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No olvidar “Por su alma, su propio perro mordedor bajo el garrote, el cable, la arpillera, el plantón y el insulto, la olvidada mejilla...” Pedro ha cometido el mayor de los pecados. Hizo política. Durante la dictadura el problema no era ser comunista, ni ex tupamaro, ni socialista, ni de izquierda, ni de Wilson, el problema era hacer política, era “meterse” en política. Así será, seguramente, en toda dictadura. Mayor Oreja, el Ministro del Interior de José María Aznar, aleccionaba con infinita nostalgia, “en la San Sebastián de mis años mozos no se hablaba de política”. Bueno, tan así como lo cuenta no habrá sido, algo se habrá comentado en Donostia (San Sebastián) para que Carrero Blanco volara a los techos; alguien habrá dicho al oído de otro algo que Mayor Oreja no oyó. A comienzos de los sesenta, era común oír decir a la gente común en la Argentina, “yo nunca hice política, yo siempre fui peronista”. Hoy leo la ciberprensa oficial de Cuba y escucho declaraciones de doña María de La Habana sobre las drogas, por ejemplo, y me retrotraen tanto al país de mi adolescencia. Bolsas donde poner las dictaduras tengo muchas, más resistentes unas que otras, todas negras. Pero en esas bolsas no se habla de política, porque la política embolsada cría gatos y a los dictadores no les gusta cargar bolsa de gatos; al final se rompe y cada gato es un tremendo puma. Devoran a la dictadura (como el silencio y la unanimidad a la democracia, ¡ojo!). Pero hacer política en tiempos de dictadura no sólo es pecado, es cosa de giles y los colorados nunca fueron giles. No conocen la derrota, victoriosamente van. Al Partido Colorado perteneció el jefe máximo de cada uno de los cuatro golpes de Estado que hubo en este país (el militar, el blando, el bueno y el fascista; Lorenzo Latorre, Gabriel Terra, Alfredo Baldomir y Juan María Bordaberry). No es fácil encontrar entre los colorados, cuando toca hacer política (porque al fin y al cabo, se hable de lo que se hable, todos estamos metidos inexorablemente en política), muchachos que salgan a pecar con la humildad de los giles. Para adoptar semejante actitud hay que ser marrano, hay que tener cultura de marrano o el instinto que tiene Pedro. Más acá de las opciones partidarias, hoy no me identifican totalmente los estudiantes que llevan en sus materas los símbolos que a mí, cuando tenía esa edad, tanto me costó exhibir. Simpatizo con los chicos que se animan a pegarse un escudito del Partido Nacional o un Vamos con Pedro. Aunque sospecho que los míos, si ya no tanto sentido de otarios, tienen más razones para temer que sus rivales; o seré yo que me dura el miedo todavía.
La conversión de Bordaberry “El problema no es Pedro” decía la propaganda del Partido Independiente, “es su Partido”. Lo es al punto que uno no sabría decir si es más problema que lo haya propuesto Jorge Batlle o que lo apoye Sanguinetti. Pero el problema de Pedro no es solo su partido, objetiva, publicitariamente, es Bordaberry, es su apellido. No estoy juzgando intenciones. Simplemente constato discursos. Su propaganda procuró, acertada y exitosamente, convertirlo en Pedro a secas, en Pedro de los Palotes, se diría, si los palotes no connotaran de algún modo “Bordaberry”. La política es el arte de lo posible y la ciencia de la conversión. Si no, pregunten a Antonio Gramsci, el cientista turinés, discípulo de Maquiavelo, que les enseñó a los italianos, a transformar en Nuevo Príncipe, nada menos que a un partido comunista (y lo llevó al gobierno con su engendro, el Olivo e, incluso, a la reciente victoria electoral en regionales, zurrando a Berlusconi –con apoyo in extremis del sermón antibélico de Wojtila–). Pero si nos miramos el ombligo, veremos al mismo Gramsci dictándoles a Rodney Arismendi y a Vivian Trías, la fórmula para convertir nuestros partidos “extranjeros” y de cuadros, en un frente nacional y popular, que hoy conduce al país con un poder de dirección y hegemonía (términos gramscianos) que nadie había alcanzado en gobierno uruguayo alguno. Para marrano, Jaime Pérez. Por judío (su verdadero nombre es Jaime Gershruni Peretz; galleguizó su apellido en un medio donde el gallego era la cifra del inmigrante obrero), por su raza protagonista de la más admirable gesta de evasión a la intolerancia, y porque este 1 de marzo, ahora que Jaime se ha olvidado de todo y se pierde si lo mandan a comprar el pan, en la más honda consecuencia de su mimetismo, pudo haberle preguntado a quien lo encontrase: “todavía se habla de mí por allá”. Jaime contaba a menudo aquel lejano día de 1957, en que fue con la muy joven y reciente dirección del Partido Comunista a proponerle a Luis Batlle, una alianza estratégica con un futuro Frente Democrático de Liberación Nacional. “Luisito” encontró muy interesante la conversión que estaban iniciando los bolches, “pero echen músculo”, les dijo. Así que no nos asustemos de las conversiones. Flores Mora fue el príncipe encantado en que se convirtió el monstruoso sapo sanguinario llamado Venancio. Y también hay conversiones que dan para ponerse a temblar. Advirtamos qué progresista y antiimperialista era mi Batlle (José y en parte su sobrino, Luis) y cómo el Batlle actual (Jorge) se cayó por el abismo del extremo derecho del mapa político y desapareció (dice que se tomó un año sabático, pero acaso sea un siglo). En política todo puede suceder.
