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Parte lll
Ardao y la Masonería
Un masón sin mandil
por Héctor Valle
Y así llegamos al final
de esta pequeña introducción a un tema tan apasionante como lo es, no el
específico de la Masonería sino, más bien, el del libre pensamiento en
el Uruguay Moderno.
En tal sentido, vale reiterarlo, el filósofo Arturo Ardao ha dado
muestras de ser no sólo un librepensador sino un señor, es decir, un
hombre docto que supo, con ejemplar actitud, probada a lo largo de una
vida tan larga como cargada de instancias de prueba y sacrificio, dar
muestras acabadas de rectitud, ponderación y equilibrio, tanto
intelectual como en su justa proyección al interior de instancias que
superan o incluso anteceden lo estrictamente documental, en su carácter
de mera indagación antropológica.
Clarificaré este punto: En el caso específico de la Masonería en el
Uruguay, como intenté explicarlo a lo largo de este trabajo, el Maestro
Ardao estudió el tema desde todos los ángulos e incluso en relación no
sólo con las mismas raíces modernas de la Masonería sino incluso, y en
esto, en su justeza, es donde vemos el genio del hombre superior, Ardao
llevó el estudio junto con el del catolicismo.
Así, a lo largo de su obra “Racionalismo y liberalismo en el Uruguay”,
Ardao repasa al compás de los hechos históricos, cómo fueron dadas las
relaciones no sólo de confrontación sino también de emparentamiento en
espacios no menores de nuestra historia entre masones y católicos,
porque él supo, Ardao lo supo, una doctrina, cualesquiera esta sea, es
siempre llevada adelante por hombres y estos, en su andar, muestran
tonos y semitonos, gradaciones que hacen a la esencia de lo humano.
Y del estudio de tales paletas de colores es de donde Ardao se provee
para dotar a su estudio sobre racionalismo y liberalismo de un aspecto
superior que lejos está de llevarlo al propio filósofo a abrazar o no a
una u otra instancia, sea esta doctrinaria o confesional. No era
necesario, no porque no quisiera “poner todo de sí” sino porque Ardao,
como hurgador inteligente y profundo, presenta el tema, los temas desde
la interioridad de los conflictos del hombre con su espíritu y el de su
época.
Ardao, pues, nos acerca al interior del tronco del árbol del Uruguay
donde la savia es una y de su fuerza y consistencia parte la fuerza y la
vida para que las ramas del tronco patrio broten vigorosas y dispares en
sus direcciones pero siempre emparentadas con el centro vital no ya del
tronco sino del ser nacional.
Ardao supo, como pocos hombres y como pocas mujeres, podríamos recordar
sin equivocarnos en este momento a Paulina Luisi y a Reina Reyes, por
ejemplo, que la historia del Uruguay Moderno y en no menor medida, la
esencia de nuestra identidad habla, dice, siente y vibra al impulso de
la libertad, de la libertad de pensamiento, del valeroso y no pocas
veces doloroso conflicto de poder, de animarse, a escuchar la conciencia
moral del ser que maduro en su responsabilidad de vida, desprovisto de
dogmas que le den respiro a su conciencia, siente y piensa que no hay
proyección que valga a la hora de mirarse en el espejo y saber, a
ciencia cierta, cuánto de sí dio o dejó de dar a la causa común del
hombre libre.
Entonces, concluimos, en cuanto a Ardao y la Masonería, que la filosofía
en el Uruguay tiene una gran deuda con el pensamiento de la Revolución
Francesa como también tiene la suya con aquellos franciscanos que se
jugaron el pellejo junto a Artigas y también la tiene con lo guaraní,
con la veta amerindia de nuestra sangre, esa veta tan negada y acallada
pero que reluce, guste o no, cada vez más, a poco que, por ejemplo,
estudiemos sin anteojeras, la vida de José Gervasio Artigas.
Como lo hizo Ardao. Pero eso, claro está, será motivo de otro estudio.
Si la Masonería, como dicen, respeta las creencias de sus miembros en
tanto no vulneren estas, la libertad de conciencia, entonces, nos
atreveremos a decir que Arturo Ardao, al estar de su prédica y su acción
de vida, fue a su modo y quizá sin imaginarlo un masón sin mandil, como
suelen decir de aquellas personas que imbuidas del tríptico de la
Revolución Francesa –Libertad Igualdad Fraternidad- hacen de su
comportamiento una cátedra de libertad responsable.
Asimismo, resaltamos con especial vigor y recogimiento, las figuras y
las enseñanzas de otros prohombres de nuestra nación, esa gente que con
su hacer académico y cotidiano, llevó a que sus discípulos tuvieran en
la misma atmósfera que respiraban, una real dimensión y alcance de cómo
el ser humano puede ser libre y responsable al mismo tiempo, sin que con
ello pierda en esencia y menos aun en trascendencia o si lo prefieren,
deje de tener en claro la espiritualidad que anida en el mero hecho de
mirar el firmamento y de a poco y sin quererlo elevar los brazos al
cielo, reclamando justicia.
Supieron ellos que luego de proceder con la pasión, llega el tiempo de
bajar los brazos, cerrar los puños, inspirar hondamente el aire
penetrante de la hora aciaga para emprender, de a pie y con conciencia,
el camino responsable en la búsqueda con el otro de soluciones dignas
que proyecten justicia más allá de la circunstancia, más allá del hoy,
en mérito a la comunidad que lo nuclea.
Ellos: Prudencio Vázquez y Vega, Alfredo Vásquez Acevedo, José Enrique
Rodó, Paulina Luisi, Carlos Vaz Ferreira, Antonio Grompone, Arturo Ardao,
Reina Reyes y Amílcar Vasconcellos, entre otros y otras hijos e hijas de
estos suelos, dieron forma a la que unos llaman filosofía de la
experiencia, otra manera de nombrar al estudio del asunto sin caer en
los cliches que angostan, deforman e inhiben el tratamiento profundo y
removedor del problema planteado.
Ardao, una vez más, so pretexto del estudio de la Masonería en el
Uruguay, nos acercó el modo en el que es dable tratar un asunto. Ojalá
sepamos emularlo en la aproximación al problema, a cualquier problema:
desapasionadamente, con intensidad pero con la suficiente distancia
intelectual para abordar la cuestión.
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