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Sistema de partidos:
El por qué se explica por el fracaso de concepciones económico-sociales y estilos de hacer política que se perciben agotados por parte de la mayoría de la ciudadanía. La mitad de ella se ha pronunciado por un camino alternativo. El cómo y el cuánto abarcan múltiples aspectos. Uno de ellos, y no de los de menor importancia, es la reducción del sentido de pertenencia a los partidos Nacional y Colorado. Por sentido de pertenencia colorado o blanco entendemos aquel que tienen los ciudadanos que "siempre" son colorados o blancos: el voto seguro, el que se manifiesta por el lema aun cuando no haya identificación con caudillos o se discrepe con la circunstancial conducta asumida por el partido. El sentimiento de pertenencia frenteamplista es, por lejos, muy superior al de ambos partidos tradicionales sumados. En este caso hablamos del que, aun disconforme con la orientación de la fuerza política y sin sentirse representado por líderes y sectores, vota al Frente. Y jamás votaría por otro partido. Esto quedó demostrado en octubre y mayo. En la elección nacional ambos partidos tradicionales sacaron el 44,7 por ciento de los votos. En mayo la suma dio 45,7. O sea, grosso modo, lo mismo. En la primera instancia sólo un diez por ciento permaneció en el PC. En las municipales del 8 de mayo hubo un desplazamiento de votos de uno a otro lema. En octubre, Larrañaga apareció como la alternativa al Frente con más chance, y en mayo lo fueron Bordaberry en Montevideo y varios candidatos blancos y uno colorado en el interior. En la capital el sufragio nacionalista en mayo no estuvo lejos del colorado en octubre. En varios departamentos lo que se manifestó como el techo del sentido de pertenencia colorado estuvo incluso por debajo de ese diez por ciento y, en algunos casos, en torno al dos o tres por ciento. El diez por ciento es el techo que promedialmente cada partido tradicional puede reivindicar en todo el país, aunque existan variaciones de uno a otro departamento. La "tradicionalización" del FA tuvo como contracara la "destradicionalización" de los partidos históricos. Se trata de un fenómeno profundo, desarrollado durante décadas, cuyas causas van mucho más allá de las vicisitudes electorales y las coyunturas políticas. Ni la dictadura pudo detenerlo. Se señala que los hijos y nietos de los frenteamplistas de la primera hora también son frenteamplistas. Se dice que los jóvenes, sean o no hijos o nietos de frenteamplistas, votan mayoritariamente a la izquierda. Ambas cosas son ciertas. Se dice menos, pero también es cierto y tal vez sea lo más significativo, que muchos viejos colorados y blancos -los que siempre fueron colorados y blancos- se han ido haciendo frenteamplistas. No nos referimos aquí a los centenares de miles que le "prestan" el voto a la izquierda, sino a los que se desarraigan definitivamente de las colectividades históricas y se asumen frenteamplistas: adquieren el sentido de pertenencia frenteamplista, incluso sin que hayan influido hijos y nietos. Esto conforma una realidad sociopolítica de la cual es necesario partir para encarar con posibilidades de éxito un proceso de autocrítica en el seno de ambos partidos históricos. Todo parece indicar que se está lejos de eso. Basta remitirse a las declaraciones de varios dirigentes blancos y colorados en estos días para llegar a la conclusión de que el conformismo y las explicaciones superficiales continúan imponiéndose sobre la reflexión autocrítica. El senador Larrañaga se enoja cuando se habla del partido "blanquicolorado". Es explicable, y debe respetarse su sincero y arraigado sentido de pertenencia nacionalista. Pero no por ello deja de ser cierto que del bipartidismo tradicional el país pasó al tripartidismo y, posteriormente, a un sistema en el que hay un partido grande con una, hasta ahora, incontenible tendencia a crecer, y dos partidos muy debilitados que se "prestan" los votos según las circunstancias, mucho más allá de la voluntad del doctor Larrañaga y de otros dirigentes blancos o colorados. Es aventurado conjeturar sobre las características que asumirá en el futuro el sistema de partidos. Pero nada volverá a ser como antes. Mientras tanto, un país partido al medio espera "que todos se pongan de acuerdo" para salir del pozo. Un desafío para la fuerza política predominante, que debe apostar a un solo país, integrado y capaz de dirimir sus diferencias con respeto y sin dejar de avanzar. La principal e ineludible responsabilidad será del nuevo partido de gobierno. Pero no sólo de él. Por suerte, el nuestro no es un sistema de partido único. Esperemos que tampoco se parezca al argentino, en el cual, durante mucho tiempo, lo único importante en política ha sido la interna del justicialismo. La crisis de los partidos tradicionales abre interrogantes e incertidumbres. Ella es un dato a tener en cuenta a la hora de iniciar un proceso de cambios que sólo podrá abrirse camino profundizando la democracia y el pluralismo, y que por consiguiente requerirá de un sistema de partidos fuerte, cualesquiera sean las características que asuma en el futuro y sus diferencias respecto al pasado. LA ONDA® DIGITAL |
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