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Arthur Miller ha viajado
La permanencia de un ser ético

por Héctor Valle

Al enterarnos de la muerte del escritor Arthur Miller, el pasado 11 de febrero a los 89 años de edad, una sensación de soledad nos invadió.

Felizmente, su legado, tanto literario como existencial, hace que su memoria permanezca y se acreciente, permanentemente, al estar de la hondura y el gran estilo de este hombre.

Uno crítico literario de la talla de Ruby Cohn, dijo respecto de Miller, con gran acierto, que fue un hombre eminentemente decente que, incluso o especialmente, en los momentos más duros de su vida, por ejemplo ante el embate del McCarthysmo, se comportó con honor y dignidad, a diferencia, establecía Cohn, de ciertos colegas.

En cuanto a su obra, ¿cómo no recordar su admirable “Muerte de un viajante”?, obra que ganara el Premio Pulitzer de Teatro y del Círculo de Críticos de Teatro, en el año 1947 y que, a nuestro criterio, encierra más que un grito, un canto a humanizar la vida del individuo, en respuesta a esa otra corriente malsana que busca cosificarlo todo, en detrimento del respeto del otro, por la sola búsqueda del supuesto beneficio. Por ello, por considerar a esta obra de especial valía, nos permitimos, culminada esta reflexión, ofrecerles unos fragmentos de la misma como modesta invitación a su lectura o relectura, siempre oportuna y cargada de significación.

Interesado especialmente por la responsabilidad de la persona para con los otros, bien como el vital conocimiento de uno mismo y, consecuentemente, la realización personal, Miller supo expresarse utilizando un estilo sencillo y a la vez coloquial, que da cuenta de la conciencia moral que le permitió, de la mano de sus grandes dotes literarias, arribar a estados de realización plenos en estilo como en contenido social.

Peleó contra el masificador antihumanismo, se aproximó, para luego alejarse, del marxismo, pero siempre mantuvo una actitud de ser erguido y respetuoso de lo humano en el hombre, sin anteponer etiquetas o esquemas dogmatizantes.

En el año 2002 recibió, entre tantos galardones a lo largo de su rica carrera como dramaturgo, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2002, al considerar aquel jurado calificador que había logrado transmitir desde la escena las inquietudes, los conflictos y las aspiraciones de la sociedad actual, renovando así la permanente elección humanística del mejor teatro. Es, vale la pena advertirlo, el primer escritor norteamericano en recibir tan importante reconocimiento.

Citaremos, algunas de sus más conocidas e importantes realizaciones:

1938: “Todavía crece la hierba”;
1944: “Un hombre con mucha suerte”;
1945: “Focus”;
1949: “Muerte de un viajante”;
1955: “Panoramas desde el puente”;
1963: “Después de la caída”;
1964: “Incidente en Vichy”;
1968: “El precio”;
1977: “El arzobispo”; entre tantas obras de igual o mayor valía, bien como libretos para películas, seriales de televisión, etcétera.

A continuación, reproducimos unos fragmentos de la citada “Muerte de un viajante” y con ello, lejos de despedirnos, invitamos y nos invitamos a releer a este gran dramaturgo y humanista llamado Arthur Miller:

hectorvalle@adinet.com.uy

"La muerte de un viajante"
(Fragmentos)

Autor: Arthur Miller

Acto primero
Se escucha una melodía, ejecutada en una flauta. Una sugestión de hierba, de árboles y de horizonte. Se alza el telón. 

Está ante nosotros la casa del Viajante. Advertimos las altas siluetas de los rascacielos que la rodean.

La luz del cielo azul cae solamente sobre la casa y el primer término de la escena. El resto tiene un triste tono anaranjado. Cuando aumenta la luz, distinguimos las sólidas y elevadas construcciones que aprisionan la pequeña y frágil estructura de la casa. Un aire de misterio parece apretado a la casa, un sueño emergiendo de la realidad, La cocina, en el centro, es bastante actual. Hay una mesa, tres sillas y una nevera. No se ve más. Al fondo de la cocina hay una puerta con una cortina, que conduce a la sala. A la derecha de la cocina, sobre un nivel de medio metro de altura, el dormitorio amueblado con una cama de bronce y una silla. En una repisa, sobre la cama, una copa de plata, trofeo de algún concurso de atletismo. 

Una ventana a un lado, por la que se ve la casa próxima. Sobre la cocina, a una altura de dos metros, está el dormitorio de los hijos, en la sombra al principio. Apenas se ven las dos camas y, al fondo, una ventana. (Esta habitación se supone que está sobre el salón.) A la izquierda, una escalera en curva que comunica con la cocina. 

