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Asesinos
de escritorio
La educación después de Auschwitz
por Héctor Valle
Que
la furia se trasmute en amor a la vida; que el dolor sea el acicate para
recordar la enorme grandeza que anida en un momento de amor, en un
instante de franca entrega para con el otro, sea con un ser amado, sea,
por qué no, en la cotidiana y común entrega de seres comunes que abren
su existencia para comprender y ayudar a otro ser diferente en imagen
pero similar en esencia.
Que Auschwitz nos recuerde el horror del hombre, no de un hombre
enajenado y demoníaco sino del vulgar ser que puede estar, tanto en
nosotros como próximo a nuestra circunstancia. Que no se trata de
especimenes raros, de excepciones, sino de la enajenación que parte, sin
más, de la primera y definitiva renuncia a nuestra condición humana, a
nuestra capacidad de dar cabida a una conciencia moral, no sólo a una
conciencia psicológica. Y esto, como veremos, viene dado desde la
asunción, irrenunciable, repito, de nuestras libertades.
Porque ser libre confiere antes que privilegios una tarea descomunal,
cual es, la de afrontar la vida y sus circunstancias sin buscar refugio
en el apagamiento de nuestras obligaciones ni, por caso, en la
transferencia de nuestra responsabilidad a otro ser, supuestamente
superdotado.
Hablo del superhombre, de ese ídolo que nosotros mismos construimos
cuando lo dotamos de atributos que no son otros que la sumatoria de las
renuncias de seres disminuidos que prefieren apoyarse en un tótem a
mantenerse erguidos en la vida y ante los suyos.
El levantamiento del Guetto de Varsovia
El 19 de abril de 1943 se produjo el levantamiento del guetto de
Varsovia, en el que un grupo de jóvenes enfrentó al nazismo por cierto
que de manera harto precaria pero con la voluntad de hacer frente, en el
combate, al más atroz y deleznable emprendimiento humano: destruir al
diferente, eliminando, al mismo tiempo, lo humano, si aun existiere, en
el propio verdugo.
Y esto no es ni porque sea judío, ni filo judío, sino y simplemente
porque la memoria, desde una conciencia moral activa, no debe dar ni un
minuto de respiro a lo sombrío que el hombre, que uno u otro de
nosotros, tiene en sí mismo. Porque somos quienes somos toda vez que
privilegiamos en nosotros mismos, lo bueno o lo malo, lo abierto a lo
cerrado, el sentir al tener, el ser que así deviene, deber ser.
Tampoco dice relación estos apuntes a exteriorizar un sentimiento
altruista más o una disquisición a modo de recordación de un hecho
histórico. No. No, meramente.
Auschwitz
El productor y director creativo de programas de historia de la
televisión británica BBC, Laurence Rees narra, en entrevista al diario
español El Periódico, Barcelona, de fecha 03.04.05, respecto de su
trabajo recientemente publicado sobre Auschwitz.
Entre otros conceptos, cuenta Rees que al entrevistar a ex jerarcas
nazis de los campos de concentración, descubrió que estos, aun hoy,
siguen pensando que hicieron lo correcto y, en sus propias palabras
“continúan orgullosos de sus actos”.
Por ejemplo, alega Rees, al entrevistar a Oskar Groening, responsable
directo de las matanzas de niños en Auschwitz, se sintió horrorizado al
constatar la verdadera mentalidad nazi. Dice, al respecto, lo siguiente:
“Llegado un momento de la entrevista, intenté acorralar a Groening
preguntándole cómo era posible que un niño pudiera ser un peligro para
un Estado. Ël contestó: ´El niño no es un peligro en ese momento. El
peligro es la sangre que lleva dentro, que es sangre judía. Esa sangre
hará que algún día se convierta en un judío, y entonces sí será un
peligro´. Personalmente”, dice Rees, “aquel fue el mayor escalofrío que
sentí en todas mis entrevistas con los personajes nazis que salen en la
obra”.
Aun hay más, en este reportaje: Consultado respecto de si el Holocausto
está siendo olvidado y cuánto ayudan o no las películas a su recordación
más cercana a la realidad de los hechos acaecidos en su tiempo, Rees se
manifiesta receloso de tales filmes, al admitir que “Ese olvido, esa
trivialización está sucediendo. Mucha gente cree que lo que ocurrió en
aquellos años es como lo cuentan las películas. Y no es así, fue
muchísimo más horrible”, manifiesta, certeramente, el periodista
británico. Habla de la “hollywoodización de la historia” la que, a su
modo de ver, y nosotros coincidimos, “es muy peligrosa porque es
inexacta y comete graves omisiones.”
