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El “Marx chileno” es
candidato
a presidente de su país
El
Estado está siempre condenado a estar en manos de los grupos
dominantes. Lo único que puede cambiar las cosas es que haya
organizaciones sociales fuertes que obliguen al Estado a
cambiar manifiesta
Tomás Moulian
el barbudo y prestigioso sociólogo de la izquierda
extraparlamentaria que fue entrevistado por
Rafael Gumucio para el periódico chileno
Ultimas Noticias.
Entre otras increíbles afirmaciones dice que gobernar le produce
alergia,
Moulian
fue
proclamado por el Partido Comunista como precandidato
presidencial del conglomerado Poder Democrático y Social
(Podemos) para las próximas elecciones presidenciales de
setiembre.
En 1997, el sociólogo Tomás
Moulian irrumpió en la fiesta de la transición chilena con un
libro profundamente cuestionador, “Chile, anatomía de un mito”,
ensayo que no sólo se encaramó de modo inaudito entre los libros
más vendidos del país, sino que también puso a temblar las
endebles tramoyas que apuntalaban la bonanza económica de los
jaguares de Latinoamérica. Con los años, él mismo se ha
convertido en una especie de mito: con su frondosa barba blanca
y sus crespas canas al descuido, su figura se impone categórica
en el panorama de la política nacional, donde él tiene bien
ganado su puesto titular como el intelectual de la izquierda
extraparlamentaria y el crítico sin concesiones de un modelo
que, paradójicamente, fue construido por viejos amigos suyos y
ex compañeros del Mapu.
Académico de vasta trayectoria, ensayista de pluma filuda y,
actualmente, rector de la Universidad Arcis, Moulian es -a sus
64 años- un hombre más bien tímido, austero y sencillo que se
siente a sus anchas en las grandes sistematizaciones
sociohistóricas.
Mientras habla parece olvidarse de la existencia de su cuerpo y
permanece atrincherado tras su seriedad barbada, aunque de vez
en cuando no puede evitar una sonrisa. Asimismo, le resulta
imposible mentir o acomodar sus ideas al qué dirán, porque
prefiere expresar sus ideas a sangre de pato, sin asomo de
remilgos, y pésele a quien le pese.
A pesar de que hace dos meses fue proclamado por el Partido
Comunista como precandidato presidencial del conglomerado Poder
Democrático y Social (Podemos), Moulian no tiene empachos a la
hora de criticar a la ex Unión Soviética y al propio partido de
la hoz y el martillo, y es enfático al señalar que él no
pretende ser un factor desequilibrante en las próximas
elecciones, sino que sólo busca representar, mediante su
candidatura, una invitación al debate.
-Dígalo de una vez: ¿quiere ser Presidente, sí o no?
-Claro que no, pero no hay ningún peligro de que lo sea. Sé
que no tengo ninguna posibilidad. No soy tonto. Yo soy sólo
precandidato, espero que aparezca alguien mejor que yo, para ser
su generalísimo. Y espero que a Michelle Bachelet le vaya bien y
que Joaquín Lavín no crezca demasiado, para que hagamos una
campaña de ideas sin asustar a la tan sacrosanta Concertación.
-En una entrevista para “The Clinic”, usted hablaba de
cómo le cambió la vida la experiencia de tener que echar gente o
bajar sueldos.
-Para mí fue una experiencia muy dura tener que meterme en la
gestión de una empresa, porque la universidad hoy, por
desgracia, es una empresa. Intentamos sacarla adelante tratando
de respetar a los trabajadores. Para mí fue muy duro verme
enfrentado a una forma de gobierno, que es el gobierno de la
universidad. Yo soy alérgico al gobierno. Yo siempre he creído
que lo mejor que puede hacer la izquierda es no gobernar. La
izquierda les debe dar la tarea de gobernar a quienes les gusta
hacer eso.
-¿Y la toma del poder y el Estado socialista?
-Yo soy un anarco-comunista. Estoy convencido de que el
socialismo no tiene nada que ver con el Estado.
-¿O sea que usted es un liberal?
-No exactamente. A mí me carga la idolatría hacia el Estado
que tiene la cultura de izquierda. Yo creo que el Estado está
siempre condenado a estar en manos de los grupos dominantes. Lo
único que puede cambiar las cosas es que haya organizaciones
sociales fuertes que obliguen al Estado a cambiar.
-Es anarco-comunista, ¿y qué más?
-Laico absoluto.
-Pero fue católico.
