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Cultura, integración
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Cristovam Buarque
   

Cultura, integración y compromiso social
Entrevista a la Prof. Nora Castro
Presidenta de la Cámara de Representantes del Poder Legislativo del Uruguay

- Profesora, en su discurso inaugural (cuyo texto se adjunta, con su correspondiente link) usted sentó unas bases muy claras, muy profundas, cuestionables, criticables pero sumamente atendibles. Usted comenzó ese torrente de ideas y de expresar lo propio, hablando sobre la condición de la mujer a partir de una señora, la Negrita....  

A posteriori, usted discurrió sobre la identidad como proceso, para luego adentrarse en la condición artiguista. En eso uno se pregunta cuánto hay de aproximado con lo que hace al indigenismo por aquello de Artigas y los guaraníes. Y terminaba hablando entre otras cosas de la razón y de los afectos.  

Nos gustaría que nos hablara desde su condición de mujer, el hecho de estar en esto y cómo le ocupa el asunto de género hoy por hoy en esta sociedad. 

 - El hecho de que por primera vez asuma la Presidencia de la Cámara de Representantes una mujer, o mejor dicho, cualquiera de las presidencias, no pasa para mí inadvertido. Yo estimo que la sociedad uruguaya es negadora de las discriminaciones en términos generales. 

Los paradigmas dominantes que enhebran esta cultura tienen un marcado acento de invisibilidad de la discriminación. ¡Viene de largo! Como consecuencia de la acumulación de luchas logran empezar a hacerse visibles los problemas de discriminación de género. Lo que a mi juicio empieza por los 80 del siglo pasado, donde están involucradas varias organizaciones y grupos de nuestra sociedad. 

En realidad predomina en ese primer momento una ubicación de los temas de discriminación de género muy asimilados a una corriente que hoy ya no es tan hegemónica a nivel mundial en materia del llamado feminismo o temas de la mujer. Es una corriente con la que yo no me identifico para nada. Es aquella que, para decirlo de forma simplificada, entiende que la contradicción central está ubicada entre el varón y la mujer. Y que de ahí derivan prácticamente todos los problemas que nosotros tenemos. 

En ese momento también, muy tímidamente aparecen, más que por organizaciones, algunas compañeras -y compañeros también- que tratamos de ver el tema desde otra óptica, hoy creo que en crecimiento. 

El tema de las discriminaciones lo ubicamos en el escenario de lo que es para nosotros el problema central, o la contradicción central a nivel nacional: la tensión entre la oligarquía y el pueblo. Nosotros vemos el tema de la discriminación desde esta perspectiva. 

El hecho de que como consecuencia de la confianza que puso la ciudadanía el 31 de octubre en esta fuerza política nosotros tuviéramos que acceder a ese lugar de visibilidad nos pareció oportuno también para contribuir a la visibilización de este tipo de problemas. 

Por otro lado, el tema de por qué evocar la figura de la Negrita tiene que ver con un concepto o una resignificación del concepto de autoridad.  Si usted recuerda, en el palco a la izquierda de la Cámara nosotros habíamos invitado y así participaron, figuras representativas de lo que para nosotros son autoridades. 

Sin negar para nada a las autoridades institucionalmente establecidas, si se entiende la institucionalidad en un concepto restrictivo de lo elegido o elegible o lo designado. Allí por eso ubicamos a Lilí Lerena, a Daniel Viglietti, a un físico de renombre, al propio Rector de la Universidad, a Jorgelina Martínez, por ejemplo, que para nosotros es una autoridad que simboliza la pelea del movimiento sindical, la contribución a la interna del movimiento y a la historia de este país, del propio movimiento sindical. Además suma su condición de mujer. Y una serie de figuras nacionales. 

En ese sentido de la resignificación del concepto de autoridad me parece que este pueblo ha perdido mucho al no rescatar los sectores sociales y las personas que concretamente han contribuido y contribuyen a la elaboración de nuestra propia historia. Esto también tiene que ver con la identidad. Cuando esas figuras pertenecen o han pertenecido a los sectores no privilegiados de la sociedad, y si además se suma la discriminación de género, son menos visibles. 

Ese sería el segundo elemento de la figura de la Negrita. 

