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EE.UU. y América latina: el
"cuco" del populismo
por Oscar Raúl Cardoso.
En las relaciones de Washington
con los países latinoamericanos perduran malentendidos abismales
e interesados.
En las Américas la
vinchuca política se está acercando demasiado a los barrios
residenciales, esto es a las orillas del río Bravo y con esta
posibilidad abierta renacen en el Norte, esto es en los gabinetes de
George W. Bush, los instintos fumigadores.
Los tiempos se anuncian tormentosos en la región y el nombre del
nubarrón más oscuro y grande es "populismo" que, en la visión del poder
estadounidense, parece adquirir dimensiones por lo menos tan temibles
como antes tenía la palabra "comunismo".
Para el año entrante puede haber nuevos "comensales indeseados" sentados
a la mesa hemisférica: una candidatura presidencial exitosa de Manuel
López Obrador —el combativo alcalde del Distrito Federal— podría
introducir desde México una gruesa imperfección en la gema geopolítica
regional de Washington, el TLC, que resulte difícilmente tolerable.
Hasta la historia que se creía superada amaga con renacer en el
presente: en Nicaragua, el Frente Sandinista de Liberación está en
buenas condiciones de competir por el gobierno en las elecciones que
tendrán lugar antes de fin de año y, si este curso se completara,
Estados Unidos debería digerir la reaparición en escena del muy polémico
Daniel Ortega.
Y esta vez ni siquiera está la posibilidad de agitar el fantasma de la
"violencia revolucionaria" como en los 70 cuando Estados Unidos no pudo
impedir la caída de la dictadura familiar de los Somoza.
Si uno se atiene al dilema de esa personalidad de la duda hamletiana en
que se ha convertido la presidencia de Carlos Mesa en Bolivia, o a los
problemas que arrastra Alejandro Toledo en Perú y a los frentes
opositores de izquierda que ambos enfrentan, y a la continuada
precariedad de Ecuador, el panorama de conflicto adquiere una dimensión
impactante.
Como aseguró recientemente ante el Senado de su país Condoleezza Rice,
hay que sacar alguna baraja de la manga para detener el posible aluvión
populista en América latina.
En esa ocasión particular instó a los legisladores a aprobar el CAFTA,
el clon del TLC concebido para América Central.
Presentó el diseño en su verdadera dimensión que es menos sobre el
comercio que sobre la rápida legitimación de las ventajas competitivas
—leales y desleales por igual— de las que ya goza Washington, que sobre
contar con un arma efectiva para "combatir las fuerzas del populismo".
Es imposible no evocar los muchos malentendidos abismales que perduran
en el hemisferio sobre las condiciones de su ordenamiento económico.
Por boca de su canciller, Rafael Bielsa, el Gobierno argentino se
entusiasma en público con un ingenuo ALCA alejado de los ideologismos.
Puede que convenza a algunos, pero no a Bush ni a su secretaria de
Estado, "Condolencia" (apodo latinoamericano de la Rice), que no tienen
tiempo para jugar a las utopías bonachonas y no le temen al menos a una
ideología, a la propia.
Tal como está planteado en América, el debate sobre comercio libre sigue
una secuencia brutal que puede resumirse del siguiente modo: llevar a
los países a convalidar las asimetrías económicas que ya favorecen a
Estados Unidos, aislar a los que se opongan a esta forma especial de
"liderazgo" y —quizá más tarde— intervenir de un modo más directo contra
esos opositores empleando como sombrilla protectora la legitimidad
concedida por los dóciles al orden hemisférico que propugna Washington.
No hay que subestimar el potencial negativo de la situación, porque aun
después de algo más de un cuarto de siglo la última generación de
democracias está lejos de haberse consolidado en la región de modo
definitivo.
Ha sucedido antes en América latina: cuando los procesos democráticos
han ingresado en contradicción con los intereses predominantes del
proceso económico, sufrieron los primeros antes que los segundos.
Algo hace aún más complejo el cuadro. Desde hace casi un trienio Estados
Unidos parecía irremediablemente distraído por sus pesadillas asiáticas
—Afganistán— y del Oriente Medio —Irak— y también por la torpeza con la
que intenta reconstruir al adversario que finalmente reemplace a la
evaporada "Guerra Fría", esto es la amenaza terrorista global.
No hay mucho margen para que pueda mantener ese desapego, aunque los
escenarios de conflicto armado sigan deteriorándose. Un buen indicador
de cómo la testa del gigante está girando otra vez hacia la región es la
nueva belicosidad estadounidense contra el régimen de Hugo Chávez en
Venezuela. No hay nada más refrescante intelectualmente que la candidez.
En su más reciente edición, el ultraconservador semanario británico The
Economist intenta responder la pregunta en un informe especial; es
curioso porque aunque critica severamente a Chávez no cree que lo de la
amenaza presunta pueda justificarse plenamente por vía de la reducción
de garantías individuales y colectivas, por la posible mordaza a la
prensa opositora o aun por la compra de un millón y medio de fusiles de
combates para el Ejército, aunque lo censura en cada uno de sus rubros.
Tampoco asume el meneado tema del petróleo venezolano; representa, dice,
apenas algo más del 10% de las importaciones estadounidenses y, en todo
caso, reivindica el derecho del país de dirigir el flujo de sus
exportaciones hacia Cuba o China, que es un mercado que Chávez desea
penetrar.
Significativamente pone la luz roja sobre el proyecto de Chávez de
limitar los derechos de propiedad intelectual en territorio venezolano y
—aquí es donde el dinero del petróleo se vuelve realmente amenazante
para el semanario— en el fomento de empresas cooperativas pequeñas y
medianas en que el Gobierno está empeñado.
Cita como ejemplo alarmante el de la cadena de tiendas de alimentos
Mercal —propiedad estatal— que vende productos subsidiados. En algunos
de éstos ya tiene el 40% del mercado.
Más que por la libertad consagrada de la sociedad venezolana, sugiere
The Economist, hay que preocuparse por la libertad irrestricta del
capital, que es un cuento viejo en la región. Un cuento que,
presumiblemente, volverán a querer contarnos en el futuro cercano.
* ocardoso@clarin.com
Este artículo publicado también en
Clarín, Buenos Aires, es reproducido en La ONDA digital con
expresa autorización de su autor. LA
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