De este reportaje, muy bueno por cierto, queremos rescatar, por último,
esta intervención en la que Rees, consultado respecto de si luego de
conseguir hacer hablar a nazis que antes nunca se pronunciaron sobre su
pasado, qué conclusión sacó al respecto. A lo que el inglés respondió lo
siguiente: “Ha pasado el tiempo y muchos de los verdugos han perdido el
miedo a decir lo que piensan, es decir, que piensan que actuaron bien.
Porque la realidad es ésta: que los nazis que actuaron en Auschwitz
siguen estando orgullosos del exterminio judío que llevaron a cabo.
Puede sonar a increíble, pero es así. Ellos, los que aun están vivos,
siguen pensando que hicieron lo correcto.” Así de claro, así de grave.
Kadish
Volvemos a Jack Fuchs, en el mismo artículo citado, quien a modo de
recordación, dice un Kadish, una plegaria fúnebre por todas las almas de
los seres sacrificados en Auschwitz.
Para ello, para rezar el Kadish, aquella oración que los hijos
pronuncian por sus padres muertos, o como él mejor explica “(...) la
plegaria de los huérfanos que en la tradición judía se repite en el
duelo: Yitgadal, veyitkadash shemé raba (Exaltado y santificado sea el
nombre del gran Soberano), así comienza”, nos instruye Fuchs,
sobreviviente del horror, “Decir el Kadish y retener en la memoria, esto
me queda. Pienso que acaso todos somos hijos del dramatismo
indescifrable de la Shoá, que cada judío debería decir hoy una plegaria
por las 5400 comunidades exterminadas. Mi Kadish,” se explaya Fuchs,
“quiero decirlo con las palabras de una amiga, Erika Blumgrund, poeta
checoeslovaca que vive en la argentina desde 1948.”
Antes de compartir su Kadish, algo queremos significar sobre esta
plegaria tan sentida y, por consiguiente de tan honda significación para
un judío.
A la muerte del Presidente John F. Kennedy, su amigo, el compositor
Leonard Bernstein y su esposa, compusieron para el católico irlandés
asesinado, un Kadish, memorable, que incluso la propia mujer del músico
tomara a su cargo el recitativo del mismo, mientras su compañero dirigía
a la orquesta en tan sentido homenaje al amigo desaparecido.
Es decir, hablamos de la religiosidad en el hombre, de su sentido más
hondo y vivo de lo que trascendencia es, por sobre cualquier tipo
particular, si bien respetable, respecto de la creencia desde la que
parte la plegaria, en este caso, el Kadish.
En tal sentido, creo yo, sin temor a equivocarme, puedo, junto con
usted, proferir esta oración, la que citara Jack Fuchs, en referencia a
su amiga Erika:
“Itgadal veitkadash shemé raba/ Por vuestras almas estoy orando/ por
vosotros/ los que no tenéis sepultura/ digo el Kadish./ Con ceniza cubro
todos los días/ mi cabeza/ porque es para siempre/ mi duelo/ por
vuestros cuerpos incinerados/ y por siempre acecha el espanto/ en mi
corazón./ Millones de vidas/ pretéritas y apagadas/ pero en el recuerdo
siguen despiertas/ las caras desgarradas por el pánico/ me persiguen en
sueños/ risas burlonas de esos jueces/ ensordecen mis oídos/ por los
vapores azules del gas/ apretados unos contra los otros pobrecitos/
hasta sentir cumplidos sus destinos./ Un último grito de muerte ahogado/
y ya todo pasó./ Itgadal veitkadash shemé raba/ digo el Kadish para
vosotros/ cuyos restos mortales no reposan en ninguna parte.”
Auschwitz pues, es no sólo un hecho histórico, la consecuencia de una
época, nunca su excepción sino y además, un símbolo de la maldad que
nace no por artilugios luciferinos o presencias demoníacas sino por
imperio de la patología misma de la razón, cuando esta deviene carcinoma
por imperio de la entrega de nuestra propia cuota parte decisoria en los
asuntos de la comunidad, a manos de otro que toma para sí el poder y
permite que aflore lo mezquino y brutal que anida en el espíritu de
aquellos hombres que, negados de una auténtica personalidad con
contenido ético, optan por aplacar sus grises vidas a influjo de la
sangre de los diferentes, culpándolos de las calamidades de una sociedad
corrupta y desquiciada y convirtiéndolos, en el mismo acto, en víctimas
propiciatorias donde la masa, con espíritu tribal, es decir, con una
sola voz, la del amo, asigna castigos y premios, a aquellos y a sí
mismos.