El tercer elemento tiene que ver con el tema de los aprendizajes. Yo no creo que sea solamente por mi condición docente sino como ser humano, he aprendido que una de las cosas maravillosas que nos pasan a estos bípedos que no tenemos plumas es que tenemos capacidad para aprender. Capacidad continua en la vida. 

Uno puede aprender -que no es lo mismo que enseñar porque no siempre que se enseña se aprende- distintos saberes sobre un mismo objeto. Porque felizmente los humanos tenemos distintas perspectivas. Hasta los clones, la pobre ovejita Dolly se desarrolló distinto. Como felizmente tenemos distintas perspectivas elaboramos distintos saberes y podemos aprender distintos saberes sobre un mismo objeto. Esto es tremendamente enriquecedor y potenciador de lo humano. 

Claro si uno tiene el balde puesto en la cabeza, y cree que el único saber existente sobre un objeto es lo que se determina hegemónicamente desde el poder establecido, se pierde una riquísima parte de la historia. 

Entonces, esto de la evocación de la figura de la Negrita tiene que ver con esta historia tan personal, que es mi caso, de haber podido aprender junto a una mujer de mi propia generación pero de una historia de vida totalmente distinta. 

La Negrita era una cañera, regulamos en edades pero hasta el momento en que nos encontramos habíamos tenido vidas muy distintas. Yo de alguna manera era una mujer de los sectores medios privilegiados; ella era una cañera, con todo lo que eso significa. 

Creo que pudimos aprender muchas cosas juntas valorando nuestros saberes. Pero ésta, además, no es una virtud individual que nos pueda caracterizar a ambas sino lo que yo intenté colocar -en palabras a veces uno no puede decir todo lo que piensa- es que esto está ubicado en el privilegio que tienen los procesos de lucha y de pelea. Eso es lo que tiene de tremendamente fermental, creativo, humano. Más allá de que en una lucha uno pierda o gane. 

El cuarto elemento tiene que ver con los afectos. 

Porque esta misma cultura dominante y la "cultura política" para llamarla de alguna manera, excluye el afecto en la consideración de los asuntos, de los problemas, y también por supuesto, de las omisiones. 

Yo siempre digo medio en broma y medio en serio, que en este mundo que domina, los asuntos son los que existen de las cejas para arriba. Lo demás, no existe. Como la vida felizmente es muchísimo más rica que todo eso, el relacionarnos con la gente comprometiéndonos con ella, cosa que nos pasa todos los días a todos, tiene que ver con la vida política. 

Lo que hay de fondo es un concepto, capaz que muy primitivo para algunos pero que para mí es muy fuerte, de por qué uno hace política. Y por qué se hace política de distintas maneras. 

En mi modestísima opinión, todos los seres humanos hacemos política, partidaria o no partidaria. Por aquello de los griegos y los intereses de la polis. Pero si lo bajamos a la tierra, en concreto, es una forma de pelear por la vida. Y la vida no es sólo ideológica... felizmente. Entonces los afectos tienen cabida y vaya si son significativos e importantes. Están sesgando y no sólo como un condimento están caracterizando el tipo de problemas que uno ve. 

Entonces, por esos cuatro argumentos yo traigo la figura de la Negrita, mi entrañable compañera y creo que de alguna forma tiene que ver con las historias de vida de mucha gente. Porque además, en esos asientos del plenario, hasta ahora que yo sepa, nunca se sentó Negrita ni "las" Negritas, ni los Juanes o Pedros que tienen esas trayectorias de vida.

Si queremos pensar en serio en un proceso democratizador, tenemos que traer presencias que realmente hablen de la integración del pueblo. 

-Hace poco, en un trabajo para una universidad chilena que lo intituláramos los dioses del cotidiano, al hablar sobre la cuestión del otro, que es lo que nos ocupa, centrábamos algo también muy simple pero que creemos muy cierto respecto de lo que usted advertía muy bien, la cosificación del hombre y de la mujer, que es ese proceso embrutecedor, esa suerte de Olimpo perverso que han querido instaurar convirtiendo al ciudadano en objeto o en consumidor. 

Luego viene la distorsión en el mercado. Pero en ese trabajo, tomando la enseñanza de maestros y maestras como Hannah Arendt y Emmanuel Levinas, recordábamos que a los “americanos del sur”, si hay algo que nos caracteriza es la hospitalidad. 

La hospitalidad se encuentra a flor de piel y no bien uno dirige la mirada, justamente en las Negritas y en los Negritos. 

