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La Amazonia y el neocolonialismo europeo
esa vieja costumbre de desear lo ajeno

por Bruno Dantes

La información provino de Ginebra, donde el francés Pascal Lamy, ex comisario de Comercio de la Unión Europea y actual candidato al cargo de director de la Organización Mundial de Comercio tuvo la peregrina idea, ya planteada antaño por otros, de buscar espacios para “reglas de gestión colectiva” de la Amazonia, no sin dejar de insinuar, pese a no poner aparentemente en tela de juicio la propiedad, que debieran considerársela como “bienes públicos mundiales”.

Fue así que en conferencia ante un auditorio integrado por especialistas y diplomáticos de las Naciones Unidas en Ginebra, se permitió sondear la posibilidad que las florestas tropicales sean incluidas, vale esto repetirlo, en la lista de “bienes públicos mundiales”.

El francés insistió sobre la indefinición respecto del alcance de lo que deben ser los objetivos comunes para el mundo, como uno de los pilares de la cuestión de gobierno global, añadiendo lo que sigue: “Si definimos la floresta tropical como un bien público, entonces ciertas reglas de gestión colectiva de ese bien público serían perfectamente implementables, sin tocar la cuestión de la propiedad”, afirmó Lamy, para luego agregar: “Hay una serie de obligaciones en nuestra sociedad y en la economía que son obligaciones colectivas y que no cuestionan el derecho de propiedad. Eso es completamente realizable.”

Y podría hasta tener razón si lo pensamos en términos de bienes públicos mundiales vitales para el ser humano como ser los medicamentos básicos para los principales flagelos que siembran la muerte en el mundo, si lo consideramos para el manejo muchas veces atentatorio contra la libertad del hombre, de la mano de una concepción parcial y grosera de la “propiedad intelectual”, tiene razón el francés también si se trata de la biotecnología, las fuentes de energía como el petróleo, la proliferación de sustancias tóxicas, la desregulación en el armamento de alto poder destructivo, etcétera.

La hipocresía a que tanto nos han acostumbrados ciertos europeos, es solamente comparable a la desfachatez con que se mueven luego en foros académicos resaltando conceptos tales como libertad, poder de elección, políticas de responsabilidad social, y cuándo no, la economía de mercado pensada desde los creadores mismos de los “fondos hedge” y luego, los fondos de pensión, esas burbujas que en cualquier momento terminarán por explotar en el rostro de todos nosotros.

Europa, el continente planetario. El lugar donde el mundo encuentra y acaba con el sentido, parece ser la política que en la práctica cotidiana se dan ciertos países de la mano de sus mejores formadores de opinión y ni qué hablar, de la banca, recordando ya que estamos en América del Sur, la avanzadilla española en tal sentido.

Lamy, fiel a su condición y a su historia, no puede salirse de una partitura menor de escasos pentagramas.

Luego, América del Sur, debe pensarse a sí misma desde una realidad que trasciende visiones egoístas pero que llama una vez más a comportarnos todos y cada uno de nosotros con una responsabilidad y un accionar que coadyuven al mejor desarrollo sustentable de la región, a la par que su libertad y la de los suyos cobre, paso a paso, nuevos y mejores estadios de realización. Que es posible. Que ya podemos escuchar el canto de los caranchos.

Hagamos algo, y hagámoslo bien: integrémonos y seamos serios. Es posible. Es indispensable.

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