El decorado es por entero, o, en alguno de sus lados, en parte, transparente. El tejado de la casa tiene una sola dimensión y deja ver los edificios que rodean la casa. Delante de la casa hay un espacio que sirve de patio trasero de la casa , y en él tienen lugar las escenas que Willy imagina. Cuando la acción se supone en momento presente, los actores respetan las paredes imaginarias, entrando a la casa sólo por la puerta de la derecha. Pero, en las escenas que se suponen en el pasado, esa división se rompe y 1os actores entran y salen atravesando las paredes, hasta el primer término. 

(Por la derecha Willy Loman, el viajante, entra con dos maletas. Sigue escuchándose la flauta. El la oye, pero no parece darse cuenta. Tiene más de sesenta años de edad, viste de oscuro. Desde que cruza el escenario, para dirigirse a la puerta de la casa, se advierte su cansancio. Abre la puerta, entra de la cocina y, con un suspiro de alivio, deja su carga, demostrando el dolor del peso en las palmas de las manos. Una especie de <<¡Ay, Dios! >> apenas se escapa de sus labios. Cierra la puerta. Después lleva las maletas hasta el salón, a través de la puerta de la cocina. 

Linda, su mujer, está echada en la cama, a la derecha. Se levanta y se pone una bala, escuchando.) 

LINDA.—(Oyendo a Willy andar por dentro de la casa, le llama, inquieta.) ¡Willy! WILLY—Sí, Yo soy. Acabo de llegar.

LINDA—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? (Un silencio.) ¿Ha sucedido algo, Willy?

WILLY—No. No ha pasado nada.

LINDA—No se habrá estropeado el coche, ¿verdad?

WILLY—(Irritado.) Te he dicho que no ha pasado nada. ¿No me has oído?

LINDA—¿No te encuentras bien?

WILLY—Estoy rendido.

(La flauta ha ido perdiéndose. Willy ha entrado en el dormitorio y se sienta en la cama, entumecido.)

WILLY —No puedo más. No puedo más, Linda.

LINDA— (Con precaución, delicadamente.) ¿Donde has estado lodo el día?

WILLY —He llegado hasta un poco más allá de Yonkers.

Me detuve a tomar una taza de café. Quizá haya sido el café.

LINDA—Haya sido, ¿qué?

WILLY—(Después de un silencio.) De pronto, no pude conducir más. El coche se fue para la cuneta...

LINDA—(Con una esperanza.) ¡Ah! Puede que sea la dirección otra vez. Me pareció que no la habían arreglado bien,

WILLY —No, era yo. Era yo. De pronto, me di cuenta de que iba a más de setenta por hora, y no recuerdo los últimos cinco minutos. Fue como perder el conocimiento...

LINDA—Quizá sean las gafas. No has ido a recoger las nuevas.

WILLY —No. Veo muy bien. He vuelto despacio, a quince por hora... He tardado casi cuatro horas en llegar de Yonkers.

LINDA—(Resignada.) Tienes que tomarte una temporada de descanso. No puedes continuar así.

WILLY — Acabo de volver de Florida, de unas vacaciones.

LINDA— Pero es tu cabeza la que no descansa. Tu imaginación no está quieta un momento. Eso es lo malo.

WILLY — Saldré mañana, por la mañana, me encontraré mejor. (Se quita los zapatos.)

LINDA—Toma una aspirina. ¿Quieres que te la traiga? Te aliviará un poco,

WILLY — (Con extrañeza.) Iba conduciendo y me sentía bien. Y hasta iba fijándome en el paisaje. ¿Te das cuenta? Admirando el paisaje, cuando me paso en la carretera cada día de mi vida. Pero, ¡era tan hermoso, Linda! Los árboles parecían nuevos, y el sol lo llenaba todo. Abrí el parabrisas, para que me diera el aire templado. Y, de pronto, me encuentro fuera de la carretera. Me olvidé completamente de que iba conduciendo. Si me llego a ir al otro lado de la carretera, hubiera podido matar a alguien. Me recobré, pero cinco minutos después, volví a sentir lo mismo, y casi...

(Se aprieta los ojos con los dedos.) Me vienen unos pensamientos..., unos pensamientos tan extraños...

LINDA—Willy, vuelve a hablar con ellos. No hay razón para que no te dejen trabajar en Nueva York.

WILLY—En Nueva York, no me necesitan. Soy el viajante de Nueva Inglaterra.

LINDA—Pero tienes sesenta años. No te van a hacer viajar toda la vida.

WILLY—(Preocupado.) Tengo que mandar un telegrama a Portland. Debía visitar a Brown y Morrison mañana, a primera hora, para enseñarles el muestrario. Son buenos clientes, y les hubiera vendido...

(Va a ponerse la americana.)

LINDA—(Quitándole la americana de las manos.) Mañana mismo vas y hablas con Howard, y le dices que te ponga a trabajar en Nueva York. Tú, ¡cómo no te quejas nunca de nada!

