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Clonación: Desde la clonación de Dolly, oveja “nacida” en Inglaterra en 1996, la controversia sobre el futuro de esta técnica, aplicable al hombre, se ha instalado en el campo de la ética, el derecho y la política. Las clonaciones embrionarias reproductiva y terapéutica ofrecen mayores dificultades éticas, por el estatuto personal atribuido al embrión. Sin embargo, actualmente otra vía se ofrece a la humanidad con la utilización de células madre no embrionarias En todas partes se intenta encontrar un acuerdo para promulgar una ley que prohíba la clonación reproductiva (crear un ser absolutamente idéntico, un otro yo, sin pasar por la reproducción sexuada) y que al mismo tiempo permita la investigación en materia de clonación terapéutica (utilizar células, tejidos, órganos enteros, obtenidos por clonación a partir de células embrionarias, para tratar o sanar algunas enfermedades). Mientras la clonación reproductiva ha sido casi unánimemente condenada, la clonación terapéutica abre perspectivas llenas de promesas: como las células obtenidas por clonación son por definición idénticas a las de su autor, este último podrá recibirlas sin ninguna dificultad. Ya no existe el problema de rechazo o de encontrar un donante. Un órgano podrá ser reemplazado o un tejido enfermo revigorizado por células creadas con este fin. En el caso de las insuficiencias cardiacas, se espera poder repoblar el tejido del corazón deficiente con células miocardiacas creadas e inyectadas al paciente. En el caso de las enfermedades de Alzheimer y de Parkinson, también se pueden albergar esperanzas pues el antiguo dogma de que las neuronas no pueden reproducirse ha caído. Hay en el cerebro zonas donde nuevas neuronas aparecen y existe la posibilidad de inyectar precursores de tales neuronas para sanar, o al menos demorar, la evolución de estas enfermedades degenerativas tan extendidas. ¿Por qué es difícil proscribir la clonación mala (reproductiva) y permitir la buena (terapéutica)? Porque, en ambos casos, la técnica es la misma (como se explicará más adelante) y ella necesita emplear células provenientes de un embrión humano. Al comienzo del desarrollo del embrión se habla del blastocito. Muchos investigadores y la opinión general ven en este sólo una masa de células vivas que, por tanto, no representaría ninguna dificultad desde el punto de vista moral. Las grandes religiones, la Iglesia Católica entre ellas, afirman, por el contrario, que desde la concepción el embrión es una persona y por ello no puede servir para un experimento ni ser creado con el fin de curar a un hombre enfermo o sustituir a un niño muerto prematuramente. En torno al
embrión Estamos frente a los mismos problemas de la procreación asistida, donde no se sabe que hacer con los embriones excedentes congelados, condenados a ser destruidos. ¿No sería más justo prohibir la creación de tales embriones? En Israel, la ley sólo prohíbe la clonación reproductiva. El silencio respecto a la “buena” clonación es a menudo, y en muchas partes del mundo, interpretado como una autorización. Sin embargo, Australia en el año 2001 y Canadá en el 2004, prohibieron los dos tipos de clonación. En febrero del año pasado, los investigadores sudcoreanos lograron, por primera vez, crear células “madre” a partir de embriones humanos. Este experimento requirió el empleo de 242 huevos provenientes de 16 mujeres. Desencadenó una gran controversia y, por el momento, esta investigación ha sido suspendida a la espera de una nueva ley coreana que, al parecer, la autorizará bajo ciertas condiciones. Algunos piensan que la intensa investigación desencadenada por la clonación terapéutica, tarde o temprano va a favorecer la clonación reproductiva por ahora rechazada por casi todos. A esto los investigadores responden que el mejor medio de impedir esta clonación “mala” es permitir la investigación en los blastocitos (embriones en sus primeros días) en condiciones bien precisas (como las de la ley inglesa mencionada anteriormente). De hecho, el gobierno británico acaba de autorizar a los investigadores de Newcastle el uso de los huevos dejados por encargo en las fecundaciones in vitro (habría en ese centro dos mil al año), con el acuerdo de la madre, para crear descendencias celulares a partir de embriones humanos, con fines terapéuticos. Como podemos ver, el legislador y el especialista en ética están en una situación compleja derivada de una divergencia profunda concerniente al estatuto del embrión. O se trata de un montón de células vivas y cualquier investigación llevada a cabo para el bienestar del hombre debe favorecerse, o se está ante una persona y en este caso el embrión no puede ser utilizado como un medio, por loable que sea, para dar ayuda a otra persona. Este abismo, más filosófico que científico, probablemente no se va a cerrar con los avances de la investigación. ¿Se trata de un conflicto del estilo del proceso a Galileo? ¿De una oposición entre progresistas y conservadores? De ninguna manera, ya que el debate se refiere al concepto del otro, cuestión mucho más fundamental que la de saber si la tierra o el sol es el centro del universo. Técnicas de