Por ello, Auschwitz no fue una excepción ni quedó en el pasado. No.
Auschwitz está, irremediablemente, presente en nuestras vidas;
alertándonos, aguzando nuestros sentidos de la terrible posibilidad de
repetirse, en el sentido de que prospere el mal de la mano de la
renuncia del hombre a su responsabilidad social. En tal sentido,
entonces, es muy cercana en el tiempo y en el espacio, la posibilidad de
que Auschwitz se repita en un contexto diferente, claro está, pero con
igual intensidad destructiva para lo humano que el hombre tiene, para su
trascendencia.
El hombre permanece erguido, no por ser bíquedo sino por tener
conciencia moral. De lo contrario, cae más bajo y más profundamente que
el más elemental de los animales, deviene larva humana. Y a ello, a su
impedimento, debemos abocarnos.
La educación después de Auschwitz
El admirable pensador alemán Theodor W. Adorno, en conferencia propalada
por la radio de Hesse el 18 de abril de 1966, con lo cual, hoy también
podemos aducir un recordatorio singularmente propicio, discurría el
cofundador de la Escuela de Frankfurt, sobre el tema en cuestión.
Adorno, en tal instancia, establecía que la exigencia de que Auschwitz
no se repita es la primera de todas en la educación, precediendo a
cualquier otra al advertir, y con ello configurar un nuevo imperativo
categórico, uno más y con mayor sentido al dado por él mismo en el
“nunca más Auschwitz”, al argüir que cualquier debate sobre ideales de
educación es vano e indiferente en comparación con este: que
Auschwitz no se repita.
Y cita a Sigmund Freud, al advertir que Auschwitz fue la barbarie y
persistirá en tanto perduren, alega, en lo esencial, las condiciones que
hicieron madurar esa recaída, al indicar que precisamente ahí está lo
horrible: “Por más oculta que esté hoy la necesidad, la presión social
sigue gravitando. Arrastra a los hombres a lo inenarrable, que en escala
histórico-universal culminó con Auschwitz. Entre las intuiciones de
Freud que con verdad alcanzan también a la cultura y a la sociología,
una de las más profundas, a mi juicio,” establece Adorno, “es que la
civilización engendra por sí misma la anticivilización y, además, la
refuerza de modo creciente.”
Seguidamente, el coautor, junto con Max Horkheimer, de la “Dialéctica
del Iluminismo”, refiere otro caso, igualmente atroz, no cuantitativa
sino cualitativamente, como es el caso del genocidio armenio que, dicho
sea al pasar, constituye, aun hoy día, una de las mayores vergüenzas del
Occidente en tanto aun ni siquiera ha sido, oficialmente y a nivel de
los máximos organismos internacionales, reconocido como tal.
Con ello, con la cita, casi en el inicio, del genocidio alemán, Adorno
da muestra, por si fuera necesario que no lo es, de la altura conceptual
y moral con la que encara esta advertencia, esta enseñanza sobre el
estar alertas desde la acción esencial a partir de la educación: que
esto nos atañe a todos y que no es cuestión ni de una etnia ni menos aun
de un credo religioso, hace a la condición humana y a cómo encarar, con
visos de credibilidad, una acción que, por lo menos, propenda a la mejor
significación de tal condición en el respeto básico elemental y profundo
al otro.
De ahí que diga Adorno, en este sentido, que “el genocidio hunde sus
raíces en esa resurrección del nacionalismo agresivo sobrevenida en
muchos países desde fines del siglo diecinueve”. De ahí al tratamiento
de las problemáticas que perviven en este siglo XXI, medie sólo un paso.
Un giro hacia el sujeto
Adorno nos impele a dar un “giro” hacia el sujeto. Es decir, según sus
propias palabras, que debemos descubrir los mecanismos que vuelven a los
hombres capaces de tales atrocidades, mostrárselos a ellos mismos y
tratar de impedir que vuelvan a ser así, a la vez que se despierta una
conciencia general respecto de tales mecanismos.
