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Ética y estética en un gobierno progresista
La importancia de llegar a todos, por igual

por Héctor Valle

Digámoslo junto con Alfred Adler: la noción de progreso humano, hace relación directa a una función del desarrollo más alto del interés social. Y dice más, este gran hombre y psicoterapeuta austríaco que, junto a Freud y Jung, fundara la llamada Psicología Profunda.

Y con esta noción, superior y trascendente, del progreso en el Hombre da, creo yo, al mismo tiempo, una idea del necesario apagamiento del exceso ego individual, en aras del bien común; de lo teleológico del asunto, es decir, del fin deseado, toda vez que un emprendimiento humano, desde la finitud de nuestra vida personal, trasciende, repito, cobra mayor vuelo, en tanto en cuanto se labore en pro de la humanidad, y más acotadamente, de la comunidad que a uno lo congrega.

Así, pues, toda ética tiene su estética y, en el plano de las realizaciones del hombre en sociedad, y en el contexto del Uruguay del 2005, un gobierno progresista, un gobierno netamente de izquierda, en su vasta gama de opciones, no tiene cómo eludir una estética desde la concepción de progreso. Y ¿cuál es o cuál estimamos nosotros debe ser tal concepción?

En este marco y con su atmósfera, es dable visitar la etimología del término funcionario, advirtiendo que proviene de la voz “función”, 1657, tomada del latín “functio” y de la que deriva, en el caso que nos ocupa, “funcionario”, 1855, que, ¡OH, casualidad! viene, imitándolo, del francés “fonctionnaire”, datado en 1789 con lo cual, es fácil advertir, funcionario deriva de la propia fragua de la Revolución Francesa, aquella que tuviera como lema el tríptico Libertad – Igualdad – Fraternidad.

Y no es casual, en absoluto.

Me refiero, claro está, al llamado funcionario “público”, si bien, a mi entender, la condición de “funcionario” ya dice de su carácter público, reservando la de “empleado”, “obrero”, y otras voces, para la órbita de lo privado, etcétera.

Es decir, entro de lleno en la consideración de la ética del funcionario, como aquella persona a la que le fue asignada una función específica de carácter eminentemente societario, de resultantes para la sociedad toda.

Y no apelaré ni a la Carta, en sus diversos y precisos términos, ni tampoco a leyes, como la 15737, o la 16736, y por qué no la 17.060, o códigos y decretos que definen aun más, las especificidades de la función en la persona y su puesta en práctica.

Alcanza con realizar, públicamente, un ejercicio reflexivo en torno a lo que comúnmente vemos, desde un ejemplo, el del Ministerio de Economía y Finanzas, y sus principales funcionarios, el señor Ministro, el señor Sub-secretario de la Cartera, entre otros.

Este ejercicio reflexivo, vale aclararlo, lo personalizo no como encono o búsqueda de rédito subalterno en contra de, sino, porque, precisamente, el ejemplo de tan importante cartera y más aun, su Titular, el señor Danilo Astori, trae consigo, desde la trascendencia de su hacer en un país que fuera entregado en horrendas condiciones, capital importancia para la vida misma de sus habitantes en los próximos años. Luego, creo yo, es, este ejemplo, desde el respeto y consideración que nos merecen ambos funcionarios, un modo de mirar a este gobierno, primer gobierno progresista de la historia del Uruguay, y cómo puede o no su hacer, traer consigo mejores aires para una sociedad a todas luces jaqueada por la cosecha de un grupo o grupos fundamentalistas, porque no se les puede dar ningún carácter ideológico, en tanto hasta donde yo sé la rapacidad no tiene ideología, que han postrado al país, dejándolo sin aparato productivo eficiente, sin mano de obra calificada y con puestos de trabajo a su alcance, con un porcentaje importante de su población económicamente activa, o bien en la diáspora, o bien directamente sin trabajo. Es decir, este momento, creo yo, es propicio para levantar la mirada y observar al funcionario de mayor rango, luego del Presidente de la República y su comportamiento en sociedad.

Tomaré, en este sentido, un solo aspecto del mismo, destacando, una vez más, que lo hago sabiendo, por si fuera necesario decirlo que no lo es, de su probidad moral y altura intelectual.

Desde hace lustros en nuestro país, los más altos funcionarios del Poder Ejecutivo suelen dirigirse a la sociedad, exponiendo sus propuestas en cada uno de los ámbitos de su accionar, bien como políticas específicas, etcétera, desde ámbitos privados.

