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El Uruguay y su gente
A 100 años de la gran inmigración

por Héctor Valle

Entre los años 1905 y 1913, tuvo lugar la segunda gran afluencia de inmigrantes al Uruguay. La primera se había dado en el último cuarto del siglo XIX (1880-1889). Fue, sin duda alguna, un momento claramente definitorio y, por qué no, hasta traumático para todos sus habitantes, los que ya estaban arraigados, aquellos que habían arribado hace poco y, naturalmente, los recién llegados.

El país, en tales tiempos, comenzó a gestarse como Nación moderna a la par que establecer bases políticas, tanto desde los partidos establecidos como desde el aporte, fermental y a la postre determinante en no menor medida de nuestra identidad, para el surgimiento de la República donde el ser humano era el centro y no el objeto o complemento.

Fue un tiempo, el de los dos arribos masivos de inmigrantes, removedor y preocupante pero a la vez posibilitador de formas societarias nuevas donde, felizmente, primaron las más benéficas para el hombre y la mujer de a pie, de vivir en sociedad; en una sociedad que comenzaba a gestarse como tal y a abandonar lo aldeano en aras de un progreso basado en la industria y en el apego a una justicia distributiva que, desde el Estado, velara por la más completa libertad del hombre para ir en pos de una existencia lo más creadora y dinamizadora de sus mejores potencialidades, junto con los otros.

Asimismo, aquel Uruguay, desde su Montevideo, veía cambiar cotidianamente su fisonomía desde el variopinto fluir de hombres y mujeres recién arribados a su puerto.

Llegaron con ellos, las ideas y los sentimientos, aires libertarios que, en la Europa planetaria, no podían verse cristalizados. Aquella Europa, que algunos confunden con una madre, desde una de sus orillas, donde aun el mayorazgo imponía que sólo el primogénito de la familia heredaba título y posesiones, en tanto el segundo iba al Ejército y el tercero a servir a la Iglesia. De las mujeres? Ni hablemos.

Entonces el problema de la vivienda era su carencia, la inexistencia misma de casas habitaciones para tanta población, agregándose, por lógica, todo otro servicio comunitario complementario y esencial: saneamiento, trazado de calles, etcétera.

El Uruguay de hoy
Ya traspasado el umbral del siglo XXI, junto con su primer lustro, este país enclavado en un país más grande, con sus gentes, su historia y su porvenir –la Patria Grande- se apresta a iniciar, acaba de hacerlo formalmente restando pasar del cero al uno de sus pasos, un periodo de cambio sostenido en donde, sin distingos ni colores y menos aun, lobotomía ideológicas, llevará a dar prueba de ser o dejar de ser la Nación que todo hombre y toda mujer responsable, socialmente, quiere: un espacio ampliado donde la libertad, la dignidad y la solidaridad de los suyos, pero también para con los otros, cobre sentido en el tuteo cotidiano y fértil del hacer societario.

Las turbaciones de un siglo atrás son quizá las misma de hoy, en cuanto a las incógnitas, los miedos, las incertidumbres. Claro está, ayer un mundo se abría en tanto hoy, hay uno que fenece y nosotros, todos, cada uno de nosotros, debemos ayudar a que otro, aun desconocido, alumbre y lo haga con bien para todos.

En ello, en el parir un país decente con producción, con educación, con cultura, con libertades, negativas y positivas, que promuevan el desarrollo humano, desde la existencia individual de cada uno de sus habitantes, en el entendido que la Justicia habrá de ser eso: Justicia y que la corrupción, el hacer corporativo, deje de parecerse tanto a la actividad política clásica de sus cuadros dirigentes, nacionales y departamentales, todo ello, digo, dará cuenta de cuánto hayamos dado en pos de tales logros.

Hace un siglo, en fin, miradas furtivas se dirigían al otro preguntándose a qué vendría, para qué diablos habría llegado y qué consecuencias tendría; dándole, a pesar de todo, hospitalidad y abrigo sin estigmatizarlo y ladearlo de la vida común.

Hoy, y a partir de ahora, las miradas se dirigirán no hacia el piso, no hacia la cobertura y protección de estas dos palmas de mis manos, cuando el dolor y por qué no también, la desesperación no sabemos cómo continentarlas, venciéndonos la crispación y el temor, hoy, digo, las miradas estarán puestas en el espacio público y en nuestros gobernantes.

Esas nuestras miradas buscarán más que cobijo una pequeña y decente guía, desde las acciones responsables, que propendan a dar instancias de expansión a su gente, desde el trabajo hoy tan remiso, como desde la jerarquización de, por favor qué vergüenza, nuestras maestras y maestros, dándoles no sólo mejor ingreso sino dignificando tan encomiable labor, con apoyaturas en lo pedagógico y en lo logístico para que el escolar encuentre al llegar a su aula no sólo la hora de aplacar su hambre sino y junto con aquello la mirada de una maestra que le espera, como siempre lo hizo pero ahora con mayor soltura, para mostrarle una ventana, abierta y grande, al mundo, al estupendo mundo de las ideas, las sensaciones y la construcción de conocimiento activo.

Por su parte nosotros, todos, sin apelar a bandería alguna, daremos de nos el mayor y el mejor de nuestros esfuerzos por construir un Uruguay que condiga, como lo hizo aquel que otros supieron crear –y más tarde otros casi destruir- con lo mejor de la condición humana y haga que, una vez más, la vida, la vida buena, la que se viste de dignidad, de sentimiento y de respeto, se de lugar en esta tierra, tierra abierta, por añadidura al gran patio de la casa grande, la casa querida, la casa que desde antiguo viene clamando espacio, viene dando sangre, dejando crecer más y más las raíces de sus simientes, la que habrá de venir en un porvenir no lejano: la Patria Grande.

Hacia allá iremos, cuidemos nuestros pasos, pues. Seamos generosos. Y activos, societariamente activos.

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