WILLY —Si el viejo Wagner viviera, yo estaría ahora encargado de Nueva York. Pero su hijo, Howard, no sabe apreciar lo que uno ha hecho por la casa. Cuando yo empecé a viajar, Wagner y Compañía no sabía lo que era Nueva Inglaterra...

LINDA—¡Si vas y le dices a Howard todo eso...!

WILLY—(Animado.) Se lo diré. Se lo voy a decir. ¿Hay queso?

LINDA—Sí. ¿Quieres que te haga un sandwich?

WILLY—No, duérmete. Tomaré un vaso de leche. ¿Están los chicos?

LINDA—Deben de estar durmiendo. Happy se llevó a Biff a no sé que fiesta esta noche.

WILLY —{Interesado.) ¡Ah! ¿Sí?

LINDA—¡Si los hubiera visto afeitándose los dos al mismo tiempo, uno detrás del otro, en el cuarto de baño! Y salir los dos juntos, ¿te das cuenta? Toda la casa olía a loción de afeitar.

WILLY—(Pensativo.) Trabajo uno toda la vida para comprar una casa, y cuando, por fin, la casa es ya de uno... no hay quien la viva.

LINDA—¿Y qué le vas a hacer? Así son las cosas. Y la vida sigue su camino.

WILLY—No, son. Algunas gentes..., algunas gentes consiguen algo..., logran algo de la vida. ¿Qué dijo Biff después de irme yo?

LINDA—No debiste decirle nada, Willy... Sobre todo, cuando acababa de llegar del tren. No debes enfadarte con él.

WILLY—No hice más que preguntarle si estaba ganando algo, ¿es eso enfadarse?

LINDA—Pero, ¿no comprendes? ¿Cómo va a ganar nada?

WILLY—(Preocupado y enfadado.) No acabo de entender cómo es por dentro. Se ha vuelto muy extraño. ¿Dio alguna explicación cuando yo me fui?

LINDA—Estaba muy dolido. Ya sabes cómo te admira. Yo creo que si él se encuentra a sí mismo, los dos acabaréis por entenderos, y no reñiréis más.

WILLY—¿Cómo se va a encontrar a sí mismo en una granja? Al principio, cuando era todavía joven, yo pensé: «Bueno, para un muchacho, no es malo andar por el mundo, y trabajar en oficios diferentes»... Pero han pasado diez años, y todavía no es capaz de ganar veinte dólares a la semana...

LINDA—Se está encontrando a sí mismo, Willy.

WILLY—(Alzando la voz.) No haberse encontrado a sí mismo a los treinta y cuatro años es un fracaso.

LINDA.—¡Chist!

WILLY—Lo que pasa es que es un vago.

LINDA—¡Willy, por favor!

WILLY—¡Un maldito vago!

LINDA—Están durmiendo. ¿Por qué no tomas algo? Ve a la cocina.

WILLY—¿A qué ha vuelto? Quisiera yo saber lo que le trae a casa...

LINDA—Yo no sé. Lo noto como desorientado, Willy. Como si estuviera perdido.

WILLY—¡Perdido! ¡Biff Loman, perdido! En el país más grande y más rico del mundo, un hombre joven, con todas sus condiciones, se encuentra perdido... ¡Si todavía se pudiera sacar algo de él!

LINDA—Claro que sí. Ya lo verás.

WILLY—(Decidido.) Mañana veremos. Hablaré con él, sin enfadarme. De hombre a hombre. Puedo conseguirle una plaza de vendedor. En nada de tiempo, puede ser un hombre importante. ¿Te acuerdas de lo que prometía en la escuela? Y todas las chicas andaban detrás de él... Cuando iba por la calle... (Se pierde en sus recuerdos.)

LINDA—(Tratando de librarle de sus preocupaciones.)

Willy, por favor, baja a tomar algo.

WILLY—(Enfadado.) ¿Por qué no abres una ventana? Aquí se asfixia uno.

LINDA—(Con toda paciencia.) Están todas abiertas, Willy.

WILLY—Nos tienen rodeados, sin aire, sin horizonte... No vemos más que ladrillos y ventanas.

LINDA—Debimos haber comprado el terreno de al lado. Te lo dije. Entonces estaba barato.

WILLY—La calle está llena de coches. No se respira más que gasolina. Debía haber una ley contra esas casas tan altas. ¿Te acuerdas de los olmos que había alrededor? ¿Cuándo le hice el columpio a Biff?

LINDA—Entonces, esto parecía que estaba a cien kilómetros de la ciudad...

WILLY—Debieron arrestar al constructor que taló los árboles... (Perdido en su pensamiento.) Cada vez que pienso en aquellos días, Linda... En esta época del año, los tilos y las acacias... Luego, echaban flor los narcisos... ¿Te acuerdas cómo olía esta habitación? 

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