Manifiesta el filósofo alemán que los únicos culpables son quienes , sin
misericordia, descargaron sobre ellos, los propios asesinados, su odio y
agresividad. Esa insensibilidad es la que hay que combatir; es necesario
disuadir a los hombres de golpear hacia el exterior sin reflexión sobre
sí mismos. Establece, seguidamente, Adorno que “la educación en general
carecería absolutamente de sentido si no fuese educación para una
autorreflexión crítica. Pero como los rasgos básicos del carácter, aun
en el caso de quienes perpetraron los crímenes en edad tardía, se
constituyen, según los conocimientos de la psicología profunda, ya en la
primera infancia, la educación que pretenda impedir la repetición de
aquellos hechos monstruosos ha de concentrarse en esa etapa de la vida.”
Así comienza la cura, así principia la mejora de la condición humana en
el hombre, en la educación desde la infancia.
La educación y las dos esferas
Pero esta misma educación debe comprender a todos, en todos los ámbitos.
Esto es, al niño en la escuela, como en su casa, y al adulto en su vida
social, una educación que lleve consigo un clima, una atmósfera propicia
a la obtención de la meta propuesta. Veamos cómo Adorno lo establece:
“Cuando hablo de la educación después de Auschwitz, incluyo dos esferas:
en primer lugar, educación en la infancia, sobre todo en la primera;
luego, ilustración general que establezca un clima espiritual, cultural
y social que no admita la repetición de Auschwitz; un clima, por tanto,
en el que los motivos que condujeron al terror hayan llegado, en cierta
medida, a hacerse conscientes.”
Nada habrá de cambiar, para bien, si tal educación, no es encarada en el
contexto de la vida en sociedad, en la familia, en la escuela y en lo
social. Algo que, naturalmente, proyecte una idea de la importancia que
anida en el respeto al diferente, en el valor esencial a los afectos, a
la consideración del otro, por sobre las cosas. Es decir, aprender
ciertamente lo útil de la obtención de ganancias por vía de la
producción, de la generación de recursos que admitan que la persona
mejore su condición material a la par que establezca bases importantes
para el desarrollo humano, hablando en valores, de las gentes, de las
diferentes personas que componen, o debieran componer, armónicamente,
una sociedad, una comunidad.
Toda otra consideración que tenga por culto el lucro y por medio, el
hombre, hará de aquel un tótem y de éste un objeto o, como sucede muy a
menudo, un consumidor activo y un hombre enajenado.
La autonomía como fuerza contra el principio de Auschwitz
Avanzamos en la magistral conferencia de Adorno y nos adentramos, más y
más en el estudio del hombre. Es así que nuestro pensador, tras advertir
que lo que la psicología llama superyó, la conciencia moral, es
remplazado en nombre de las ataduras (algo que algunos argüían como
justificativo para con los culpables en tanto en cuanto estos seguían
órdenes, cumplían, entonces, con su deber, más allá de su propia
consideración, de su íntima consideración sobre tales órdenes) por
autoridades exteriores, refiere Adorno, alegando que precisamente, la
disposición a ponerse de parte del poder y a inclinarse exteriormente,
como norma, aclara, ante el más fuerte constituye la idiosincrasia
típica de los torturadores, idiosincrasia que no debe ya levantar
cabeza. Lo que para nosotros es totalmente de recibo.
Pero tomemos las propias palabras de Adorno, al respecto, para luego
considerarlas en su esencia: “Por eso es tan fatal el encomendarse a las
ataduras o sujeciones. Los hombres que de mejor o peor grado las aceptan
quedan reducidos a un estado de permanente necesidad de órdenes. La
única fuerza verdadera contra el principio de Auschwitz sería la
autonomía, si se me permite emplear la expresión kantiana; la fuerza de
la reflexión, de la autodeterminación, del no entrar en el juego del
otro”, culmina diciendo Adorno, al respecto, en su recordada
conferencia.
Combatir la ciega supremacía
Casi a la mitad de su argumentación, Adorno establece con nitidez
aquello que él considera crucial en el combate contra la ciega
supremacía de todas las formas de lo colectivo, resaltando el problema
de la masificación.
Habla, naturalmente, de mimetizarse en la “tranquilidad” del hombre.masa,
de la queda del espíritu y el carácter de la persona en aras de
asimilarse, tribalmente, a lo colectivo, previniéndonos de una
masificación que luego devendrá en totalitarismos dados, y apoyados, por
turbas enardecidas que buscan prosperen “sus” verdades, “sus”
privilegios en función de raza, credo o cualquier otro carácter
etnocentrista que busque demonizar al otro con la consideración de
“bárbaro”, “escoria” o toda la gama de calificativos tristemente
célebres.
