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El desafío: construir un nuevo
modelo cultural uruguayo

por Oribe Irigoyen

En la sociedad moderna, una vez atendidas el hambre y la miseria ciudadanas, es la cultura quien adopta la categoría de primera necesidad básica de la población. Para el caso del Uruguay con flamante gobierno de izquierda, la argumentación a favor de esa tesis proviene de las propias filas gubernamentales.

La gestión municipal montevideana del Frente Amplio, en la teoría y la práctica, ha concretado hechos promisorios de reflexión, debate y también de gestión en torno a esa importancia primaria de la cultura. Que sirven en el sentido de perfilar exigencias de la ciudadanía ante la futura política cultural de la administración Vázquez. En efecto, en 1998 cuando transcurre la celebración del 50° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos por las Naciones Unidas, la municipalidad de Montevideo encabezada por el arquitecto Mariano Arana promulgó la “Carta de los derechos vecinales de Montevideo”. Ella giraba en torno a dos ejes fundamentales: el logro de la máxima proyección civilizadora y democrática de la cultura. Y el proponer, y obrar en consecuencia, a la cultura como “la más básica de las necesidades básicas”. En ese sentido, incrementar el contenido real en la teoría y la práctica de un hecho consagrado por la Constitución de la República: Dar a la actividad cultural en el quehacer cotidiano el estatuto de derecho humano universal para el acceso múltiple a ella , en términos de consumo y de creación.

Ese documento, proveniente de las filas del partido de gobierno, puede y debiera ser una guía fundamental para orientar la acción de la nueva administración nacional. Por cierto que él constituye el elemento motor de la presente nota periodística.

TAMBIEN EN EL MUNDO
En relación, con esa elevada importancia concedida a la cultura en la vida de una sociedad, buena es la colación traída sobre lo que se opina allá, a lo lejos, en el mundo. Ocurre fuera de fronteras del Uruguay que numerosos especialistas, sociólogos y economistas se pronuncian en la misma dirección acerca del futuro del planeta Tierra. Los pesimistas, acaso cibercríticos, ante el cambio tecnológico y la prosapia transnacional y globalizadora, expresan que tras el vértigo digital y el “no hay límites” cibernético, se agazapan mundos artificiales ( la realidad virtual ), la pérdida de rasgos humanos fundamentales y de contacto con la naturaleza que terminarán en un androide atrincherado y solitario ante el teclado, como apéndice descartable de la computadora. Los optimistas, sin duda ciberutópicos, agitan campanas de gloria, pues la revolución digital resulta una irresistible ascensión del progreso, una magia científica para la confortabilidad de la razón y el extremo desarrollo del individuo. Ellos admiten que esa gloria futura subvertirá las relaciones humanas entre las generaciones, dentro de la familia, entre maestros y alumnos, los pares con intereses comunes, entre todos ellos, los demás y la propia sociedad. Pero aseguran que se trata de un parto feliz.

Aparte del contrastante anuncio de un futuro malo o el otro bueno, interesa anotar que ambas posiciones contrapuestas coinciden en que el capital más importante para la sociedad del futuro, es el conocimiento, incluso globalizado. Lo que para todo buen entendedor, y reducido a su núcleo esencial, apunta justamente a la cultura, síntesis superior del conocimiento.

DENTRO DE CASA Y CERCA
De fronteras para adentro, esas opiniones foráneas quizá no tengan la menor trascendencia entre aquellos hombres de públicas decisiones de gobierno, sin embargo tan atentos a opiniones de similar lejanía geográfica e idiomática
cuando se trata de neoliberalismo económico. Las gestiones gubernamentales tradicionales hasta el 1° de marzo de 2005 muestran una realidad, en las últimas décadas, donde la educación y la cultura han quedado a la cola y lejos de las prioridades de los gobiernos nacionalistas y colorados. En ese sótano del interés político, se daba preferencia a la educación sobre la cultura, considerándola más importante. Para la primera había poco tardío dinero y alguna idea, para la segunda casi nada de lo uno o la otra.

La pregunta implícita en esa realidad, aparte de la vergüenza ajena por ambos campos, es si la educación o por el contrario la cultura debe estar primero en la consideración gubernamental por ser de mayor importancia. Vista la respuesta tradicional uruguaya votando por privilegiar la educación y considerar a la cultura como algo suntuario que está bien, pero no es para tanto a la hora de los pocos pesos y el escaso entusiasmo por atenderlas, resulta aconsejable aproximar el microscopio. Lo real, y en particular acorde con los actuales figurines de la noción de cultura, dice que es terminante la primacía de cultura sobre la educación, en el marco del interés de la sociedad en su conjunto. Por el hecho primario de que no hay educación sin cultura y la inversa no se cumple, hay cultura sin educación.

Pero también por otra circunstancia decisiva: la importancia estratégica que tiene el abordaje cultural de los problemas de la sociedad, y del propio sector cultura, a los efectos del acceso democrático al conocimiento ante la evidente rotura del tejido social del Uruguay actual y frente a la amenazante y creciente marginalidad de buena parte de los individuos de la sociedad.

TRADICIÓN Y MODERNIDAD
Esas consideraciones sobre cultura y realidad toleran una reflexión crítica ante la presencia de un gobierno de izquierda que promueve el cambio social y traen consigo el juego dialéctico entre la tradición y la modernidad de una cultura. Se trataría de construir un nuevo modelo cultural uruguayo.

Se sabe, está comprobado, que el Uruguay tiene una rica tradición cultural, cuyas pautas refieren a un nivel históricamente elevado de instrucción pública y a la labor y manifestaciones culturales de individuos, generaciones o grupos de artistas e intelectuales que han sobresalido incluso en el plano internacional. Al mismo tiempo, no pocas voces vernáculas autorizadas han dicho y afirman que los elementos que generaron ese modelo cultural, tan prestigioso y motivo del orgullo uruguayo, han entrado en una seria crisis, al punto de conmover y problematizar la identidad nacional. Para remate, en esas condiciones es que el país debe enfrentar los desafíos de los procesos de globalización mundial y de integración regional ( MERCOSUR ).

Ese modelo en crisis tiene su tradición rescatable, en la que pervive aún con vigor la incidencia desde principios del siglo XX la Ley Rodó . La cual condicionó una política cultural aperturista hacia el exterior, contribuyó a un acercamiento profundo con el mundo, a una mayor presencia de los productos culturales extranjeros y a crear una sólida cultura nacional en la que se basó la identidad nacional, en una síntesis superior de valores llegados de afuera y de aquellos construidos por el imaginario uruguayo. Esa política de apertura estuvo ayudada por la exoneración de impuestos para las actividades culturales, cosa buena, y acompañada de la ignorancia del factor dinero, cosa mala.

Hoy la sociedad uruguaya ha cambiado y muta de modo ostensible en usos, costumbres y en el propio imaginario, aunque no se vean signos evidentes de que muchos mitos nacionales descaecen , salvo Maracaná y el culto del mate. También la cultura en sus más diversos planos se ha transformado y cambia, porque la realidad lo exige, para no quedar rezagada, pero de igual modo, por su propia voluntad y despliegue. Resulta sano tener en cuenta estos datos y hechos en la búsqueda del cambio, de crear un nuevo modelo cultural, desde las filas del gobierno nacional, de izquierda, claro.

Imagen: Cuadro del Pintor F. Sorribas

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