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Reflexión
El todo y las partes
por José Moyano
Existe una tendencia, al
menos histórica o hermenéutica, que rescinde con la totalización o con
la nominación “totalizante" los aspectos de la percepción conceptual. En
efecto, se extrapola la conciencia al patrimonio de los hechos, de los
hechos enquistados en un contexto inamovible, unidireccional: la
consideración de que únicamente son hechos “totales” –decisivos- por
ellos mismos, condicionantes únicos de sí mismos. Se piensa –como desde
el positivismo de Wittgenstein-, no sin errores, que la conciencia sólo
es una facultad lingüística o que los conceptos sólo comportan
"terminaciones", y que éstos operan como categorías independientes desde
un “arriba” o desde una "formación única" y no como partes que integran
otras.
Así, las categorías se conciben como entelequias o entidades cerradas
que "ostentan" plenitudes, círculos o estructuras totales; pero las
categorías no son precisamente contextos, sino que se los atribuyen,
aunque nunca se pueden atribuir, no, una en concreto, un todo sin ser al
mismo tiempo parte, por lo que ésa no corresponde sólo a una totalidad
atributiva, sino una canalización objetiva –que bien diferencia- a
efectos de un fin, de algo que existe, de una categorización
distributiva. Por ejemplo, no se puede atribuir a un ser vivo nada sin
antes o previamente distribuir los seres en vivos y en no vivos y, una
vez ahí, todo conocimiento o todo efecto gnoseológico es posible.
Digamos que una relación de categorías deparan un contexto y que
cualquier ser, cualquier relación sujeto-objeto, ahí, se lo atribuye
para que sea viable un conocimiento: se percata de sus caracteres afines
o no a ese contexto (con ello se contrasta, se “compara” el ser desde su
contexto). Por lo tanto, no supone necesariamente una categoría un
“círculo de relaciones”, pero varias categorías sí; porque vayamos al
ejemplo anterior: los seres vivos no pueden sólo encerrarse en la
categoría de “especie” que, por cierto, no expresa por sí sola nada
(pues únicamente es inherente una categoría con respecto a otra) sino,
además, en la de “género” para que se comprenda una y otra (es decir,
favorece a la existencia una interacción). En cuanto a que un “círculo
de relaciones” ya lo es todo y se caería, así, en el prejuicio predicho,
o sea, un “círculo de relaciones” impuesto como una total generalidad no
categorizaría –“caracterizaría”- nada y, en consecuencia, no formularía
algún contexto.
Por otra parte está el concepto; esta unidad coherente de contenido se
referencia sin duda de las categorías dentro de su contexto –o las que
se adviertan- vinculándose a unas en particular para definir, resaltar,
un aspecto u objeto, el cual se quiere diferenciar objetivamente de los
demás –señalarlo como existencia-. Conceptuar, en suma, es diferenciar
y, cuando se consigue el concepto “más diferenciador” de algo con
respecto al resto de lo que existe, es no menos que objetivo; pero la
mayoría de ellos son inherentes al mismo conocimiento primario: al
interactivo orgánicamente, al instinto y a la intuición. Todo ser vivo
sabe –lo tiene “conceptuado”- con quien ha de procrear –no lo hará,
pues, con una piedra-.
En el conocimiento intelectivo el ser humano amplía sus conocimientos
conceptuando aún más con el riesgo de cometer errores al inventarse
conceptos irreales y al no cuidar suficientemente el proceso
cognoscitivo de los más difíciles: los de otros contextos más amplios o
ajenos a él.
Enfrente a estas aclaraciones siempre es muy necesario el retornar a lo
que podríamos llamar las “bases” de nuestros criterios o de nuestras
ideas, las cuales luego se formalizan en conceptos; es decir, las
categorías.
Las más conocidas nos vienen de Aristóteles y de Kant. Pues bien,
mientras Aristóteles propugnaba un cierto realismo con ellas
–asentándolas de una forma estable, fija o doctrinaria- Kant las apoyaba
desde algo que trasciende –proceso que deriva desde un “a priori” con un
“mandato categórico” permitiendo con el tiempo que las ideas
trasciendan-. Para uno son bases constatables en la realidad, que dicen
realidad –no juzgan o no denotan afirmaciones o negaciones antes de ser
aplicado un silogismo-, digamos que clasifican (las clases en
Aristóteles a modo de predicación aristotélica son uniádicas
distributivas); para otro, trascienden por medio de las "ideas" desde
una esencialidad –porque lo trascendental implica forzosamente esa
orientación a partir de una esencialidad-.
Sin embargo, las categorías sólo se rigen prescindiendo de cualquier
principio, pues únicamente prevalecen con la misma “continuidad” de lo
real; en efecto, no trasciende el concepto o la categoría siempre y a
secas, sino con lo que ha producido o comportado ya se adapta a lo
“nuevo” real: un concepto puede desaparecer en un nuevo contexto o su
interacción con otros en ese nuevo contexto determina otro –debido a la
continuidad- y a atender, esto es, a otro que lo identifique. Las
categorías, en fin, no transmiten una esencialidad unívoca o inamovible,
más bien se conectan a su nuevo contexto, al que distribuyen y... por
modos de acción.
Bueno, hay quienes quieren –o lo han hecho- distinguir las “figuras de
los predicables” –que hacen una identificación entre S y P (1)- de las
categorías –o “figuras de la cópula” que hacen una afirmación de
existencia-; empero, en la continuidad tanto la operación como los
resultados semánticos de toda operación conservan su carácter continuo
–modular-, adaptándose o vinculándose a su nuevo contexto –al que
distribuyen y, por tanto, se atribuyen a él-. Las categorías no aparecen
en la predicación (2) –no existe una iniciación tal ahí-; mejor van
asociando –diferenciando- una parte del contexto con otra que...
predican cuando lo hagan.
Por último, si se concibe la categoría desde un principio de las
categorías, claro está, eso conduciría a una equivocación, pues se
instalaría ese principio en una "totalidad" y, precisamente, con esa
totalidad independiente: originaria (por el “dator formarum”). No
obstante, la categoría –que no es inamovible- sólo es una acompañante
metódica a la vez que semántica, es decir, un procedimiento que signa –y
por ello orienta- lo que distingue –porque lo ha distribuido primero con
una modulación de lo que va resultando, contribuyendo y transcurriendo,
y con respecto a lo que es y no es algo, o a mejor decir atiende a modos
de acción en un mismo contexto-.
(1) Sujeto y predicado -la constante identificación del lenguaje-.
(2) Porque el concepto o el símbolo no aparece con el lenguaje escrito.
José REPISO MOYANO LA
ONDA®
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