La angustia no debe reprimirse
Si bien más adelante hablaremos de los hombres “normales”, es dable
adentrarnos ahora, para seguir la exposición de Adorno sin saltearnos o
adelantarnos en sus partes, en la consideración de la angustia y cómo
esta es y debiera ser tratada, siendo un factor por demás importante en
el carácter de la persona.
Dice Adorno: “Recuerdo que, durante el juicio por los hechos de
Auschwitz, el terrible Boger tuvo un arranque que culminó con un
panegírico de la educación por la disciplina mediante el rigor. Este es
necesario para producir el tipo de hombre que a él le parecía perfecto.
El ideal pedagógico del rigor en que muchos pueden creer sin reflexionar
sobre él es totalmente falso. La idea de que la virilidad consiste en el
más alto grado de aguante fue durante mucho tiempo la imagen encubridora
de un masoquismo que, como lo ha demostrado la psicología, tan
fácilmente roza con el sadismo.”
Y aquí ingresa Adorno, en algo a todas luces capital en la educación,
según la entendemos nosotros, es decir, en un contexto humanista
elevado: “La ponderada dureza que debe lograr la educación significa,
sencillamente, indiferencia al dolor. Al respecto, no se distingue
demasiado entre dolor propio y ajeno. La persona dura consigo misma se
arroga el derecho de ser dura también con los demás, y se venga en ellos
del dolor cuyas emociones no puede manifestar, que debe reprimir. Ha
llegado el momento de hacer consciente este mecanismo y de promover una
educación que ya no premie como antes el dolor y la capacidad de
soportar los dolores. Con otras palabras, la educación debería tomar en
serio una idea que de ningún modo es extraña a la filosofía: la angustia
no debe reprimirse. Cuando la angustia es reprimida, cuando el individuo
se permite tener realmente tanta angustia como esta realidad merece,
entonces desaparecerá probablemente gran parte del efecto destructor de
la angustia inconsciente y desviada.”
Así, vamos perfilando, con nitidez, la idea que Adorno tiene de la
educación después de Auschwitz. Y al tratar el tema del rigor y de la
angustia, roza la consideración que el hombre tiene de sí mismo, hablo
del género y de su virilidad: cuanto mayor rigor, mayor virilidad,
supuestamente, y con ello comienzan a surgir los demonios interiores.
¿Por qué? Por el simple hecho de estar negando el varón, la
complementariedad que lo comprende: lo masculino y lo femenino, el
tratamiento ponderado y armónico de ambos polos que no deben ser
enfrentados sino, lo dicho: complementados, asumiéndolos, serenamente.
Pues de no hacerlo, algo muy común en aquella como en esta época, las
complejidades de un carácter disociado en su complejidad existencial,
provocará, seguramente, proyecciones nefastas de este ser en lo familiar
y en lo social. Luego, la advertencia de Adorno cobra mayor sentido.
Finalmente, Adorno, arriba a la formulación de su imperativo categórico,
al abordar, consideraciones de índole político y social.
Veamos:
“(...) la educación política”, culmina diciendo en su conferencia,
“debería proponerse como objetivo central impedir que Auschwitz se
repita. Ello sólo será posible si trata este problema, el más importante
de todos, abiertamente, sin miedo de chocar con poderes establecidos de
cualquier tipo. Para ello debería transformarse en sociología, es decir,
esclarecer acerca del juego de las fuerzas sociales que se mueven tras
la superficie de las formas políticas. Debería tratarse críticamente
–digamos a manera de ejemplo- un concepto tan respetable como el de
“razón de Estado”: cuando se coloca el derecho del Estado por sobre el
de sus súbditos, se pone ya potencialmente el terror.”
Luego, el tratamiento así expuesto, sale del exclusivo ámbito de la
educación formal, especialmente de la primera, para adentrarse en el
entramado social y buscar “aire” en las manifestaciones cotidianas de
las gentes, acercando conceptualizaciones y razonamientos que prosperen
en el sentido de dar paso a reflexiones tan íntimas como serenas y
apartadas de lo colectivo, para luego sí poder sumar esfuerzos, entre
personas, entre pares, que busquen una mejora en valores de todo el
conjunto de la sociedad.