Pero hay que echar músculo y todo
lleva tiempo. En la película de Joseph Losey Los caminos del Sur, un botones madrileño le decía a Francoise Montaigne, “los franquistas se harán demócratas y harán que todo cambie para que todo siga igual” (no es un buen ejemplo para Pedro; él no tiene enfrente a un torpe como Santiago Carrillo ni a nadie tan oportunista como Felipe González). Pero puede recurrir al mejor cine y sacar el video de El Gatopardo, de Luchino Visconti, con Burt Lancaster de protagonista y aprender, de aquel noble aburguesado, sólo de paso, concentrado en el deleite. Bibliografía: A más de Maquiavelo y Gramsci, el mismísimo Lenín (como se le llamaba cuando lo leía Batlle y Ordóñez y le rendía tributo en obituario). Pero si prefiere el reality show, ahí lo tiene a Mujica, que lo mire y que lo escuche. No para imitarle el habla ni la gestualidad (¿se imaginan a Pedro quejándose de que lo tienen cascotiado?), pero sí la operatividad política.
La conversión tupamara Las primeras palabras de Sendic que me sorprendieron a su salida de la cárcel, son aquellas con que descalificó brusquedades de anteriores directrices. “El que se quebró no es objetivamente un traidor; es objetivamente un flojo y lo que hay que hacer es averiguar por qué aflojó y ayudarlo”. Se quitaron el disfraz de héroe y salieron a las mateadas con la misma humildad que hoy secreta Pedro. En aquel rodeo, Martín Fierro fue el Pepe Mujica. Lo vimos en televisión, allá por el 98, autocriticarse la lucha armada y luego decir textualmente: “seguramente nos equivocamos y no lo pagamos sólo nosotros; lo pagó el país entero”. Tales convicciones son decisivas para cambiar una línea política y su discurso. Cada cosa en su momento, desde luego. Primero tuvieron que reunirse y reconocer en Mujica al líder con capacidad de acaudillar, incluso con semejante viandazo. Porque lo notable no fue solo la profunda y rotunda mea culpa, sino que haya sabido hacérselas acatar a quienes en esa equivocación, de pronto, se jugaron la vida. Hoy Pedro ha rejuntado el voto no frenteamplista, fue el suyo en cierta forma un voto de unidad de colorados y blancos y hasta de revancha por Octubre, especialmente por la votación de la 609 (más que por Noviembre), como decir: “ustedes se pavonean de tupamaros; nosotros estamos orgullosos de Bordaberry”; en esta instancia, a Pedro le premiaron la lealtad hacia su padre. Pero, aunque sus partidarios más comprometidos con la dictadura y el golpe de Estado puedan no advertirlo (y que la Justicia siga su curso, que para eso es un poder independiente), si ese voto llegó al veinticinco por ciento fue por la excelente operación política y publicitaria de camuflaje y el tono nada agresivo del discurso, creíble en su oferta constructiva y de concordia. ¿Una hazaña? Yo creo que sí. ¿Acaso hizo algo más que recuperar la buena votación que el Partido Colorado tuvo siempre en Montevideo, a excepción de Octubre? Sí, hizo mucho más, cargó con tres mochilas pesadísimas, el Partido, el apellido y Jorge Batlle. ¿No lo ayudó Jorge Larrañaga poniendo un candidato desconocido y poco carismático? También, pero si ponía candidatos menos vicarios o más conocidos, quién le aseguraba a Larrañaga que no se le volverían tan autónomos como respecto de Luis Alberto Lacalle son hoy Carmelo Vidalín o Juan Chiruchi. ¿Este veinticinco por ciento de Pedro en Montevideo puede ser un envión tan bien trabajado y difícil, como aquel dieciocho por ciento de ámbito nacional del Frente Amplio en el 71? ¡Epa!, no es mi propósito darle tanto color... Veamos: El Frente Amplio creció hacia el centro, hacia lo nacional de los blancos y lo popular de los colorados. El Frente tiene que agradecer a los tupamaros su discurso y a las derechas neoliberales (no liberales) y golpistas de los partidos más antiguos, su carencia de cualquier atisbo de mera autocrítica. Si Pedro quiere seguir creciendo deberá imponer renovación, captar todo (catch all) y pensar en nuevas mayorías. Entonces no le bastará con decir “no lo juzgo, porque es mi padre”. Nada personal, como tituló Caetano Pellegrini Giampietro su testimonio de secuestrado por los tupas. El M.L.N-Tupamaros asumió políticamente sus cagadas para que sus hijos no cargaran con ellas. Y eso que no son comparables a las de Juan María Bordaberry, ni en volumen, ni en cantidad ni en jedor.