En los dioses de pies de barro, que andan por caminos de barro.  En ese sentido es muy importante saber cuál es su óptica respecto del trabajo a seguir. Porque usted hablaba sobre identidad, sobre una identidad en proceso, explicándolo en el sentido de las construcciones y deconstrucciones, y algo que debiera mover a la responsabilidad personal y colectiva. En ese hacer de la identidad me gustaría que ampliara su idea. 

-En primer lugar creo que en nuestro país todavía, aunque estamos en el siglo XXI, tenemos una fortísima herencia de concepciones decimonónicas, eurocéntricas también... 

-Aquello de “la Europa  trasplantada”...

 -...en el sentido de un Estado, una nación, una lengua, una identidad admitida como hegemónica, y definida por la norma escrita,.... o legal. 

Esas concepciones que uno las puede entender cuando estudia el proceso del siglo XIX, la fundación de los estados nacionales y una serie de historias. Pero a esta altura del conocimiento científico, de los avances y la lucha de los pueblos, me parece que nos quedamos muy atrás si seguimos anclados en esa perspectiva. 

Y si no entendemos bien este tipo de problemas, hay problemas emergentes que no los vamos a entender. 

Todo parte, entre otras cosas, de que esta es una nación disgregada. 

Disgregada territorialmente, porque como sabemos más del 10% de la población vive bajo otras banderas y en otros territorios. 

Disgregada a la interna del territorio porque en definitiva ni siquiera estamos en el estadio en que están otras comunidades nacionales en que intentan la construcción de esas identidades por sumatoria de identidades. 

Ni siquiera eso. No admitimos que existan otras identidades. 

Lo negamos con un fervor y una pasión que es signo del peor espíritu totalitario, un autoritarismo total, conceptualmente hablando, no hace falta que vengan con el sable. 

¿Adónde puede ir una nación con esos niveles y complejidades de disgregación, si quiere refundarse para definitivamente enfrentar los desafíos nacionales, regionales, internacionales?

Mi intención fue en primer lugar, colocar el problema, decir "este problema, desde mi punto de vista, existe". Y como pasa en todas las cosas, hay que meterle cabeza, corazón... 

Creo que tenemos hoy posibilidades importantes de trabajar en este sentido si no sólo visualizamos esos problemas sino que reconocemos la existencia de distintos saberes en ellos y entendemos que el tema de la identidad es un proceso social, de tejer y destejer. No va haber, por más aportes brillantes que se hagan, ni ahora, ni en el siglo XXV ni lo hubo en el siglo XIV, una plasmación congelada que dé cuenta de ello. 

Yo le puedo hacer una "tomografía" a la identidad. Me va a dar pautas, elementos. Pero es un proceso complejo de aportes, de construcciones, deconstrucciones y reconstrucciones, que se van plasmando de acuerdo con las correlaciones de fuerza y con el tema del poder, que existe en todos lados. Y además porque como en toda deconstrucción, hay dolor. Yo lo hablo con los jóvenes, de quienes aprendo mucho. 

Cuando uno plantea esa relación construcción-deconstrucción y uno incorpora el tema del dolor en el plano de un proceso social, a veces es difícil de entender. Pero siempre les digo que cuando uno se enamora y deja de querer, siempre es para reconstruir algo, ya sea en solitario o una nueva relación, eso ocasiona dolor. No el dolor paralizante. 

Además, a mi juicio, no es cierto que uno supere el dolor. Uno aprende a vivir con dolor y ese aprendizaje es el que nos permite seguir para adelante. A los pueblos les pasan cosas similares. 

Y deconstruir esta imagen de la identidad como única, como circunscrita a un territorio, a un Estado y a un sector social que viene dominando, causa dolor, fractura. Porque dentro de los procesos sociales -un gran amigo mío dice "somos rutinas y rupturas"- la ruptura de las rutinas, que eso en definitiva son las deconstrucciones, causa dolor. 

Alguna gente comentando lo que yo dije el 15 de febrero, ha planteado que todas estas cosas tienen poco que ver con el Parlamento. 

La verdad... yo creo que tienen que ver con la vida política. Y si alguien cree que el Parlamento no tiene que ver con la vida política me parece que se equivocó. Por eso en este tema de la identidad, reafirmando lo que dije recién pero entendiendo que el Parlamento tiene una función específica en este caso, aparte de las clásicas definidas constitucionalmente, como hacer leyes y controlar a los otros poderes del Estado. 

