería tal como se manifiesta a partir del siglo XVIII, se
integran ante todo con elementos religiosos y con elementos
políticos, tan representativos unos como otros de los caracteres
y trayectoria de la conciencia burguesa en la época moderna.” Son las creencias más generales en que coinciden todas las grandes religiones monoteístas, las positivas históricas como la filosofía natural. Por eso la Masonería admite indistintamente en su seno a cristianos –católicos o protestantes-, judíos, mahometanos y adeptos de la religión natural del deísmo. Sólo excluye a los irreligiosos y ateos. Ella misma se coloca, pues, en un plano religioso. Sus locales se denominan “templos”, sus congresos “conventos”, y “místico” el lazo o vínculo que liga entre sí a los distintos “hermanos” y a todos ellos con el Gran Arquitecto del Universo.” Asevera Arturo Ardao en un trabajo de investigación verdaderamente admirable, máxime si se tiene en cuenta que él no fue masón, pero el rigor con que encaraba sus estudios daba para mostrar una aproximación llamativamente certera, como lo es en este caso que nos ocupa. Nuestro trabajo, a su vez, lejos está de terminar habida cuenta que nos proponemos hurgar en el centro mismo del quehacer filosófico y político del Uruguay puesto que el estudio de Ardao comprende – y de qué forma- a la intelectualidad uruguaya de los siglos XVIII y XIX, lo que nos llevará, inexorablemente, a indagar sobre el que nosotros llamamos momento inicial del Estado-Nación en el Uruguay: los comienzos del siglo XX, con José Batlle y Ordóñez y aquellas obras que le fueron esenciales para el trabajo inaugural en la gestación misma del corpus legislativo que dio luego en llamarse el Estado Benefactor y que en esencia recoge aspectos esenciales de la Institución cuyo estudio abordamos en este contexto y de cuyos representantes algo habremos de decir, por lo menos de aquellos masones que, como Alfredo Vázquez Acevedo, Pedro Figari o el propio Antonio Grompone, educador superior que se ubicara entre Carlos Vaz Ferreira y Arturo Ardao, tanto tuvieron que ver con la esencia misma de nuestra identidad como Nación moderna. De tal forma, en la próxima entrega, abordaremos algo más de la generalidad de esta Institución, ateniéndonos a lo indagado por Ardao, para luego sí, ir por más, mucho más, todo aquello que clarifique y dé una atmósfera más acabada a un hoy que muchas veces no se alcanza a comprender al no contar con el conocimiento de un pasado que si bien es próximo para muchos está lejos de ser abordado. Continuaremos, pues. [i] , Real de Azúa, Carlos – Antología del Ensayo Uruguayo Contemporáneo, Universidad de la República/Departamento de Publicaciones, Montevideo, año 1964, Tomo I, Pág. 49. [ii] Ardao, Arturo – Racionalismo y Liberalismo en el Uruguay, publicaciones de la Universidad, Montevideo, año 1962, Págs. 55 a 65. LA ONDA® DIGITAL |
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