¿Tengo algo yo contra lo privado? No.

Veamos adónde quiero apuntar:

¿Cómo es dable pensar, siquiera, que en un gobierno progresista, una persona, cuya tarea, como hemos visto, parte, etimológica y filosóficamente, de un encargo del soberano, se dirija al mismo, no desde sí sino a través de expresiones privadas, acotadas, donde el ingreso no solamente es restringido (pago de ticket, invitación previa) y selectivo (en cuanto dichos ámbitos son las más de las veces agremiaciones precisas de actividades comerciales e incluso de corte religioso en algunos casos)?

¿Por qué no aprovechar la oportunidad, histórica, por cierto, de un gobierno progresita para inaugurar lo obvio?

¿Y qué es lo obvio? Que el funcionario se dirija a TODAS las agremiaciones, a TODOS los credos, y sus expresiones corporativas en el hacer productivo del país, DESDE SI, desde el ámbito privativo de su función, cual es, como en este caso, el Ministerio de Economía y Finanzas.

Pregunto: ¿El funcionario en horas de trabajo, puede estar a disposición, por más loable que sea la intención, de una corporación privada, en una reunión selectiva, aunque a ella tenga acceso la prensa, a la que, además, se paga un estipendio para acceder, en la mayor de las veces, o mismo por la vía de la cuota mensual que trae consigo el BENEFICIO del almuerzo CON...?

¿No sería interesante que esta Cartera viera la posibilidad de instrumentar almuerzos, jornadas, foros de actividad, desde el fuero que por sí misma puede, y debe, fomentar?

¿Podrá este gobierno inaugurar una estética de la ética progresista?

Ah, yo creo firmemente que sí, que puede y es más, tiene en sí mismo, en su Presidente como por qué no en su Ministro de Economía, personas especialmente decididas a mejorar el desempeño ético de la función y conjuntamente con ello, el del gobierno nacional todo.

Pero a veces, digámoslo porque es así, la propia dinámica de la función, absorbente y cargada de responsabilidades, no permite, no digo ver, sino atender en tiempo y en forma, aspectos como estos que hoy, modestamente y con el respeto que tanto el señor Astori me merece, como el que me doy a mí mismo, privándome, obviamente, del ejercicio estéril de un cinismo pretendidamente ilustrado. No es ese el ánimo que me lleva a escribir estas líneas, no.

Creo, firmemente, que podemos cambiar en el sentido del humanismo, toda vez que atendamos este tipo de situaciones, prácticas habituales de una época a la que no deseamos regresar, y me refiero a la barbarie yuppie que hizo trizas tradiciones, honores y honras, en aras de aspectos menores y mezquinos de la condición humana. Y, atención que no generalizo pero sí digo que esto existió. Sin duda con claras y honrosas excepciones, pero existió.

Y la prueba de su existencia, ciudadanos y ciudadanas, es que nos hemos tomado como normal, y lo digo en el más absoluto y vasto sentido de “lo plural”, el que los funcionarios de mayor jerarquía de una Nación, den a conocer sus políticas, sus instrumentos para aplicar las mismas, desde un ámbito privado y restringido, en horario de tareas, para la función que el soberano, a través del sufragio, dio a sus máximas autoridades y éstas delegaron en ellos; desempeño de la función que llevará, eso esperamos firmemente, a una mejora del país no ya en sus números macroeconómicos, por poner un caso, sino en el despliegue de la dignidad del hombre y de la dignidad de la mujer, en sociedad con francos logros en las condiciones materiales de la existencia humana y personal, porque aquí lo que está en el centro de la cuestión no es un funcionario ni dos ni tres, no, es la persona humana, es la mujer y el hombre de a pie, es el diferente, el relegado, el que no puede acceder, no ya a un foro en un club selecto, sino, siquiera, a tomar un ómnibus para atenderse en un hospital. Estoy hablando de la condición humana desde la óptica ilustrada que dio al mundo, con el mismo origen que la función que hoy nos ocupa, la Revolución Francesa, hija a su vez, de la Revolución Americana, aquella que, por ejemplo, recordémoslo, tanto fuerza diera a nuestros prohombres en el pensamiento de cómo y en qué forma mejorar la civilidad en nuestras sociedades, por ejemplo.

Hemos dejado de pensar desde la esfera de lo público.

