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Matices de
un complejo económico
Aceptado que la cultura uruguaya conforma un “complejo económico”, viene lo siguiente de un análisis: crea riqueza, moviliza alrededor de 350 millones de dólares anuales, entre el 2 y 3 % del P.B.I ( Producto Bruto Interno ), y genera empleo, involucrando directa o indirectamente a alrededor de 70.000 personas. Luego aparecen los matices de concepto y realidad. Puede haber desconcierto para los distraídos o los que no saben, puesto que las actividades culturales forman industrias que poseen rasgos semejantes a las otras industrias: producción en serie, estandarización y reproducción masiva del producto cultural, división del trabajo, consumo de masas y una lógica económica semejante a cualquier otra actividad industrial, en términos modernos. Pero...
El pico de las
diferencias Todos estos ingredientes de una producción cultural no son reproducibles siempre y de todas maneras como lo pueden ser los autos Mercedes Benz, por ejemplo. Esa misma singularidad hace difícil acertar cuál es la producción cultural que encontrará una respuesta adecuada o exitosa en el mercado mercantil.
Las diferencias
tienen costos Sin embargo, no hay que distraerse, lo que se produce en cultura, sean elementos inmateriales o sean los soportes en los que fraguan esos valores, tiene un costo, un valor, un precio. Es decir, además del valor espiritual fundamental, existe un costo de la propia producción intelectual y hay un costo en la producción de todos los mecanismos y de los medios de comunicación que ella requiere. El asunto puede ser aún más complicado. Sucede que esos elementos del costo total no tienen relación directa con el posible valor social de una producción cultural. Ese valor social depende de factores bastante independientes de la misma producción cultural: la originalidad, el reconocimiento o no de la producción por parte de la sociedad, la peculiaridad de que en este tipo de producción cada producto es sólo igual a sí mismo y diferente de otro del mismo género. En ese sentido, Hollywood con sus películas tiene una enorme experiencia con su originalidad que se va al tacho y su conservadurismo de producción – cine a la “moda” repetida según resultados de taquilla, realización de “remakes”, repeticiones de viejos éxitos, etc. -. De ahí surge el rasgo más significativo y definitorio de la producción cultural, a los efectos de una industria, del factor económico y del tema de esta nota: su elevado carácter aleatorio, el importa componente de apuesta – a los caballos, a la ruleta – que implica su elaboración. Eso agrega un alto factor de riesgo a la producción cultural y al mismo tiempo, si da en la diana del éxito, le proporciona una rentabilidad muy alta. Este último rasgo caracteriza a la gran dinámica de desarrollo de las industrias culturales en todo el mundo desarrollado. Se sabe, todo cristiano ama al azar como a sí mismo, entonces producir cultura resulta muy excitante y atrayente para muchos y también campo orégano para la codicia de audaces aventureros.
Nuevos matices, por
si faltan La cosa no es sencilla, pues, en realidad, lo que se industrializa es la producción de los soportes que transportan las ideas y los mensajes, cuando éstos pasan a ser elaborados en gran escala en fábricas y con tecnología moderna. De ese modo, surgen las llamadas industrias culturales, que como tales van especializando diferentes ramas de su proceso – la mentada división del trabajo – de acuerdo al carácter colectivo de la producción – cine, teatro, etc. – y a las diversas fases del mismo: creación, difusión, consumo, atesoramiento. Esta última fase se convierte en un rasgo distintivo de la industria cultural y se traduce en la existencia de bibliotecas, museos, cinetecas, etc., públicos y privados. Son la salvaguarda de la creación cultural de la humanidad con un enorme valor atesorado. Testigos de esto son algunos girasoles de Van Gogh avaluados en 58 millones de dólares, inimaginables para quien conoció en carne propia el martirio de la famosa gratuidad del arte. Otra complicación de la economía en la cultura tiene como protagonistas a los bienes y servicios culturales. Con ellos acontece que, además de ofrecer una particularidad, ésta asume el carácter de paradoja y se proyecta hacia un posible futuro de cambio cualitativo y democratización. Con algún dejo de humor si se lo analiza en profundidad. La paradoja
dice presente Pero, otra vez el tucán, la paradoja asegura a voz en cuello que, una vez satisfechas las necesidades básicas mencionadas – casa y comida -, pequeños cambios en los ingresos de la gente provocan cambios importantes en la demanda de bienes y servicios culturales – de la compra del televisor, la computadora a la de discos y entradas de cine -. A este fenómeno los economistas lo denominan “una elevada elasticidad de ingresos”. Que convierte a las industrias culturales en las de más altas tasas de crecimiento en los países desarrollados, donde la demanda de esos bienes y servicios aumenta en flecha, una vez superados ciertos niveles de satisfacción de las necesidades básicas. En cuanto al futuro cambio cualitativo y democrático de las industrias culturales, que serían los brillos de la coda del tema, ellos están referidos al carácter o no de la cultura como necesidad básica del hombre. Ya la propia gestión de la izquierda frenteamplista en la Intendencia de Montevideo ha planteado a la cultura como “la más básica de las necesidades básicas”, dotando de un singular contenido concreto al artículo de la Constitución de la República que la consagra como uno de los derechos universales del hombre. Pagar por las
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