Asesinos de escritorio
Ahora sí, culmina Adorno su exposición con estos conceptos: “Walter
Benjamín me preguntó cierta vez durante la emigración, cuando yo viajaba
todavía esporádicamente a Alemania, si aun había allí suficientes
esclavos de verdugo que ejecutasen lo que los nazis les ordenaban. Los
había. Pero la pregunta tenía una justificación profunda. Benjamín
percibía que los hombres que Ejecutan, a diferencia de los
asesinos de escritorio y los ideólogos, actúan en contradicción con sus
propios intereses inmediatos; son asesinos de sí mismos en el momento
mismo en que asesinan a otros. Temo que las medidas que pudiesen
adoptarse en el campo de la educación, por amplias que fuesen, no
impedirían que volviesen a surgir los asesinos de escritorio. Pero que
haya hombres que, subordinados como esclavos, ejecuten lo que les
mandan, con lo que perpetúan su propia esclavitud y pierden su propia
dignidad... que haya otros Boger y Kaduk, es cosa que la educación y la
ilustración pueden impedir en parte.”
La existencia de hombres anónimos, de seres cosificados, permite augurar
que Auschwitz, que los Auschwitz, cualesquiera sea su nombre actual o
futuro, pueden presentarse en cualquier momento.
Cuando un hombre permite, porque lo permite, que su individualidad
pierda en beneficio de la transferencia hacia un supuesto ser superior,
iluminado, sea este una persona física o una causa a la cual uno “se
entrega” totalmente, más allá del libre albedrío, más allá de toda
consideración propia y crítica de las diferentes situaciones que un
compromiso sociopolítico trae consigo; en tales circunstancias, un nuevo
Auschwitz estará siendo creado. Y el horror regresará, multiplicado.
Somos nosotros responsables con nosotros mismos y corresponsables con el
otro por la suerte del tercero, de ese ser desconocido y no próximo pero
que siempre debemos esperar su llegada desde un supuesto afuera a
nuestro supuesto “adentro” a nuestras supuestas certezas de comunidades
con nuestras características y también, digámoslo, con nuestras
percepciones de lo que las verdades son o podrían llegar a ser.
Las certezas verdaderas son aquellas, creo yo, que dicen respecto de la
importancia en la consideración de lo que libertad es: el derecho
inalienable del otro a tener espacio y el mío de configurarlo hasta
donde el otro no sienta invadida su circunstancia y ambos,
complementariamente, sumando esfuerzos en procura de la suerte del resto
de los nuestros en un plano, desde un plano igualitario en posibilidades
y merecedor de instancias en donde se procure, sinceramente, la mejora
en las condiciones de vida de nuestras comunidades.
Los asesinos de escritorio tienen cabida toda vez que una persona no
puede o no se permite, vaya uno a saber si por haber sido inculcada, o
mutilada, en el concepto del rigor, de la obediencia debida, ser en sí
mismo y a partir de sí, el sujeto social que llegado el caso, no busque
tapar, esconder, disimular y menos aun, negar, su angustia, pudiendo, en
cambio, vivenciarla a fin de poder surgir, aplacada la misma por imperio
de una presencia en su esfera de acción, más natural y abierta,
experiente ante la adversidad y maduro para asimilar fracasos y
victorias sin fanatismos ni totalizaciones, apenas siendo una persona en
sociedad.
La educación primaria es la educación primera y toda educación, sea en
el aula como en el hogar y en el barrio, debe partir desde la
consideración de la persona como un sujeto moral falible y a la vez
digno de respeto y proyección. Sin mutilaciones y sin buscar mutilar.
Como dijo Adorno: Nunca más Auschwitz.
Y como dice quien esto escribe: Nunca más ESMA; nunca más 300 Carlos;
nunca más un 14 de abril, como nunca más un 17 de abril.
Sepamos resolver nuestras diferencias a la luz y mirándonos a los ojos,
entre humanos, entre personas, por lo humano que el hombre debe
preservar. Aun estamos a tiempo.
Hagámoslo.
Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
[i]
Fuchs, Jack, Kadish, The International Raoul Wallenberg
Foundation site
[ii] Fuchs menciona en el mismo
artículo que este poema fue escrito por la señora Erika
Blumgrund, sobreviviente de Terezín, y traducido del alemán por
Jorge Hacker.
[iii] Adorno, Theodor W. –
Consignas, Amorrortu ediciones, Buenos Aires, año 1993, Págs.
80 a 95.
LA
ONDA®
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