Nos hemos acostumbrado al mercadeo de lo banal, colocando en su epicentro a nuestras más importantes personalidades y con ello, a nosotros mismos. El mercado se ha vuelto templo y el templo está vacío.

La esfera de lo público no es ni mercado ni templo, es, claramente, un espacio compartido entre pares y sus pares no son determinados asociados de una entidad equis, sino que los pares son la ciudadanía toda, SIN EXCLUSIONES.
Soy un hombre que proviene de una raigambre netamente liberal, con una atmósfera socialdemócrata en lo económico, en la instrumentación de lo político en lo económico. Luego, no estoy emparentado con populismos ni con acciones tribales, respetables pero alejadas de mi modo de pensar y de actuar; pero la función y el funcionario deben ser celosamente cuidados porque son, ayer, hoy y siempre, ejemplo y práctica que el ciudadano de a pie tiene que ver y poder respirar, sabiendo que si su hora no ha llegado, y hablo la de los logros, es dable esperar, porque hay, en aquellos que tienen en sus manos el destino efectivo en la conducción del rumbo de la Nación, probidad.

Probidad en el hacer y probidad en el mostrar cómo se hace.

El funcionario también es, vaya si lo será, un educador.

Y por ello debe cuidar, tiene la obligación de cuidar su estética porque la misma es, créanlo, la que signa su ética.

Toda ética tiene su estética, repito, y en un gobierno progresista, que además comienza una nueva era en la Nación en más de un aspecto, esta no es una cuestión menor; no, señor: Esta es la cuestión.

De entre casa: conversando con un compañero de redacción, el amigo Iraburú, enterado de mi preocupación, quiso él mismo tomar el asunto y presentarlo, pero me mantuve firme.

Y es que el tema compete no al orden de la economía sino al del discernimiento y, en este sentido, así lo entendí, no por capacidad sino por ocupación, en esto de la faena del pensar, mal puede uno, en instancias como ésta, delegar por omisión, en aras de una supuesta especificidad, eludiendo, con su consecuente lectura crítica para con el periodista, la asunción de una responsabilidad a todas luces imprescindible.

Así, pues, amigo Iraburú, deje que sea yo quien atienda esta cuestión. Verá usted, el señor Ministro sabrá entender puesto que además, si fuera aun necesario aclarar y reiterarlo, cosa que hago, no atiende a algo personal, a una animadversión sino, y antes bien, a un diálogo entre pares, esto es, entre ciudadanos.

Y, en esta categorización, no hay otra distinción a concebir, valga lo reitere otra vez, salvo la previa y esencial del respeto que uno debe y tiene para con el otro, sumado esto, ahora sí, a dialogar con una persona de la talla intelectual y ética del hoy aludido, pero que en realidad se alude, por extensión, a todos los funcionarios, a la función, esa noble tarea que tiene un individuo para con su sociedad, para con su comunidad.

Por ello, porque, como dijera ese otro gran hombre que fue el filósofo Michel Foucault, la ética es la forma reflexiva que adopta la libertad, de ahí que el cuidado de sí que tenga todo ciudadano, pero en especial el funcionario, aquel al que se le ha dado una función, específica y, como en este caso, significativamente sensible al desarrollo mismo de la sociedad.

Y si el señor Ministro se preguntara, una vez más, por qué con él, por qué a él va dirigido esta reflexión, yo respondería lo que aquí digo y anticipé al comienzo: porque hacerlo lo hacen muchos, de diversas investiduras pero sabedor de la valía personal, intelectual y profesional, del ciudadano Danilo Astori, es a quien me dirijo en tanto que si él llegara a considerar de recibo esta forma de pensar, podría instrumentar cambios, en el sentido del respeto mayor y superior de la función pública y con ello, con su ejemplo superior, otros, digamos que todos, corresponderían con idéntica actitud y con ello la ciudadanía toda no sólo tomaría ejemplo de coherencia cívica, y laicidad práctica, puesto que esta no sólo refiere a lo religioso sino a la convivencia entre iguales en derechos y obligaciones, tornando del ejercicio mismo de la función, una docencia de civilidad, un ejercicio trascendente del rol de ciudadano al que todos necesitamos aproximarnos más y mejor, luego de tantos lustros de dispersiones de todo orden.

A eso apunté y con ello me despido. Como ciudadano, espero y confío que la razón prospere y el soberano se eleve. No otra intención estuvo y está en mi ánimo.

hectorvalle@adinet.com.uy

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