clonación A partir de la fecundación del óvulo por un espermatozoide el embrión es el lugar de una división celular intensa, pasando de 2 a 4, 8, 16, 32... células. Al cabo de cuatro o cinco días se puede sacar de este embrión -que todavía no es más que un montón de células (blastocito, ver la Figura 1) donde no se distinguen aun los órganos- células madres embrionarias. Estas células pueden ser mantenidas vivas fuera del embrión, y cultivadas en ambientes especiales como bacterias o células vegetales. Gracias a estas técnicas, en el último decenio la embriología se ha convertido en la ciencia reina de la biología, llegando a revelar, en parte, los secretos del extraordinario proceso del desarrollo embrionario. Bajo el microscopio, se puede ver cambiar a una célula y pasar de un estado indiferenciado a una forma más diferenciada, y, de estado en estado, conseguir la formación de todos nuestros órganos. Una célula madre primitiva da nacimiento a las células más específicas de un órgano, las que en un lugar bien preciso se convierten en células funcionales y muy especializadas. Las fases de este desarrollo muy jerarquizado, y que podemos comparar grosso modo a un árbol genealógico, son dirigidas por el potencial genético (el núcleo, que contiene los genes de origen materno y paterno) y por los mensajes transmitidos por el entorno (las células vecinas y también la posición, cabeza, vientre, espalda, etc.) Es evidente que a partir de una célula madre embrionaria muy “primitiva” llamada por eso totipotencial, se podrá recrear un organismo completo. Por el contrario, a partir de una célula tomada más tarde, no se obtendrá más que un órgano o la parte de un órgano. Aquel proceso extraordinario es desencadenado por el acontecimiento único de la fecundación, pero puede ser reproducido experimentalmente cuando se inyecta el núcleo de no importa cual célula del cuerpo adulto en un óvulo, tomado de una hembra, previamente vaciado de su propio núcleo. Este procedimiento, la clonación, da nacimiento a un clon, es decir a un individuo absolutamente idéntico a aquel que ha donado el núcleo, ya que no ha habido fecundación, es decir, puesta en común de genes paternales y maternales. Por supuesto que para que un individuo completo se desarrolle es necesario que este embrión resultante de la clonación sea implantado en el útero de una madre. En el laboratorio, sin embargo, se puede ver el desarrollo del embrión en las primeras etapas y estudiarlo en todos sus detalles, ya sea él resultado de una fecundación (in vitro, fuera del cuerpo femenino) o de una clonación. Esta investigación, de la que se espera la creación de tejidos humanos a partir de células madres tomadas de embriones clonados, por tanto idénticos a aquel que los recibirá (no los rechazará porque son “carne de su carne”) es muy importante. Todos los países buscan mantenerse competitivos en esta área, la presión de los científicos es fuerte. Pero la investigación sobre el embrión coloca problemas éticos enunciados antes. Células madres
no embrionarias Las células madre mejor conocidas y más utilizadas son las de la médula ósea. Ellas dan nacimiento, a un ritmo impresionante y hasta nuestro último suspiro, a millares de glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas. Como en el embrión, ellas funcionan de manera jerárquica. Situada al principio del árbol, la célula madre es capaz de dar nacimiento a toda la descendencia; más lejos, sólo creará tal o cual especie de glóbulos blancos. El mecanismo que permite fabricar en tal momento más bien glóbulos rojos o glóbulos blancos está garantizado por hormonas (factores de crecimiento) que son muy utilizadas terapéuticamente. El empleo de estas células madre ha permitido grandes progresos en el tratamiento de algunos cánceres avanzados y leucemias. Se toman las células madre del enfermo, se las conserva en frío, luego se le administra una quimioterapia potente que va a matar todas las células malignas y también todas las células normales de la médula ósea. Situación que en otra época era siempre mortal, pues no se puede vivir sin glóbulos blancos (y otras células sanguíneas), ha sido corregida con bastante facilidad: se vuelven a inyectar al paciente sus propias células madre las que recuperando la médula ósea, la van a repoblar y a producir, como antes, todas las células sanguíneas. En otros órganos, la investigación de las células madre es mucho más difícil. Aunque se pueda las observar en el microscopio, no se ve cómo se podría, sin practicar una verdadera operación, tomar estas células del corazón, el músculo o el cerebro. Es necesario pues recurrir a células madre más “jóvenes”, multipotenciales y fáciles de tomar. De nuevo es en la médula ósea donde se las encuentra. Estas células son de tal manera multipotenciales (y no totipotenciales como en el embrión naciente) que introducidas en el corazón o en el cerebro de un animal, van a producir no células sanguíneas, su primera misión, sino que van a diferenciarse para pasar a ser verdaderas células cardiacas o verdaderas neuronas.
Autorregeneración Nuestra piel debe renovarse continuamente. Cada día, por el simple efecto de la fricción, millones de células se van. En sus capas profundas hay también células madre capaces de dar nacimiento o a la epidermis normal, trabajo de rutina, o a otras células necesarias para cicatrizar. Como las de la médula, esas células son multipotenciales e indispensables para la supervivencia del individuo. Pero es más asombroso todavía. En el siglo XVIII, el celebre naturalista ginebrino A. Trembley descubrió en la hidra de agua dulce la capacidad de regeneración de los tejidos vivos. Si se corta el animal en dos, las dos mitades son capaces de recrear el animal entero. La cola del lagarto vuelve a crecer, el miembro amputado de una salamandra es reconstituido integralmente. Hay entonces, disimulados en probablemente todos los órganos, células madre capaces de diferenciarse y de recrear un tejido normal. Mientras más “jóvenes”, multipotenciales sean, es decir, cercanas al embrión, más capaces serán de reproducir un tejido o un órgano complicado. Durante la evolución, nosotros hemos perdido los poderes de regeneración de la hidra o de la salamandra (ganando en otros terrenos), pero, aunque parciales, las capacidades de las células madre de la piel, del músculo y de cualquier órgano humano merecen ser mejor aprovechadas. Así, todo este dominio está en pleno desarrollo y no procede, confundiendo células madre y células embrionarias, lanzar el descrédito sobre esta investigación tan prometedora. LA ONDA® DIGITAL |
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