-Tuve tres años de fiebre católica. Mi padre no era
creyente, mi madre sí. De niño no recuerdo haber creído, pero en
la universidad me dio la fiebre de la fe. Esa fe desapareció
hace aproximadamente cuarenta años. Hace muchos años hice con
Norbert Lechner un pacto de laicidad total.
-¿En qué consiste ese pacto?
-En que en nuestro entierro no vamos a permitir ni un solo
cura presente ni ninguna imagen religiosa. En mi entierro, no
quiero ni misas ni bendiciones. Sólo quiero que toquen la música
que me gusta: cualquier concierto de Mozart o la Quinta Sinfonía
de Beethoven.
-¿Alguna canción popular?
-Bueno, “La Internacional”.
-¿Algún bolero, alguna cumbia, algún rock and roll?
-No, sólo “La Internacional” y una estrofa del himno de la
Católica, porque soy hincha cruzado desde niño.
-Ésa sí que es contradicción. ¿Qué le gusta de la
Católica al precandidato comunista?
-No voy al fútbol. Soy de la Católica por mi padre. Mi padre
era un vasco que llegó a Chile por la guerra civil española y
que era racista como todos los vascos. No podía ser del Colo
Colo porque había muchos indios. Nunca lo dijo así, porque era
gentil, pero creo que eso es lo que pensaba. Tampoco podía ser
de la Unión Española, porque los de la Unión Española eran
franquistas. Así que era de la Católica.
-Es hijo de republicano español. ¿Eso lo marcó hacia la
izquierda?
-Pero a mi padre la República le daba lo mismo, sólo le
importaba el nacionalismo vasco. En política chilena era
democratacristiano, pero en política española era de la ETA.
-¿Y heredó usted ese gusto por la ETA?
-A mí todo eso me parece una barbaridad tremenda. Después de
la Guerra Fría estamos peor. En la Guerra Fría había una cierta
racionalidad de los actores mundiales. La Unión Soviética, y de
esto nos damos cuenta ahora, no era un país socialista, sino un
factor de contención y occidentalización de unos territorios
donde antes andaban en camellos.
-¿En su casa había libros?
-Mi padre era un autodidacto, pero sabía leer. Compraba
libros de aventuras, Salgari, Dumas. Uno de sus grandes dolores
fue no poder leer ni una sola línea de un libro en vasco que yo
le traje de Europa.
-¿Y cómo se volvió usted de izquierda?
-Bueno, con los amigos, leyendo a Althusser. Después llegué
a París el mismo día que empezó mayo del 68. Eso cambió el siglo
veinte y me cambió también a mí.
-Usted era parte del Mapu, un grupo de poder muy unido,
cuyos militantes se protegían entre sí. ¿Cómo fue escindirse de
ese grupo?
-La verdad es que el primer precandidato presidencial del
Mapu soy yo. No se resalta suficiente que el Partido Comunista
haya elegido como precandidato a un hombre que no es comunista y
que ha manifestado públicamente su discrepancia con los
comunistas.
-¿Pero cómo es su relación actual con José Joaquín
Brunner, con Enrique Correa, con Eugenio Tironi?
-Con Brunner tenemos una eterna polémica a través de las
páginas de “El Mostrador”, pero me parece un hombre honesto y
con sentido del humor. Mucho menos reaccionario que los del
grupo Expansiva, por ejemplo. A Correa siempre le he destacado
su lealtad con Honecker y con los cubanos que lo refugiaron. Eso
me lo hace altamente respetable.
-¿Cuál es su opinión acerca del Presidente Lagos?
-A Lagos nadie le va a ganar en kilómetros de carretera
construidos, pero todos le van a preguntar: ¿qué pasó con el
crecimiento con equidad? Yo lo único que le pido es que no diga
que es socialista.
-¿Pero quién es socialista ahora?
-Yo al menos creo que la política es una forma muy lenta de
modelar un tronco. Una forma constante de perfeccionamiento
democrático. Pienso que una sociedad como la chilena, que oprime
a los que luchan por cambiarla, no es democrática. Es una
democracia más o menos no más, una democracia a medias.
-¿Qué opina de Pinochet?
-Nosotros nos equivocamos mucho en despreciarlo. Llamamos a
su régimen fascista, cuando no era fascista, porque el fascismo
es nacionalista, cierra sus fronteras, y Pinochet las abrió.
Ahora está viendo su muerte como héroe, cosa que me alegra
mucho.
-¿Cómo ve el fenómeno de la farándula?
-Es un error mirar esto desde la altura de la cultura de
élite. Yo no veo televisión, pero tampoco leo mucho el diario.