El nuevo bipartidismo Los más fascistas de los militares fascistas tuvieron que echarlo del gobierno, porque los pasaba de fascista, no quería permitir siquiera el mínimo de expresión política que Hitler y Mussolini toleraron en sus regímenes. Juan María Bordaberry no había dado el golpe (y fue él quien lo dio) para que otros opinaran. Con Pedro Bordaberry de opositor sistémico y candidato a Presidente, estos temas marcarían agenda. Por un juego de espejos, esta alternativa afirmaría perfiles en el Frente. Sería en muchos aspectos, más “fácil” la defensa del gobierno y la campaña. Probablemente, no una nueva espiral de bipartidismo como pronosticó Seregni, sino una dirección hegemónica al estilo PRI. Después de todo, ninguno de ambos modelos superó los cincuenta años sin desgastarse, cuestión de segunda o tercera renovación generacional en el poder (el caso de Fidel es más jesuita, más severo, de probable comunismo secular como el misionero, siempre que el sumo sacerdote viva cincuenta años más). Pero yo prefiero el nuevo bipartidismo preferido por Seregni y, si no hay otro para hacer fuerza, que a Pedro le den los músculos. Porque la omisión no fue solo de Larrañaga. Tampoco ningún otro joven dirigente blanco salió de estas municipales con credenciales que lo destaquen líder de una oposición sistémica participativa (no tienen el fermento conversor de los peronistas que, como los gatos, cuando parece que se están peleando se están reproduciendo; fueron capaces hasta de parir un Kirchner). Francisco Gallinal había fungido de componedor pero de una dirección demasiado errática. Julio Lara corrió riesgo de seguir los pasos del destierro partidario, tras Héctor Gross Spiell. La noche de la victoria del Encuentro en Canelones, Lara fue convocado por Carámbula al estrado de su fiesta. Por ese gesto y por su invocación a los comité de base, como herencia seregnista, Carámbula marcó una diferencia que tiene que ver con su personal periplo dentro del Frente, con la potencia de su reflote desde fuera de las cúpulas y aparatos partidistas y mediáticos, pero también con algo que lo antecede en cien y doscientos años. Si pensamos en las formas de organización que quisieron dar José Artigas y José Batlle a sus movimientos, podremos encontrar similitudes entre el caudillismo que frenó la estricta soberanía federal artiguista y “el alto de Viera” que protestó y detuvo la “sovietización” (el término es de Viera en aquel año) batllista del Partido Colorado en 1919. De aquella pureza federal quedó el sucedáneo montonero y un siglo después el club político (al menos no sufrió el terror y el rígido verticalismo que en Rusia impuso otro José (Stalin), uno que decía como dice Juan María, el viejo Bordaberry, “no creo en la democracia”). Seregni vivió obsecionado por el tema del comité de base, del movimiento antes que el Partido, de la diversidad para la unidad fértil. La historia dirá si tuvo mejor suerte que Artigas y que Batlle. En esa suerte se juega la posibilidad de que esta sea siempre una república donde todos tengamos los mismos derechos, una república de iguales, nos llamemos como nos llamemos y hayamos nacido de quien hayamos nacido. Es posible que a Pedro no le gusten las peleas ni las ideologías ni la política y que ni siquiera le guste hablar, aunque acepte las discusiones. “A Pedro, como a mí, le gusta hacer”, explicó Oscar Magurno. Como decía Margarita Xirgu: Haga.
* Albano Harguindeguy es aquel que dio orden de
exterminio, sentenciando "no LA ONDA® DIGITAL |
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