Tiene que ver con la promoción de la ciudadanía. 

Con aportar, porque no somos el ombligo del mundo, a la construcción de la ciudadanía. 

En esas tareas estamos. Da mucho trabajo, porque acá uno encuentra resistencias importantes. Inclusive uno encuentra rutinas que las podríamos incluir dentro de lo que muy genéricamente podríamos decir la práctica política existente, que están bastante distantes de lo que las normativas plantean. En otros casos, no existe normativa. Pero en muchos casos uno empieza a rastrear y encuentra la normativa. 

Lo que pasa es que hace tanto tiempo y tan complejo tiempo en que se desoyó la normativa, que la práctica política instalada tiene un peso muy fuerte. Empezar a levantar hilo por hilo, esa práctica, porque uno ha valorado que la normativa preexistente es buena, adecuada, sirve, da mucho trabajo porque los niveles de resistencia son fuertes. 

El otro elemento que me es absolutamente personal, tanto en el ámbito de la academia como en el sindical, social, político partidario e institucional, yo soy de quienes piensan que el trabajo colectivo siempre rinde muchísimo más. 

Se potencia el ser humano cuando trabaja colectivamente. 

Esto que está tan de moda, hablar del tema de los equipos. Yo digo que en el Uruguay por lo menos hay limitaciones importantes para trabajar en equipo, en el sentido de que a nivel del avance manuscrito, es decir lo que la gente escribe o declara públicamente, prácticamente todos los sectores políticos, sociales, académicos están de acuerdo en trabajar en equipo. 

A la hora de concretarse, promedialmente se cree que se alcanzó el máximo nivel cuando nos sentamos cinco alrededor de una mesa. Eso no es trabajar en equipo. 

Trabajar en equipo es pensar en equipo y trabajar responsablemente capaz que individualmente, chequear, evaluar, controlar, volver a poner en común... Y estudiar, que no es leer. Con leer no alcanza para estudiar. 

De esas cosas se trataba cuando yo hablaba de los temas de la identidad. 

De ahí surgieron otras cosas. 

La traducción de lenguaje de señas. 

De eso se ha hablado poco, porque es la primera vez que a nivel del Parlamento se trasmite una sesión con traducción de lenguaje de señas, cuando la comunidad de sordos es una colectividad bien importante en el país, claramente discriminada al punto de que la gente no considera que el lenguaje de señas es un lenguaje. 

Con las características que tiene este país, las fronteras que tiene sobre todo la norte y este, el mal llamado portuñol que hoy sabemos que son los dialectos portugueses en el Uruguay. 

De eso se ha hablado poco cuando se analiza lo que yo dije el 15 de febrero. Acá se niegan esas situaciones. En esta casa pasan cosas de ese tipo. Hay legisladores que son del norte y uno puede dialogar con los colegas en esa otra lengua. 

Y cuando entran a sala hablan un estricto español montevideano, con más cuidado incluso que algunos montevideanos. Yo recuerdo un solo legislador que hablaba con acento y causaba en el plenario la sonrisa. 

En esas dos últimas décadas del siglo XX, creo yo más fuertemente, se intentó llevar a un proceso reduccionista las fuentes del Uruguay. Todos provenimos de italianos o españoles y se negó -porque datos científicos importantes y serios los hay y los hubo- todo lo que viene de la corriente amerindia que viene no sólo de Brasil. 

- Recuerdo perfectamente que, incluso, usted profirió una frase en portugués.

- Por distintos motivos, quizás por lo que usted mencionaba al inicio, creí yo advertir algo tan soterrado en la forma de discriminar en los uruguayos y los montevideanos, toda esa cosa pacata. Entonces, pregunto, en ese dolor que uno advierte en los despertares hacia algo nuevo, algo propio o quizás atreverme a mirarme en el espejo y reconocer las líneas de mi rostro, ¿la identidad pasa por una cuestión acotada del estado uruguayo o comprendería también a la región, llámese patria grande o América del Sur? 

Es clarísimo que pasa por una integración de los pueblos, verdaderamente. 

