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Europa
unida
Nace una estrella
por el embajador Rubens Ricupero
En
menos de doce meses, tres acontecimientos portentosos se reforzaron unos
a otros para revelar que el sistema internacional comienza a cambiar en
su más decisiva estructura, por obra de la unificación y expansión de
Europa. El primero fue la consolidación del euro como la otra gran
moneda universal de reserva, al lado del dólar. El segundo fue la
conclusión con éxito del complicado proyecto de ampliación a 25 países
de la Unión Europea, con la incorporación de 10 miembros, aumento de dos
tercios con relación a la composición anterior. Aún más desafiante fue
el tercero, la aprobación de la Constitución Europea, que
institucionaliza y da consistencia jurídica al nuevo astro que se eleva
en el firmamento.
Cada uno de estos hechos merecería, sin exagerar, la calificación de
histórico. Es simplemente el embotamiento de nuestros sentidos,
insensibilizados por el exceso de pimienta de eventos espectaculares (la
caída del muro de Berlín, los atentados del 11 de setiembre, la invasión
de Irak) que nos impide percibir la verdadera jerarquía de los
acontecimientos. En el futuro, al escribirse la historia de los tiempos
que corren, es probable que las etapas de la unificación de Europa
aparezcan como de efectos mucho más duraderos que la violencia del
terrorismo o de su contrario. De la misma forma que para nosotros, hoy,
la unificación de Alemania y de Italia, en el siglo XIX, ofusca por
completo el recuerdo de la Guerra de Crimea o de los atentados
anarquistas.
Quien duda de que la afirmación debe reflexionar un poco sobre la rareza
de cada uno de estos fenómenos. El surgimiento de una segunda moneda
mundial de reserva es, por ejemplo, un hecho inédito desde los acuerdos
de Bretton Woods, en 1944, hace más de 60 años, puesto que el yen
japonés jamás pasó de una promesa y nunca alcanzó la universalidad. La
hazaña es más notable aún por no tratarse de la suba de una moneda
nacional ya consagrada como el marco alemán, el franco francés o la
libra británica, sino de una moneda de invención fresca, introducida
pocos años atrás en medio de la incertidumbre y administrada por el
Banco Central Europeo con poderes supranacionales, que se superponen a
veces a los intereses divergentes de los Estados- miembros.
Desde este punto de vista, es un caso único, pues todas las otras
grandes monedas (el dólar, la libra, el yen, el franco suizo) son
gobernadas por bancos centrales de países hace mucho tiempo unificados,
cuyos elementos componentes (estados federados, reinos unidos, cantones
confederados) perdieron la soberanía o nunca la tuvieron. El aspecto no
es de poca monta, sabiéndose que soberanía y moneda en general andan
juntas. No es por otra razón que, en el pasado, los ingleses llamaban a
su moneda de “sovereign”.
Yo podría, si tuviese espacio, repetir esta demostración de rareza para
la aglutinación, sin precedentes, en una sola unidad, de 25 países
completamente diferentes en lengua, cultura, historia, llegando a las
fronteras de Rusia y a las estepas de Asia. Es extraordinario que, aún
después de esta expansión, el potencial de crecimiento esté lejos de
agotarse, faltando agregar a Rumania, Bulgaria, Turquía, casi todas las
naciones nacidas de la descomposición de Yugoslavia y Moldavia y
Ucrania, remanentes del imperio soviético. Cómo entender que pueblos tan
diversos, poloneses o irlandeses de intenso nacionalismo, con heridas no
cicatrizadas dejadas por la historia, acepten abrir mano de buena parte
de su soberanía justo ahora, cuando desapareció la amenaza soviética que
antes justifica la unificación? Una de las explicaciones, no exclusiva
por cierto, es que, en el seno de la UE, el equilibrio entre Alemania,
Francia y el Reino Unido aparta el recelo de ser aplastado por un
gigante hegemónico, lo que sucedería, sin duda, en una integración de
los latinoamericanos con la superpotencia dominante, los Estados Unidos.
Un indicio más de las ventajas del equilibrio en todo sistema
internacional.
En 1905, exactamente cien años atrás, los americanos inauguraban, con la
mediación de Theodore Roosevelt en la guerra ruso-japonesa, su
inexorable ascensión como astro destinado a la hegemonía indiscutible
que hoy disfrutan.
Para los contemporáneos, obcecados con las fanfarronadas de Kaiser y los
intrincados juegos de poder entre Francia, Alemania, Gran Bretaña,
Rusia, Austria-Hungría, el surgimiento de este joven sol en el horizonte
pasó casi desapercibido. No así para el Barón de Río Branco, a cuya
perspicacia de observador experimentado no escapó el incipiente
fenómeno, que describió en los siguientes términos en un despacho a
nuestra representación en la capital americana: “La verdad es que sólo
había grandes potencias en Europa y hoy ellas son las primeras en
reconocer que hay un Nuevo Mundo, una gran y poderosa nación con la que
deben contar”.
El mérito del Barón fue no sólo haber detectado la transformación
naciente sino haber actuado en consecuencia. Con rapidez, dislocó el eje
de la diplomacia brasileña de Londres para Washington, nombrando a
Joaquim Nabuco para la jefatura de la primera de nuestras
representaciones a nivel de embajada. Eran raras, en esa época, las
embajadas y en los Estados Unidos había apenas siete, de las cuales la
mejicana era la única de América Latina, no existiendo ninguna hasta
entonces en Río de Janeiro. Por este gesto simbólico, Río Branco preparó
la aproximación, que vendría más tarde y se llamaría “Alianza
no-escrita”.
Los tiempos hoy son otros y el desafío es reconocer las señales del
nuevo y profundo movimiento de transformación de la macro-estructura
internacional, sacando de estos las lecciones prácticas que se imponen.
Es como parte de este esfuerzo que, en colaboración con el Consulado de
Luxemburgo, país que detenta, actualmente, la presidencia de la UE, la
Fundación Armando Alvares Penteado realizará, en la mañana del 2 de
marzo, el primer foro para analizar, con propuestas prácticas, las
implicancias con los intereses brasileños, de la emergencia de este
astro de primera grandeza económica y política.
Tomados en conjunto, los 25 actuales europeos y aún los 15 anteriores ya
son el principal socio comercial de Brasil, su primera fuente de
inversiones directas y la plaza financiera de la mayoría de los
préstamos nacionales.
Hay obstáculos, sin embargo, para profundizar este relacionamiento, como
se desprende de la dificultad en concluir el acuerdo comercial con el
MERCOSUR. En un futuro artículo, examinaré, de modo concreto, algunos de
estos desafíos.
Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte LA
ONDA®
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