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El caso boliviano
O el alarido de los sin destino
por Bruno Dantes
El asunto está en
comenzar a pensar desde nosotros mismos, creo yo.
No pretenderé aproximar mayor información sobre el tema boliviano, a la
ya existente sino, explorar junto con ustedes, aspectos esenciales que
hacen no al trasfondo sino a la génesis y a la sustentación del caso
boliviano que, por extensión, es el tema indigenismo, en su conjunto.
Ciertamente importa la institucionalidad del país hermano, donde los
nombres propios piensan en tanto en cuanto a la representatividad que
sus investiduras, de lugar y de forma, les otorgan como partes dinámicas
e inapreciables de un sistema democrático que, a pesar de lo imperfecto,
y a todas luces lo es en no pocas naciones de nuestra región, debe ser,
antes que dinamitado, apoyado.
Todo ello, no obstante, debe llevarnos al análisis histórico que traerá,
más temprano que tarde, la más supina, egoísta y angosta mirada de
algunas elites y/o corporaciones, no necesitamos hablar de
trasnacionales porque no hay nada peor que las que parten de los propios
miembros de una sociedad a la que no aceptan ni quieren ni se encuentran
comprometidos, salvo en el afán de lucro, dominación y separación.
Tal es el caso de la elite boliviana, en su gran mayoría; algo que se
repite, reitero, en otros países hermanos.
Indigenismo, una manera de nombrar lo diferente
Esta vieja costumbre de los integrantes de clases medias y altas, sea en
Bolivia, como en el Uruguay, por caso, o cualesquiera otra nación
sudamericana, de sentirse más europeo –léase, más blanco, más puro- que
americano, es, vaya si digo algo novedoso, la más clara muestra de cómo
un ser humano reniega de su condición de tal, aproximándose al hombre
anónimo, al ser cosificado que proyecta en su falso espejo de
perfección, en este caso Europa, ese otro continente mestizo, como
dijera el uruguayo Arturo Ardao, un lugar de redención y por ende de
intento de equiparación.
Nada más falso. Somos americanos del Sur, tenemos sangres del crisol de
nuestras gentes, de nuestras etnias, nuestra propia atmósfera trae
recuerdos de seres disímiles e igualmente comunicables entre sí a través
de lo cordial y del respeto a la vida en todas sus manifestaciones.
Tan vano es pretender ignorarlo como peligroso el intento de separarnos
del origen común.
El indigenismo no se lo erradica, sino que debe ser, necesariamente,
asimilado, aceptado pues está en nuestra circunstancia; más aun: ES
nuestra circunstancia.
Estamos olvidando lo que es central en nuestras vidas, la de nuestros
pueblos, y nos estamos acercando, peligrosamente, al enfrentamiento de
unos contra otros, de puros contra impuros, categorías mediocrizantes
que sólo traerán dolores y muertes, claudicaciones y separaciones. Y,
una vez más, dilatar vaya a saber uno por cuánto tiempo, un destino tan
digno como común a todos los sudamericanos: la Patria Grande.
La sordera, la miopía, la genuflexión, por ejemplo de los dirigentes
bolivianos, con honrosas excepciones, es brutal. Bolivia, un país rico,
es pobrísima, sus infraestructuras viales por ejemplos son lamentables,
el acceso de la población no ya a una vida digna sino y siquiera a beber
agua potable es una aventura, perdón, una odisea.
Vergüenza, hemos perdido la vergüenza y sólo estamos preparando la
devastación si seguimos por esta senda de olvido y aceptación de la
condición indígena de nuestros pueblos.
Claramente el modelo democrático republicano puede y debe ser
auspiciado, guiado, apoyado, comprometido entre todos para un desarrollo
humano tan equitativo como digno y posibilitador de instancias
superiores en el crecimiento de la producción de nuestros países.
Pero para ello es necesario terminar con la rapacidad y, también,
digámoslo con claridad, terminar con los salvadores de turno, de uno y
del otro lado.
Que esto no es tema de apellidos sino de sentidos; del sentido de la
dignidad, del sentido del respeto y del sentido, ineludible e
irrenunciable, de la alternancia en el poder, de todos, hablo de todos,
gobiernos y sindicatos.
En el caso de Bolivia, se han cometido las mayores tropelías y el pueblo
se desangra, pero no es mediante la sublevación ni tampoco mediante la
genuflexión de unos para con otros que esto se soluciona. Es, creo yo,
mediante el concurso de los bolivianos y el apoyo decidido, entusiasta y
efectivo, de los países hermanos, respetando la autodeterminación
boliviana pero propiciando instancias de diálogo y de reflexión con el
concurso de hombres, mujeres, con ideas, proyectos y vías de salida que
apoyen tales propósitos.
Se nos está acabando el tiempo. Debemos madurar y estar erguidos sin
mirar para los costados. Miremos de frente a Bolivia. Hagámoslo hoy.
Mañana será, posiblemente, muy tarde. LA
ONDA®
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