|
El adiós al Papa de dos siglos
por Carlos Zapiola
Estaba en clase de
Historia Americana en la Facultad de Humanidades en el momento que
alguien llegó con la noticia: hay un nuevo Papa y es polaco.
Muchos años de historia (455 para ser más exactos) habían pasado desde
el nombramiento de un Papa no italiano hasta que Karol Woytijla se
transformó en Juan Pablo II.
Llovía mucho la noche del 31 de marzo de 1987 cuando vi el Papa-móvil
pasar frente al monumento al Dante, pero no me quedé quieto. Con mi
hermano decidimos que ir hasta la Plaza Matriz valía la pena. Y vaya si
tuvimos razón.
Al terminar la misa que allí ofició, Juan Pablo II fue llevado por
Ituzaingó hacia la rambla portuaria, para tomar Rincón, y allí en esa
esquina, sus ojos se enfrentaron a los míos a menos de metro y medio.
Fue la única vez en su vida que me vio.
Por supuesto que estuve en la misa de Tres Cruces y al año siguiente en
el Estadio Centenario cuando volvió a visitar el Uruguay. Allí, desde el
césped de nuestro máximo escenario deportivo que pisé en ese momento por
primera vez, asistí a esa otra celebración eucarística.
Corría 1958 cuando las maestras del Colegio Sagrado Corazón nos
invitaron a rezar varios días seguidos porque el Papa, a la sazón Pío
XII, se estaba muriendo.
Recuerdo haber tenido en mis manos un ejemplar de El Bien Público
anunciando que la sede quedaba vacante y que habría que elegir un nuevo
Papa.
El cónclave terminó eligiendo a Juan XXIII, quien revolucionó la
Iglesia, llamó al Concilio Vaticano II e hizo que muchos dudaran, no
entendieran que era lo que pasaba, olvidando que la misma tiene 2000
años de actuación y que siempre fue capaz de hacer cambios que
permitieron su supervivencia. El Papa Bueno, como fue llamado, solamente
vivió cinco años y al morir su sucesor electo fue Pablo VI.
Este le dio su propia impronta a la Iglesia y su Pontificado se
desarrolló entre 1963 y 1978.
El 6 de agosto de ese año, sorpresivamente escuché en misa de los
Talleres de Don Bosco que el Papa había partido. El nuevo cónclave
determinó que Juan Pablo I fuera quien antecediera al Papa ahora
fallecido.
Pocos días después de la asunción de Juan Pablo I, sintonicé mi radio de
mañana antes de ir a clase y escuché que se hablaba de la muerte del
Papa. Casi no presto la atención a la noticia, pues seguramente era un
racconto de hechos para ayudar a quienes poco saben de la vida de la
Iglesia y todo su entorno.
Pero de pronto comprendí que estábamos otra vez ante una vacancia en la
Sede.
En el año 2000 viví en Chile un par de meses. De esa época es la foto
del altar en el que Juan Pablo II ofició una Misa con Santiago a sus
pies que ahora tengo ante mí.
Fue mantenido tal como se hizo en Uruguay con la cruz que se yergue en
Tres Cruces, que recuerda la visita de este polaco que puso sobre la
mesa y en discusión temas trascendentes que lo han hecho polémico,
cuestionado o venerado, según la óptica de los opinantes.
Quizás fue muy conservador, no abriéndose a las ideas que se empezaron a
expandir en el mundo en el Siglo XX. Quizás esa sea su mayor virtud, ya
que recogió lo que durante 2000 años la Iglesia sostuvo más allá de los
avatares puntuales en los que los hombres quisieron ponerse por encima
de Dios.
Hoy se fue Juan Pablo II. Haya paz en tu tumba, y a ti Papa viajero
esperamos volver a encontrarte al final de los tiempos. LA
ONDA®
DIGITAL |
|