Yo soy de quienes piensan, la fuerza política también así lo piensa, que el pensamiento artiguista, el pensamiento bolivariano en la primera revolución libertadora está el sentido de que no hay proyectos nacionales viables sin integración real. Lo que llevó a cosas muy fuertes. Porque hoy nos escandalizamos, el siglo XX también se escandalizó, de que ciudadanos de un lugar fueran a pelear a otros ejércitos. Garzón anduvo peleando con San Martín por allá arriba. Y a nadie se le ocurre cuestionar a Garzón, por supuesto, tenemos clarísimo que fue un héroe también de nuestra nacionalidad. Garibaldi era tano y anarco y se vino para América, anduvo por acá. Y nos sentimos muy honrados con los aportes que hizo a nuestra historia. 

Y el Uruguay tiene un debe que lo ha ido superando en el sentido de la investigación a nivel científico pero es muy poco visible a la opinión pública. Yo que tengo bastante juventud acumulada le puedo decir que no sólo me formé como estudiante en la primaria, la secundaria y en el propio magisterio, pensando y repitiendo como loro aquel viejo mapa del Uruguay con la ubicación geográfica de las tribus: los charrúas, los guenoas, los boanes... Y como buena reproductora de una cultura que tenía ese patrón, influimos en nuestra generación. 

Tuvimos que llegar a Facultad, en la etapa de mi maestría, recién, para aprender gracias a las investigaciones de nuestros arqueólogos valiosísimos que la historia de esta patria en materia de primeros habitantes era muy otra. 

Que los charrúas una de las grandes contribuciones que hicieron, además de aquello de la caza y de la pesca fue el ser excelentes conocedores de los ríos y arroyos porque eran grandes contrabandistas. Y sometían a otras etnias. 

Entender eso como proceso. 

Y que los que andaban por la costa este del país ofrecían y negociaban con los europeos para que los dejaran sobrevivir y ser recolectores en la zona, porque dado su oficio de conocedores de la costa eran los mejores avistadores de las embarcaciones que entraban al Río de la Plata. 

¡Negociaban con los europeos, eran unos genios! 

Entonces entendí, repetí y eduqué falsamente. Uno va aprendiendo, es esa cosa maravillosa del humano que puede aprender. 

Yo vivo en el Barrio Sur. 

¿Dónde está alojada la mayor colectividad negra de Montevideo, del punto de vista cuantitativo? No es en el Barrio Sur. Es en La Teja. 

Voy a explicar por qué. 

Históricamente tiene sentido. La Teja, que se llama así -decía yo y enseñaba a mis niños como directora de la escuela Yugoslavia- porque Lafone, el fundador tenía un saladero allí y los techos del saladero y de las casas eran de teja. Entonces ese era el poblado de "las tejas". Eso tenía un sentido. Pero ¿de dónde venían esas tejas? Los barcos negreros cuando desembarcaban y traían a remate al puerto a los negros esclavos, los que sobrevivían de las cuarentenas eran tirados en la zona de La Teja y esos negros en estado deplorable, que no estaban para ser vendidos, la actividad con la cual se mantenían era la de hacer en barro tejas en sus rodillas. Muchos ni siquiera se podían trasladar. Por eso, las casas de los trabajadores de los saladeros, paupérrimas, tenían sus techos de teja. De ahí que la mayor colectividad negra de Montevideo vive en lo que hoy se llama Teja Norte. 

Estas son parte de las identidades perdidas, olvidadas y que tenemos que ir rescatando. Por ejemplo que la Ilusión Comparsera, que es una comparsa de gurises negros y mulatos de esa zona, tiene ese arraigo tan fuerte. Es el escalón, la juvenil -para hablar en términos futbolísticos- de la Yambo Kenia. 

Todas esas cosas hay que integrarlas, trabajarlas con afecto. 

- Me asombré a mí mismo, como ciudadano y como hombre, estudiando algo de Artigas. En una de esas encuentro un documento en el que Artigas habla de la ternura. Algo de lo que incluso en nuestros días, a los hombres nos cuesta hablar. Y Artigas habla también de “la ley de la ternura”, por ejemplo, cuando muere el su lugarteniente, el coronel Blas Basualdo, Artigas dice: "lo lloré al pie de la tumba y ahora..." 

Eso está en lo que usted decía al inicio, entre la razón y la emoción, saber ponderar y equilibrar... 

-Totalmente de acuerdo.

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