No tengo tiempo ni me interesa demasiado. Pero no hago de no
mirar televisión una religión ni un programa de vida. A mí la
farándula no me molesta en sí. En esta sociedad tan agitada la
gente tiene que divertirse. Lo que no me gusta es cuando la
farándula entra en la política.
-¿Toda la polémica sobre la pedofilia en política no es
una forma de farandulización de la política?
-Mira, siempre me negué a celebrar que Jovino Novoa fuese
acusado de ser un perverso. No es así como tenemos que ganarle.
En cuanto a Jorge Lavandero, no veo que con él se esté actuando
con el mismo cuidado que con Novoa.
-¿Cómo se le ocurrió dejarse la barba y peinarse como
Marx?
-Quizás con Marx tenemos en común que nos cuesta ir a la
peluquería. Pero me parezco mucho más al Viejo Pascuero que a
Marx. En diciembre aumenta brutalmente mi popularidad. Yo le he
dicho al Partido Comunista que me disfrace de Viejo Pascuero:
sacaría mucho más votos.
-¿Dónde veranea?
-No veraneo, me quedo en mi casa. No me gusta salir de la
ciudad ni de mi barrio, el Centro Poniente. Mi único lujo es
viajar a España de vez en cuando, para ver a mis hijas que viven
allá, pero con el recorte de sueldos que tuvimos que hacer en la
universidad no creo que pueda ir por ahora.
-Uno siente que la izquierda chilena tiene una nostalgia
por un Chile del pasado, un Chile que quizás nunca existió.
-A mí no me parece que la nostalgia, gran virtud tanguera,
tenga que ser necesariamente mala. Pero yo no tengo nostalgia,
yo sé que la Unidad Popular no se repite. No tengo nostalgia,
pero me niego a creer que el Chile de hoy sea el reino de Dios
en la Tierra. Yo creo que a esta sociedad le falta conflicto. Es
un país que no se hace cargo de su desintegración social. Los
pobladores que resistían a la dictadura ahora trafican pasta
base. Algún día, hasta los empresarios se van a dar cuenta de
que la lucha de clases era mejor que el alcoholismo y el tráfico
de drogas en las poblaciones.
Pese al valor nominal y simbólico que le atribuye
a su candidatura presidencial, Tomás Moulian ya tiene
confeccionada la radiografía de sus potenciales contendores en
las urnas. Hombre independiente de izquierda, el sociólogo se
mantiene fiel a su lupa de anatomista, sobre todo al observar
los movimientos de la Concertación, una de cuyas abanderadas
-Soledad Alvear o Michelle Bachelet- tiene serias posibilidades
de ceñirse al pecho la banda tricolor.
-Lo primero que hay que decir -señala
Moulian- es que estas candidatas continuistas no son iguales que
sus antecesores. La Gladys Marín cometió el error de decir que
todos en la Concertación eran lo mismo, que todos eran iguales.
Las dos candidatas de la Concertación no son hermanas gemelas de
Lagos, sino primas hermanas. Ahora te aseguro que en Chile todos
y todas van a hablar de la desigualdad. Pero yo les digo que no
dejen para mañana lo que hay que hacer hoy. Total, como no van a
hacer nada...
-¿Pero qué le parece que haya dos
mujeres candidatas a Presidente de la República?
-Me parece muy bien que haya dos mujeres
como candidatas, pero no porque vayan a traer humanidad a la
política. Es cosa de ver a la Golda Meir o a la Margaret
Thatcher. Pero es bueno que esta sociedad se enfrente al hecho
de que las mujeres tienen mayoría de edad en política.
-¿No le parece que el Chile de hoy es
mucho más impredecible, más plural y más delirante de lo que
esperaba en sus libros?
-Sí, claro, pero lo que a mí me da rabia
es que digan que esto es la panacea, el fin de la historia. Me
gustaría que la gente del gobierno fuera más modesta y dijera:
“Mire, el socialismo es imposible, en ninguna parte del mundo se
ha logrado, y nosotros estamos haciendo lo que podemos, no más”.
Que ande por el mundo mostrándose como modelo de virtudes
democráticas, eso a mí me pone realmente iracundo.
-¿Cuán iracundo?
-Se me paran los
pelos de la cabeza de rabia. Que se llamen socialistas haciendo
lo que hacen me indigna. Esta sociedad no tiene democracia,
tiene algo a lo que le dicen democracia. Y ahora salen con el
cuento de que están preocupados por la desigualdad. Eso es un
cuento, siempre ha sido un cuento.
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Foto: David Velásquez
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